Mis recuerdos

Mis recuerdos


El caso de España ante el mundo » Ratificación de una actitud.

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»La otra falsa base a la que me he referido es aquella de la que algunos parten para lanzarse por el camino de la contienda en el extranjero con determinado sector político español y contra cierta potencia cuyo plano internacional es tan poco desdeñable que ni siquiera Mr. Churchill se ha decidido a lanzar anatemas que muchos de nuestros exilados lanzan. Parece como si el fascismo español estuviera en irremediable trance de muerte y que la herencia hubiera de venir a parar a nuestras manos o a las de nuestros contradictores en el exilio, según unos u otros nos demos más prisa en nuestros mutuos intentos de neutralización. No sé si a todos les hubiera convenido un poco pasar por los campos de concentración nazis o por las cárceles de España, en las que, según me cuentan, se ha apreciado también con bastante precisión de lo que el fascismo es capaz. Yo, que no puedo ser sospechoso de inclinaciones hacia el Oriente, le digo a usted que lo primero es acabar con lo que pudiéramos llamar enemigo número uno. Por mi parte, nada haré ni diré, en tanto ese enemigo se mantenga en pie, que determine coincidencias con él de palabra ni pensamiento. El “anti” que sirve a Franco para someter a nuestro pueblo a la más bárbara de las tiranías no me verá formar en sus filas en tanto sea una realidad política. Los españoles de dentro de España se podían llamar a engaño. Con el fascismo no quiero coincidir ni en el acierto. Ello nos traería consecuencias tremendas para un mañana que, pese a todo, está demasiado próximo. Los españoles que no han salido de nuestra patria en todo este tiempo, y que en definitiva son los más y quizá los más aptos para reconstruir el país, pueden desorientarse al oírnos o al leernos. Creo que debemos empezar nosotros mismos por no desorientarnos tampoco. Clasifiquemos a los enemigos por su importancia en el más exigente de los casos, y no demos armas al número dos, si es que le reputamos al fin tal enemigo, para que pueda hacerse mañana fuerte en las posiciones que nosotros abandonemos hoy por no haber combatido en primer término y con todas nuestras energías al número uno, el verdadero enemigo.

»Ese enemigo no está muerto, y aunque a veces parezca agonizante, hay que tener en cuenta que puede recobrarse. Atención a los manejos y a las intrigas que él mismo realiza para defenderse y a los que fuera del país llevan a cabo grupos que debiendo ver en nosotros la verdadera solución del problema político español, se inclinan a pensar que nunca lo podremos ser y que una pseudodemocratización del franquismo o una monarquía podrían servir mejor sus intereses o sus designios. Podrá argüirse que por esto mismo conviene mostrarse enemigo de cierto partido que en todas partes carece de independencia nacional. Pero también puede suceder que, en la subcontienda que con ese partido llevamos, desatendamos hasta tal punto la que debe ser contienda principal —yo pienso que, por ahora única— que una vez más y por lo que a España se refiere, los combatientes de la subcontienda quedemos unos y otros batidos por lo que vengo llamando el enemigo número uno. Si esto ocurre, los españoles de dentro de España nos abrumarían con una responsabilidad que, a la hora de levantar la cabeza, que tarde o temprano siempre llega, sería obstáculo difícil de salvar por nuestro Partido y nuestras organizaciones.

»Yo prefiero una tregua en la subcontienda para elevarla a la categoría de contienda cuando todos estuviéramos en España y ello pudiera hacerse sin riesgo de que el enemigo verdadero pueda erigirse en tercero en discordia.

Esté usted seguro de que entonces el triunfo será nuestro y nuestro Partido constituirá el eje indiscutible de toda política. El pueblo español habrá aprendido a conocer a unos y a otros y se habrá evitado la posibilidad de que nadie juegue con el equívoco y de que los osados se encaramen a alturas a las que fácilmente han podido llegar en épocas de inextricable confusión.

»Tal es, en líneas generales, mi pensamiento en estos instantes. Le ruego que si las dificultades de expresión lo obscurecen a sus ojos me pida explicaciones. También le agradeceré que no se fíe demasiado de los informes que puedan darle amigos que sin duda me han comprendido mal o ante los cuales yo me haya expresado con deficiente lenguaje en los primeros días de conversación que aquí he tenido con unos y otros.

La política de los bloques.

