Muertos prescindibles
La llamada llegó
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La llamada llegó poco después de las siete y media del lunes. Torkel acababa de servirse el primer café del día. Empujó ligeramente el ratón para que la pantalla saliera del reposo, bebió un sorbo de café y cogió el teléfono.
—Aquí Torkel Höglund.
La persona que lo llamaba se identificó como la comisaria Hedvig Hedman. Torkel la ubicó de inmediato en Jämtland, no porque tuviera presentes los nombres de todos los comisarios de policía del país, sino porque el fiscal general acababa de abrirle un expediente por algo que había dicho acerca de uno de sus subalternos. Probablemente, su caso acabaría archivado, pero Torkel tenía ese nombre fresco en la memoria.
—¿En qué te puedo ayudar? —preguntó, bebiendo un segundo sorbo de café mientras se dejaba caer en la silla de oficina.
Varios minutos después, colgó.
Seis cadáveres.
En las montañas.
Por lo visto, llevaban bastante tiempo enterrados.
Hedvig Hedman había iniciado la conversación refiriéndose al hallazgo de una «fosa común». Torkel no estaba seguro de que seis cadáveres fueran suficientes para dar ese nombre a una tumba, pero los cuatro periódicos de mayor tirada habían empleado la misma expresión, por lo que Torkel decidió utilizarla también.
El detalle no tenía importancia.
En cualquier caso, eran suficientes para que la Unidad de Homicidios fuera a investigar.
Se levantó y salió del despacho. Christel, su secretaria, todavía no había llegado, de modo que le dejó una nota sobre la mesa, para que averiguara cuándo había vuelos a Östersund y lo llamara lo antes posible.
De regreso en su oficina, se sentó otra vez delante del escritorio y mientras reflexionaba se terminó de beber el café.
Tenía que reunir al equipo.
Pero había dos cosas que era preciso considerar.
La primera era el curso del FBI que Vanja pretendía seguir en Estados Unidos. Había ido superando las diferentes fases del proceso de selección y ahora figuraba entre los ocho candidatos que aún se disputaban las tres plazas disponibles. Torkel estaba absolutamente seguro de que una de esas plazas sería para ella. Él ya se había ocupado de proporcionarle la mejor carta de recomendación posible, aunque tenía que reconocer que lo había hecho con sentimientos contradictorios. Apreciaba mucho a Vanja. Era una policía excelente y una parte fundamental del equipo, y merecía que esa oportunidad de formación fuera para ella, porque podía llegar muy lejos. Pero eso significaba que la perdería.
Pasaría tres años fuera.
Para Torkel serían tres años sin su mejor investigadora.
Ya había empezado a buscarle suplente o sustituto. Que fuera una cosa o la otra dependería de la voluntad de Vanja de volver a trabajar con ellos cuando regresara de Estados Unidos, o bien de emprender otros caminos una vez finalizada su formación. Pero Torkel no había puesto ningún anuncio, ni había hecho pública su intención de encontrar un nuevo colaborador, en parte porque aún quedaba una microscópica probabilidad de que Vanja no consiguiera una de las tres plazas, y en parte porque prefería evitar una larga selección, que en el peor de los casos podía suponer el estudio de cientos de candidaturas. No pensaba prestar ninguna atención a criterios tales como los años de experiencia, las titulaciones formales o los eventuales derechos adquiridos. Para ello seguramente tendría que contravenir un montón de reglas burocráticas, pero eso tampoco le importaba.
La Unidad de Homicidios era un equipo.
Su equipo.
Pensaba elegir sencillamente a quien él quisiera. Al fin y al cabo, la forma de ser de una persona le parecía mucho más importante que todo lo que hubiera hecho. Un aspirante podía ser un policía extraordinario, sí, pero eso no bastaba. Hacía falta otra cosa, algo muy difícil de definir. Por encima de todo, era preciso que el candidato encajara en el equipo. Torkel conocía personalmente un montón de policías experimentados con cinco, diez o veinte años de oficio a sus espaldas, que con toda probabilidad estarían en condiciones de realizar un trabajo excelente desde el punto de vista meramente policial. Pero era incapaz de imaginarse a ninguno de ellos integrados en su equipo. Además, la mayoría eran hombres, y Torkel estaba bastante seguro de querer una mujer para sustituir a Vanja. Sus preferencias no estaban motivadas por ningún cupo de género, ni por ningún requisito igualitario, sino porque sabía por experiencia que los grupos de trabajo mixtos funcionan mejor. De pronto comprendió hacia dónde lo llevaban sus reflexiones. Últimamente pensaba a menudo en la solicitud de una joven que acababa de finalizar las prácticas con la policía de Sigtuna.
