María de Magdala

María de Magdala


LIBRO PRIMERO » Capítulo III

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Capítulo III

EN EL CUAL VEMOS NACER UNA AMISTAD.

El camino trepaba por los acantilados de basalto que dominaban Tiberíades, y José hubo de conducir con el mayor cuidado su mula, que no estaba acostumbrada al peso de una mujer a su lomo. Cuando llegaron a una superficie llana, en el flanco de la montaña, hizo que el animal descansara, pero los nabateos continuaron su camino, ya que sus largas zancadas desarrollaban más camino que la mula, que avanzaba penosamente.

María se sentó en una roca que dominaba el lago y todas las blancas casas de Tiberíades.

—¡Qué fresco hace aquí! —exclamó ella echando los cabellos hacia atrás—. En Tiberíades hace mucho más calor.

—El aire cálido produce fiebre y da trabajo a los médicos.

Debería apreciarlo… pero me siento más a gusto cuando me alejo de Tiberíades.

Herodes no se preocupó, cuando mandó construir la ciudad, de la naturaleza de los vientos más frecuentes. Si la masa de aire que pasaba por los desfiladeros de las montañas entre las cuales se extendía ahora el lago, en verano; la frescura en el centro de este mar interior y en las ciudades que se extendían por la orilla norte no llegaba a la costa oriental, de manera que el aire era siempre bochornoso, a pesar de toda su belleza y de todo su esplendor, sus lujosas villas romanas y el magnífico palacio de Herodes, en las alturas de la acrópolis, Tiberíades resultaba una ciudad malsana.

—¿A quién visitaste hoy? —preguntó María.

José descolgó el tarro que contenía sus sanguijuelas y lo alzó a la luz. Tres de los animales negros y brillantes permanecían casi inmóviles entre los otros que, sin cesar, se contraían, distendían y enroscaban.

—Estas tres se han engordado con la sangre de Poncio Pilatos —declaró con un fingido orgullo.

Ella no pareció asustarse lo más mínimo ante aquellos bichos, cuya sola vista en general hacía lanzar gritos de terror a las muchachas.

—Se dice en Magdala que la sangre de David corre por tus venas, José —prosiguió ella—. ¿Por qué te dedicas a poner sanguijuelas?

—Mis pacientes pagan bien, y aprendo todo cuanto Alejandro Lysímaco puede enseñarme.

Ella frunció la nariz, mientras le miraba con descaro.

—¿Y no te desasosiega en este trabajo —dijo ella— que la gente sepa que José de Arimatea, el más rico mercader de Jerusalén, es tu tío y que llevas su nombre?

Su tono burlón hizo que José se sonrojara: ¡la recomendación de su tío fue lo que le valió tener por cliente a Poncio Pilatos!

—Cuando posea más dinero —dijo— iré a Alejandría a aprender medicina.

—¿Y por qué no a Pérgamo o a Epidauro?

José la contemplaba sorprendido.

—¿Cómo es que conocéis la existencia de esas ciudades y los estudios que allí se cursan?

—Yo conozco muchas cosas —dijo ella con orgullo—. Más cosas que tú, sin duda, porque tú, aparte de la medicina, no te fijas en nada. Yo te he encontrado con frecuencia en Magdala, pero tú siempre estabas demasiado ocupado para interesarte de que yo existía.

—¡Seguramente no sabía que estaba ciego! —respondió él inmediatamente.

María sonrió:

—Demetrio es mi maestro desde que tuve doce años. Él ha estado en todas partes, y además yo leo todo cuanto me cae en las manos.

—¿Quién es Demetrio?

—El fabricante de liras. Vive en la calle de los Griegos, donde pasa la Vía Maris. Y yo vivo con él —explicó en un tono plácido y positivo.