»Respecto a la política internacional de bloques le diré brevemente, para no hacer interminable esta carta, que creo no es otra cosa que ir colocando los mojones para la próxima guerra. Yo sé que frente a los bloques de derecho que se pueden formar, existen bloques de hecho. Pero soy de los que aún no han llegado a creer que existe alguna fuerza superior a la de las ideas y a la de las conductas. Fiado en este pensamiento deseo que cuanto antes podamos llegar todos a España y comparecer ante el país, para darle cuenta de nuestra gestión de antes de la guerra, durante la guerra y de ahora».

Carta a Jiménez, de Asúa.

A Jiménez de Asúa, el 21 de noviembre le manifestaba en mi carta:

«Querido amigo: Con algún retraso ha sido en mi poder su carta del 31 de octubre.

»Le agradezco sus frases de afecto y de elogio y aún más, si cabe, la alusión a mis errores, aunque hubiera preferido que me los señalase. No para polemizar sobre ellos, sino para rectificarlos en el futuro, pues creo ser lo bastante comprensivo para no aferrarme a las equivocaciones.

»Como me pide contestación, lo hago con mucho gusto, aunque no con la brevedad que quisiera.

»Usted, como otros amigos, supone que mi vuelta de Alemania constituye una esperanza. Veo en esta apreciación mucho de hipérbole. No me considero un Mesías. Soy opuesto al mesianismo. Además, por experiencia sé que esas esperanzas se esfuman en el momento en que no existe coincidencia de opinión con los esperanzados.

»Según usted, mi papel “no debe ser el de unir, si la unión sólo consiste en soldaduras artificiales, sino definir los auténticos principios socialistas y aguardar a que se aproximen a ellos los distanciados por extravíos, engaño o buena fe, y, en cambio, apartar inexorablemente a los tránsfugas y espías de otras comuniones sociales y políticas”.

»Los puntos que trata en su carta exigirían, para ser tratados detenida y detalladamente escribir un volumen o tener una serie de conversaciones que pusieran en claro los conceptos. ¿De dónde deduce usted que yo pienso en uniones artificiales? Yo nunca he pensado en cosa semejante. Sin embargo, no olvide que entre los “auténticos principios socialistas” que usted me encarga “definir” está la frase de Marx: “Proletarios de todos los países, uníos”. Me aconseja en cambio “apartar inexorablemente a los tránsfugas y espías de otras comuniones sociales y políticas”. ¿Apartarlos, de dónde? ¿Están a mi lado? ¿Estoy yo al lado de ellos? ¿Los llamo yo? ¿Deseo que vengan o que continúen a nuestro lado? Tanto como le repugnen a usted me repugnan a mí. Por eso me extraña que me hable de eso, cuando en realidad debiera hacerlo a los que los encumbraron y protegieron con su apoyo para satisfacer sus pasiones y rencores.

«Considero justo el juicio que emite usted sobre la desgraciada situación política y moral de la emigración. Pero me permito decirle que esa situación es consecuencia natural de lo sucedido entre los socialistas de España desde hace quince años, y muy particularmente desde 1934. Situación la de entonces, no provocada por mí, sino por otros, ayudados por muchos con su silencio o colaboración y que hoy, horrorizados, aunque no arrepentidos, de su propia obra, se rasgan las vestiduras. Si en España no se hubiera roto la unión moral y física del Partido y de la Unión por quienes estaban dominados más por sus vanidades y amor propio que por las ideas socialistas, en la emigración no habrían ocurrido los hechos vergonzosos que han disminuido considerablemente el prestigio político y moral del Partido y de la Unión, adquiridos ambos en muchos años de conducta intachable. Además en el exilio se habría conservado la unión tan necesaria para libertar a España del infierno franquista.

El secreto de la fortaleza

»En su carta, como en las de otros compañeros, se alude a mis sufrimientos y se sorprenden de que, a mi edad, haya podido resistirlos. Efectivamente, la estúpida persecución del Gobierno de Vichy encerrándome tres veces en prisión, alguna de ellas en cárcel inmunda; otras tres confinado, con prohibición de hablar con otras personas que no fueran familiares, y negándome autorización para salir de Francia; la criminal detención por la Gestapo, llevándome a otras tres cárceles, y finalmente al campo de concentración de Oraniemburg, cuyo infierno era digno de la pluma de Dante, y la constante alarma e inquietud por mi familia, herían profundamente mi espíritu y cuerpo. Pero ese trato monstruoso me lo infligía el enemigo. Lo cual, aunque me dolía, no me producía sorpresa. Y en vez de enervarme, fortalecía mi voluntad para sobrevivir y vencer, como ha sucedido. Pero, antes, correligionarios míos a los que nunca ofendí, después de más de medio siglo de lucha en defensa de los trabajadores, en la que puse toda mi alma y toda mi inteligencia, sin miras egoístas, me habían herido en lo más sensible: en mi honradez política de socialista, que aprecio más que mi cuerpo, que mi libertad y que mi vida. Se trató de presentarme ante los trabajadores españoles y de otros países como un traidor y como su enemigo número uno, para lo que no escatimó ningún medio, desde la injuria y la calumnia, hasta el atropello y la arbitrariedad. He ahí el secreto de mi fortaleza en la odisea sufrida. Hitler, Laval y sus sicarios me encontraron bien entrenado moral y físicamente para soportar toda clase de injusticias. El trato del fascismo me resulta más llevadero que el recibido por mis correligionarios.

