María de Magdala

María de Magdala


LIBRO PRIMERO » Capítulo IV

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Capítulo IV

EN EL CUAL TRABAMOS CONOCIMIENTO CON DEMETRIO, CONSTRUCTOR DE LIRAS GRIEGO, Y SE ENTREVÉ A SIMÓN, PESCADOR QUE SE LLAMARÁ PEDRO ENTRE LOS APÓSTOLES.

Si José sentía curiosidad por saber dónde vivía María, y más curiosidad por ver al hombre con quien —según confesara ella misma— vivía, quedó chasqueado. A la entrada misma de la ciudad, se deslizó de la mula al suelo, agradeció amablemente a José su ayuda y rechazó la oferta de dejarse acompañar hasta su casa. Él permaneció un momento contemplándola alejarse por la calle de los Vendedores de Palomas, delgada, frágil y graciosa, y no azuzó a la mula hacia la mansión donde debía visitar a un enfermo, hasta que María hubo desaparecido sonriendo.

Las calles estaban repletas de viajeros que buscaban para pasar la noche en alguna de las numerosas posadas de la ciudad.

Llegaban del norte, donde la Vía Maris pasaba cerca de Cafarnaúm, pequeña ciudad bastante ruidosa y disoluta, donde un viajero podía perder con facilidad el contenido de su bolsa y hacerse romper la cabeza sin esfuerzo. Llegaban del este, donde la Vía Romana atravesaba el valle de las Palomas, estrecho desfiladero bordeado de grutas y cavernas donde se capturaba a las aves para venderlas en el templo. Sin embargo, ¡no siempre se encontraban sólo palomas! Temibles aves de presa, ladrones y bandidos se escondían allí en espera de algún desgraciado que se rezagara en la oscuridad.

Los viandantes, lo mismo si llegaban de una u otra dirección, se detenían por lo general en Magdala para evitar que la noche se les viniera encima, y los viajeros debían disputar el derecho de paso a los cazadores de palomas, una de las más importantes actividades de la ciudad, que regresaban a sus hogares por la noche con sus mulas cargadas de jaulas donde zureaban los pájaros.

Eleazar, el mercader de paños, sufría mucho y exclamó:

—¡Te has hecho esperar mucho, Sanguijuela! ¿Qué te ha retrasado?

José se apresuró a escoger los gusanos, dejando en el tarro los que ya estaban hartos.

—He cuidado a una muchacha que se desmayó en la calle, en Tiberíades —explicó—. Una danzarina.

—¡María de Magdala!

La mujer del pañero, desde el rincón donde permanecía vigilando constantemente, con la vista alerta, la boca dura y la lengua acerada, escupió literalmente el nombre.

Aquel estallido hizo dar al muchacho tal respingo, que se le escapó una sanguijuela.

—¿La conoce? —preguntó mientras se inclinaba a recoger el negro bicho.

—¿Quién, en todo Magdala, no conoce a María, esa desvergonzada pelandusca?

La voz de la mujer expresaba en tono sobreagudo su indignación.

—¡Vamos, vamos, Raquel! —protestó el mercader—. Ignoras si lo que estás diciendo es verdad.

—¡Ella es culpable de abodah zarah! ¡Toda la ciudad habla de ella!

Abodah zarah, uno de los tres pecados mortales según los judíos, significa literalmente: conversión al paganismo. Los judíos devotos aplicaban fácilmente la expresión a todos cuantos vivían a la manera de los griegos o de los romanos paganos; José comprendía que aquéllas cuya virtud dominante no fuera la caridad la aplicasen a María. Él mismo, sin duda alguna, debería ser tildado de abodah zarah por algunos, ya que seguía los cursos de la universidad «pagana» de Tiberíades, donde los filósofos y sabios griegos enseñaban lo que un judío piadoso consideraría cómo herejía.

Preocupado por lo que la mujer de Eleazar había dicho de María, José no se mostró tan hábil como acostumbraba en la manipulación de la rodilla enferma.

—¡Por el Profeta! —protestó el mercader—. ¡Tratas a mi pierna como si fuera un bastón que pretendieras romper encima de tu rodilla!

—¡Debe de estar embrujado! —gruñó la esposa en la penumbra—. No sería el primero que perdiera la cabeza por María de Magdala, a causa de los malditos demonios que la poseen.

