María de Magdala

María de Magdala


LIBRO PRIMERO » Capítulo II

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Capítulo II

DONDE SE VE A LA SERPIENTE, TAN TENTADA COMO TENTADORA, Y A ADÁN LLEVÁRSELA PROVISIONALMENTE CONSIGO.

Durante unos instantes, mientras el oficial romano depositaba en el suelo a la muchacha desvanecida, la muchedumbre permaneció como paralizada. Después, de repente, alguien gritó:

—¡Está poseída por el demonio, huyamos!

Los que ocupaban la primera fila empujaron en seguida a los demás, esforzándose por pasar entre ellos y huir lo más aprisa posible, ya que todo el mundo sabe que los demonios, sobre todo mientras la víctima se halla inconsciente, abandonan el cuerpo del poseso para trasladarse a otro sano.

José fue el único que, mientras los demás se empujaban para escapar, se adelantó hacia la muchacha y hacia el tribuno que estaba arrodillado cerca de ella.

Gayo Flaco le reconoció, debido a que su tío, Poncio Pilatos, requería con frecuencia los cuidados del joven.

—¡Eh! ¡Tú! ¡Sanguijuela! ¡Ven a ayudarme!

José se arrodilló junto a la danzarina, que seguía sin conocimiento, y al intentar tomarle el pulso en la muñeca, el joven se tensó con violencia. A continuación trató de colocarle una moneda entre los dientes, según le enseñara Alejandro Lysímaco, su maestro, con objeto de impedir que se mordiera la lengua, cosa que sucede con frecuencia a los epilépticos durante sus convulsiones. Sin embargo, se dio cuenta de que no se trataba de una crisis de epilepsia: las mandíbulas, en vez de estar contraídas, se entreabrían, y un torrente de palabras salía de la garganta, una mezcla confusa de frases y de canciones infantiles, de gemidos y de protestas, como si alguien la castigara y, al fin, gritos de dolor mientras su cuerpo se retorcía bajo los golpes de un invisible látigo. Todo ello no duró más allá de un minuto; después, como si aquel desahogo verbal hubiera servido de válvula a un exceso de energía de su delgado cuerpo, permaneció completamente inmóvil.

—¿Es el Mal Sagrado? —preguntó Gayo Flaco.

La epilepsia, considerada unas veces como el resultado de una posesión demoníaca y otras como el de una presencia divina, se conocía con el nombre de Mal Sagrado, e incluso aún se le denomina así, cuando ya quinientos años antes, Hipócrates explicó que era una enfermedad cualquiera, que procedía de una causa natural, por la disminución o pérdida de los humores del cerebro y de los nervios, disminución o pérdida que los dejaba en un estado anormal de sequedad.

Y mientras contemplaba a la muchacha, el aprendiz de médico se decía que debía existir mucha verdad en el punto de vista del médico, ya que transpiraba y, cuando se inició su caída, se había vuelto de repente blanca como la cera, prueba de que los humores corporales abandonaron su cabeza, sede del cerebro. Sin embargo, no se había mordido la lengua ni existió crispación de las mandíbulas, ni espuma en los labios, ni sacudidas y agitación convulsiva, ninguno de los signos descritos por Hipócrates como característicos de lo que él prefería llamar «El Gran Mal».

—¡Responde, Sanguijuela! —gritó Gayo Flaco con voz irritada—. Debe de ser el mal sagrado, ¿verdad?

José no se atrevía a contradecir al romano, cuya naturaleza violenta era bien conocida, pero no estaba en modo alguno seguro de la exactitud de su diagnóstico. En aquel instante, la muchacha estornudó con fuerza.

Hayim tobim umarphei! —dijo maquinalmente José, ya que algunos aseguraban que el estornudo posee estrechas relaciones con la muerte, y que podía ayudarse al interesado deseándole buena y santa vida.

Otros, en cambio, creían que la acción de estornudar, ittush, presagiaba buena suerte. Fuera lo que fuese, su diagnóstico no era ya tan difícil, porque nunca se había visto que una crisis de epilepsia terminara en un estornudo.

—No creo que sea el Mal Sagrado —le dijo al romano, sin vacilar más.

—Entonces, ¿qué es?

Ninguno de los dos se daba cuenta de que la muchacha abría los ojos y los escuchaba.

—Un desvanecimiento quizá. La fatiga de la danza… —No obstante, por deferencia a la creencia judía, le parecía conveniente añadir—: A menos que esté posesa…

María de Magdala se sentó de un salto, con las mejillas encendidas de indignación.

—¿Estoy tan cheresh (sorda) —preguntó colérica— que os permitáis hablar mal de mí ante mi propia cara?

Gayo Flaco sonrió:

—¡Nadie habla mal de ti! El médico y yo…

—¡El médico! ¡Oh! José de Galilea no es más que un ponedor de sanguijuelas.

José se sintió contraerse como una de sus propias sanguijuelas ante la intensidad de aquella indignación. Protestó:

—¡Nunca he pretendido ser médico! Estabais danzando, os encontrasteis mal, y el noble tribuno os ayudó cuando ibais a caer; yo me acerqué a ofrecer mi ayuda.

La cólera de la joven desapareció con la rapidez que había aparecido, como las emociones en los niños. Después sonrió, pero lo hizo al bello romano, y no al judío de vestidura raída.

—Siento haberle molestado, noble señor —dijo en un griego impecable, y José se maravilló otra vez de su sangre fría y de sus modales, tan seguros de sí mismos.

La mayoría de las muchachas de su edad hubieran enmudecido ante la magnífica apostura del sobrino del Procurador.

Gayo Flaco se inclinó con una gracia igual.

—Si todavía os sentís débil, la villa de mi tío está muy cerca.

Sin embargo, otra preocupación más urgente se apoderó de ella. Dirigiéndose al jefe de los músicos que esperaba a algunos pasos, le dijo:

—¡Hadja!… ¿Y el dinero?… Debe de haber mucho.

—Lo hemos recogido, oh Llama Viva, mientras permanecíais con la crisis.

María golpeó el suelo con el pie:

—¿Cuántas veces —exclamó furiosa—, cuántas veces tengo que repetirte que no tengo «crisis»?

—¿Habéis sufrido alguna otra vez el mismo accidente? —preguntó José escogiendo con prudencia sus palabras.

—A veces, cuando bailo, me encuentro mal… Vértigo…

Síncope… ¡No tiene importancia!

Se puso en pie, pero osciló otra vez y hubiera caído si José no la hubiese abrazado. Sentía su cuerpo flexible bajo sus dedos, y no podía negarse interiormente que su pulso latía más veloz desde que sus manos rodeaban el leve talle.

—Permitid que os lleve hasta la villa de mi tío —sugirió Gayo Flaco, solícito.

—Ahora ya me encuentro bien, completamente bien, señor —dijo separando las manos que aún la sostenían.

Siempre dirigiéndose al romano, dijo:

—Gracias por tu ofrecimiento, noble señor. Debo regresar a Magdala con mis músicos.

—Podéis montar en mi mula —sugirió José—. Yo voy directamente a Magdala.

No se detuvo a pensar que tendría que ir más despacio y que a sus enfermos les desagradaría verle llegar con retraso.

Sin embargo, por el momento lo más importante era permanecer al lado de María.

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