Mosqueteros
Canal Revista Alma Mater
Por Mario Almeida
Nuestros relojes están sincronizados. Mientras anuncian las 4 y 59 de la tarde, en el televisor camina una película que de seguro habrá costado millones de dólares, en la que los animales matan hombres y mujeres por el simple impulso de sus instintos, porque son malos, porque sí y porque la sangre vende.
Tras un poco de trabajo matutino, hemos caído en estos sofás y ha echado a andar nuestra habitual habladuría. Los científicos amenazan con la cuántica, los de letras con las estructuras básicas complejas… y así: cada cual medio aprende algo del otro.
«Deberías escribir de Alexis», comenta Josué. Se trata del utility del centro de aislamiento. En tiempos mejores, trabaja como educativo en la propia residencia estudiantil, por lo que ineludiblemente asocia cada habitación con un grupo de alumnos. Enciende el motor del agua, intenta arreglar lo irreparable, ayuda a brazo partido en el comedor, garantiza conexión a los pacientes y habla con tanta sencillez, parsimonia y tacto, que Daniela asegura que es un tipo adorable.
Resalta su sensibilidad. Sabe que hay que espantar a los gatos de las zonas de comida, pero los alimenta en las afueras. Fue precisamente él quien puso una lata llena de leche junto a la perra recién parida, porque sabe que, hasta para el animal, los días que corren son duros. También aboga por los pacientes y, si alguien intenta persuadirlo con que “eso no es nuestro problema”, queda unos segundos en silencio y remata con que la cuestión es de todos.
Pinareño, atlético, espejuelos, treinta y tantos, par de canas… se sienta a hablar contigo y, de acuerdo con tu carrera, saca de la cabeza algún amigo de sus años y su tierra, que mágicamente puede coincidir con uno de tus más queridos y respetados profesores. «Es bueno», insiste Josué. «Sí. Sí. Se ve que es buena gente», respalda Marcos.
En “las encuestas” ha salido a relucir que, en lo que respecta a trabajo aquí adentro, ocupa el uno o el dos del ranking.
J. J., el del rectorado de la Universidad de La Habana, resulta otro de los inocultables. También ronda los treinta y su mirada se me antoja como una de esas que lo escrutan todo durante 18 horas al día.
Tiene un pensamiento estratégico: estudia las implicaciones de cada acción, calcula las diversas variantes, las mejores soluciones y no calla, porque sabe que de lo que salga o no de su boca puede depender que algo funcione.
Es nuestro escudo. Se faja por que no corramos más riesgo del que nos corresponde o del que —mejor dicho— asumimos antes de llegar; el que más nos escucha, nos entiende y quien alguna noche se nos ha sentado en la sala para integrarse al club de las “conspiraciones”.
Su nombre vuela por los aires cada tres minutos y su voz, pausada y resonante, se acomoda siempre en un vocativo antes de desarrollar la respuesta. Sabe dónde está todo y, cuando lo “joden” más de la cuenta, convierte su rostro en una alambrada de sarcasmo. Lidera.
Por último, al menos hoy, mencionemos a Fredy, más conocido últimamente entre nosotros –desde el cariño– como “el gobernador”. Se da sus perdidas, pero siempre aparece para emitir algún consejo, orden, cierto chiste, dar un codazo o decir: «verdad que ustedes son unos guerrilleros».
Dirige un centro deportivo de por acá y hoy alardeaba que lo suyo era la lucha, donde incluso obtuvo medallas. Guantanamero, menudo, casi sesenta, mirada de guajiro noble. Suele quedarse medio perdido cuando varios llaman su atención y a veces baja la cabeza y dice algo ininteligible y se escurre, pero ha demostrado que siempre acaba al pie del cañón, donde el estruendo puede ensordecer a cualquiera y donde más de una vez han caído los trozos de metralla.
Hace unos días lo atrapamos saliendo del comedor con tres platos de comida y le preguntamos entre risas: «Fredy, ¿cómo que ya te vas a comer?». Moviendo hacia los lados la cabeza, aseguró que no era para él, porque quién ha visto a un jefe comer antes que los demás. «El primero para el trabajo y el último para la comida», sentenció.
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Continuamos maldiciendo las industrias culturales de la filmografía —algunos las defienden a capa y espada— y en nuestros relojes sincronizados casi dan las seis. J. J. nos llama por un costado del apartamento y Fredy lo hace desde otro. Llega el carro de la comida. Alexis ya descarga.