María de Magdala
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PREFACIO
EN EL CUAL TRABAMOS A LA VEZ CONOCIMIENTO CON ADÁN, EVA Y LA SERPIENTE.
El joven, sin embargo, tenía prisa. La tarde tocaba a su fin, y activaba la andadura de su mula a través de las calles de Tiberíades, pero la voz que por encima de la ciudad trajo la brisa del lago era de tan sorprendente belleza, que para escucharla mejor detuvo su montura. Era una voz de muchacha que cantaba en un griego purísimo; una voz dulce, cultivada, alegre y clara, y en su frescura existía una potencia, una resonancia de campana, que permitía se oyera desde lejos y que obligaba al oyente a permanecer inmóvil, como encantado.
José de Galilea había estudiado griego en la universidad de Tiberíades, la ciudad nueva que Herodes Antipas había hecho construir a orillas del Mar de Galilea —el lago de Genesaret, como lo denominan los pescadores—, por lo que comprendía las palabras de la canción. Se trataba de un poema de amor que el griego Meleagro compuso para su bien amada Heliodora de Tiro:
Tejeré violetas blancas
y hojas de mirto verde,
y rodearé con narcisos
la vara de los altos lirios claros,
mezclaré azafrán tierno
al Jacinto de mirada azul,
y confiaré a la rosa
todo el amor de mi ardiente corazón:
Heliodora, toma la corona
y colócala en tus cabellos.
José sólo contaba veintiún años, pero era alto, esbelto, y su rostro de una serenidad mayor a la que correspondía a su edad, en el que brillaban unos ojos negros, expresivos y vivaces, atestiguaba la pureza de un linaje que remontaba más allá de la época de David.
Vivía con su madre, en la ciudad de Magdala, en las alturas que dominaban el lago, a pocas millas de la universidad, cuyos cursos podía seguir fácilmente. Maestros griegos formaban en ella estudiantes de todas las nacionalidades y les enseñaban la medicina y las ciencias, tal como habían sido formuladas por Hipócrates, Tales y otros grandes talentos en los tiempos en que Grecia era el centro mundial del conocimiento.
Con el fin de ganar su sustento y el de su madre, José había ingresado como aprendiz en casa de Alejandro Lysímaco, médico y cirujano judío, famoso en toda la región de Magdala, al mismo tiempo que se ocupaba en colocar sanguijuelas para aliviar los humores malignos de los romanos cuyas villas bordeaban el lago, de los ricos romanos cuya sangre sobrecargaban los excesos.
Como judío devoto, él no podía residir en Tiberíades, ya que la ciudad había sido declarada impura y maldita por los sacerdotes, cuando los arquitectos de Herodes mancillaron los cadáveres del cementerio, ahora desaparecido bajo las calles de la ciudad, pero nada le impedía aceptar el buen oro romano aplicando sanguijuelas a los congestionados. Y aquel mismo día, entre las doce o quince que contenía el frasco que llevaba en la albarda de la mula, había tres ahítas de la sangre de Poncio Pilatos, ya que el gobernador romano de Judea residía con idéntica frecuencia en su casa de campo a orillas del lago, que en Cesárea, su capital, en la costa mediterránea.
Al parecer, esta elección le había sido dictada por el clima; sin embargo, la verdad poseía un aspecto de carácter político: le interesaba muchísimo no perder de vista a Herodes Antipas, tetrarca judío de Galilea.
Atraído por la voz de la muchacha, como un trozo de hierro por la piedra negra denominada magues, José se dirigió, a lo largo de las calles pavimentadas con granito, hacia el lugar donde surgía la música. Todo en la ciudad era tan nuevo que el barro y el polvo no habían tenido aún tiempo de fijarse en los intersticios de las grandes losas, por lo que el peatón debía cuidar de no tropezar.
Al doblar el ángulo de una calle se encontró ante un hermoso espacio descubierto que precedía al magnífico Foro, desbordante de sol y de novedad. Habíase aglomerado allí una multitud que aplaudía a la cantante y que lanzaba a sus pies moneda menuda como señal de admiración.
