María de Magdala

María de Magdala


LIBRO SEGUNDO » Capítulo XI

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Capítulo XI

EN EL QUE SE COMPRUEBA QUE LOS ASUNTOS DE MARÍA Y DE JOSÉ, Y LOS DE LA NACIÓN JUDÍA, SON PARECIDAMENTE COMPLICADOS, Y EN EL QUE JOSÉ NO PUEDE DECIDIR NADA.

Si no hubiese amado a María como la amaba, José hubiera cedido a la tentación de abandonar Alejandría y regresar a Jerusalén, antes que permanecer allí para ser testigo de la inevitable catástrofe en la cual se había mezclado. Pero, precisamente porque la amaba, no podía decidirse a abandonarla cuando irremediablemente se acercaba la hora en que ella más le necesitaría.

Y además estaba Demetrio. El fabricante de liras se debilitaba de día en día y su cuerpo cada vez se hinchaba y se deformaba más a causa del edema y de la hidropesía que se había agravado mucho durante los meses de invierno. En realidad, ni José ni nadie podía hacer gran cosa. Cuando el fluido acumulado amenazaba ahogar a Demetrio con las secreciones de su propio cuerpo, el galileo se atrevía a hundir en el vientre monstruosamente tenso los canutos de plumas cortados y aguzados por donde el líquido se evacuaba parcialmente. Sin embargo, médico y paciente sabían que aquello no era más que un remedio cuyo efecto sólo podía ser temporal.

Después, cuando el anciano reposaba en su lecho, rodeado de almohadones, hablaban de María. La difícil y peligrosa tarea de conservar a la vez a Gayo y a Plotino dispuestos a obedecerla en todo sin que llegaran a pelearse entre sí, absorbía la mayor parte del tiempo que la danza le dejaba libre, de manera que José la veía rara vez y muy brevemente, durante su visita cotidiana a su anciano enfermo.

—¿Sabes algo nuevo concerniente a los planes de María? —preguntaba Demetrio.

—No, pero ella me dijo cierto día que Alejandría entera conocería la hora de su venganza.

—Esto significa que proyecta matarlo en público. Y claro, la manera más dramática de ejecutar su venganza es la que la atraerá más. Pero ¿cuándo Alejandría sabrá la hora?…

¡Por Diana! —dijo súbitamente—. ¡El festival de la Gran Dionisíaca, claro! No hay duda.

—¿Por qué durante la Gran Dionisíaca?

—Porque es la fiesta más importante del año. Durante tres días, la gente permanece constantemente ebria y se entrega a todas las excentricidades posibles e imposibles.

José protestó en nombre de la lógica:

—¡Alejandría no adora a Dionisio!

Dionisio —explicó Demetrio— era en su origen una manera distinta de designar a Baco, pero aquí, en Egipto, está tan considerado como el dios SerApis, que, como tú sabes, es un dios combinado de Osiris y de Apis, el toro sagrado. Su culto reunió aún otros, de manera que, buscando un poco, cada cual puede encontrar lo que busca y participa cada año en el festival que se celebra en su honor. Todos encuentran una excelente excusa para embriagarse y celebrar el comienzo de la primavera con una serie de representaciones dramáticas.

María me ha contado que iban a montar las Bacchae de Eurípides.

»En los festivales de la Gran Dionisíaca, el dios, representado por un hombre, muere y resucita de entre los muertos.

La muerte, evidentemente, es sólo simbólica, lo mismo que la resurrección, pero hace años un animal que representaba al dios, e incluso un hombre, fue literalmente descuartizado y hecho pedazos por las bacantes, en el momento culminante de la acción y de la ceremonia.

—¿Suponéis?… Pero, no, no es posible, sería fantástico…

—No más fantástico —dijo gravemente Demetrio— que la ilusión de María, que se imagina que podrá matar a un eminente ciudadano romano, como Gayo Flaco, y no sufrir las consecuencias de su acto. Sí. Apostaría que esto es lo que va a intentar hacer. Ella obtendrá fácilmente a Gayo Flaco que encarne al dios; él es lo bastante vanidoso para jugar la carta que ella desee. En ciertas fiestas dionisíacas, una boda, también simbólica, se celebra entre el dios y la diosa del mar, al finalizar el festival, y una vez celebrada la boda el dios muere y después resucita. ¿Y quién podría en Alejandría encarnar mejor el personaje de Afrodita que Flamen?

