María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo XXVII
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Capítulo XXVII
DONDE LOS CORAZONES DE JOSÉ Y MARÍA, IGUALMENTE ILUMINADOS, LATEN AL UNÍSONO.
Resultaba una muy sencilla historia, milagrosa historia, tal como María la contó con el rostro inundado de lágrimas felices, con los ojos brillantes.
Ella se dirigió a la tumba con las mujeres, preguntándose quién podría ayudarlas a quitar la piedra que cubría el sepulcro, y que pesaba mucho, cuando comprobó que la piedra estaba quitada y que el cuerpo de Jesús había desaparecido. Entonces, algunas de las mujeres corrieron a buscar a Simón Pedro.
Él las acompañó, miró en la tumba y sólo vio la sábana en la que el crucificado había sido envuelto.
Todos volvieron a la casa excepto María, que permaneció cerca del sepulcro vacío, llorando porque temía que Caifás, o quizá Pilatos, hubiera hecho retirar el cuerpo para exhibirlo ante el pueblo, en testimonio de la impotencia de Jesús en cumplir su promesa de resucitar de entre los muertos.
Al cabo de un momento —María contó a José lo sucedido con todo detalle—, ella penetró otra vez en el sepulcro, miró la tumba y comprobó que seguía vacía. Pero, habiendo dado media vuelta, vio a un hombre a su lado. Éste la interrogó:
—Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién llamas?
Ella, no reconociéndole, y pensando que fuera el jardinero de José de Arimatea, había respondido:
—Porque han robado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Si tú te lo llevaste, dime dónde lo pusiste y yo lo tomaré.
Jesús, entonces, dijo sólo: «¡María!». Y ella reconoció su voz y se precipitó en seguida a sus pies, exclamando: ¡Maestro!
Pero él, separándola suavemente con un gesto, dijo:
—No me toques, porque todavía no he subido a mi Padre. Pero ve hacia mis hermanos y diles que yo subo junto a mi Padre y Padre vuestro, hacia mi Dios y Dios vuestro.
Mientras ella contaba entre sollozos de felicidad lo ocurrido, José, sosteniendo a María, llegó cerca del sepulcro y comprobó que la piedra, en efecto, había sido quitada; recordó que había sido necesario el esfuerzo reunido de varios hombres vigorosos para colocarla en su sitio. También observó que la huella del cuerpo era aún perfectamente visible sobre la sábana en que José lo había envuelto, con las manchas de sangre en el lugar de las llagas.
Nadie, excepto María, había visto a Jesús, y José sabía perfectamente que ningún tribunal aceptaría aquel testimonio único de un hecho tan sensacional. Se diría que resultaba imposible juzgar si ella, en su intenso deseo de ver vivo a Jesús, no habría tomado por realidad lo que no era más que un deseo y un anhelo.
José, por su parte, estaba muy tentado de creer que ella había visto verdaderamente a Jesús, pero en lo más recóndito de sí mismo sentía flotar idéntica incertidumbre que la que sintió con respecto al mesianismo del Maestro, hasta el día en que, encontrando su mirada en el tribunal de Caifás, había conocido la deslumbrante revelación de la verdad.
María leía estas cosas en el espíritu del hombre a quien amaba:
—Tú piensas que tuve una visión —dijo ella—, igual que los insensatos que creen una cosa que no existe.
—Yo sé que Jesús estaba allí, para ti.
—Pero no en carne, ¿verdad?
—Eso es lo que los demás pensarán —subrayó él.
Ella protestó:
—Él ha podido aparecérseme y puede hacerse visible a cualquiera si así lo desea.
—Roguemos, pues, con objeto de que nuestra fe obtenga para él la fuerza necesaria. Mientras, debemos protegerte.
—¿Protegerme? ¿De quién?
—Los otros corren ya por todas partes, a través de la ciudad, proclamando que Jesús ha resucitado y que se te ha aparecido.
¡Piensa lo que representa eso para Caifás y Poncio Pilatos!
Ella se quedó un instante sin respiración:
—Puesto que yo soy la única que ha visto a Jesús…
—… Querrán a todo precio reducirte al silencio, porque si el pueblo llega a creer que Jesús ha resucitado de entre los muertos, sabrán por eso mismo que es en verdad Cristo, Aquél a quien se espera, el Mesías, e insistirán en coronarlo rey de Judea.
—Pero él no trata de permanecer aquí —explicó María—. Sus palabras han sido: No me toques, porque todavía no he subido a mi Padre. Pero ve hacia mis hermanos y diles que yo subo junto a mi Padre y Padre vuestro, hacia mi Dios y Dios vuestro. Jesús va a abandonar este mundo, José. Él mismo me lo dijo claramente.
