María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo XXIV
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Capítulo XXIV
EN EL QUE SE VE A PONCIO PILATOS PROPONER LA LIBERTAD DE JESÚS, Y A LOS JUDÍOS, EMPUJADOS POR CAIFÁS, COMPROMETER ESPANTOSAMENTE EL PORVENIR.
La gran muchedumbre reunida alrededor del Praetorium donde el gobernador hacía justicia, indicaba que el proceso de Jesús —¡si iba a ser un proceso!— comenzaría pronto, a menos que ya estuvieran…
Sin embargo, las águilas que flotaban en el carro en el que viajaban y el hecho de ver a la esposa de Pilatos, bella y encantadora, de pie en el vehículo, les abrieron paso por entre la masa del pueblo. Numerosos eran, entre aquella gente, los que varios meses antes formaban parte de la plebe decidida a lapidar a Jesús, y contra quien el centurión Trojas los había protegido.
No eran ya las sencillas gentes de la ciudad que escuchaban con fervor las enseñanzas del Nazareno y que le amaban. Se trataba de una chusma sabiamente reunida, por orden del Gran Sacerdote: allí se encontraban todos aquellos que odiaban a Jesús por motivos personales —los cambistas del Templo, los vendedores de palomas, los mercaderes de corderos, todos los traficantes y bandidos, los sacerdotes de menor importancia que vivían bien gracias a los beneficios fraudulentos, cuya mitad los vendedores les entregaban como precio de su silencio, los escribas despreciativos y altaneros, que llevaban colgado de la espalda el cuerno lleno de tinta, signo de su profesión—. Todos estaban allí defendiendo su posición y no renunciarían a ella fácilmente. Jesús no podía esperar ningún perdón de aquellos que le odiaban: ¡y a quienes estorbaba tanto…!
En el departamento de Prócula, María esperaba a los viajeros.
Las dos mujeres se abrazaron y Claudia preguntó:
—¿Qué debo hacer para impedir esta cosa abominable, María?
—Jesús está en este momento en el Praetorium, delante del Procurador. Si os trasladáis al lado de vuestro marido, quizás, a petición vuestra, pronuncie una sentencia menos terrible.
—Él no me perdonaría nunca si interviniera en público, y con ello sólo se conseguiría agravar las cosas. Pero voy a escribirle unas líneas y las haré llevar inmediatamente. Detrás del trono existe un lugar desde donde podremos ver y oír lo que suceda…
Ella guió allí a sus amigos… Vieron a Pilatos, instalado en una alta plataforma, con lictores a los lados, cuyos haces mantenidos en posición vertical indicaban que se trataba de un juicio civil.
Jesús acababa de entrar en la sala, siempre atado, siempre entre los soldados romanos, pero con el rostro más hinchado, más tumefacto, más ensangrentado que la víspera, lo que demostraba el mal trato que le habían infligido durante la noche.
No obstante, en sus ojos aparecía la misma claridad, como si contemplara alguna cosa muy alejada, o muy secreta, que los demás no podían percibir, y asimismo en sus labios, desgarrados y ensangrentados, la misma sonrisa compasiva.
Detrás de él, los sacerdotes conducidos por Caifás, con la boca más duramente apretada que nunca y los ojos más llenos que nunca también de un odio frío.
—¿Qué reprocháis a este hombre? —preguntó el Procurador al Gran Sacerdote, conforme al rito.
—Pretende ser rey de los judíos. ¡Todos se lo hemos oído decir!
Su mirada, que paseó por sus satélites, exigía adhesión: un murmullo de aprobación se alzó en seguida.
Entonces Pilatos preguntó al prisionero:
—¿Eres tú rey de los judíos?
Jesús, mirándole fijamente, permaneció unos instantes callado. Después respondió:
—Tú lo dices.
Pilatos quedó visiblemente desconcertado por aquella respuesta, y Caifás, que no sentía deseos de perder terreno alguno, dirigió contra él múltiples acusaciones, que los demás confirmaban unánimemente.
