María de Magdala
LIBRO SEGUNDO » Capítulo VIII
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Capítulo VIII
MÉDICO DEL CUERPO, JOSÉ CURARÁ LOS OJOS DE DEMETRIO, MÉDICO DEL ALMA, ¿CURARÁ LA DE MARÍA?
La herida ocasionada por el puño cerrado de Plotino no tuvo más consecuencias que un ligero dolor de cabeza que desapareció a los pocos días, al mismo tiempo que la piel se cicatrizaba lo suficientemente para poder prescindir del vendaje.
Cierto día, hacia el atardecer, José se puso en camino hacia la villa que habitaba María, pero como todavía no conocía bien el populoso Rhakotis, la oscuridad llegó rápidamente cuando alcanzaba, al sur de la ciudad, el lago Mareotis y las lujosas residencias que lo rodeaban.
Aquel pequeño mar interior formado por uno de los recodos del Nilo, está completamente bordeado por tierras ricas y fértiles; por ello las mansiones de los romanos opulentos y de las hermosas hetairas que sentían predilección por aquel lugar soleado de la ciudad, permanecían casi escondidas entre las flores, los árboles y los viñedos. Vergeles y viñas crecían por todas partes y, aunque se estuviera a principios de invierno, las flores eran abundantes y despedían olor, ya que en Alejandría no existía un solo día del año en el que algo no floreciera.
Varias calles descendían hasta el agua, donde habían sido construidas con objeto de facilitar el tráfico entre la ciudad y las ocho islas, de jardines maravillosos, cuyas siluetas se destacaban sobre el fondo rojizo del cielo, donde el sol acababa de terminar su carrera.
Desde el canal Agatadaemon, una línea regular de barcos transbordadores iban y venían entre las islas y tierra firme. El agua que reverberaba estaba plateada por los mástiles de velas fuertemente coloreadas de las barcas del Nilo que recorrían constantemente el gran río, descargaban víveres y trigo con destino a Alejandría y a Roma, y tomaban, a lo largo de los muelles del lago Mareotis, mercancías variadas destinadas a otros lugares del Imperio. Pequeñas galeras, graciosas barcas de placer con hermosas velas latinas y esquifes ligeros pasaban, rápidos, entre los barcos de carga y se apresuraban para alcanzar sus lugares de amarre antes de que la noche se hiciera completamente oscura.
Sucedía con frecuencia, durante los días de invierno, que el viento soplaba con violencia desde el Gran Mar hacia la tierra, aportando miasmas húmedos y fríos, que ponían a prueba la salud de sus habitantes, pero por la noche la temperatura era tal y como la apreciaban los alejandrinos, grandes amigos de todos los placeres. Una brisa dulce y cálida descendía desde el valle del Nilo hacia su múltiple delta, cargada de olores a especias y a flores.
Una gran multitud llenaba el Frente del Mar; numerosos grupos se paseaban de una punta a otra del Heptastadium; en los barrios indígenas, superpoblados, la gente se tendía fuera de sus casas, unos sobre esteras y otros sobre almohadones o sobre el mismo suelo; en rincones oscuros las parejas de enamorados se abrazaban estrechamente, pero a orillas del lago la paz era dulce y la calma completa.
Exactamente como Albina se lo había dicho, los soldados montaban la guardia en una villa encima de cuya puerta aparecía pintada la misma antorcha que en el teatro adornaba el corredor del camarín de Flamen: ¡no cabía ningún error! Su penosa y reciente experiencia hizo a José prudente, por lo que siguió con tranquilidad su camino, contando con atención las villas que separaban la mansión de la antorcha del primer sendero que descendía hacia la orilla, sendero que siguió de manera que, volviendo sobre sus pasos, pero esta vez por la orilla, le costó muy poco volver a encontrar la villa de María.
Pinos, arces y árboles de especias crecían con abundancia en la orilla, por donde los ibis caminaban lentamente, en un silencio altivo. Una bandada de patos alzó el vuelo a su paso con un gran batir de alas y, mientras él avanzaba a lo largo del estrecho sendero que separaba el lago de los opulentos jardines —entre los cuales se hallaba el de la villa de la antorcha—, un grupo de flamencos de color rosa le contempló durante un momento con atención antes de apartarse para dejarle vía libre.