A José le chocó aquella manera tan franca de admitir que vivía con un hombre, y se apresuró a cambiar de tema para disimular su turbación. Volvió a referirse a Alejandría y descubrió con sorpresa que María sabía muchas más cosas que él sobre aquella ciudad, como sobre otras muchas. Cuando le habló de su Universidad y de su escuela de medicina, ambas casi las mejores del mundo, y que atraían a estudiantes de todos los países, ella le ofreció el contrapunto inmediato de los teatros, de los circos, del Serapeum consagrado al culto de SerApis, la divinidad combinada —mezcla de un dios desconocido y del Apis[4] egipcio— de los antiguos cultos de Iris y de Osiris, de la torre ígnea de Faros, que dominaba el puerto y de la que se asegura posee cuatrocientos ells[5] de altura, es decir, quinientos noventa pies.

—¿Cuándo estuvisteis en Alejandría? —preguntó inocentemente José, cada vez más intrigado.

—Nunca. No he estado nunca, pero —añadió convencida— iré algún día.

—Pero, entonces, ¿cómo conoces todo eso? He leído muchísimas cosas sobre Alejandría, pero vos sabéis más que yo sobre ella.

—Demetrio vivió allí largo tiempo y la ama mucho. Para ti, el día de mañana, será muy importante poder decir que has estudiado en el Museum. Incluso en Jerusalén y en Antioquía pocos son los que pueden envanecerse de ello.

Lo que ella decía era exacto, y José lo sabía. Existían muy pocos médicos verdaderamente competentes, lo mismo en Galilea que en Judea. Los que iban a estudiar a Alejandría casi siempre se quedaban allí, debido a que la comunidad judía de esta ciudad era más importante que toda la población de Jerusalén.

Sin embargo, las colinas y los valles de Judea y Galilea eran la patria y el hogar de los antepasados de José desde los tiempos del rey David, de quien descendía. Amaba la magnífica región que rodea el lago y sabía que la recordaría siempre, allí donde estuviese. En su mayoría, los curanderos de Galilea eran ponedores de sanguijuelas, como él mismo, o esenios que sólo disponían, para cuidar a los enfermos, de ciertas preces y ciertas hierbas secas. Ávido de conocimientos, asimilaba todo cuanto su actual preceptor podía enseñarle, un joven médico ardiente y trabajador siempre encontraba muchas cosas que aprender en Alejandría, donde constantemente se descubrían nuevos remedios, e incluso existían médicos audaces que se atrevían a abrir las carnes del cuerpo para curar la enfermedad.

—¡Algún día iré a Alejandría! —La voz serena y decidida de la muchacha devolvió a José a la realidad de la hora presente—. Bailaré y cantaré en el teatro y llegaré a ser muy rica.

No se trataba de la exposición de una esperanza, sino del tranquilo enunciado de una seguridad.

—¡Os veo muy segura de vos misma!

—Soy hermosa. Poseo una bella voz. Danzo bien. ¿Por qué no he de llegar a ser una gran actriz? Y además, soy capaz de declamar de memoria los versos de la mayoría de las comedias griegas.

—Pero sois judía —protestó José—. Una mujer judía no debe exhibirse en un escenario.

—También soy griega —dijo enérgicamente María—. Y nunca me sentí más feliz que el día en que Demetrio me llevó a su casa, donde vive a la manera de los griegos.

—Eso es asunto vuestro.

Y añadió sonriendo:

—¿No está escrito, refiriéndose a una mujer: Ella abre la boca con sensatez?

Molesta por su tono irónico y por la manera hábil con que había vuelto contra ella sus mismas palabras, María, con un gesto altanero, alzó la cabeza hacia atrás.

—Vámonos. Ya es hora de que prosigamos el camino. A ti, seguramente, te espera trabajo y, por lo que a mí respecta, debo comprar en el mercado la cena de Demetrio.

José asintió:

—Yo debo visitar a Eleazar, el mercader de paño, que está en el lecho con una dolorosa hinchazón de rodilla.

