Melanie
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Cuando Parks se mete bajo el Humvee y echa un buen vistazo al eje trasero, suelta una maldición.
Con amargura.
No es ningún experto en mecánica, pero hasta él se da cuenta de que está en mal estado. Ha recibido un buen golpe a poca distancia del centro, seguramente cuando saltaron el foso de seguridad, y tiene una profunda deformación en forma de «V», con una pequeña pero visible grieta en el punto de impacto. Han tenido suerte de llegar tan lejos sin que se parta por la mitad y está clarísimo que así no podrán seguir mucho más. Al menos solos. Y a estas alturas, lo que ha oído por la radio revela que no van a recibir ayuda desde la base.
En su fuero interno debate si tiene sentido examinar el motor. Algo le pasa también y, aunque seguramente pueda repararlo, lo lógico es que el eje falle mucho antes de que tengan que preocuparse por eso.
Es lo lógico, pero no es seguro.
Con un suspiro, sale de debajo del Humvee y se dirige a su parte delantera. El soldado Gallagher lo sigue como un cachorrito abandonado, aún mendigando órdenes.
—¿Todo bien, sargento? —pregunta con tono ansioso.
—Levánteme el capó, hijo —dice Parks—. Tenemos que echarle un vistazo a sus tripas.
Las tripas parecen bien, lo que resulta sorprendente. Los ruidos del motor se debían a que los soportes del motor estaban desatornillados. El bloque del motor, suspendido en ángulo, vibra al entrar en contacto con la parte interior del guardabarros. Habría acabado destrozado más tarde o más temprano, pero de momento no parece haber sufrido mucho. Parks saca el juego de llaves del cajón de herramientas que tiene el vehículo en un costado, pone nuevos tornillos a los soportes y vuelve a colocar el bloque en su sitio.
Se toma su tiempo, porque cuando termine tendrá que empezar a tomar decisiones sobre lo demás.
* * *
Parks celebra la reunión lejos del vehículo, para precaverse en la medida de lo posible frente a sorpresas desagradables, y ordena que la pequeña hambrienta permanezca sentada fuera, sobre el capó.
Así es como lo ve, como una reunión informativa. Es el único soldado que tienen, con la excepción de Gallagher, que es demasiado joven para tener opinión y no digamos para hacer planes. Así que le toca a él tomar todas las decisiones.
Pero las cosas no salen así. Las civiles tienen sus propias opiniones —cosa que, en la experiencia de Parks, siempre ha sido sinónimo de desastres y dolores de cabeza— y no muestran reparo alguno en expresarlas.
Para empezar, cuando les dice que van a dirigirse hacia el sur. Tiene todo el sentido —y, probablemente sea su única posibilidad—, pero en cuanto lo oyen comienzan a poner reparos.
—¡Todas mis notas y muestras están en la base! —dice la doctora Caldwell—. Hay que recuperarlas.
—Y hay treinta niños allí —añade Justineau—. Y la mayoría de sus soldados. ¿Qué pretende, abandonarlos sin más?
—Eso es exactamente lo que vamos a hacer —dice Parks—. Y si cierran el pico les explicaré por qué. He estado pendiente de la radio cada diez o quince minutos desde que paramos. Y no es que no recibamos respuesta desde la base, es que no hay respuesta, punto. No ha escapado nadie. O, si han escapado, no lo han hecho con vehículos o sistemas de comunicación, de manera que, por lo que a nosotros se refiere, es como si estuviesen en otro planeta. Ahora mismo sería imposible localizarlos sin que se nos echen encima los chatarreros. Si nos los encontramos en la carretera, genial. De lo contrario estamos solos y lo único sensato que podemos hacer es volver a un sitio seguro. A Beacon.
Caldwell no responde. Ha separado los brazos por primera vez y está examinando sus heridas con mirada furtiva y temerosa, como una jugadora de póquer que estuviese levantando las esquinas de sus cartas para ver lo que le ha mandado la diosa Fortuna.
Pero Justineau sigue insistiendo, justamente como esperaba Parks.