José se preguntó si haría bien anunciando su presencia de algún modo, pero decidió no hacerlo, esperando conseguir sorprender a María y Demetrio. Mientras recorría una avenida de gravilla que ascendía serpenteando desde el lago a la casa, una silueta salió de la sombra de un árbol, un brazo robusto lo sujetó por detrás y le apretó con fuerza el cuello, alzándolo, medio sofocado, sobre las puntas de los pies.
—¿Qué buscas en el jardín de Flamen, extranjero, sino tu muerte?
La voz que le interrogaba era grave y profunda, y también familiar, después de cinco años. Pero la pregunta prometía quedar sin respuesta si no llegaba a reunir un poco de fuerza para hablar antes de ser estrangulado por completo.
—¡Hadja! —dijo, intentando deshacerse de la presión del brazo sobre su cuello—. ¡Hadja!… Soy yo… José de Galilea…
Al oír susurrar su nombre, el gigante aflojó instintivamente un poco su brazo; al comprender el nombre de su víctima, lo soltó con tanta rapidez que el otro por poco se cae.
—¡Loado sea Ahura Mazda! —exclamó, abrazando a José con una fuerza tal que por poco le rompe los huesos—. ¿Por qué entras por el jardín como un ladrón?
—¿Y cómo quieres que lo haga? Un romano me golpeó y me tiró al suelo hace unos días, cuando intenté ver a María en el teatro.
—¡Era Plotino! —gruñó Hadja—. Un día de estos hundiré mi cuchillo entre las costillas de ese gymnasiarca maldito. ¿Viste a Llama Viva?
—Sólo en el teatro.
—¿Qué piensas de ella?
—Que ha cambiado mucho, Hadja, pero que es más hermosa que nunca.
—¡Sí! Es la belleza del diablo, la belleza del mal. A veces creo que la poseen cuando menos siete demonios —dijo el nabateo malhumorado.
—Hadja, ¿es ella feliz? Si lo es, lo mejor que puedo hacer es sin duda marcharme.
El músico sacudió la cabeza:
—¡Ella sólo vive para conducir romanos a la ruina! Pero ven al lado de Demetrio; se sentirá feliz al verte, José.
Hadja condujo al joven a una de las habitaciones interiores.
La villa estaba amueblada y decorada con suntuosidad; las paredes estaban llenas de cuadros, se veían maravillosas estatuas y espesas alfombras orientales cubrían los suelos; ante las ventanas colgaban cortinas de seda.
—Llama Viva aún no ha vuelto —dijo Hadja—, pero pronto regresará del teatro.
Sólo una pequeña lámpara de aceite ardía en la habitación donde Demetrio se encontraba tendido. Hadja hizo entrar a José y se retiró sin hacer ruido, cerrando la puerta. Al principio el joven creyó que el anciano dormía, pero al acercarse comprendió por qué su viejo amigo no le había saludado: la pupila de sus ojos aparecía oscurecida por un disco de un color blanco mate, la opacidad de la catarata… ¡Demetrio estaba ciego!
—He oído entrar a alguien —dijo con voz temblorosa el anciano—. ¿Quién anda por ahí?
—Un antiguo amigo de Galilea —respondió dulcemente José.
—¿De Galilea? ¡Es José! —exclamó el anciano de pronto, muy excitado—. ¡José de Galilea! Reconozco tu voz…
El cirujano lo abrazó con cariño.
—¡Sabía que vendrías, estaba seguro de ello! —gritó el fabricante de cítaras—. ¿Desde cuándo estás en Alejandría?
—Desde hace unos meses.
—¿Y no nos buscaste antes? ¿Cómo has podido…?
—Yo buscaba a María de Magdala. ¿Cómo hubiera podido imaginar que en Alejandría se hacía conocer por Flamen?