—¿Podremos impedirlo?

Demetrio movió la cabeza:

—¿Cómo hacerlo? Si avisáramos a las autoridades, María sería en seguida encarcelada y después ejecutada, sin tan siquiera una simulación de juicio, y discutir con ella ya sabes cuan inútil resulta.

—Sin embargo, existe la eximente del crimen cometido por él.

—¿Sí? No lo creo. Según la ley judía, el hombre que rapta a una muchacha y la viola debe morir. Tradicionalmente este derecho corresponde al padre, a los hermanos o al prometido de la víctima. María, que no tiene ni padre ni hermanos, se atribuye ese derecho.

—Los tribunales romanos no lo reconocerán —dijo José—. Y menos que nunca si el hombre pertenece a la nación conquistadora y, como en esta ocasión, a la clase dominante.

—Es exacto —admitió Demetrio—, y por eso te incumbe la tarea de cuidar que, una vez ejecutado el acto, pueda escapar…

—¿A mí? —José lo miró atónito—. ¿Por qué a mí?

—Si Gayo Flaco hubiera sido un judío, tú hubieras sido conminado, en calidad de prometido, a lanzar la primera piedra el día de su ejecución. Si amas a María, debes procurar asegurarle su huida a algún lugar donde los romanos no puedan hacerle ningún daño.

—Pero no podríamos regresar a Jerusalén ni a ninguna ciudad del Imperio romano.

—¿Por qué no a la India? Os resultaría fácil deslizaras por el Nilo y el canal que conduce al Mar Rojo. Incluso una barca podría, sin dificultad, alcanzar Aden, y Hadja os encontraría un asilo en el desierto entre su pueblo, o podrías encontrar en Aden un barco que os condujese a la costa de Malabar. Con la ayuda de Jivaka, lograrías ejercer tu profesión allí.

¿Amaba a María lo suficiente para ayudarla a cometer un asesinato? José se formuló la pregunta con toda lucidez, ya que en realidad se trataba de eso. No podía engañarse a sí mismo. Y ¿la amaba lo suficiente para abandonar para siempre su hermosa y querida tierra de Galilea, y todas las riquezas que había adquirido en Jerusalén, y la situación preponderante que se había creado en su pueblo? Nunca una elección más dura había sido propuesta a un hombre. Y sin embargo, ahora que había encontrado a María, la vida sin ella le parecía una cosa completamente vana.

—He colocado un pesado fardo en tus espaldas, José —dijo el anciano apoyando la mano en la suya—. No obstante, me queda poco tiempo de vida y desearía morir con la seguridad de que alguien en quien tengo plena confianza se hará cargo de María cuando yo no exista. Ahora bien, no decidas todavía.

Piénsalo y consulta a Baña Jivaka. Quizá la perspectiva de tener que vivir en la costa de Malabar te asuste, pero es posible que la vida allí sea muy agradable, por mucho que ames a tu país. Reflexiona sobre todo esto, José, y respóndeme dentro de unos días.

Antes de tomar una decisión definitiva, José fue a visitar a Filo Judeo. El jefe judío era una autoridad unánimemente reconocida no sólo en lo que concernía a las leyes judías, sino asimismo a las romanas, y en particular, a las interferencias de ambas leyes, a la influencia de una sobre otra, y las consecuencias que resultaban de la aplicación de una u otra, en un caso dado, y en tal país o en tal otro. Como no quiso dar el nombre de María, lo que hubiera sido una manera indirecta pero peligrosa de revelar su plan, se vio obligado a exponer a Filo el caso supuesto de una joven hipotética, sin padres, y que había sido violada.

—¿Estaba prometida?

—Sí. Pero las relaciones no habían sido hechas públicas.

—Eso no cambia el aspecto del asunto. ¿El acto fue cometido en la ciudad o en el campo?