—¿Y si aguardamos unos días y luego volvemos a la base? Podemos ir lentamente, reconociendo el terreno. Si los chatarreros siguen allí, nos retiramos. Pero si está despejado, entramos. Podemos hacerlo la doctora Caldwell y yo solas, mientras ustedes se quedan atrás y nos cubren. Si los niños siguen vivos, no puedo dejarlos allí.
Parks suspira. Hay tantos disparates en este pequeño discurso que es difícil saber por dónde empezar.
—Vale —dice—. Primero, no estaban vivos. Segundo…
—Son niños, sargento. —Hay un punto de amenaza en su voz—. El hecho de que sean hambrientos no es relevante.
—Perdóneme, señorita Justineau, pero es más que relevante. Los hambrientos pueden sobrevivir mucho tiempo sin comida. Puede que indefinidamente. Si siguen encerrados en ese búnker, estarán a salvo. Y seguirán a salvo hasta que alguien lo abra. Y si no siguen allí, lo más probable es que los chatarreros los hayan sumado a su estampida, en cuyo caso ya no son problema nuestro. Pero le voy a decir algo que sí lo es. Habla de volver a hurtadillas a la base. De reconocer el terreno. ¿Y cómo propone que lo hagamos, exactamente?
—Bueno, pues nos acercamos y… —comienza a decir Justineau, pero entonces se detiene, porque lo comprende.
—Si llevamos el Humvee es imposible acercarse sigilosamente —dice Parks. Es lo mismo que ha pensado ella—. Nos oirán llegar desde tres kilómetros de distancia. Y si vamos sin el vehículo, nos meteremos medio desarmados en una zona donde acaban de soltar a un par de miles de hambrientos. No apostaría por nosotros.
Justineau no dice nada. Sabe que tiene razón y no va a defender algo que, evidentemente, es un suicidio.
Pero entonces la doctora Caldwell vuelve a intervenir:
—Creo que es una simple cuestión de prioridades, sargento Parks. Mi investigación era la razón de ser de esa base. Por muy peligroso que sea recuperar las notas y muestras del laboratorio, creo que debemos intentarlo.
—Y yo no —dice Parks—. Por la misma razón que antes. Si sus cosas siguen allí, será porque las han dejado. Creo que es lo más probable, porque el papel no les interesa… salvo para limpiarse el culo. Iban en busca de comida, armas, gasolina… cosas así.
«Salvo que lo que quisieran era cobrarse venganza por los tíos a los que mataron por culpa de Gallagher», pero eso prefiere no decirlo de momento.
—Cuanto más tardemos en volver… —comienza a replicar Caldwell.
—Así que voy a tomar una decisión —la interrumpe Parks—. Vamos hacia el sur y seguimos probando suerte con la radio. En cuanto estemos al alcance de las emisiones de Beacon, les contamos lo que ha pasado. Pueden enviar un equipo aerotransportado con potencia de fuego de verdad. Recogerán sus cosas del laboratorio y lo más probable es que se pasen a buscarnos de camino a casa. En el peor de los casos, si no conseguimos contactar con ellos por el camino, tendremos que informar una vez allí. El desenlace será el mismo, pero con un día o dos de diferencia. En cualquiera de los casos, todos contentos.
—Yo no estoy contenta —responde Caldwell con voz fría—. Nada contenta. Un solo día de retraso en la recuperación del material es inaceptable.
—¿Y si voy a la base sola? —pregunta Justineau—. Podrían esperarme aquí y si no regreso…
—Ni pensarlo —le espeta Parks.
No quiere ser brusco con ella, pero está harto de bobadas.
—De momento esos cabrones no saben hasta dónde hemos llegado, por dónde nos hemos ido y si estamos vivos o muertos. Y quiero que siga siendo así. Si vuelve y la capturan, nos tendrán a todos.
—No diré nada —replica Justineau.
Pero Parks no tiene que decir nada para desmontar esta afirmación. Son todos adultos.