—¡O que no quiera que se sepa que lleva sangre judía en sus venas, como si eso le diera vergüenza! —dijo el anciano con amargura—. ¡Nos encuentras en muy triste estado, hijo mío!
Esa maldita voluntad de venganza ha convertido a María en otra mujer. Sólo piensa en dos cosas: ¡poseer dinero y reducir a los romanos a sus caprichos!
—Habladme de vos —pidió el otro, afectuosamente.
—¿Qué puedo decir? —suspiró Demetrio—. Como todo cuanto deseo, bebo cuánto quiero beber. Pero ¿qué significa todo esto cuando la luz se ha ido?
—¿No veis nada en absoluto?
—Distingo el día de la noche y una luz viva me hiere. Por consiguiente, sólo puedo vivir aquí, en la oscuridad, sin tocar una lira ni una cítara. Ni tan siquiera puedo ver a María, y me aseguran que aún es más hermosa que en su adolescencia.
—Mucho más hermosa, pero diferente.
—¿Así que la has visto?
—En el teatro, en el escenario; pero cuando intenté ir a hablarle, un romano me lo impidió.
—¡Plotino!
Demetrio escupió aquel nombre como lo hiciera Hadja.
—Que pueda pronto despojarle de su dinero, ya que eso es lo que ella pretende, y desembarazarse de él. Los precedentes eran estúpidos, pero éste es peligroso.
—¿Así es que hubo otros?
Hasta entonces había esperado, a pesar de todo, que lo que le contaban de ella fuera falso.
—Una serie de necios que casi han llegado a la mendicidad con la vana esperanza de que se acostaría con ellos. Si fuera capaz de ver, quizás apreciara la ironía de la cosa, pero nunca dejaré de temer, y de temer terriblemente por María. ¿Durante cuánto tiempo crees tú que se puede odiar, José, hasta que el odio consuma a la persona misma que lo siente?
—¡No lo sé! Nunca he odiado a alguien mucho tiempo.
—¡Es verdad! Tú eres un hombre bueno —dijo el anciano suspirando—. Y los dioses saben que en Alejandría no sobran.
Entró un esclavo, portador de dos bandejas.
Mientras José comía, el esclavo daba de comer a Demetrio, que había perdido el apetito, cosa que él nunca hubiera creído posible en la época en que veía e iba escaso de comida. Entonces, su alegría por el vino y por los alimentos sabrosos quedaba limitada sólo por la escasez de vituallas que padecía. Ahora su piel, vacía de grasa y casi de carne, colgaba fláccida y blanda sobre su macizo esqueleto. Incluso la sed parecía haberle abandonado, ya que rechazó con la mano el vaso de plata medio vacío.
—Llévate todo esto, muchacho —dijo al esclavo—. ¡No me apetece nada!
—Habladme de vuestra vida —insistió José, cuando el efebo marchara con los platos—. ¿Cuánto tiempo hace que vuestra catarata comenzó a formarse?
—Poco tiempo después de nuestra llegada aquí. Quizás incluso había empezado a formarse antes…
—¿Y desde cuándo habéis dejado de ver por completo?
—Hace, cuando menos, tres años. Pero ¿por qué me haces esas preguntas? No sirven para nada.
—Quizá se pudiera…
Baña Jivaka le había enseñado la operación que, en casos análogos, se practicaba en la India, donde con frecuencia habían devuelto la vista a muchas víctimas afectadas de catarata.
También Hipócrates la había mencionado, pero los griegos no se habían mostrado tan hábiles como los indios en estos trabajos delicados. En el transcurso de aquellos meses, José había logrado llegar a ser tan hábil como su maestro.
—¡No te burles de mí, José! —dijo Demetrio con voz cansada—. Sé tan bien como tú que no existe ninguna esperanza.
—¡Pues sí, existe! He aprendido la manera de cuidar y curar la catarata. Si la operación sale bien, recuperaréis la vista.
—¿Y si no sale bien?
—¿Qué podéis perder?
—Tú lo has dicho: ¿qué puedo perder? —admitió el griego.