»Sobre otros particulares de su carta debo decirle que no puedo hacerme responsable de informaciones escritas o verbales no refrendadas por mí y para evitar en lo sucesivo erróneas interpretaciones me permito indicarle lo que sigue:

Ratificación de una actitud.

»En política considero obligado mantener con el adversario una actitud correcta, aun en el caso de recibir de él ofensas personales. Si la defensa de las ideas nos impone el sacrificio de la libertad y hasta de la vida, bien podemos sacrificar también el amor propio. En la vida privada podemos tomar actitudes personales negando a nuestros enemigos la mano y el saludo. Esto, en los partidos y en los hombres políticos, creo que es un error que, a la larga, perjudica los fines perseguidos.

»Soy decidido partidario de que, en la emigración, procuremos realizar la unidad del Partido y de la Unión General, sin perjuicio de que en España, en momento oportuno, a cada uno se le imponga el correctivo a que se haya hecho acreedor. Como creo que los dos organismos dichos han de ser la base y la clave para la reconstrucción moral y económica de nuestro país, contraeremos una responsabilidad histórica enorme presentándonos en la repatriación ante nuestros compañeros residentes en la península, deshechos por nuestras querellas, fundadas más en cuestiones tácticas y personales que en la ideología. En este particular debemos llegar, a juicio mío, hasta el mayor sacrificio.

»En relación con el partido comunista hago las siguientes diferencias: Como socialista marxista no puedo ni debo condenar el comunismo, teoría filosófica digna de respeto por todos los que aspiran a una transformación del régimen capitalista en otro de socialización de la riqueza social. En cuanto a la conducta política del régimen soviético en el interior de Rusia, no me considero obligado a juzgarlo, sobre todo no conociéndola a fondo, sino más bien por referencias. En cambio, la política internacional de Rusia me parece errónea, contraproducente para sus propios intereses y perjudicial para el resto del mundo, no exceptuando a España.

»Sobre la conducta política de los llamados comunistas, en España y en los demás países, la considero censurable, incompatible con la del Partido Socialista Obrero Español, y que éste debe tener el menor contacto posible con ellos. Pero como no siempre la política hay que hacerla con arreglo a nuestros sentimientos y deseos, sino a base de realidades, éstas nos impondrían alguna vez contra nuestra voluntad, la colaboración con el partido comunista. Por eso considero un error las afirmaciones rotundas hipotecando la conducta política futura de nuestro partido. Creo más conveniente tener siempre el camino expedito para proceder, en cada caso, según convenga a las ideas y al interés de España.

»Me interesa decirle que no he tenido intervención directa ni indirecta en la contestación dada al señor Giral por el Partido y la Unión en Francia aceptando tenga representación en el Gobierno el Partido comunista.

»He leído los discursos pronunciados en el Centro Republicano Español por Luis Araquistain y Tritón Gómez el día 17 de noviembre bajo la presidencia de Albar, ¿qué os parece? La impresión que me ha producido va expuesta en las cartas de 17 y 22 de diciembre que remití a Pedro Herranz y que a continuación os transcribo:

»He recibido el ejemplar de ‘Adelante’, de México, correspondiente al primero de diciembre.

»En el texto de los discursos de Luis Araquistain y Tritón Gómez se hacen alusiones, directas o indirectas, acerca de mi actitud en el problema de relaciones entre los Partidos Socialista y Comunista, que debo rectificar.

