María de Magdala

María de Magdala


LIBRO PRIMERO » Capítulo X

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Capítulo X

EN EL QUE JOSÉ BUSCA LA MANERA DE CONSOLAR A MARÍA, MARÍA PIENSA EN VENGARSE DE GAYO Y GAYO QUIERE DE NUEVO ENCONTRAR A MARÍA.

José se movió, se sentó y se frotó los ojos. Ya el sol colocaba grandes manchas claras en la casa de Simón, pero María seguía sin moverse en el lecho donde la extendieron la víspera, alrededor de medianoche.

José había pasado la noche tendido sobre una manta colocada en el suelo, no lejos de ella, para estar seguro de oírla si salía de su estupor.

Simón y su mujer aceptaron, sin formular más preguntas, el relato que José les hiciera sobre el desvanecimiento de la muchacha, sucedido en la casa de Poncio Pilatos, después de una sesión en la que había danzado para él y sus invitados.

La gran cortina de terciopelo, procedente de la habitación de Gayo Flaco, quedó abandonada entre la maleza, en algún lugar de un bosque entre Tiberíades y Cafarnaúm. Una vez curada y vendada la herida del nabateo, la cual el joven médico comprobó con alegría que sólo era superficial, ésta no le impidió partir un poco antes del alba, con su carro, para dirigirse a Magdala y tranquilizar a Demetrio.

Ahora el sol brillaba en la orilla, sobre el agua del lago que chapoteaba suavemente y, de vez en cuando, se alargaba como una mano hasta la barca de Simón, que descansaba en tierra con sus velas arrolladas al mástil. Las gaviotas volaban ávidas alrededor de la pesquería de Zebedeo, muy próxima, y los mil pequeños ruidos íntimos que señalaban el despertar de una familia resonaban en la casa; la noche transcurrida parecía tan irreal como una pesadilla. Pero cuando José contemplaba a la muchacha tendida, pálida como una muerta y casi tan inmóvil, con los cabellos esparcidos sobre su rostro y sus hombros, cuando veía las manchas oscuras que dejó en su carne la lucha sostenida contra Gayo, una súbita angustia le recordaba que la noche, por desgracia, no había podido ser más real. Temblaba de deseo de abrazarla contra él como a una hermana, de tranquilizarla y animarla, de permitirle despertarse a la hora acostumbrada, en la seguridad de sus brazos, en el tierno refugio que sería para siempre el suyo: sólo tenía ella que quererlo… Sin embargo, aunque él hubiese sido capaz de decirle cuánto sentía, ella no hubiera estado en condiciones de escucharle… Se contentó, pues, con inclinarse sobre ella y besarla dulcemente en la frente.

Cuando alzó la cabeza se dio cuenta de que ella tenía los ojos abiertos y que le miraba, perpleja:

—Estamos en casa de Simón —murmuró ella—. ¿Cómo es que estoy aquí?

Él le explicó entonces, brevemente, cómo encontrara a Hadja herido, lo que le permitió después descubrirla en la habitación de Gayo Flaco.

—Entonces —preguntó ella, y su voz casi no se oía—, ¿tú sabes lo sucedido?

—Lo sé —admitió él—, pero aparte de mí, nadie lo sabe.

—¿Por qué no me dejaste morir allí? Había una daga en el armario…

Mientras hablaba, las lágrimas afluyeron a sus ojos y manaron rápidas y abundantes, sobre su pálido rostro, inmóvil, como una máscara de dolor y de vergüenza.

El muchacho apartó de ella la vista, sabiendo que resultaba indiscreto, casi indecente, mirarla en aquel minuto en que ella lloraba la adolescente que había muerto, aquello que ya no volvería a ser nunca más. Adivinaba que nada de lo que pudiera decir en aquel momento aliviaría su congoja, que de nada serviría asegurarle que idéntico infortunio había sucedido a muchas jóvenes y habían sobrevivido a él. Por muy bueno y comprensivo que fuera —y precisamente por ello—, sabía que siempre le resultaría imposible imaginar lo que representaba para una mujer semejante experiencia vivida en tales condiciones.

Lo que le demostraba el lado trágico del caso, era ver en la que se había convertido, por aquella causa, la muchacha despreocupada y alegre, que danzaba y cantaba por la sola alegría de cantar y danzar.