Una vez acostado y como no lograra dormirse, José se dijo que, en efecto, debía de estar hechizado. Eso si alguno de los demonios que, según aseguraban, habitaba en la muchacha, no se había escapado de ella y entrado en él. Sea cual fuera la causa, no podía desprenderse de su recuerdo y cuando, por fin, se durmió fue para oír su voz en sueño, y ver su cuerpo dar vueltas como una antorcha viva. No obstante, cuando el sueño lo condujo al momento en que iba a rodearla con sus brazos, le fue arrancada por un griego llamado Demetrio, que llevaba un uniforme de tribuno romano.

Por la mañana decidió dirigirse a la casa de Demetrio y ver por sí mismo de qué clase eran las relaciones que unían a la muchacha con el fabricante de liras, incluso si, para informarse, debía simular interés en la compra posible de un instrumento que desconocía en absoluto y que sería incapaz de utilizar.

No tuvo necesidad de tomarse tanto trabajo, ya que de una manera bastante curiosa, cuando se encontraba tomando su desayuno, se presentó en su casa uno de los músicos nabateos, rogándole pasara a cuidar a Demetrio en la calle de los Griegos.

El mensajero esperó en la calle mientras él renovaba su surtido de remedios, y colocó en su bocal un lote de sanguijuelas en ayunas.

Antes de salir, cepilló cuidadosamente su vestido y se pasó un peine por su corta barba.

—¿Qué sucede, José? —le preguntó su madre—. ¿Qué haces con esos bichos?

—Voy a casa de un griego llamado Demetrio.

—¡Ésa no me parece una explicación razonable! ¡Nunca te has acicalado tanto, ni siquiera cuando fuiste llamado por primera vez por el Procurador! ¿Hay alguna muchacha en esa casa?

La sangre que afloró a las mejillas de su hijo confirmó las sospechas de la señora.

—¿Quién es ella? —le preguntó con aire burlón—. ¿Cuándo puedo esperar la llegada del corredor de matrimonios?

La pregunta cogió a José desprevenido. No podía ni pensar en el matrimonio antes de haber realizado su ambición de completar sus estudios en Alejandría, incluso si hubiera pensado para ello en María. Lo cual, se dijo en seguida con una seguridad excesiva, no era el caso.

—Te desenvuelves muy bien para ser sólo un aprendiz de médico —prosiguió su madre con un candor muy bien simulado—. Ayer mismo, Alejandro Lysímaco me aseguraba que sabes ya más que las tres cuartas partes de los médicos de toda Galilea.

José veía sin la menor dificultad la estrategia que debía utilizar: si se enamoraba de la muchacha, sin duda abandonaría el pasmoso proyecto de ir a Alejandría, y también pensaba que su madre acogería con satisfacción la visita del corredor de matrimonios si esta visita significaba que él, José, pensaba instalarse en Galilea o incluso en Jerusalén.

—¿Por qué —preguntó tiernamente besando la frente de la excelente mujer—, por qué he de preocuparme de una esposa si tú me cuidas tan bien?

Antes de que ella pudiera proseguir su interrogatorio, él cogió su tarro de sanguijuelas y su saco de remedios y se unió al nabateo que le esperaba a la puerta.

La mansión del fabricante de liras, sin ser en modo alguno lujosa, era bastante amplia. La mayoría de los griegos que habitaban en aquella calle eran artesanos, orfebres y sastres, y vivían bien. Los sonidos que salían de la casa de Demetrio no tenían ninguna relación con sus ocupaciones, eminentemente tranquilas. Desde la trastienda llegaban los sones inciertos de una lira, como si un alumno estuviera estudiando, y como fondo de los sonidos musicales se oían golpes regulares de martillos sobre la madera, mientras los obreros montaban las cajas de resonancia sobre las que después se tensarían las cuerdas.

El nabateo, atravesando la casa, condujo a José al jardín.

No se veía a María por ninguna parte.

Los muros interiores de la casa cerraban el jardín sobre tres partes, y la cuarta daba a un acantilado. Y como el tejado de la casa más cercana, en la ladera, se encontraba mucho más bajo que la cornisa que formaba el jardín, se tenía la impresión repentina de avanzar sobre un escenario suspendido entre el azul del cielo y el verde amatista del lago. El muchacho observó que la presencia incluso invisible de María se hacía allí patente, pues las flores poseían colores vivos, alegres y tumultuosos como ella misma.

—Ven por aquí, joven.