—Pilatos y Caifás, no habiéndolo visto en carne, ¿lo creerán?
—No —reconoció con tristeza la joven—. Tú mismo no estás seguro del todo. ¿Cómo van a estarlo los otros?
—Sólo nos queda una cosa que hacer —respondió él con firmeza—. Debes alejarte de Jerusalén antes que Poncio Pilatos oiga hablar de esto y se apodere de ti.
—Pero, ¿y los otros? ¿Y tú mismo?
—Tú eres la única testigo de la resurrección de Jesús en carne, hasta que no se aparezca así a los otros, nosotros no corremos ningún peligro.
—¡Ven conmigo, José! —suplicó ella—. ¡No quiero que volvamos a separarnos nunca!
—Voy a arreglar mis asuntos en la ciudad y esta tarde mismo iré a Emaús —prometió él—. Mañana proseguiremos nuestro camino hasta Galilea. Si Herodes Antipas nos prohíbe refugiarnos en su territorio, nos llegaremos hasta el de Filipo y, si es necesario, iremos a Antioquía.
—¡Pero yo no he cometido ningún crimen! ¿Por qué tengo que huir y esconderme como una criminal?
A la indignación vehemente de María, José opuso una vez más el razonamiento de la sensatez:
—¡Tú conoces algo capaz de incendiar el mundo! Debemos preservar la llama para que no la apaguen a la fuerza —por temor al incendio— y convertirla en una antorcha de la luz que alumbrará a todos los hombres.
—Voy, pues, a dirigirme a Emaús y te esperaré en la casa de Cleofás. Pero sé prudente, José. Ahora que Jesús retorna junto al Padre, me moriría si te sucediera alguna desgracia.
Durante todo el día la extraordinaria noticia corrió por la ciudad: aquél a quien tan vergonzosamente sacrificaron, había resucitado de entre los muertos. Centenares de personas se presentaron en el jardín de José de Arimatea para ver la tumba vacía y la sábana que se encontraba aún en ella, con las huellas de su cuerpo y las manchas de su sangre. Algunos se burlaban y decían que se trataba de un truco para persuadir a las almas crédulas de que el Nazareno, aquel perpetuo perturbador, había regresado desde el fondo de la muerte. No obstante, eran mucho más numerosos los que habían amado a Jesús y creían con una entera confianza que Él no podía ni engañarse ni engañarlos; que, por consiguiente, había resucitado conforme a las Escrituras y que él era el Mesías verdadero cuya venida el profeta Isaías había anunciado desde hacía siglos.
La tarde iba ya avanzando cuando José pudo finalmente ponerse en camino hacia Emaús. Cleofás le acompañaba y, mientras andaban, hablaban de los acontecimientos que habían conmovido las últimas jornadas.
Se hallaban tan absortos en su charla, que no se fijaron en un hombre delgado, vestido con una larga túnica y con una capucha que casi escondía sus rasgos, y llevando las manos hundidas en sus mangas, que se puso a caminar cerca de ellos y a su paso. Al cabo de un cierto tiempo, al alzar la cabeza, se dieron cuenta de su presencia y le saludaron cortésmente. Sin embargo, notaron algo en su porte que les fue familiar, sin que pudieran decir con exactitud de qué se trataba.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó.
Y su voz, algo velada por la anchura de la capucha, les pareció que no les era desconocida. Ellos se detuvieron entristecidos:
—¿Eres tú el único que habiendo permanecido en Jerusalén no sabes las cosas que han sucedido estos días? —dijo Cleofás sorprendido.
—Pero ¿qué cosas son ésas?
—Las que conciernen a Jesús de Nazaret, hombre que fue un profeta poderoso en actos y en palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Y como nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte, lo han crucificado.
Contemplando al extranjero mientras Cleofás le contaba lo ocurrido aquella mañana, José sintió crecer en él la extraña convicción de que conocía a aquel hombre y que, incluso, debía de conocerlo bien. Pensó que si pudiera ver sus ojos, seguramente lo reconocería, pero el extranjero seguía llevando la capucha de manera que casi le escondía la cara.
—¿Era necesario que Cristo sufriera así para que entrara en su gloria? —preguntó el extranjero cuando Cleofás hubo terminado el relato de lo que había sucedido aquella mañana a María de Magdala.
—Yo creo —dijo José— que esos sufrimientos eran necesarios, porque sé que Jesús de Nazaret era Cristo.
El extranjero no respondió nada, pero José se dio cuenta de que su propio corazón se calentaba en su pecho y se llenaba de una sensación extraña, una sensación rara parecida a aquella que sintiera, tres días antes, cuando encontró los ojos de Jesús a través de la sala, en el palacio de Caifás, y se vio súbitamente invadido por la divina certeza de su naturaleza y de su identidad.