José trepó al pedestal que soportaba una de las águilas romanas de granito que decoraban el Foro. Si su piadoso padre, israelita, le hubiese visto allí, hubiera lanzado gritos de indignación sincera y de sincero horror, ya que, para los judíos, las imágenes grabadas o esculpidas que representaban seres vivos eran la forma material y visible de un gran pecado; incluso lo era examinarlas desde demasiado cerca. Por consiguiente, abrazarse a ellas ¡era el colmo!… Herodes el Grande, abuelo de Antipas, se atrajo el descontento de su pueblo al exhibir de tal modo los emblemas de sus dueños los romanos para atraerse el favor de éstos. Y para expiar este crimen —cosa que sólo había conseguido en parte— hizo construir el grande y hermoso templo de Jerusalén.
El actual Herodes, más romano que judío, mostraba toda la arrogancia de su abuelo sin poseer ni mucho menos su inteligencia.
Desde donde se encontraba, José podía ver sobre la acrópolis el palacio del monarca, verdadera ciudadela, que se alzaba en el flanco de las negras escarpaduras de basalto y que dominaba toda la orilla del lago, sombrío y poderoso símbolo de la fuerza militar y de la autoridad real.
La muchedumbre, en la que abundaban griegos y romanos, formaba un círculo alrededor de la cantante, sentada sobre una piedra, con una lira apoyada contra su pecho, tan tranquila como si se encontrara en su casa. Dieciocho años quizá, más alta que lo normal entre las judías, esbelta pero sin nada en ella de anguloso, ofrecía ya la indudable promesa de una embriagadora y muy femenina belleza.
El ligero chal que cubría sus cabellos, conforme a la regla impuesta a las mujeres de su raza, no conseguía disimular su esplendor cobrizo y luminoso, y bajo los rayos rojos del sol poniente encuadraban su rostro con un halo ricamente coloreado.
Los rasgos de la joven presentaban una curiosa mezcla de griego y judío, cuyo resultado era un rostro de una perfección casi clásica y de una inolvidable belleza, con sus pómulos ligeramente acusados y su frente alta, que indicaba una inteligencia que confirmaba la mirada fría de sus ojos color de violeta.
En aquel momento estudiaba la muchedumbre como si considerara el número exacto de monedas que podía aún arrancar a los hombres que la aclamaban con tan vehemente entusiasmo.
Tanto como la palidez de su piel, su audacia en cantar un poema de amor en público, por muy noble que fuera, en una ciudad maldecida por los judíos, confirmaba la parte de sangre griega que corría por sus venas.
Su traje era de buen tejido y estaba bien cortado, pero, aunque bastante limpio, aparecía usado y fatigado, igual que el cuero de las sandalias que calzaban sus pequeños pies.
La acompañaban cuatro músicos, cuya tez oscura y perfil acerado como de halcón los señalaba como nabateos[1], lo mismo que sus vestiduras largas y flotantes, que son las que llevan los hijos del desierto que caminan a través de los arenales al sur y al este del Jordán y del Mar Muerto, donde se eleva la amplia ciudad de Petra. Su jefe, el más alto de ellos, de rostro majestuoso, tocaba una cítara; otro, un largo tubo cortado en una caña de Egipto; el tercero, una trompeta de bronce.
El último llevaba fijados a sus brazos unos címbalos, y a sus pies unas planchas sonoras denominadas scabella, destinadas a marcar con sus sonidos el ritmo de la melodía. Era un conjunto curioso, que parecía más adecuado para acompañar a unos bailarines que a una cantante.
Si tales conjuntos no eran raros en las opulentas y populosas ciudades de las orillas del Lago, José no recordaba haber visto nunca a ninguno con una muchacha como solista, y menos aún una joven dotada con una voz cuya perfección sobrepasaba con mucho los instrumentos de los músicos, una joven de una belleza tal que se hubiera creído, bajo la luz dorada de la plaza, un gran lirio entre cardos.
—¿Quién es?
Le hizo la pregunta a un romano que se encontraba a su lado, un tipo tan grueso que su grasienta toga parecía a punto de estallar en las junturas. El romano le lanzó una mirada cargada de desprecio, que significaba ni más ni menos que era un sacrilegio por parte de un judío mal vestido dirigir la palabra a un ser de esencia superior. Sin embargo, respondió desdeñosamente:
—La llaman María de Magdala. Una meretriz, sin duda.