Quien le llamaba de aquella manera era un griego cordial y rechoncho, de unos setenta años, que se encontraba sentado en un banco, al borde del abismo. Sustentaba en sus manos una cítara que estaba afinando, y cerca de él se veía un juego de tubos de marfil, delicadamente esculpidos. Los ojos del griego, profundos, hundidos en su rostro, completamente redondo, brillaban inteligentes y alegres, como si el mundo sólo le ofreciera motivos de diversión. Instintivamente, José sintió simpatía hacia aquel personaje gordinflón, a pesar de su vestidura indudablemente sucia y del olor, no menos indudable, que a vino despedía.

—Me han dicho que Demetrio deseaba que viniera —dijo cortésmente.

—Demetrio soy yo.

—Pero si María me dijo que vivía…

José, que se hubiera mordido la lengua por aquella frase indiscreta, se sonrojó hasta la coronilla.

—Bien —dijo Demetrio—. ¿Y qué? ¿Hay algo de malo en el hecho de que viva conmigo?

—Es evidente que no —respondió el jovenzuelo—. Soy un imbécil. Perdonadme.

—Ni más ni menos imbécil —dijo equitativa y tranquilamente el griego— que cualquier otro, en caso parecido. Cuando una muchacha bonita vive con un hombre, pensáis en seguida en lo peor, pues sois humanos. ¿Es que quizá doy la impresión de alguien que se dedica a pervertir a la juventud?

Demetrio se echó a reír con tanta satisfacción, que tuvo que sostener con las manos su grueso vientre para evitar que las sacudidas se lo despegaran. Al cabo de un momento se detuvo y se enjugó las lágrimas de alegría que desbordaban sus ojos.

—¡Ay! —dijo con fingida tristeza—, ¡ay!, incluso si aspirase a consuelos femeninos, ¿quién iba a amar a un buen hombre gordo, sino por su dinero, y precisamente no lo poseo? ¿Qué dices?

—Nunca supuse que existiera ningún mal en que viviera con vos —aseguró José, sincero.

—Seguro que tú no, pero debes de haber oído a otras personas insinuar respecto a esto cosas que son falsas. Las mujeres envidian a María una belleza que atrae las miradas de los hombres, y los hombres se dan cuenta hasta qué punto, sin querer y por comparación, sus esposas les parecen insípidas y sosas, y la tratan de meretriz, para no sentirse culpables en su deseo de ella.

—¡Sois un filósofo! —exclamó José, lleno de admiración.

—¡No, no!, soy sólo un odre de vino que ha conocido a mucha gente. Mala en su mayoría. Al no reconocer a ningún dios que me lo prohíba, obro según mi capricho, pero no hago daño a nadie sino a mí mismo, lo cual es un privilegio indudable.

Como me agrada que todo el mundo sea feliz y alegre, permito que María dance y cante, con objeto de que otros puedan gozar de su talento. Sin embargo, para vosotros los judíos, es shefikat damim. —Suspiró—. Si uno desea contentar a todo el mundo, no contenta a nadie. Pero ven a sentarte aquí, a mi lado, joven. María está en Cafarnaúm: ha ido allí a vender unas liras y nos traerá para comer un pescado que comprará en casa de Simón y los hijos de Zebedeo. ¿Qué opinas tú de su desvanecimiento de ayer? Cuéntame.

—No creo que se trate del Mal Sagrado —respondió en seguida José.

—Ni yo. Por lo que veo, has estudiado a Hipócrates.

—Todos cuantos escritos suyos he podido procurarme —dijo ardientemente José—. Y los de Marcos Terencio Varrón y también los de Lucrecio Caro.

Demetrio alzó las cejas:

—Tu sed de conocimientos es digna de los antiguos griegos, mi joven amigo. Existe un hombre en Roma, un amigo mío, Aulo Cornelio Celso, de quien tú podrías aprender mucho, aunque sea philiatros, amigo de médicos más que médico él mismo.

Volvamos a María. Estamos de acuerdo en lo que su malestar no es, pero, positivamente, ¿qué crees tú que sea?

—Ya he visto otros casos similares en muchachas. Mi maestro, Alejandro Lysímaco, supone que un demonio las posee durante un corto tiempo, pero yo dudo de que esa respuesta sea valedera. En la mayoría de ellas, esa dolencia termina cuando se convierten en mujeres.

—¿Durante su desvanecimiento habló quizá?