—Quizá, si viera, conseguiría que María se apartara del camino absurdo y peligroso por el que anda. ¿Cuándo podrás intentarlo, José? —suplicó inmediatamente decidido, y ansioso como un niño de que la cosa estuviera ya hecha.
—Uno de estos próximos días sin duda —respondió el otro, poniéndose en pie—. Ahora será mejor que me vaya, ya que María va a regresar de un momento a otro.
Demetrio protestó:
—Tú eres un antiguo amigo. ¿Por qué no serías bien acogido en esta casa?
—No os he contado por entero mi encuentro del otro día con Plotino —dijo el galileo, sonriendo a pesar de todo—. Plotino me dejó sin sentido de un puñetazo con la mano enguantada de hierro, en la sien. ¡No deseo una segunda ración!
Demetrio juró furioso. Ninguno de los dos había oído abrirse la puerta, ni se habían dado cuenta de que no estaban solos, hasta el momento que María gritó:
—¿Qué motivos tienes para jurar así, Demetrio? ¡Hace mucho tiempo que no te veo tan animado! ¿Has salido, pues, de tu apatía acostumbrada?… ¡Se diría que el Demetrio de antes se ha despertado!…
En la oscuridad no se había dado cuenta de la presencia de un visitante.
La noche era calurosa y al regresar del teatro se había puesto uno de esos vestidos diáfanos de seda que a las romanas les gustaba llevar en sus habitaciones. Sabiendo que Demetrio no podía verla, no vacilaba en entrar en su cuarto con aquella vestidura que revelaba casi por entero las suaves líneas de su cuerpo, mientras permanecía ante la puerta. De pronto se dio cuenta de que alguien estaba al lado del anciano, y de quién era aquel alguien.
Lanzando una breve exclamación, pronunció: «¡José!» y, sonrojada, huyó diciendo:
—Perdonad un momento…
—¿Qué le pasa? —inquirió Demetrio.
—Iba muy poco vestida…
—Es la única costumbre inteligente que haya imitado de las romanas —dijo el otro riendo—. Cuando hace calor, andan casi desnudas, y esto, sin duda alguna, hace la vida más interesante, incluso para los viejos tontos como yo.
María volvió al cabo de unos instantes, vestida con una larga túnica opaca, y tendió ambas manos a José.
—¿Por qué no me avisaste que estabas en Alejandría?
—Hace meses que está aquí —gruñó el anciano—. No podía adivinar que te habías cambiado el nombre. Y cuando te descubrió y quiso hablarte… se… lo… impidieron… ¿Hasta cuándo vas a llevar esa vida insensata?
—Quedamos en que no hablaríamos de eso, Demetrio —dijo ella secamente—. ¿Lo recuerdas?
—Es cosa tuya, sí. ¡Estropea tu vida si eso te agrada!
María cogió la lámpara de aceite y la alzó de manera que pudiera ver bien a José:
—No has cambiado —dijo con dulzura—. Siempre serás el mismo.
—Me agradaría decir lo mismo de ti, María.
Durante unos segundos pasó por sus ojos una expresión dolorida; después se echó a reír, con una risa que sonaba un poco falsa, que se parecía a un sollozo.
—Claro que he cambiado. Cuando salí de Magdala yo no era más que una chiquilla. Ahora soy una mujer.
—Una mujer muy hermosa —reconoció él sin vacilar—. ¡Has recorrido mucho camino!
—Ya te dije que llegaría a ser la primera bailarina de Alejandría.
—Te vi bailar hace unos días. Mereces, evidentemente, que toda la ciudad se ponga a tus pies. ¿Eres feliz del resultado obtenido, María?
La expresión de angustia volvió a aparecer en sus ojos, antes incluso que volviera a resonar su risa falsa.
—Soy rica. Todos los hombres importantes están, como tú mismo acabas de decir, a mis pies. El pueblo me adora…
Lanzó su exclamación con un tono despreocupado.
—¿Qué más puede desear una mujer?
—El amor de un hombre de bien en vez de la concupiscencia de los romanos malditos —respondió Demetrio—. ¡En mal día abandonaste Magdala!