Durante aquel tiempo, un soldado se acercó al trono y tendió al Gobernador la tablilla de cera sobre la cual su mujer había escrito su mensaje, que él leyó ávidamente, extraordinariamente sorprendido. Volviéndose, vio a su mujer, cuya presencia en Jerusalén ignoraba; su mujer, que con las manos juntas y los ojos llenos de lágrimas imploraba en silencio. Durante un momento sus dudas fueron perceptibles.
José podía casi leer el desarrollo de sus pensamientos, porque Pilatos, a pesar de su crueldad, no era un hombre llevado a la acción directa ni a los proyectos prolongados. Por dos veces había chocado con los judíos de frente, insistiendo para que el derecho acostumbrado en Roma prevaleciera sobre las leyes antiguas. Y cada vez su resistencia pasiva le había obligado a ceder.
José sintió que el Procurador estaba tentado a poner pura y simplemente en libertad a un Jesús libre de toda culpa, aunque aquello debiera representar una ruptura con Caifás, debido a que ambos se habían puesto de acuerdo para destruir a aquel hombre que resultaba tan peligroso para el Gran Sacerdote y los suyos, y para el Procurador, a quien costaría las peores preocupaciones si la caldera de la revolución contra Roma, siempre a punto de hervir, se desbordaba.
Pilatos interrogó de nuevo al prisionero.
—¡Ya ves de todo cuanto te acusan…! ¿Tú no contestas nada?
Y, en efecto, Jesús no respondía nada más. El Procurador frunció las cejas y se volvió hacia Caifás, como inquiriendo su opinión.
Algo en los ojos del Gran Sacerdote, quizás un relámpago de desprecio por la vacilación sensible del romano, pareció alcanzarle a éste en lo vivo, pues su rostro enrojeció y se endureció a la vez. Se le vio hinchar el pecho, erguirse en el trono y convertirse en «el hombre que ya ha tomado una decisión».
Claudia, que le vigilaba con angustia, exclamó con voz ahogada:
—¡No, Poncio, no!
Pero al mismo tiempo un hombre, entre el auditorio, gritó:
—Pon en libertad a un prisionero, como es costumbre hacerlo hoy.
Aunque la súplica de Claudia no llegara hasta él… un centenar de voces se elevaron, una después de otra, o simultáneamente, por grupos, repitiendo la petición del primero. ¡Todo ello estaba muy bien orquestado!
Sin embargo, el rostro del Procurador se aclaró: sería un medio de salir de aquellas dificultades. Si el pueblo pedía a Jesús, poseería buenas razones para concedérselo.
Aquello era no contar con la astucia de Caifás y su sabio arte para prevenir las cosas.
El pueblo exigió a Barrabás.
Pilatos no dejaba de sentir una cierta contrariedad al pensar en Claudia Prócula: quiso todavía hacer algo en el sentido pedido por ella. Barrabás, en fin de cuentas, no era más que un infame bandido de derecho común.
—¿No deseáis que ponga en libertad a aquél a quien llamáis el rey de los judíos?
—¡No! ¡No! ¡Queremos a Barrabás!
—Pero, el otro, ¿qué mal ha hecho? Yo no veo nada en él que merezca la muerte.
—Queremos a Barrabás.
—¿Y qué haré con el otro? ¿Qué mal ha hecho?
—¡Crucificadlo! —gritaron. Y aún más fuerte—. ¡Crucifícalo!…
Viendo que no ganaba nada y que la cosa podía acabar mal, ordenó que le trajeran una jofaina y un jarro, y se lavó las manos en presencia de la multitud:
—Yo soy inocente de la muerte de este hombre —dijo—. Es asunto vuestro. ¡Ved! Yo me lavo las manos de su sangre.
Entonces un clamor terrible surgió de la masa:
—¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
Él hizo flagelar a Jesús, esperando quizá que aquel castigo bastaría para apaciguar el humor sanguinario de los otros. En lo cual también se equivocaba.
Y los soldados condujeron al Justo hasta el lugar de la ejecución.