—En la villa de Poncio Pilatos, en Tiberíades.

El jurista se mostró ceñudo:

—Según la ley judía, en ese caso debería haber pedido socorro.

Al no haberlo hecho, ella debería ser lapidada al mismo tiempo que su raptor, pues el silencio la hace culpable del mismo adulterio.

—Pero ella estaba desvanecida, inconsciente.

—En tal caso está exenta de culpa —dijo Filo—. Aquel que la violó debe morir sin que su ejecutor pueda ser castigado por ello. No se le hubiera debido dejar vivir ni una hora.

—¿Qué mano debía castigarle?

—La ley es muy clara y formal también sobre este punto.

Los acusadores lanzarán la primera piedra. Si el padre o los hermanos de la joven no han matado al hombre, entonces el tribunal puede designar un ejecutor.

—¿Y cuando la joven se encuentra sola y es ella misma el acusador?

—Éste es un punto difícil —reconoció el jurista—. Sin embargo, las leyes griegas, tal como son interpretadas aquí en Egipto, le dan derecho a actuar por sí misma. Desde mi punto de vista, tiene perfecto derecho a lanzar la primera piedra.

—¿Este derecho llega a permitirle hacer morir a ese hombre por su propia mano?

—Me pedís que establezca una discriminación entre el acto de matar y el derecho de hacerlo, lo cual no resulta fácil. Sin embargo, la ley es clara y formal al juzgar que el hombre que viola a una virgen debe morir. Por tradición, siempre ha sido lapidado por sus acusadores, pero si yo fuera formalmente juez en el caso que nos ocupa, decidiría que la vida del hombre pertenece a la joven de quien abusó.

Miró fijamente a José:

—Se trata de un caso puramente teórico, ¿no es cierto? —No, pero no puedo daros datos más precisos, ya que la joven de que se trata está ahora en Alejandría.

—¿Y el hombre a quien estaba prometida?

—Soy yo mismo. Pero el culpable no es judío. Es un romano.

Y vos sabéis bien que los tribunales romanos no lo considerarán culpable tratándose de una judía.

—Existe una ley más alta que la misma ley romana —dijo gravemente Filo—, y es la ley del Altísimo. Si hubierais matado al hombre cuando la cosa sucedió, ningún judío en el mundo hubiera podido acusaros de asesinato.

—Sin embargo, los tribunales romanos me hubieran hecho crucificar en seguida, sin vacilación. ¿Un hombre debe hacerse matar para castigar a un culpable? ¿Quién saldría ganando con eso?

—La ley hubiera sido aplicada, y la ley es más importante incluso que los individuos.

—Yo no admito ni reconozco ninguna ley que me ordene matar a un semejante —dijo con firmeza el galileo—. Las tablas de Moisés dicen, sin excepción alguna: «No matarás». Es absoluto. Y mientras viva, no causaré a sabiendas la muerte de ningún semejante, sea cual fuere su crimen. Que el castigo consista en aislarlo en algún sitio. Una vida así es ciertamente peor que la muerte, pero no es la muerte.

Se disponía a marcharse cuando Filo le retuvo.

—Espera un instante, José. Es posible que estéis en lo cierto, no estoy seguro. Lo que decís se parece mucho a lo que enseña un hombre a quien llaman Jesús.

—¿Jesús? Éste no es un nombre corriente entre los judíos.

—Tampoco él es un hombre corriente. Este Jesús es un joven de Nazaret que predica ahora en las ciudades de Galilea.

Ha seguido a Juan, pero no es un fanático que se dedique a sublevar el pueblo contra Roma. Por el contrario, predica indulgencia, perdón, amor al prójimo, y la piedad de Dios que puede perdonar nuestros pecados.

—Esdras y Enoch dijeron lo mismo —le recordó José.

—Lo que enseña no son cosas nuevas —admitió Filo—. Podría incluso ser el filósofo griego Sócrates predicando en nuestra lengua, si no fuera tan joven y si alguien pudiera comprender de dónde procede su sabiduría.

—¿Por qué razón os preocupa tanto?