—No fue un mal día para ti, José —dijo María, volviéndose hacia su amigo de otro tiempo—. He oído decir que eres rico y célebre entre todos los médicos y cirujanos de Judea.
Demetrio recobró su entusiasmo:
—¡Ha aprendido a curar la catarata! ¡Va a devolverme la vista!
—¿Es eso verdad? —preguntó rápida María, con una afectuosa esperanza.
—Existe una operación que cura la catarata. Espero que tenga éxito en tu padre adoptivo y le devuelva la vista.
María corrió al lado del anciano y le echó los brazos al cuello; fue un rasgo impulsivo como los de otro tiempo y José supo que estaba llorando, porque un movimiento convulsivo agitaba sus hombros. Ella escondió el rostro en el pecho del anciano, conmovido y feliz —aunque adivinó que se trataba de una emoción que María procuraría hacer callar rápidamente— de volver a encontrar a la niña a quien tanto quería.
Conociéndola como él la conocía, José se daba cuenta de que aquellas lágrimas no eran sólo lágrimas de alegría al pensar que Demetrio recobraría pronto la vista, y por ello se guardó de interrumpir la efusión.
El ciego, por su parte, la dejó sollozar todo cuando quiso, hasta que por fin ella alzó la cabeza y se enjugó los ojos en la manga del anciano.
—¡Qué feliz soy al pensar que puedas volver a ver, querido mío! —dijo con voz apagada—. Bailo una danza que tú no conoces todavía. José tendrá que llevarte al teatro y aquel día danzaré para ti solo.
Demetrio se sonó con fuerza:
—¡Marchaos los dos! —dijo— y dejad a los ancianos descansar en paz. Vuelve pronto a verme, José.
—Mañana —prometió el joven—. Haremos planes precisos para devolveros la vista.
—¿Cómo has entrado en la villa? —preguntó María mientras acompañaba a José al jardín.
—Por el sendero de la orilla. Después de mi experiencia de hace unos días con Plotino, he preferido no enfrentarme con los guardias.
—Él me dijo que había castigado a un mercader que intentaba forzar la entrada de mi camarín. No podía suponer en modo alguno que se tratara de ti.
—¿Me hubieras… reconocido…? —preguntó él tranquilamente.
—¡Oh, José! ¿Cómo puedes preguntar eso?
—¿No has renegado de tu sangre judía?
—No he renegado de nada. Me he contentado con no hablar de ello. —Ella le colocó la mano en el brazo—. Trata de comprenderme, José. Como judía hubiera tenido pocas probabilidades de conseguir éxito en el teatro. Tú sabes que los romanos odian a los judíos y sabes, también, que soy mitad griega.
—¿Has olvidado también al Dios de tu pueblo?
Volvió a reír, con su risa amarga:
—¿Por qué me preocuparía del Altísimo? Él hubiera permitido que me vendieran como esclava si Demetrio y Simón no me hubieran rescatado y salvado, y Él me abandonó cuando tuve necesidad de Su ayuda, aquella noche en Tiberíades…
—Escrito está: Tú no dirás: «Yo voy a pagar el mal», pero abandónate al Señor, espera, y Él te salvará.
María dio un puntapié rabioso al tronco de una palmera, al borde de la avenida:
—¡No me cites más proverbios! —gritó furiosa—. ¡Esperar, esperar!… ¿Quieres decirme lo que hubiera sido de mí si hubiera permanecido en Magdala?
—¿Y qué es de ti ahora, María? —preguntó él dulcemente—. Eres rica y célebre, pero nadie es feliz a tu alrededor por culpa de la vida que llevas. ¡Nadie, ni tú misma!
—Yo hago lo que quiero —respondió irritada—. Yo hago lo que juré hacer.
—¿Y si lo que juraste es malo?
—Entonces, que el mal caiga sobre mi alma. ¿Por qué te mezclas tú en eso?