José conocía el injurioso vocablo romano. Las meretrices o prostitutas abundaban en todos los lugares donde se aglomeraban los romanos, más allá de sus fronteras, y las actrices, danzarinas y cantantes solían reclutarse, en su mayoría, entre esta clase. Un grupo considerablemente más elevado en la escala social —si no en la escala moral— era el de las cortesanas, versión romana de la hetaira, este personaje célebre en Grecia; a semejanza de su modelo griego, la cortesana ejercía sobre sus admiradores una poderosa influencia, y, por mediación suya, sobre la sociedad romana. Los judíos devotos escupían en el polvo aplicando por instinto a todas las mujeres de sus dueños —esposas o amigas, madres o hijas— el nombre de «Jezabel[2]».
A los ojos de José, la hermosa joven cantante no se parecía en nada a «las mujeres de la calle» que pululaban literalmente en aquella hermosa ciudad nueva de Tiberíades: ninguna clase de pintura, ni maquillaje ni antimonio ensuciaban la pálida frescura de su tez, y el resplandor ardiente de su opulenta cabellera no debía nada a la alheña de Cleopatra. Era, eso sí, lo bastante bella para poder ser una cortesana, y una cortesana de rango, pero había algo en sus modales, en su actitud, en la tranquila dignidad con que permanecía sentada en la piedra, sosteniendo la lira contra su pecho y aceptando con sencillez, como cosa natural, los aplausos del auditorio, que sugería alguna historia muy diferente.
Ahora la muchedumbre repetía, como las repetirían todas las muchedumbres a través de los siglos a venir, estas palabras:
—¡Otra! ¡Otra! ¡Otra!
María de Magdala sonrió, sin condescendencia ni bajeza, sonrió con bondad, y arrancó a las cuerdas sonoras una melodía que evocaba el dulce susurro del agua deslizándose sobre las rocas en algún rincón de escondida belleza. Después se puso a cantar el melancólico lamento del poeta Filodemo a Xanto, su bien amada. José se preguntó cómo era posible que aquella joven no sólo conociera la existencia, sino que se supiera de memoria aquel poema tan clásico; nunca, de ello estaba seguro, nunca, aunque se tratara del palacio de un rey, había sido cantado por una voz tan hermosa.
Mejillas más blancas que la cera de las abejas,
senos suavemente perfumados…
Grandes ojos donde la musa se despierta,
¡oh, labios, que me habéis turbado!…
Cántame tu canción,
¡oh, mi pálida Xanto!, cántala,
que tu voz encante mi razón,
que su dulzura, también, me encante.
Oh, Xanto mía, repite otra vez
tus acordes más tiernos,
que tus dedos armoniosos hagan vibrar las cuerdas,
hagan estremecerse mi corazón hasta el fin de mis días.
Delicias de mi alma, ¡oh, mi Xanto!, templa
la frescura de tu canto al fuego de mi amor.
Mientras ella cantaba, José posó su mirada en la multitud: se veían pocos judíos, ya que éstos, por regla general, evitaban Tiberíades. En realidad, para poblar su magnífica ciudad nueva, Herodes Antipas se había visto obligado a importar la escoria de otras ciudades. Aquella chusma vino sin hacerse de rogar, ya que allí podía ganarse mucho oro, y robar aún más, al servicio de los romanos, cuyas villas de placer cubrían la orilla color de esmeralda de su lago de amatista. La más espaciosa de aquellas villas —únicamente el palacio de Herodes, en la acrópolis, era más vasta y más rica— pertenecía a Pondo Pilatos, procurador de Judea.
Todas cuantas emociones pueden agitar a un hombre se leían en las miradas fijas en la joven. Unos escuchaban extasiados la belleza de su voz, de las notas cristalinas que salían de su lira, de ese contacto con lo sublime que la música consigue a los que aman; otros sólo admiraban la juventud y el encanto de la cantante. En algunos ojos, sin embargo, sólo se reflejaba una ardiente concupiscencia: tal era sin duda alguna el caso de un oficial romano revestido con el uniforme de púrpura de los tribunos; en él reconoció José a Gayo Flaco, el sobrino favorito de Poncio Pilatos, comandante de la guardia personal del Procurador; en todo aquel rincón de Judea se hablaba de la crueldad que aquel hombre odioso y odiado daba prueba contra aquellos que tenían la desgracia de caer en sus manos, de su amor por la copa llena y por las muchachas vírgenes, y de las saturnales que celebraba con preferencia en el palacio mismo de su tío.