»Luis Araquistain, refiriéndose a mí, dice: ‘Este queridísimo amigo ha escrito una serie de cartas a diversos amigos del Partido, abogando por la colaboración con los comunistas’. Aparte del juicio que pueda hacerse con combatir supuestas opiniones políticas de un ‘queridísimo amigo’ cuando éste se encuentra a varios miles de kilómetros de distancia de donde se hace esta manifestación y en un ambiente hostil al aludido, el cual no puede contestar, afirmo que es absolutamente incierto que yo haya ‘abogado por la colaboración con los comunistas’. Lo correcto habría sido dar lectura de la carta o párrafo donde he hecho semejantes declaraciones para, de esa manera, probar la verdad del aserto.

»En otro lugar del discurso de Araquistain leo; ‘Yo exhorto desde aquí a esos grupos y a esos hombres, y muy especialmente a mi amigo de tantos años y tantas luchas comunes, a Francisco Largo Caballero para que revisen sus posiciones en este grave problema’.

»No tengo que hacer revisión alguna de mi posición ‘en este grave problema’. Mi posición es la misma que desde 1933 y muy especialmente desde el 2 de mayo de 1937, cuando los comunistas y muchos de los hoy anticomunistas me exhortaron a enarbolar la bandera de la fusión y colaboración y que por negarme a ello organizaron el complot para echarme de la Presidencia del Consejo de Ministros y del Ministerio de la Guerra. Esta historia la conoce muy bien ‘mi amigo’ Luis Araquistain. No. No tengo que hacer revisión de mi opinión acerca de ese problema. Cuando aquí, en París, se me ha hablado de unificación o colaboración, he contestado, rotundamente, que era imposible. Lo abogado por mí y no tengo que rectificar una letra, es la conveniencia de tener con todos los partidos y organizaciones sindicales antifascistas relaciones correctas de mutuo respeto, condenando el insulto y la calumnia, porque me parece una falta de sentido político hacer lo contrario, y hasta parecemos, en el ‘anti’ fanático, a Franco, única arma que maneja para seguir sosteniéndose en el poder. Ni en eso quiero imitar al falangismo.

»Trifón Gómez, después de lo dicho por Araquistain, y refiriéndose a nuestras organizaciones en Francia, manifestó: ‘No hay posibilidad de hacer la unidad con elementos del partido comunista ni con los elementos disidentes de nuestro Partido. Y sentiría yo extraordinariamente que hombre calificadísimo de entre nosotros se obstinara en torcer lo que me consta que hasta estos momentos ha sido voluntad unánime, de los afiliados al Partido Socialista Obrero Español y a la Unión General de Trabajadores en Francia.

“¿Sería excesiva pretensión considerarme aludido en esa manifestación? Si Trifón Gómez se refiere a mí, como tengo motivos para suponer, ¿cuándo he pretendido yo la unificación con los comunistas? ¿No he sido yo el que ha dicho a los propios comunistas, cuando me han visitado, que era imposible tal unificación? ¿Cómo, entonces, puede hablarse de obstinación sobre cosas ni siquiera pensadas?

»En cuanto a los disidentes, declaro mi deseo de ver en la emigración y en España un solo Partido Socialista Obrero Español y una Unión General de Trabajadores de España. Afirmar que no hay posibilidad de hacer la unidad con los elementos disidentes del Partido y de la Unión, es lo mismo que decir que existirán siempre, dos Partidos Socialistas y dos Uniones Generales. A esa opinión no me puedo sumar, y emplearé todas mis energías para acabar con la división. Y si ésta no se logra, salvaré mi responsabilidad.

»Creo que está claro lo que pienso sobre problema tan grave. Decir lo contrario acusa mala fe y propósito de reanudar campañas que creí terminadas.

»Como a las manifestaciones de dichos oradores se les ha dado publicidad, no tengo inconveniente en que dé usted a conocer esta carta como le parezca, a fin de dejar las cosas en su verdadero lugar”.

«Supongo en su poder mi carta anterior, donde le decía algo respeto a los discursos de Araquistain y de Trifón Gómez.

»Me dice que está usted más conforme con la opinión de Leiva y que éste habla en representación de la Alianza Democrática de España, la cual, según él, quiere el restablecimiento de la República y no el plebiscito. Si lo dicho por Leiva es igual a lo que me expuso en una conversación que tuvo aquí conmigo, le consideraré un iluso. El Partido Socialista Obrero Español residente en España está conforme con un período de transición y acepta la consulta al país. Esto se lo afirmo porque tengo en mi poder copia de un documento donde lo declaraba a la representación de Inglaterra en España.

»El Partido Comunista Español en Francia ha enarbolado la bandera del plebiscito con garantías».