Ella le puso una mano en el brazo, y dijo implorante:
—Te lo ruego, José, no nos peleemos. Hace cinco años que no nos hemos visto. ¿Por qué has venido a Alejandría?
—Porque te amo, María; para saber si tú me amas aún.
Durante un momento ella no dijo ni una palabra, y él tuvo la impresión de que ella tenía lágrimas en los ojos:
—Y ahora que ya sabes lo que querías saber —dijo ella en voz baja—, ¿por qué no te vas?
—Todavía no sé nada. Tú no me has respondido.
—No tienes que amarme, José —suplicó ella—. Eso sólo puede traerte desgracia. Regresa a Jerusalén y olvídate de que conociste a María de Magdala.
Él la cogió por los brazos y la hizo volver hasta que se encontraron cara a cara en la penumbra del jardín:
—Cuando me jures por el Altísimo que ya no me amas, María, entonces me iré. Es la única cosa que puede alejarme.
Oyó un sollozo ahogado en la garganta de María y, de pronto, los brazos de ella le rodearon. Se pegaba a él, lo abrazaba desesperadamente, escondía su rostro contra el pecho del joven y sollozaba, sin contenerse ya.
Él le dio tiempo para que se tranquilizara; después le alzó la barbilla y la besó dulcemente en los labios. Su beso duró largo rato. Ella se secó los ojos en su larga manga flotante, echó hacia atrás los cabellos que le caían sobre la cara y, con una voz asombrosamente normal y precisa, dijo:
—Hace mucho tiempo que no lloraba así, José. Nada alivia tanto los nervios de una mujer preocupada.
—Nada te obliga a sentirte nerviosa y preocupada. Regresa conmigo a Jerusalén y acepta ser mi esposa.
—Deberías comenzar a saber, José, que yo no soy una mujer como las otras. No puedo irme contigo ni ser tu mujer, cuando una parte de mí sólo vive para odiar a Gayo Flaco.
—¿Podré yo hacerte comprender la futilidad de tu odio?
María sacudió la cabeza:
—No soy capaz de mentirte, José, te amo demasiado para eso.
Pero cuando quiso volver a abrazarla, ella colocó sus dos brazos en su pecho, rechazándolo así:
—¿Crees tú que es fácil ser como soy? ¿Crees que deseo ver cómo son desgraciados Demetrio, Hadja… ¡sí!… e incluso tú?
Pero hasta que no haya cumplido mi juramento y matado (ésta es la verdadera palabra) a Gayo Flaco, no podré volver a ser la muchacha que conociste en Magdala.
Es como una enfermedad que se encontrara en el centro de mi alma. Le odio y, por su culpa, odio a todos los romanos. Nada puede borrarlo, nada puede limpiar mi alma si no mato a Gayo Flaco con mis propias manos.
—Hadja tiene, pues, razón cuando dice que te posee un demonio.
—Hadja dice que son siete. —Ella sonrió—. Quizás estés en lo cierto, pero el demonio del odio poseerá mi alma hasta que haya destruido a quien lo despertó en ella.
—¿Has vuelto a ver a Gayo Flaco, después de dejar Magdala?
—No.
Vaciló unos segundos y después continuó:
—Plotino tiene mucha influencia cerca del emperador y me ha prometido que, dentro de poco, obtendrá el nombramiento de Gayo Flaco para Alejandría.
—¿Has contado a Plotino por qué deseas volverle a ver?
—Le he dicho sencillamente que odio a Gayo Flaco y que deseo humillarlo. Plotino es un hombre cruel y capaz de comprender lo que busco.
—Así que tu comportamiento con Plotino no es más que una parte de tu plan de campaña.
—¡Claro! —exclamó ella—. No habrás supuesto que pueda amar a un romano, sea quien sea, después de lo que Gayo me hizo… Me dan oro porque creen que me entregaré a ellos a cambio… ¡Dios no lo quiera! En cuanto poseo su fortuna, los rechazo lejos de mí.
—¿Cuándo habrás terminado con Plotino?
—Cuando traiga a Gayo Flaco a Alejandría.