El cambio no residía únicamente en lo físico, en el hecho de haber sido ultrajada; el mal era mucho más grave, se había anclado en su alma y comprobaba que, si la herida debía curarse algún día —cosa en sí problemática—, debería transcurrir mucho tiempo y no sin dejar cicatriz.

No es que hubiera cambiado de apariencia, ya que los «cardenales» y las manchas amarillas que moteaban su carne desaparecerían en pocos días. Su belleza pálida, la antorcha viva de sus cabellos, su cuerpo esbelto y ágil no parecían en modo alguno diferentes de lo que eran la víspera. Y, sin embargo, la mujer que lloraba en silencio ante él, ya nada tenía que ver con la adolescente alegre, la María de Magdala, a quien le agradaba visitar a Simón y a su esposa en el lago, a la «Llama Viviente» que había bailado en las calles de Tiberíades y de Magdala.

Por fin las lágrimas cesaron de fluir.

—Nadie sabe lo que sucedió la noche pasada, María, nadie excepto nosotros —dijo entonces José, intentando reconfortarla por poco que fuera—. Nada he dicho a Hadja ni a Simón y su mujer. Tú misma procura olvidar un recuerdo que sólo puede traerte congoja, ya que el pensar en ello irritará tu sufrimiento.

—¡Qué se irrite! —exclamó ella con un repentino ataque de cólera—. Y que mi sufrimiento me impida olvidar que debo vengarme.

A mí sólo corresponde la venganza, ha dicho el Altísimo.

Ella estalló:

—¿Dónde se encontraba el Altísimo cuando le imploré que me salvara? ¿Por qué no me escuchó entonces el Altísimo?

José se calló. La mujer de Eleazar y la mayoría de los judíos, devotos de Magdala, no hubieran dejado de decir, con el gesto adecuado, que el Señor la había abandonado, en la hora de la aflicción, a causa de sus pecados. Pero ¿qué pecado existía en el valor, en el ímpetu, en la impaciencia natural de la juventud, ante el «conservadurismo» de las personas de edad, en el deseo de ser feliz y de querer compartir su felicidad con los demás? ¡Si todo aquello era un pecado, entonces, en verdad, Dios era un dueño injusto!

—¡Tú también piensas que merecí lo que me ha sucedido, porque tú también me aconsejaste que no fuera a Tiberíades! —exclamó ella, acusándole como un niño que, en su pena, intenta a la vez aliviar su herida y su culpabilidad hiriendo y acusando a los otros.

—Nadie de los que te aman será capaz de decir una cosa parecida, ni de pensarla, María —protestó él con dulzura—, porque está escrito: El odio engendra el odio, pero el amor cubre una multitud de pecados.

—¡Oh, deja de citar proverbios! —Lanzó ella separando la vista de su rostro—. ¿Por qué no te vas y me dejas sola?

—Tenía intención de ir a Magdala esta mañana.

—Pues bien, ¡vete y deja de fastidiarme!

—¿Deseas que le diga algo a Demetrio?

—Dile que quiero morirme.

Su voz se rompió y las lágrimas corrieron otra vez por su rostro, el cual conservaba idéntica inmovilidad, como si la máscara de desesperación se hubiera fijado para siempre.

—Dile que se olvide de haber tenido una hija.

Enroscándose de repente sobre sí misma, hundió su rostro en la almohada.

José salió en busca de la mujer de Simón y le rogó que vigilara con mucha atención a María, que se encontraba extraordinariamente deprimida y quizás a punto de sufrir un nuevo síncope. Después, con el corazón lleno de inquietud por la muchacha a quien amaba, montó en su mula y emprendió el camino de Magdala. Se enteró de que los soldados habían registrado la casa de Demetrio, pero que partieron sin amenazar al anciano, convencidos de que la fugitiva no había ido a esconderse allí.

El resto de los músicos había aparecido renqueando al amanecer, pero el fabricante de cítaras estuvo intranquilo hasta que llegó Hadja y le enteró de que María estaba sana y salva.

—En realidad ¿qué es lo que sucedió en la villa de Pilatos, José? —Demetrio le interrogaba con una sencillez directa—. Estoy seguro de que Hadja no me ha dicho toda la verdad.

—Hadja os ha dicho lo que sabe, no necesita saber más —dijo José.

Pero, ante la pregunta sin eufemismos de un hombre anciano, a él no le quedaba la posibilidad de disimular los hechos.