Se prepara para oír nuevas objeciones, porque está convencido de que van a llegar. Pero Justineau está ocupada observando a la pequeña hambrienta, al otro lado de la pradera, que parece estar dibujando algo en el polvo del capó. La expresión de la niña es como la que tendría si estuviera tratando de descifrar una palabra complicada en una página manchada. Y ahora que Parks se da cuenta, es la misma que hay en la cara de Justineau. Esto le provoca una cierta desazón. Por su parte, Caldwell está doblando los dedos como si quisiera comprobar si aún funcionan, así que por ese frente tampoco llega nada.
—Muy bien —dice—. He aquí lo que vamos a hacer. Hay un arroyo a un par de kilómetros al oeste que, hasta donde yo sé, aún no está contaminado. Pasaremos primero por allí para reabastecernos de agua. Luego iremos a uno de los depósitos de suministros para aprovisionarnos. Necesitamos comida e inhibidor, sobre todo, pero también hay un par de cosas más que nos vendrán muy bien. Y después, en línea recta. Hacia el este hasta la A1 y luego hacia el sur hasta Beacon. Rodeamos Londres o lo atravesamos, según. Lo decidiremos a medida que nos acerquemos. ¿Alguna pregunta?
Hay un millón de preguntas y lo sabe perfectamente. También tiene bastante claro cuál va a ser la primera, y no le decepcionan.
—¿Qué pasa con Melanie? —pregunta Justineau.
—¿Qué pasa con ella? —replica Parks—. No corre el menor riesgo. Puede vivir de la tierra, como cualquier hambriento. Prefieren a las personas, pero se alimentan de cualquier carne que huelan. Y sabe usted muy bien lo rápido que corren. Lo bastante como para alcanzar a cualquier criatura.
Justineau se lo queda mirando como si le estuviese hablando en otro idioma.
—¿Recuerda hace solo un momento, cuando he usado la palabra «niños»? —dice—. ¿No me ha entendido? Me da igual su ingesta de proteínas, sargento. Lo que me preocupa es el problema ético que supone dejar abandonada a una niña en medio de la nada. Y cuando dice que está a salvo, supongo que está hablando de los demás hambrientos.
—Ignoran a los suyos —dice Gallagher con voz aguda. Es la primera vez que interviene—. Es como si no se diesen cuenta de que están ahí. Supongo que será porque huelen de otro modo.
—Pero no está a salvo de los chatarreros —continúa Justineau sin hacerle caso—. Ni de los demás enclaves de chiflados que puede haber por aquí. La atraparán y la cubrirán de cal viva sin saber siquiera lo que es.
—Lo sabrán perfectamente —dice Parks.
—No pienso abandonarla.
—Con nosotros no puede venir.
—No pienso abandonarla.
La posición de los hombros de Justineau revela a Parks que lo dice en serio, que han llegado a un callejón sin salida.
—¿Y si va en el techo? —dice Caldwell en medio del silencio—. Supongo que, con los daños que ha sufrido el eje, iremos bastante despacio y puede agarrarse a la baca. Incluso podría sacar el pedestal del arma para que se sujete.
Todos la miran y se encoge de hombros.
—Creí haber dejado clara mi posición. Melanie forma parte de mi investigación. Posiblemente sea lo único que queda de ella. Si tenemos que aceptar algunas molestias para poder traerla con nosotros, me parece bien.
—No voy a dejar que la toque —dice Justineau con voz tensa.
—Bueno, esa es una discusión que podemos posponer hasta que estemos en Beacon.
—De acuerdo —se apresura a decir Parks—. El pedestal no voy a sacarlo… Por él se accede al vehículo. Puede ir en el techo. No tengo ningún problema con eso, siempre que se mantenga a una distancia razonable de nosotros cuando tengamos que abrir las puertas.
Y eso es lo que acuerdan finalmente, justo cuando Parks empezaba a pensar que iban a quedarse allí sentados, discutiendo, hasta que empezaran a salírseles los sesos por las orejas.
Justineau se acerca al monstruo para explicárselo.
Parks ordena a Gallagher que tenga a la cría a la vista en todo momento y que no se aleje un instante del fusil o la pistola. Como es natural, también él estará vigilándola, pero no está de más pecar por exceso de prudencia.