—¿Cómo puedes decir que él es Cristo, José —protestó Cleofás—, cuando con tus propios ojos le viste morir del lanzazo que le dieron en el costado?
—Lo sé —dijo sencillamente José—. Sé que es el Hijo de Dios. Y aquel que es el Hijo de Dios, no puede ser vencido ni por la muerte.
Cuando el extranjero habló de nuevo, el tono de su voz se había hecho más suave; y, mientras avanzaba por el camino, les explicó, comenzando por Moisés y por los Profetas, lo que, en todas las Escrituras, le concernía, y cómo las predicciones y las profecías se aplicaban a Jesús de Nazaret como vestidos cortados a medida.
La morada de Cleofás se encontraba en un extremo de Emaús, casi al borde del camino de Jerusalén. Al acercarse al sendero que conducía a la casa, el extranjero pareció querer seguir más allá, pero, impulsivamente, José le dijo:
—Quédate con nosotros, pues está llegando la noche y el día está ya declinando.
Y le rogaron con insistencia.
Su compañero, el desconocido, entró, pues, con ellos.
Cleofás fue en seguida a buscar vino y una cesta de pan, para refrescarlos y reconfortarlos después de aquel largo camino, así como conviene cuando un huésped entra en vuestra casa.
Disponiendo el pan en la mesa, dijo cortésmente:
—¿Queréis bendecirlo y romperlo con nosotros, Señor?
El extranjero extendió el brazo y tomó un pedazo de pan de la cesta y, al efectuar el movimiento, la manga de su túnica subió y José vio su mano por primera vez.
Entonces supo por qué el desconocido que se les uniera en el camino le había parecido tan familiar…
José iba a ponerse en pie, cuando su huésped comenzó a bendecir el pan y el vino, lo cual le impidió hablar.
Pero él veía delante de sí las dos manos agujereadas y la huella del corte que en la muñeca le hicieran las ligaduras fuertemente apretadas que le colocaron los soldados romanos la noche del monte de los Olivos.
Mientras los miraba, el viajero alzó las manos y echó la capucha hacia atrás… Y José encontró la mirada de aquellos ojos tan profundos y tan tiernos.
Sobre la frente del huésped, un círculo de pequeñas desolladuras, estrechas, pero profundas, colocaba como una aureola roja.
Al oír a María en la sala interior, rogó al viajero que le excusara y se apresuró hacia ella para contarle la feliz noticia y conducirla a la sala, a fin de poder prosternarse juntos y adorar al Señor.
—¡Jesús está aquí, María! —exclamó—. Se ha unido a nosotros en el camino y está en la otra sala.
—¡Oh! ¡Gracias, Dios mío! —respondió ella desde lejos—. He rogado para que se te revelara.
—He visto los agujeros en sus manos, el corte de su muñeca y las heridas de las espinas en su frente. ¡Ven! —le dijo tendiéndole las dos manos—. ¡Ven! Vamos a adorarle juntos…
Pero cuando penetraron en la gran sala, sólo se encontraba allí Cleofás, con la boca abierta de asombro.
—El extranjero se ha ido, José —explicó—. He dado cuatro pasos para tomar vino y cuando me volví había ya desaparecido.
Apenado y aturdido, José dijo, como alguien que pretendiera convencer a otro de que no ha soñado:
—¡Estaba aquí cuando abrí la puerta para llamar a María!
El pobre médico se sentía presa de una especie de vértigo.
—Yo sé que era Jesús. Lo reconocí, y también vi la marca de los clavos en sus manos… No dudas de lo que digo, ¿verdad, María? ¿No dudas de que verdaderamente le vi, no?
—Yo sabía que se revelaría a ti cuando estuvieras dispuesto a aceptar la verdad entera —afirmó ella con los ojos brillantes y las lágrimas rodando, apresuradas, por sus mejillas.
—Pero Cleofás estaba también en la habitación, cerca de él y de mí, y no lo ha reconocido.
—Ésa fue la intención del Maestro —dijo ella dulcemente—. Tú eres médico, José; tú sabías que él estaba real y verdadera4 6 3 mente muerto, puesto que lo enterraste con tus propias manos.
Pero ahora sabes que está otra vez vivo, pues viste, en su cuerpo resucitado, las llagas de sus manos tal como las vimos cuando lo depositaste en la tumba. Juntos debemos proclamar a la faz del mundo la verdad que te ha sido revelada en el camino de Emaús. La verdad que Jesús, crucificado, ha resucitado de entre los muertos… ¡Y ningún hombre, en adelante, podrá ya ignorar que Él es verdaderamente el Hijo de Dios!…
Los tres, en pie alrededor de la mesa, comieron con respeto los pedazos de pan que el Señor había bendecido y partido…
FIN