A Eduardo Arín, en varias cartas, le expuse mi opinión, cosa que no vale la pena de repetir aquí; pero como de la última, fecha 22 de diciembre, no os habrá dado cuenta, según le recomendé, os la transcribo, a fin de que estéis completamente informados:

«En mi poder la suya del 11 del actual.

»Muy agradecido por las buenas noticias que me da de mi familia. Gracias a usted y a otros amigos me entero de cómo están mis hijas, yernos y nietos. Ellos no contestan a nuestras cartas. De Concha y Barrero hemos recibido unos retratos magníficos.

»No comprendo bien qué quiere decirme con que Barrero tiene ganas de estar a mi lado. ¿Significa el deseo de que vaya yo a México o de que venga él aquí? Mi ida a ésa depende de cómo se enfoque el problema de volver a España. Si el Gobierno y ustedes, se obstinan en que Francia nos ofrezca la República en bandeja o piensan como algunos ilusos que podemos conquistarla con nuestras propias fuerzas y las del interior de España, entonces deberemos resignarnos a morir en la emigración y, en ese caso, yo prefiero acabar mis días al lado de mis hijas y de mis nietos. Lo que pretenden algunos, que más que patriotas y socialistas, son unos exaltados inconscientes, es físicamente imposible. Al Gobierno en el exilio no lo reconocerán los países más importantes, a lo sumo romperán con Franco, más que por la acción del Gobierno, por motivos de conveniencia de política internacional. Sin que tenga él la culpa, el Gobierno es, hoy, el mayor obstáculo para encontrar una fórmula honrosa de solucionar tan grave problema. Tengo la impresión de que ahí viven ustedes demasiado bien para poder ver claramente el asunto. Quiero sospechar que no tienen ustedes una información exacta de la situación de España y en el mundo. Si la tuvieran, pensarían de otra manera.

»Le agradezco la información de lo sucedido ahí. Pero observo en algunos de ustedes que la fobia contra ciertas personas les impide examinar el problema de la vuelta a España de una manera objetiva. La inconsciencia, versatilidad o falta de sinceridad de los hombres es digno de ser tenido en cuenta. Pero lo importante es salvar a España decorosamente, sin claudicaciones, y para hacerlo me consta que hay hoy posibilidades. Si por nuestras extravagancias políticas y por nuestras disputas perdemos la ocasión, podremos despedimos para mucho tiempo de encontrar otra.

»A1 fin de su carta me expresa su deseo de venir a Francia porque supone que “nuestra hora de acción sonó”. ¿Qué quiere decir? Si es para vivir aquí, le anticipo que la vida es muy difícil. No hay luz ni carbón. El consumo de agua está restringido y un kilo de tomates cuesta 150 francos. Por estos detalles puede figurarse cómo está la vida. Si supone que su venida puede ser útil para cooperar desde Francia a la liberación de España, porque “ha sonado la hora de nuestra acción”, le aconsejo que deseche esa ilusión. Si alguien le ha hecho creer eso, le engaña y se engaña él mismo. El problema de España entró en el área internacional, y en el área internacional ha de resolverse. Sobre este particular se publicará un artículo mío en algunos periódicos de Francia a primeros de año. También se publicará en varios de América. En él verán que el Partido Socialista Obrero Español residente en España está conforme con un período transitorio y una consulta al país. Si lo dicho por Leiva es lo mismo que expresó en una conversación que tuvo conmigo, lo conceptúo como un iluso.

»El Partido Comunista Español en Francia ha enarbolado la bandera del plebiscito con garantías. El Partido Socialista Obrero Español y la Unión General de Trabajadores de España en Francia no han dicho todavía “esta boca es mía”. Siempre vamos a remolque de los demás. Nos ocupan el tiempo y la inteligencia nuestras disputas y dejamos que, entre tanto, nos arrollen los acontecimientos. Así nos crecerá el pelo.

«Seguramente preferiría usted una crítica contra la actuación de Prieto y sus partidarios. No puedo, no quiero, ni debo entretenerme en eso. Antepongo a ello el interés de España. Después, ya veremos. Le ruego dé a conocer esta carta a mi familia y amigos, a fin de aliviarme un poco del trabajo que pesa sobre mí».

Después de todo esto ¿puede hablarse como lo han hecho Araquistain y otros? ¿Se hace por error o mala fe?

Todavía podía deciros otras muchas cosas, pero se haría interminable esta información. Más adelante, acaso, os remita otras cosas que crea interesantes para que las archivéis.

En espera de alguna vuestra, dad de mi parte muchos besos a mis nietos y para vosotros todos recibid el cariño de vuestro padre.

Francisco Largo Caballero.

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