María de Magdala

María de Magdala


LIBRO SEGUNDO » Capítulo I

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Capítulo I

EN EL QUE EL RICO MÉDICO JOSÉ REALIZA UN ANTIGUO PROYECTO DEL POBRE COLOCADOR DE SANGUIJUELAS…

Los esclavos se detuvieron, se inclinaron y soltaron las empuñaduras de la suntuosa silla de manos. José separó las cortinas y puso los pies sobre las losas del muelle en medio de una escena de actividad trepidante: la propia silla de manos del Procurador le había conducido al puerto, a través de toda la ciudad de Cesárea. El sol brillaba en las águilas de oro colocadas en las cuatro esquinas, y el viento movía el guión personal del Procurador, llevado por un robusto soldado de la propia guardia de Pilatos. A nadie podía caberle la menor duda respecto a quienes gobernaban allí —la huella de Roma aparecía por todas partes— y José sintió vergüenza durante un breve instante, pues parecía, al dejarse conducir con gran pompa hasta su barco, haber dado a los conquistadores su aprobación, cuando menos tácita.

Se encontraba casi al pie de la pasarela por la cual se subía hasta el puente del gran barco mercante —del tipo llamado «redondo», para distinguirlo del tipo de los navíos de guerra, denominados «largos»—. Protegido por el muelle de piedra maciza, en forma de semicírculo, cuya construcción se debía a Herodes el Grande y que había transformado una bahía abierta en puerto abrigado y seguro, el gran barco apenas se movía en el lugar en que estaba amarrado. Los esclavos iban y venían en grandes filas por la pasarela de la cala, pero no se producía ningún embotellamiento o confusión, ya que casi a diario un navío de Roma, o de alguna otra gran ciudad del Imperio, tocaba en Cesárea para descargar o cargar mercancías, traer el correo y los documentos oficiales a Poncio Pilatos, Procurador de Judea, o llevarlos, y el trabajo se llevaba a cabo con una cierta rutina.

José de Galilea había llegado a Cesárea unos días antes para efectuar una visita de despedida al Gobernador y a Claudia Prócula, antes de alcanzar Alejandría y permanecer en ella estudiando durante un año, tal y como le fue prometido cuando aceptó, cinco años antes, el empleo de medicus viscerus en el templo de Jerusalén. Muchas cosas habían sucedido durante aquellos cinco años. Era ya un hombre rico que se disponía a embarcarse para Egipto, un médico cuya fama se extendía no sólo sobre Judea entera y Galilea, sino hasta Antioquía, capital de Siria, donde había sido llamado para curar al delegado Vitellus.

Se daba perfecta cuenta, pues carecía de vanidad, de que una gran parte de su éxito se debía a su parentesco con José de Arimatea, el rico mercader de Jerusalén, y a la confianza de Poncio Pilatos y de su esposa. Su agradecimiento era muy grande; pero, aunque sus relaciones con Claudia Prócula hubieran sido siempre muy agradables, nunca se había podido acercar verdaderamente al Procurador, salvo físicamente para curar su gota y las demás molestias que aquejaban casi durante todo el año al representante de Roma.

Sin embargo, José había llegado a conocer y a comprender a aquel hombre extraño que era Pilatos, quien estaba sujeto a crisis de abyecta compasión hacia sí mismo, cuando pensaba que su hijo era deforme y que estaba condenado a servir a Roma en un país que consideraba como bárbaro. Como sucede con frecuencia en los emocionalmente inestables, era capaz de saltar sin transición de un extremo a otro y de mostrarse entonces cruel hasta lo inimaginable, arrogante, altivo, pisoteando los derechos de los demás, perfectamente indiferente a las libertades que Roma garantizaba a aquéllos a quienes había conquistado.

A veces entraba en Jerusalén rodeado de águilas romanas, cosa que no suscitaba ninguna murmuración, pero lo hacía por la noche y ordenaba que las águilas se alinearan frente a la misma puerta del Templo, lo cual era un ultraje y una blasfemia, ya que las representaciones de seres vivos estaban prohibidas por la ley de Moisés, ultraje que ofendió las miradas de los fieles cuando, al hacerse de día, se dirigieron a su templo para adorar al Altísimo.

Sus soldados, con mucha frecuencia, llevaban puñales cuando se infiltraban entre la multitud y, si la más ligera ocasión se presentaba, se servían de ellos con crueldad. Sabedor de que ciertos judíos conspiraban contra él con objeto de nombrar a Herodes Antipas rey de Jerusalén, Pilatos desconfiaba de todos.

Los judíos poseían pocos motivos para amarle; pero, por lo que respecta a José, siempre se había mostrado muy bondadoso con él y, al nombrarlo su médico personal y médico de la Corte en Cesárea, así como de la guarnición de Jerusalén, había mejorado singularmente su fortuna, no sólo en oro, sino además, y sobre todo, consiguiendo que su reputación fuera más elevada que la de cualquier otro médico. Si en la naturaleza de Pilatos existía una parte perfectamente buena, sin un solo fallo, ésta era el amor inmenso que sentía por su hijo Pila y por la exquisita y menuda patricia que era su mujer. Sólo la influencia que ésta, caritativa, generosa y dulce, ejercía indudablemente sobre él, le impedía convertirse del todo en un tirano.