—Aún no os lo he dicho todo —prosiguió gravemente Filo—. Numerosos son, en Galilea, los que le consideran el Mesías.

—Los galileos siempre han sido aficionados a seguir a los falsos profetas. ¡Eso les ha sucedido más de una vez!

—José, no conocéis a ese Maestro de Nazaret. ¿Cómo podéis saber si es un embaucador?

—¡El Mesías no se manifestaría bajo la apariencia de un humilde Maestro de Galilea! ¡La cosa no parece posible!

—Sin duda tenéis razón —dijo pensativamente Filo—. Es evidente que ningún judío espera al hijo de Dios bajo parecida forma, pero tampoco ningún profeta de nuestro tiempo ha removido las masas como lo hace Jesús, si mis informes son exactos. Sería muy mala cosa para los judíos si resultara otro Judas Gaulonita.

Veinte años antes, al morir Herodes el Grande, numerosos judíos se resistieron a la formación de un reino de Judea bajo su sucesor, Arquelao, y por seguir aquella insurrección miles de ellos perdieron la vida. Un grupo de patriotas, mandados por cierto Judas, llamado unas veces el Galileo y otras el Gaulonita, llegó incluso a apoderarse de Seforis, la capital romana de Galilea. En castigo de esta afrenta infligida a la dignidad de Roma, Varo, gobernador de Siria, al frente de veinte mil hombres, venció a los rebeldes. Dos mil judíos fueron crucificados de una sola vez, treinta mil vendidos como esclavos y la ciudad de Seforis arrasada.

Una delegación formada por los judíos más importantes se presentó en Roma y presentó al emperador Augusto una petición para que el reino de Judá fuera suprimido y convertido en provincia romana. Fue así como los primeros procuradores gobernaron Judea, en la que se encontraba Jerusalén. Periódicamente estallaban motines contra aquellos amos extranjeros y con mucha frecuencia conducidos por falsos mesías. Sin embargo, a pesar de que numerosos judíos de Judea hubieran deseado ver desaparecer de su suelo a los procuradores, los constantes conflictos a propósito de las águilas romanas, de los diversos emblemas romanos, de la utilización del dinero de los impuestos, todo cuanto convirtió en penosos los años de gobierno de Poncio Pilatos, sólo los nacionalistas exacerbados, confinados en su mayoría en la fértil provincia de Galilea, se atrevían a pensar en usurpar el poder de Roma por medio de la revolución y el nombramiento subsiguiente de su propio rey.

Un grupo mucho más poderoso y mejor organizado, los Tierodianos de Jerusalén, trabajaba por convertir al tetrarca de Galilea, Herodes Antipas, en rey de Judea. José comprendía la inquietud de Filo concerniente a cualquier iluminado que pudiera romper aquel delicado equilibrio y suscitar una sublevación entre los galileos, gente nerviosa y apasionada.

Una revolución de esta clase podría conducir a nuevas efusiones de sangre, quizá seguidas en un futuro cercano por represalias contra los judíos distribuidos por todo el Imperio romano.

Jefe y portavoz reconocido por la colonia judía de Alejandría, Filo Judeo estaba lógicamente preocupado por aquellas cuestiones, que podían resultar explosivas…

—Había esperado —le dijo el anciano jurista al despedirse— que regresarías pronto a Jerusalén y que me podrías informar sobre ese hombre, Jesús de Nazaret.

—¿Vos no suponéis, en el fondo de vuestro espíritu, que ese maestro pueda ser el Mesías, realmente el Mesías?

Filo movió la cabeza:

—Apenas… aunque Isaías habla de aquel que vendrá con humildad y sufrimiento. Para nosotros, que desde hace años vivimos fuera de Jerusalén, el Mesías se ha convertido en una imagen lejana y desvaída, más en una imagen poética que en una persona viva, de carne y hueso.

Y terminó, sonriendo:

—Pero no repitáis esto en Jerusalén cuando regreséis allí, José. Aquellos que miran hacia el cielo constantemente para no perderse el momento en que Cristo descienda sobre la tierra en toda su gloria, me considerarían como un blasfemo si supieran que he pronunciado palabras evocadoras de otras posibilidades.

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