Matanzas está herida

Matanzas está herida

Néster Núñez


Matanzas está herida, sus hijos, su geografía; también está herida en su orgullo. Esos tanques de petróleo, junto a la zona industrial y la bahía, son para la ciudad un símbolo visual, económico, algo profundamente identitario. Por eso duele de modo tan íntimo. Por eso agradecemos y admiramos la valentía de los que arriesgan la vida intentando detener este colosal desastre.

El resto de los matanceros, impedidos de hacer otra cosa -desde las casas, desde la ribera opuesta, en la TV o las redes sociales- vemos arder los tanques. Nunca imaginamos que algo así fuera posible. Es casi como ver a El Morro de La Habana desmoronándose lentamente, piedra a piedra, envuelto en llamas.

Muchos no hablan. Solo han salido a contemplar lo que probablemente sea el espectáculo más impresionante y más triste de sus vidas. Otros se comunican con sus familiares en el extranjero, les explican… Mejor, transmiten en vivo. Es difícil expresar con palabras lo que sienten. Estamos bien, estamos bien -dice una muchacha para calmar a la que está del lado de allá de la línea, y de momento tapa el micrófono del teléfono hasta que se aleja la sirena de la ambulancia-. Te decía que estamos bien, vinimos para casa de tía en La Playa hasta que todo pase. De verdad, no te preocupes. Su interlocutora estará a muchos kilómetros de distancia, pero muy cercana en el tormento. Será de Matanzas, de Cuba. Es humana.

Cuando se reúne un pequeño grupo surgen las anécdotas: el que trabajó en la instalación de los pararrayos hace diez o doce años, según dice. El que especula sobre el riesgo de que el incendio avance por las tuberías soterradas hacia los tanques de nafta, de gasolina, incluso le preocupa el oleoducto que une Supertanqueros con la refinería de Cienfuegos.

A ese pronto lo obvian, por exagerar demasiado, y después del breve silencio alguien dice que tiene un pariente, o un conocido o un vecino que está allá fajado con la caliente. No es necesidad de protagonismo, pienso, sino esa urgencia de querer aportar algún elemento valioso porque no es fácil permanecer a la espera, sin poder ayudar. Vuelve a haber un silencio, esta vez más prolongado, más oscuro. Después alguien dice, bajando la cabeza y casi en un susurro: Carajo, es que la cosa está tan mala… yo sabía que por algún lado tenía que explotar.

Y luego están aquellos que juegan futbol, que se bañan en la playa. Quiero pensar que sí, que les duele, pero que aún no toman conciencia del daño humano, material y ecológico que este siniestro representa. Serán, supongo, los primeros en ir a donar sangre si se necesita, por ejemplo.


O que han terminado de trabajar en esos restaurantes privados que ofrecen comida gratis a los médicos y bomberos. Será que son de los que piensan que la cosa está tan, pero tan mala, que es imprescindible salir a despejar para que no sean sus propias cabezas las que terminen reventando.

Matanzas está herida. Y con ella, Cuba completa.