Mientras ayudaba a María a subir a la mula, José se decía a sí mismo que la naturaleza de aquella hinchazón de rodilla hacía poco probable que las sanguijuelas la aliviaran, pero no veía qué otro remedio podía proponer al paciente. Lo cierto es que sin duda alguna ellas debieron de extraer «algo» de la desgraciada rodilla hinchada, puesto que, ante el asombro de Eleazar, se hincharon a su vez bajo el efecto del líquido vorazmente absorbido. Una vez reinstalada María en la mula, reemprendieron la dura subida por el sendero que conducía hasta la altura donde colgaba la ciudad de Magdala. Mientras caminaba al lado del animal, y después de atravesar el acueducto que conducía el agua que fluía más arriba, en el flanco negro de la roca, José contaba en su memoria el número de monedas que guardaba en una jarra cocida, en su casa.

El contenido de la bolsa que le colgaba de la cintura sonaría agradablemente al caer a su vez en la jarra. Por pocos que fueran los clientes que demostraran su agradecimiento con tanta liberalidad como Poncio Pilatos, podría ir a Alejandría antes de lo previsto.

María de Magdala parecía absorbida por la belleza —en realidad maravillosa— del lago, que, rodeado de montañas, y con el pico nevado del monte Hermon, titilaba como mármol a lo lejos y semejaba una gran joya verde.

Al final del lago, más allá de las ciudades del llano y del hermoso valle de Genesaret, al pie de los montes escarpados, corría una cinta de camino enlosado de gris, que unía Egipto, al sur, con Damasco y Babilonia, al norte y al este. Cierta vez, José caminó hacia el río Jordán, cuyas rápidas aguas atraviesan el lago, hasta el lugar denominado Puente de las Hijas de Jacob. En alguna ocasión tuvo que visitar enfermos en las ciudades de Betsaida y de Cafarnaúm, en la orilla norte del lago pero por lo general las evitaba, como hacían la mayoría de los judíos piadosos, debido a que se trataba de ciudades turbulentas, cuyos habitantes olvidaban a gusto las costumbres primitivas para adoptar las más rebajadas de los griegos y romanos.

Una fórmula corriente en Jerusalén aseguraba que «nunca nada bueno podía venir de Nazaret», la cual estaba situada al sudoeste, en dirección al mar, pero esta fórmula se podía aplicar mejor aún a Cafarnaúm.

La voz de María interrumpió el curso de sus pensamientos.

—¿Quién era el romano que me sujetó cuando iba a caer, José?

—Creí que lo sabías. Gayo Flaco, el sobrino de Poncio Pilatos.

—Es muy guapo.

—Y malo en la misma proporción —dijo secamente el muchacho—. He oído contar historias muy desagradables respecto a él.

—¿Cómo sabes tú que son verdad?

—He tenido que ir bastantes veces al palacio de Poncio Pilatos.

—¿Es cierto que el Procurador hace bailar ante él a muchachas desnudas, esclavas que proceden de Oriente? —preguntó la joven.

José, ante tanta audacia, se sonrojó y dijo:

—¡Una muchacha de vuestra edad no debería decir tales cosas, ni tan siquiera pensarlas!

María replicó con vivacidad:

—Tengo dieciocho años y hago lo que me da la gana.

—¡Eso os ocasionará disgustos! Recordad la ley de Moisés:

¡Honra a tu padre y a tu madre, a fin de que numerosos sean los días sobre la tierra que te dé el Señor tu Dios!

Una expresión extraña cruzó por el rostro de la danzarina y sus labios se contrajeron hasta que el suave dibujo de su boca no fue más que una línea severa:

—¡José, no me hables nunca de padres ni de madres si deseas ser amigo mío! —dijo ella con un tono de voz seco.

Después, por una de esas transformaciones repentinas que 29 había podido observar en aquel breve espacio de tiempo, sus modales cambiaron por completo:

—¡Y tú no exageres tu seriedad! ¡No debes de tener mucho más de veintiún años! Si no vas con cuidado, serás viejo antes de que te des cuenta de que podrías haber sido joven…

Y ella imitó con tanta comicidad la mueca desaprobadora de un viejo escandalizado, que José no pudo aguantarse la risa.

Y con aquel buen humor compartido entraron juntos en Magdala.

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