Cuando hubo terminado su relato, el rostro de Demetrio sólo mostraba pesar y cólera contra sí mismo.

—¡La culpa es mía! Yo hubiera debido prohibirle que fuera allí.

—Estabais enfermo y acostado —protestó el joven—. Además, conocíais su valor; ella cree que nada es imposible y, a pesar de todo, hubiera ido.

Demetrio admitió aquello.

—Nadie hubiera sido capaz de detenerla, una vez decidida a ir a danzar a la villa y procurarse dinero para mí. Temo haber exagerado mi importancia en el teatro de Alejandría, para impresionarla… Y cuanto menos seguro me sentía de mi deseo de volver allá, más convencida estaba ella de que sólo podría sentirme feliz allí. Ahora la que desea vivamente ir es ella… —Colocó la mano en el hombro del joven—. Me agradaría que se casara contigo, José; tú eres un hombre admirable y ella te quiere.

—No lo bastante para renunciar a Alejandría.

—Quizá cuando se dé cuenta de todas las decepciones, de todos los pesares, de todas las esperanzas fallidas que acompañan la vida de teatro… Pero hasta entonces… ¿Cómo se encuentra ahora?

—Es otra. La misma, pero otra, dura y fría. Temo que la única cosa que le permitirá resistir todo esto, es su firme resolución de vengarse.

Demetrio suspiró:

—Una mujer nunca es completamente igual que una muchacha.

¡Qué terrible experiencia debió de ser para una criatura tan sensible como María! Condúcela aquí tan pronto como puedas, José. Quizá pueda ayudarla en esta prueba.

José movió la cabeza:

—No creo que nadie de nosotros pueda realmente ayudarla, Demetrio, por mucho que la amemos. Es preciso que se quede cerca de Simón y de su mujer hasta que sepamos si Gayo Flaco persevera o no en buscarla. Voy a la villa del Procurador para cambiar el vendaje del brazo de su mujer. Quizás así pueda ponerme al corriente de sus planes.

No sin aprensión se acercó a la villa de Poncio Pilatos, pues no podía adivinar si su participación en los acontecimientos de la víspera era conocida o, cuando menos, sospechada.

El nomenclátor lo trató con deferencia y lo introdujo en la habitación de la esposa del Gobernador. Claudia Prócula se encontraba en plena forma, ya que el dolor de su brazo no había vuelto a aparecer:

—¡Esto parece cosa de magia! —dijo ella alegremente.

Después, mientras rehacía su vendaje:

—Cuéntame noticias de Galilea, José —le rogó ella—. He estado tantos días sin salir por culpa de mi brazo, que he perdido todo contacto con el exterior.

—Se habla de una danzarina que esta noche última fue tratada, aquí mismo, con mucha crueldad —respondió él con toda la calma de que fue capaz, y alegrándose de tener que colocar el vendaje, lo que le permitía mantener el rostro escondido.

—¿Qué queréis decir?

—Anoche, una joven fue contratada para danzar ante el Procurador y sus invitados. Después sus músicos fueron echados y ella guardada aquí contra su voluntad.

—¿Le ocurrió algo malo?

Su voz era sólo un susurro y había palidecido.

—La infeliz entró aquí virgen… y ya no lo es…

—¿Por culpa del Procurador?

Ella jadeaba de inquietud.

—¡No! Pero fue convocada en su nombre.

—Entonces, ¿fue Gayo Flaco?… ¡Nos prometió que semejante cosa no sucedería nunca! —exclamó ella.

Después, haciendo un esfuerzo para dominarse:

—El sobrino de mi marido es un hermoso soldado y uno de los oficiales preferidos del Emperador; pero si bebe demasiado vino se convierte en un… en un verdadero animal… sobre todo, por lo que concierne a las jovencitas. Mi marido procurará dar una generosa compensación a su familia. ¿La conocéis bien, José?

—Yo le había rogado que fuese mi mujer —respondió sencillamente.

Claudia Prócula se sintió sofocada:

—¡José!… ¡Es terrible!…

Ella posó suavemente la mano en su brazo:

—¿Hay algo que podamos hacer?

—Gayo Flaco ha lanzado soldados en su persecución cuando logró escaparse anoche… En este momento está bien escondida.

Es indudable que ahora odia a todos los romanos.

—Comprendo que nos odie —admitió tristemente Prócula—. Pero ¿y vos, José?