—Sí. Balbucía como un niño. Parecía revivir una escena durante la cual alguien le pegaba.

—¡Esperaba que ya hubiera olvidado todo eso! —dijo Demetrio suspirando—. Mira, José, me hice cargo de María cuando ella contaba doce años. Su padre era cazador de palomas.

Era también un ladrón. Con frecuencia pegaba a la niña y estaba a punto de venderla a un romano: yo ofrecí un precio más alto. La adopté legalmente y le enseñé todo cuanto yo mismo sé de música, filosofía y arte. La lira va perdiendo popularidad y ahora trabajo en mejorar la cítara, de manera que no hemos vivido confortablemente. A María le agrada cantar y danzar y como la gente está dispuesta a pagar por escucharla, la dejo a veces ir a bailar y cantar por las calles.

—¿No existe algún riesgo?

—Los nabateos no se separan de su lado, y Hadja daría su vida por ella.

—Bien la ha educado usted —dijo José—. Nunca oí voz más encantadora ni vi danzar con más gracia.

Demetrio asintió con la cabeza:

—Es cierto, raras son las que puedan rivalizar con ella, que, por otra parte, casi es todavía una niña. Como bailarina y cantante en las grandes ciudades del Imperio, estoy seguro de que ella podría, si quisiera, volver loco a más de un rey. No obstante, yo coloco su felicidad por encima de todo, y como es natural, de nuestro bienestar… y por esto… vacilo en sacarla de Magdala… Si te encontraras en mi lugar tú, José, ¿qué harías?

Disparó aquella pregunta tan inesperadamente, que el muchacho bien hubiera podido mostrarse cohibido; sin embargo, desde el comienzo de aquella singular conversación, su espíritu estudiaba el problema «María de Magdala», e incluso el aspecto que prestaba en aquel instante no le cogía completamente desprevenido.

Su primer pensamiento fue que las ciudades eran pecadoras y criminales, y por ello valía más que María estuviera al margen de ellas. Casada, quizá con algún joven serio que la amara por su belleza y encanto y que se esforzara en hacerla feliz. Por ejemplo, se decía —el pulso le latía más rápido—, con un joven médico que alcanzara éxito en su profesión. Pero su ambición personal presintió en María de Magdala un espíritu hermano del suyo, una voluntad de conseguir éxito en la música y la danza, parecida a su propia voluntad de vencer en el dominio de la medicina.

Le dijo al griego:

—Un proverbio de mi pueblo afirma que tal como un hombre piensa en el fondo de su corazón, tal es. Dudo que María sea verdaderamente feliz hasta que haya realizado lo que siente en el fondo de su corazón. Ella habla con vigor y seguridad…

Y la boca habla de la abundancia del corazón…

—Posees una cabeza equilibrada y sensata sobre unos hombros muy juveniles —dijo Demetrio—. Estoy de acuerdo con tus conclusiones y, sin embargo, desde hace meses me esfuerzo en descartarlas. De todas maneras, por el momento debemos permanecer aquí, pues carecemos de dinero para ir a otro lugar.

Tomó la cítara que reposaba en el banco.

—Escucha con atención los sonidos de este instrumento.

Apenas tocó las cuerdas y en el aire subió una melodía tan suave como una vieja seda.

José reconoció la sabiduría de un maestro, aunque sus dedos fueran cortos y regordetes. María había aprovechado sus lecciones, pues poseía su manera de tocar, a la vez precisa y tierna.

—No soy músico —confesó—, pero los sonidos que me habéis permitido escuchar poseen una plenitud, una delicadeza y una sonoridad como nunca oí parecidas.

—Exacto. ¿Y sabes por qué?

—No; no sé nada de música.

—Platón pone en guardia contra cualquier tentativa de separar el alma del cuerpo. Ahora bien, la música es el alimento del alma y cuando el alma está sana, al cuerpo, en general, le sucede lo mismo.

—He advertido —admitió el aprendiz— que la tristeza y el pesar pueden conducir a la enfermedad. Incluso algunos suponen que los mismos demonios…

—¡Demonios!… ¡Bah!…

Demetrio escupió en la hierba a sus pies, con un aspecto que quería decir mucho.

—Los demonios que poseen al hombre, nacen en el fondo de sí mismo, hijos de sus propios deseos. Yo bebo demasiado vino cada vez que puedo hacerlo, cosa que no es frecuente; y como demasiado cada vez que me es posible, que es lo mismo que decir nunca. Sin embargo, como soy feliz, esta bola de grasa que es mi cuerpo funciona con la regularidad de una clepsidra. ¿Puedes tú decir lo mismo?