El asma de Claudia Prócula hizo que José tuviera que personarse con frecuencia en Cesárea, e incluso, aunque menos veces, ya que el clima le resultaba más beneficioso, en Tiberíades, en el transcurso de sus cinco años en Jerusalén. Por desgracia, no había conseguido aliviarla mucho, pero siempre sus requerimientos le producían alegría y le otorgaban una excusa para abandonar de vez en cuando la Ciudad del Templo y escapar así a la tensión que en ella era casi constante y palpable.

Por mucho que los judíos odiasen a los romanos y a aquel que simbolizaba en su país la conquista y el poderío romanos, siempre existía un cierto número de judíos dispuestos a imitar a sus amos.

En Jerusalén, un pequeño grupo, los herodianos, se había aliado a los saduceos, lo cual les permitía gozar de una considerable importancia política, ya que los sacerdotes del Templo procedían de las filas de los saduceos. Los fariseos, por su parte, permanecían obstinadamente ligados a las leyes y costumbres antiguas de Israel, y consideraban con idéntico desprecio a herodianos y saduceos.

Así, mientras los fariseos contaban con la masa del pueblo, tradicionalista por naturaleza y siempre fiel a las glorias pasadas de Israel, los herodianos y los saduceos eran lo bastante sutiles para darse cuenta que cuando menos en el tiempo presente el mejor porvenir de los judíos dependía de los romanos, dueños de la hora actual, aunque hubieran preferido ver a un rey judío en el trono de Judea.

Mientras contemplaba a su alrededor la activa animación del gran puerto, José, aunque sintiera no poder ver durante aquel período a la dulce Claudia Prócula, sentía en su corazón el gozo de poder, durante un año entero, respirar lejos de las querellas y rencillas constantes de la complicada política del Templo. Llevaba una carta del Gran Sacerdote Caifás para Filo Judaeus, el jefe reconocido de los judíos en Alejandría, cuyo número excedía al de la población entera de Jerusalén. Por su parte, Claudia Prócula le había entregado una carta de introducción para su pariente Cestus, gobernador romano de la ciudad.

Con tales recomendaciones, José estaba seguro de la acogida en la sociedad romana y en la sociedad judía. Su intención, sin embargo, no era la de utilizarlas en cuanto llegara. Él se dirigía a Alejandría como un estudiante serio deseoso de instruirse más, ya que Alejandría era el centro de la ciencia más importante de la época.

Iba allí, por consiguiente, en busca de la ciencia. De la ciencia y de otra cosa que no se confesaba a sí mismo: de una muchacha cuya cabellera era igual que una antorcha encendida.

Sólo al pensar en ello su pulso se precipitaba, adquiría el ritmo de antaño, e incluso fallaba algún latido de su corazón cuando la emoción se hacía demasiado viva y la evocación demasiado precisa.

La llegada de un pasajero en la silla personal del Gobernador no había, evidentemente, pasado inadvertida a los ojos del capitán, quien se apresuró a descender por la pasarela a su encuentro y se inclinó profundamente al saludarle:

—Soy —dijo de la manera más oficial— Marco Quinto, capitán de este barco.

José, a su vez, se inclinó:

—La paz sea contigo, capitán Quinto. Yo soy José de Galilea, médico.

El capitán era un hombre corpulento, llevaba una barba color gris de hierro y tenía unos ojos agudos de marino:

—Vuestra modestia os sienta muy bien, señor —dijo subiendo a su lado por la tabla inclinada—. Numerosos son, en los puertos de Judea y también en un lugar tan alejado como Antioquía, los hombres que ha salvado la habilidad de un médico llamado José de Galilea. Se dice que, aunque sois rico, no negáis vuestra ayuda a nadie.

Abrió la puerta del camarote y retrocedió para dejar entrar a su pasajero:

—No estaréis solo durante este viaje —dijo—. Un médico de la costa de Malabar va embarcado a bordo, y se dirige a Alejandría desde Roma. Uno de mis marineros ha cometido la tontería de romperse un brazo y está curándolo.

José había esperado que durante aquel corto viaje encontraría una soledad apaciguadora, al abrigo de las conversaciones en general y de las discusiones médicas en particular.

Cuando llegó de Magdala a Jerusalén, cinco años antes, todos sus bienes terrenales fueron fácilmente transportados a lomos de una mula. Ahora necesitó bastante tiempo para dejar sus asuntos en orden; a los veintiséis años era un hombre rico y que iba a ausentarse durante un año. Poseía numerosos intereses y un dominio alrededor de la ciudad, una propiedad muy completa, con viñedos, tierras y jardines, como convenía al principal médico de la capital judía. Aquellos años habían sido de gran actividad y muy agradables en conjunto; había madurado mucho e incluso durante algún tiempo casi olvidó su deseo de proseguir sus estudios en Alejandría.

Y, sin embargo, cierto día, hacía de ello tres meses, llegó un hombre, el empleado de un cambista de Jerusalén, quien le entregó una bolsa llena de oro, cuyo importe representaba lo que María había… tomado en préstamo… de la jarra de la casa de Magdala, aumentado por el interés acostumbrado. No le fue posible obtener del banquero ningún dato, excepto que la suma había sido enviada desde Alejandría. A partir de entonces, María ya no se apartó de sus sueños ni de su pensamiento, y se había dicho que tenía que volverla a encontrar, aunque sólo fuera para cerciorarse de que ya no le amaba y si debía renunciar a verla compartir la hermosa vida que se había creado en Jerusalén.

Esta decisión reanimó en él el deseo de completar su bagaje médico por medio de estudios más avanzados.

En Alejandría…

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