Muerte de Gabriel Barceló
Pablo de la Torriente BrauLa tuberculosis, esa repugnante aliada de las clases explotadoras, revestida de una de sus más terribles formas, acaba de arrebatar a un luchador más, a un excepcional luchador de los oprimidos, a un infatigable atleta defensor de los «pobres del mundo».
La tuberculosis, después de labrar traidoramente en los pulmones jóvenes de Gabriel Barceló, fue a alojarse dentro de la clarísima cabeza del luchador... Parece una atroz burla de la enfermedad, pues fue precisamente Gabriel un hombre de una mente sin nubes, un hombre con visión real de los acontecimientos, con una instintiva adivinación de los hechos, reforzada por sus constantes estudios marxistas. La tuberculosis sanguínea, atacando sus centros mentales, destruyó con rabia poderosa todo aquel mecanismo espléndido y una densa tiniebla sumió en la inconsciencia más impresionante al inolvidable compañero. Los que estuvimos a su lado, minuto a minuto, a través de la angustia innarrable de su agonía de una semana, no podremos olvidar jamás su alentar desesperado, su afán indescriptible de vivir por encima de todos los sombríos axiomas de la ciencia, y en los oídos y en los ojos se nos quedará para siempre el cuadro patético y desgarrador del compañero joven que se moría sin remedio, rodeado por la impotencia de tantos que bien hubieran querido darle parte de su vida, llamado a la vida por las palabras sin consuelo posible de su madre, la primera compañera y amiga del hijo ejemplar...
Y mientras el compañero moría, mientras se extinguía crepitando esa llamarada clamorosa y ascendente que fue la juventud de Gabriel Barceló, con todos los sentidos conmovidos por una emoción sin paralelo en nuestras vidas, todos, como en un kaleidoscopio vertiginoso, repasábamos la vida del camarada y del amigo, y ponderábamos su espléndida significación política, la generosidad de su sacrificio, su idealismo batallador y ese admirable desprecio con que acogió todas las envidias y las intrigas de los miserables que quisieron suplantar su altura sin tener ni su cerebro ni su virilidad...
Ninguno de entre todos los muchachos que se iniciaron en la lucha revolucionaria por la liberación de los oprimidos, al calor emocional del ímpetu heroico de Julio Antonio Mella y del sacrificio silencioso y tenaz de Rubén Martínez Villena, se pondrá siquiera molesto si afirmamos que fue Gabriel Barceló el que con más decisión, vehemencia y constancia dedicara su vida a la consecusión de un ideal.
Ninguno tampoco con más eminentes cualidades, porque Gabriel a la par de una mente vigorosa, enérgica, acostumbrada al inflexible y poderoso raciocinar dialéctico, tuvo un valor sobrehumano y magnético, que lo colocó siempre en la primera línea y a ella arrastró consigo a infinidad de compañeros.
La personalidad de Gabriel Barceló surge en el movimiento universitario de 1927 en el que, a pesar de contar con magníficos luchadores, logró hacer su nombre paralelo de cualquier otro. El temido «Máximo Gómez» lo tuvo en su siniestro vientre asesinador, cuando su arrebatada palabra de adolescente hizo conmover a las masas más de lo que convenía al sangriento Asno, y vino entonces la primera etapa de largo destierro de tres años, con el hambre, el frío y el trabajo extenuador, simulados por la alegría luchadora de la juventud.
En diciembre de 1930, cuando, cobrando de nuevo impulso el movimiento iniciado por ellos, lanzó otra vez al combate sin cuartel contra Machado a todos los grupos revolucionarios y seudorrevolucionarios, en unión de un grupo de compañeros, Gabriel Barceló hizo de su presencia en Cuba un arma de agitación y una oportunidad de temores y acechanzas para la repulsiva policía del régimen. Las demostraciones del 10 de enero y del Primero de Mayo, tuvieron en él al eléctrico agitador de la palabra violenta, insulto terrible e incontenible y contagioso espíritu combativo y los que a su lado se balaceraon con la «porra» nunca podrán olvidar su valor, su desprecio incomparable a la muerte, su frenético y alucinante precipitar hacia el peligro. Fue Gabriel Barceló un tipo de virilidad inaudita, un hombre del que todos, cuando iba a ocurrir algún acto agitativo de masas, sospechábamos la muerte inmediata.
Pero la prisión cayó sobre él, y con la lenta paciencia de un monstruo cobarde y traidor, el inmundo rancho del Presidio minó su organismo, y al cabo de dos años, cuando como burlona libertad volvió a dársele el destierro y el hambre, todo estaba preparado para el asalto definitivo.
Sobre su cama de moribundo, el hombre que más que ningún otro debió morir por la traición de un balazo burgués, emitía estertores impresionantes, hipos espantosos, gemidos prolongados y desgarradores, y su respiración entrecortada y anhelosa, era una fatiga moral, una angustia que estrujaba como una mano la garganta de todos, que ponía neblina de vahidos y de llantos en los ojos y hacía rítmica la marcha del corazón estremecido por la pena honda... Y como si fuera una visión del aliento para la lucha, nos pareció que en el afán agónico de Gabriel Barceló se quejaba toda la clase obrera, sometida y explotada, escarnecida, abatida por dolores seculares, sacrificada cruelmente a la bárbara avaricia de los que hicieron siempre del mundo un mercado y de los hombres un rebaño de explotación...
Pero, así como a la postre agonía de Gabriel Barceló tuvo un fin, y su muerte se convierte en bandera flamante y triunfadora, así también tendrá su fin cataclísmico la agonía de la clase obrera y al morir, asesinado, el régimen burgués, los oprimidos podrán hacer ondear ante las edades venideras, la bandera gloriosa de un triunfo que costó más sangre y más heroismo que ninguno, y que contó con adalides como Gabriel Barceló, que supieron arrostrarlo todo y sacrificarlo todo, y cuya altura moral fue tal, que ante su ataúd, a contemplar su rostro macilento, extenuado por la fiebre terrible, sólo se atrevieron a llegar, o los que fueron sus compañeros y camaradas en el combate, o los cínicos cobardes, que vacilaron en seguir su conducta y le pusieron una máscara a la revolución para convertirla en un medro personal, en una usura descarada y ruin que los ha convertido en sombra de hombres, en polichinelas de la revolución...
Periódico Ahora, febrero, 1934