José sonrió y movió la cabeza:

—¿Opináis que debo abandonar el izmel, como nosotros los judíos llamamos al bisturí, y cambiarlo por la trompeta y por la lira?

—¡Quién sabe —dijo Demetrio— si no harías el mismo bien! Pero hablábamos de la cítara.

Punteó las cuerdas y otra vez una abundante melodía se extendió por el jardín.

—La explicación de los sonidos ricos y generosos del instrumento radica en su cuerpo. Fíjate en la hermosa combadura de la armazón y el acabado del trabajo de esas delgadas piezas que forman los costados de la caja de resonancia.

Los estúpidos músicos romanos no se cuidan de nada, excepto del volumen del instrumento y de la capacidad de ruido que puede desarrollar. Construyen cítaras grandes como carros, ¡y probablemente tan musicales como las ruedas de los carros!

Colocó el instrumento en el banco y prosiguió:

—Pero te estoy aburriendo con mi historia de música. Es una de las incomodidades de la vejez… ¡Uno chochea!… Pronto seré como aquel Aristógenes de Tarento, que decía, hace trescientos o cuatrocientos años: Desde que los teatros se han hundido en la barbarie, y desde que la música se ha tornado degradada y vulgar, nosotros, que somos pocos en número, nos reuniremos para recordar juntos lo que fue antaño la música…

»Sin embargo —añadió Demetrio, que después de hacer una aspiración honda continuó su conferencia—, quienes volvemos nuestras miradas hacia el pasado, no siempre estamos en retraso.

Ese mismo Aristógenes de Tarento fue quien nos proporcionó nuestro conocimiento de la armonía, y sus enseñanzas son, y serán, siempre valiosas…

Estiró una cuerda, la soltó, detuvo sus vibraciones apoyando sus dedos sobre las cuerdas; estiró otra, exactamente una octava más bajo…

—Escucha bien, joven. La respuesta al misterio del universo puede suceder muy bien que nos sea dada por esta cuerda de vulgar tripa…

Se oyó un tumulto en la calle, ante la casa, y María llegó corriendo, arrancando el pañuelo que llevaba en la cabeza, de manera que sus cabellos se extendieron por sus hombros en una cascada de cobre vivo. Estaba tan excitada, que no vio a José.

—¡Demetrio! —exclamó—. ¡Demetrio! He traído a Simón, está herido…

Varias personas entraban en el jardín siguiendo a María.

El fornido Hadja, el jefe de los músicos, sostenía a un verdadero gigante, a un hombre con vestiduras de pescador. ¡Sólo el olor que lo rodeaba hubiera bastado para revelar su oficio!

El rostro del gigante aparecía pálido y su brazo derecho iba envuelto en un trapo colocado de cualquier manera. Le seguía otro hombre, delgado y moreno, también pescador.

Cuando José corrió hacia Simón, para sostenerle el brazo, mientras lo sentaban en el banco, al lado de Demetrio, María, por primera vez, se dio cuenta de su presencia.

—¡José, vengo de tu casa! —exclamó ella, sorprendida—. ¡Tu madre me dijo que no esperaba verte antes de la noche!

—Yo le mandé llamar —explicó Demetrio— para darle las gracias por haberte traído sana y salva ayer tarde.

María echó su cabeza hacia atrás.

—¡Ya no soy una niña! Hubiera muy bien vuelto por mis propias fuerzas.

Después, cambiando de humor, sonrió:

—¡Pero tú fuiste muy amable, José, y me divirtió mucho regresar montada en tu mula!

—¿Qué te ha sucedido esta vez, Simón? —preguntó el griego—. ¡Vosotros los galileos siempre estáis peleando! Y supongo que Juan, que está aquí, también peleó. ¿Verdad, hijo de Zebedeo?

—Unos griegos decían que los judíos no gobernarían el mundo cuando venga el Mesías —explicó Simón—. Les hemos algo así como roto la cara, pero uno de ellos llevaba un garrote…

¡Tú eres el único griego sensato que he visto en toda mi vida, Demetrio!

—Porque no me dejo arrastrar a discutir contigo, amigo mío —dijo secamente el griego—. Y ahora trata de estarte quieto, mientras José va a ocuparse en tu brazo…

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