Gayo Flaco era alto, su cuerpo era de proporciones magníficas y la belleza clásica de sus rasgos de una perfección casi femenina. Hubiera podido pasar por la encarnación misma de Apolo o de Dionisio, pensamiento que José, apenas se le ocurrió, se apresuró a borrar de su mente, ya que para un judío era sacrilegio detener a sabiendas su espíritu, aunque fuera sólo por un segundo, en aquellas abominables divinidades paganas que numerosas ciudades del Imperio —Alejandría, Roma, Antioquía, Éfeso y tantas otras— adoraban aún y celebraban con orgías escandalosas.
Una vez finalizado el canto, los músicos alzaron los instrumentos. Entonces, a una señal dada por el jefe en su cítara, entonaron todos una danza bárbara, nacida en el desierto, más allá del Jordán y del Mar Muerto. La flauta lloró la extraña melodía que las cuerdas y el cimbalista recogieron imprimiéndole un ritmo más vivo, punteado por el sonar nervioso de las scabella, y por encima de aquel golpear vehemente con los pies contra las losas de granito de la calzada, por encima de aquel ritmo obstinado y obsesionante que recordaba el sonar de lejanos tambores, se alzó la llamada aguda, clara y autoritaria de la larga trompeta.
María de Magdala dejó su lira en el suelo, se alzó sobre las puntas de los pies y, con los brazos en alto, permaneció durante un momento, tensa, como si estuviera adorando a algo, o a alguien, invisible. La música parecía acariciar su cuerpo, suscitar en su esbelta belleza un ritmo fluido que seguía el sonido de los címbalos, la trepidación de las scabella y de las cuerdas y la alta y larga queja de la flauta y de la trompeta.
Lentamente primero y después con más rapidez, a medida que se aceleraba el canto de los instrumentos, se puso en movimiento para iniciar una danza, que, si bien en sí misma no era incitante, logró que la respiración de los espectadores se hiciera más breve y más dura, a medida que se sentían hechizados por su cadencia; parecida ella misma a un instrumento musical, el cuerpo adolescente, pero ya cargado de seducción, vibraba con una melodía propia.
Mientras danzaba, su chal[3] se soltó y, como la estorbara, lo rechazó a cierta distancia; inmediatamente, la masa gloriosa de sus cabellos se derramó por sus hombros y los rodeó de una cascada de oro color de cobre; se hubiera dicho una antorcha giratoria, un vivo haz de fuego, y un murmullo de admiración se elevó de la concurrencia. Por un esfuerzo de voluntad, José separó su mirada de la muchacha y la dirigió hacia Gayo Flaco. Una lujuria sin recato y una luz calculadora brillaban en los ojos del romano, y José se preguntó si la joven sabía el efecto que su danza podía producir en los hombres, y de los peligros que a causa de ello se exponía.
Hacia la mitad de la danza, María de Magdala se echó a reír de gozo y, deliberadamente, provocante, se puso a dar vueltas ante el gran tribuno, dirigiéndole una mirada burlona.
El ritmo se aceleraba más y ella giraba alrededor del círculo abierto por los espectadores, esquivando con habilidad las manos que intentaban tocarla a su paso. Ahora las monedas caían en abundancia sobre las piedras, alrededor de sus ágiles pies; sin embargo, la música ascendía hacia su apogeo para cesar de repente, como rota.
De puntillas, con los delicados senos agitándose por la excitación de su triunfo y por su esfuerzo físico, María de Magdala parecía la estatua de Afrodita, una estatua con los ojos brillantes, con las mejillas de un rosa luminoso, mientras redoblaba el trueno de los aplausos.
José fue el primero en ver cómo el rosa luminoso desaparecía de sus mejillas, dejándolas pálidas como el mármol. Durante unos segundos la joven permaneció inmóvil, como si realmente se hubiera transformado en la diosa del Amor; después osciló y ejecutó dos o tres pasos rápidos para restablecer el equilibrio. Presintiendo lo que iba a suceder, se lanzó hacia ella, pasando entre varios hombres que le separaban del espacio libre donde ella permanecía aún en pie.
Sin embargo, se hallaba demasiado lejos del círculo vacío y fue el tribuno Gayo Flaco quien recibió en sus brazos el cuerpo leve de la danzarina, cuando se derrumbó en un síncope.