—Abandona esa locura, María —suplicó él—. Renuncia a ese proyecto criminal e insensato. No serás capaz de asesinar a un hombre con serenidad…
—No resultará fácil, claro —dijo ella fríamente—. Pero lo lograré.
—¿Vale la pena para conseguir eso manchar tu alma y tu cuerpo?
—¿Manchar mi cuerpo?
Ella rió con desprecio:
—Gayo hizo de mi cuerpo una cosa de vergüenza y de asco.
¿Qué diferencia puede haber ahora en el modo como utilice mi cuerpo deshonrado? Además —añadió ella en un repentino impulso de sinceridad—, yo misma no estoy libre de pecado. Aquella noche vi bailar a una esclava en la villa de Pilatos. Ella arrancó sus vestidos y danzó desnuda delante de los hombres; yo sentí impulso de hacer lo mismo. Tuve que contenerme para terminar la danza vestida como la había empezado. ¿Esto no me daba una parte de culpa?
—El Malo te tentó.
—Y cuando Gayo Flaco me estrechaba entre sus brazos, me sentía bien, y deseaba seguir allí. Quizá no hubiera hecho… lo que hizo… si yo me hubiese defendido. Quizá deseara que sucediera… aquello. No lo sé, ya no me acuerdo…
Durante unos momentos le fue dado ver a José al desnudo el alma de aquélla a quien amaba y la fuerza que en ella luchaba y la torturaba. Sabía que por mucho que lo intentara, María no podría nunca hacer callar las enseñanzas del Señor, que todos los niños judíos reciben desde su más temprana edad, que permanecen en lo más secreto de ellos mismos, en lo más íntimo de su ser, y que su conciencia implacable la torturaría si insistía en no hacer caso de las advertencias de su alma. Esta conciencia implacable exigía una penitencia para el pecado de lujuria que la había tentado en la villa de Poncio Pilatos, como en un momento dado de su existencia son tentados todos los hombres y todas las mujeres.
María podría matar a Gayo Flaco empujada por el demonio del odio, pero el acto no le procuraría ni paz ni reposo, ni la satisfacción de la venganza cumplida, porque su conciencia vigilante siempre se encontraría presente. Él sabía que ella se ilusionaba, pero no veía el modo de convencerla de que la única manera de volver a recobrar la serenidad consistía no en cultivar un deseo de violencia, sino en reconocer su propia culpa y rogar a Dios que la librara del demonio del odio.
Uno de los guardias, al otro lado de la villa, lanzó una seca advertencia a alguien que paseaba por la calle.
—Plotino ha llegado para llevarme a cenar —murmuró la joven—. Regresa a la ciudad siguiendo siempre la orilla. Más adelante le diré a Plotino que eres un cirujano que cuida a Demetrio y podrás venir cuando quieras.
María se alzó sobre la punta de los pies y le besó rápidamente:
—Cura a Demetrio, José, y después vete de Alejandría.
Créeme, será mejor para ambos.
Ella se encontraba ya lejos, huyendo con un rumor de sedas y dejando a José solo en la oscuridad del jardín. Mientras buscaba el camino hacia el lago, vio encenderse en la villa unas luces y oyó la risa alegre de la mujer llamada Flamen, que recibía a su admirador romano.
Después de haber visto de nuevo a María, José supo que su amor hacia ella ardía con un fuego más intenso y más profundo aún que en los tiempos de Magdala. Al haberse dado cuenta de que ella le seguía amando, decidió que era necesario encontrar, de una manera o de otra, un medio para impedirle llevar a cabo el crimen insensato que meditaba, y no sólo porque el suprimir a Gayo Flaco sería un asesinato, sino sobre todo porque, de hacerlo, María perdería toda posibilidad de hallar la paz que necesitaba para volver a él, como él lo deseaba, amándola como la amaba, con un amor sin reservas. Su odio, su necesidad de venganza se había convertido en una enfermedad, y aun en el caso de que no la hubiera amado, su deber de médico consistía en curarla.
La tarea era dura, pero excitante, y, ¿quién podía esperar una más espléndida recompensa?