Jennifer Holmgren.
La mujer le había escrito varias semanas atrás, por iniciativa propia. Le decía en una carta que su mayor aspiración era trabajar en la Unidad de Homicidios y le exponía sus razones. Había algo en su carta que de inmediato despertó el interés de Torkel. Irradiaba interés y voluntad, pero no de escalar en la organización, ni de obtener reconocimientos oficiales, sino de crecer, desarrollarse y trabajar con los mejores, sencillamente por afán de aprender.
Cuando Vanja le contó que había presentado su candidatura para estudiar en Quantico, Torkel citó a Jennifer para una breve entrevista. No lo había hecho porque creyera seriamente que pudiera sustituir a Vanja, sino por simple curiosidad.
La joven no lo había defraudado. Era sociable, ambiciosa, llena de energía… Se notaba que le costaba controlar el entusiasmo cuando hablaba de lo que esperaba de su trabajo como policía. A Torkel le recordaba a Vanja cuando la había conocido, y no podía haber mejor recomendación que esa. En su contra pesaban, evidentemente, su juventud y su completa falta de experiencia. A Torkel le lloverían las críticas si finalmente se decidía a darle una oportunidad. Pero siempre podría aducir que al menos no estaría habituada a seguir siempre los mismos caminos trillados y que nunca se opondría a una idea con el argumento de que «siempre se ha hecho así». Tendría una mentalidad abierta y dúctil.
Al cabo de una semana, Vanja recibiría su respuesta. Y en caso de que finalmente la admitieran en el curso, se marcharía en noviembre. ¿Por qué no incorporar de inmediato a la posible sustituta?
Torkel decidió llamar a la policía de Sigtuna, para preguntar si podían prescindir de Jennifer.
El otro elemento que era preciso considerar era Sebastian.
Sebastian Bergman.
Un caso perdido. Pero brillante.
Había logrado colarse en el equipo durante la investigación de los dos últimos casos. Nadie lo quería en el grupo, pero las dos veces había hecho un trabajo excelente, de eso no le cabía la menor duda. Sobre todo la última vez.
Le había salvado la vida a Vanja.
Por otra parte, su presencia alimentaba conflictos que afectaban la moral del grupo. Los casos de asesinato siempre eran difíciles y, con Sebastian de por medio, se volvían mucho más trabajosos de lo estrictamente necesario. Su arrogancia, su egoísmo y su absoluta falta de interés por el resto de las personas lo convertían en una fuente constante de irritación. Era como un agujero negro, que amenazaba con absorber toda la energía del grupo y desgarrarlo por dentro.
Brillante, pero conflictivo.
Tenía sus pros y sus contras.
¿Debía llamarlo de nuevo?
Decisiones…
Si Vanja no hubiera empezado a aceptarlo, Torkel ni siquiera se lo habría planteado. Pero las últimas veces que había hablado con ella, la había visto casi ansiosa por volver a trabajar con Sebastian. A Billy le caía bien. A Torkel también, en el fondo, aunque a veces lo sacaba de quicio su rara habilidad para crearse problemas en todas las situaciones posibles. Ursula, por su parte, era capaz de concentrarse en lo esencial, sin prestar atención a las provocaciones. Lo que más la irritaba era que Torkel le presentara los hechos consumados, sin dejarla participar en las decisiones. Pero si le explicaba lo que pensaba hacer y le exponía sus razones, estaba seguro de que no se opondría.
Seis cuerpos hallados en la montaña no hacían pensar en un primer momento en la especialidad de Sebastian Bergman.
Pero seis cadáveres sepultados en una misma fosa apuntaban a un asesino en serie o, en cualquier caso, a un asesino múltiple, y nadie en Suecia sabía más al respecto que Sebastian.
Decisiones…
Torkel tomó una resolución.
Primero, llamaría a Sigtuna. Después, bajaría la escalera y procuraría que Ursula se sintiera partícipe en la decisión. A continuación, hablaría con Vanja y con Billy. Y, por último, con Sebastian.
Sería lo mejor.
Alargó la mano hacia el teléfono.