—Intento recordar las enseñanzas del Altísimo, pero es duro no poder desear la venganza.

—No sabría acusaros porque desearais matarlo, pero sólo conseguiríais perder vuestra propia existencia. Roma no siempre envía a los mejores para representarla en el exterior, José, y cosas de esta naturaleza suscitan más el odio contra nosotros que todo lo demás. Poncio Pilatos nunca hubiera permitido esto… Es un hombre bueno, a pesar…

Ella no terminó la frase, pero José comprendió que quiso decir «a pesar de su debilidad y de su indecisión», pues aquello era lo que había impedido a su marido ser uno de los grandes administradores coloniales de Roma.

—Os puedo garantizar una cosa, José —continuó Claudia Prócula—, y es que Gayo no volverá a molestar más a esa muchacha. Dentro de unos días embarca en dirección a Roma: el Emperador requiere su presencia en la corte.

Aquélla era una excelente noticia, ya que, por consiguiente, dentro de unos días María podría regresar a Magdala sin tener que esconderse de aquel que la había traicionado.

José se apresuraba a salir de la villa para llevar aquella seguridad a Magdala, pero en el portal se encontró frente a Gayo Flaco mismo. El tribuno llevaba uniforme, pues venía de hacer practicar ejercicio a la guardia de palacio, cuyo jefe era. José se apartó, pero el romano lo llamó con voz autoritaria.

—¡Eh, tú, Sanguijuela!… Tengo que hablar contigo.

José se detuvo y esperó. Tenía casi la seguridad de que Gayo Flaco no sospechaba de que fuera él quien, la vigilia, se llevara a María, ya que el soldado de guardia no podía traicionarle sin traicionarse a sí mismo.

—¿Qué sabes tú de María de Magdala, la muchacha que se desmayó en la calle el otro día?

—La conduje a casa de Demetrio, tal como ella me lo pidió.

—¿La has vuelto a ver después?

—La veo con mucha frecuencia —admitió José.

—¿Sabrías, entonces, dónde puedo encontrarla? —preguntó en seguida el romano.

—En casa de Demetrio.

—No está allí —exclamó el tribuno con impaciencia—, y él no me lo quiere decir.

—Quizá porque no esté muy seguro respecto a vuestras intenciones hacia ella…

—Estoy loco por ella —gritó el otro, furioso de confesarlo ante aquel debilucho.

—¿Es que deseáis casaros con ella?

—¿Casarme? ¿Es que un romano del orden ecuestre se casa con una judía? Tú sabes eso, Sanguijuela. Nuestra ley lo prohíbe.

—Nuestra ley —corrigió gravemente el aprendiz—, nuestra ley prohíbe a un judío casarse con una pagana y a una judía casarse con un pagano; eso representa convertirse en impuro a los ojos del Altísimo.

Necesitó Gayo un segundo para comprender que era la judía la que se consideraría mancillada por la unión con un romano, y no a la inversa. Entonces se sonrojó y José vio cómo apretaba los puños, pero en aquel instante Claudia Prócula apareció en el patio y se detuvo para examinar unas flores. José comprendió que ella se había dado cuenta de la ira de Gayo Flaco y que le protegía a él, José, con su presencia.

—¿Es que no sabes nada de la muchacha? —refunfuñó el romano en voz baja.

—Sé que ella es legalmente la hija adoptiva de Demetrio y que Demetrio, siendo como es ciudadano romano, tiene derecho a protegerla, incluso ante el Emperador, contra quien sea —dijo tranquilamente el otro.

Esta amenaza, aunque cortésmente disimulada, paró en seco a Gayo Flaco. Un acto de libertinaje cometido contra una muchacha perteneciente al pueblo sometido podía no tener ninguna consecuencia para un oficial romano; pero un ciudadano romano podía presentar querella contra cualquiera, por debajo del Emperador, por muy alto que estuviera situado el ofensor y si la causa era justa. Tiberio tenía fama de ser muy severo e inflexible con esta clase de ofensas.

—¿Y tú, Sanguijuela? ¿Eres ciudadano de Roma? —Lanzó con rabia el oficial.

—¿Yo? No.

—Entonces, cuida de que tu lengua sea más prudente otra vez, cuando te dirijas a tus superiores. ¡No siempre encontrarás en el momento oportuno una mujer que te proteja!

Habiendo dicho esto, Gayo Flaco dio media vuelta y entró en la villa.

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