María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo I
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Capítulo I
UN NUEVO DÍA SE ALZA SOBRE JERUSALÉN.
El otoño había vuelto sobre Jerusalén. En las colinas rocosas, grises y desnudas ante el cierzo del nordeste, los árboles se aferraban como podían a la delgada capa de tierra y sus ramas carecían de hojas. El alba se alzaba y la gran ciudad blanca emergía lentamente de las sombras de la noche.
En las alturas, el sol comenzaba ya a dorar la cúpula del Templo y, dominando en el estrecho valle de Cedrón, la Antonia, la fortaleza que dominaba como una amenaza la ciudad dormida, recordaba serenamente a los judíos que Roma gobernaba incluso en su ciudad santa.
Érase una mañana parecida a aquélla en que, unos años antes, el pueblo se enteró de que Poncio Pilatos, Procurador de Judea, llevando a efecto su amenaza de desplegar en Jerusalén las águilas romanas, las hizo traer por la noche, bajo la protección de una guardia armada.
Los judíos, horrorizados, pudieron ver al despertarse cómo ondeaban en la fortaleza.
En aquella ocasión, Pilatos fue lo bastante hábil para no ir a Jerusalén, y como su autoridad era la única que podía ordenar que los estandartes fueran retirados, una multitud inmensa se vio obligada a efectuar dos días de marcha, por montes y valles, para trasladarse a Cesárea y presentarle su petición.
Durante cuatro días enteros esperó pacientemente en la plaza, ante el palacio del gobernador, gimiendo bajo la vergüenza infligida a su Dios, que les prohibía, en nombre de Roma, «tallar ninguna imagen ni ninguna otra figura cualquiera, ni en lo alto, ni en la tierra, ni en las aguas…».
Quizá Pilatos, en uno de aquellos arrebatos de mal humor que le atacaban con frecuencia, supuso que los judíos resistirían, lo cual le hubiera permitido, como sucediera ya en otras ocasiones, ordenar a sus soldados que los degollaran. Pero esta vez, la resistencia fue exclusivamente pasiva. Finalmente, no viendo la manera de castigar a un pueblo que se contentaba con gemir en la plaza pública, por la afrenta hecha a su Dios, y para desembarazarse de su presencia, ordenó que los estandartes fueran retirados, y los judíos rehicieron a pie su largo viaje, fatigados de cuerpos, pero con el espíritu contento.
Aquel día, el sol, que a esta hora lamía ya las murallas de la enorme fortaleza, no veía flotar en el patio las águilas romanas, pero los judíos no por ello recordaban con menos frecuencia su condición de pueblo conquistado, pues en toda fiesta religiosa los sacerdotes se veían obligados a personarse en el cuartel general romano, en la Antonia, donde las vestiduras sacerdotales de ceremonia del Gran Sacerdote y de sus ayudantes eran encerradas. Y resultaba paradójico que tuvieran que solicitar de las autoridades romanas autorización para utilizarlas. Únicamente las vestiduras sacerdotales ordinarias permanecían constantemente a su disposición.
El monte Sión, cercano a la Puerta de las Aguas, fue el primero en surgir a la luz, ya que de todas las colinas sobre las cuales estaba construida la ciudad, era el más alto. Sus laderas aparecían cubiertas de villas y de palacios habitados por los ricos.
Al norte de la ciudad, las chozas y las cabañas de los pobres se aglomeraban literalmente. De allí emergían los primeros que abandonaban el sueño, cuando aún la tierra aparecía sumida en la oscuridad, ya que los hombres necesitaban todas las horas del día para ganar la subsistencia de sus familiares, ello si tenían la suerte de encontrar trabajo; de todas las horas del día, para mendigar por las calles, si carecían de aquella suerte.
Desde el Templo se difundían en el aire encalmado ruidos de acero, ruidos de soldados marchando con paso ordenado, cadencioso, ruidos de órdenes lanzadas con voz enérgica: la guardia romana daba su última vuelta de inspección nocturna antes de regresar a la cercana Antonia, donde residía la guarnición.
Lo mismo de noche que de día la espada de los conquistadores permanecía desnuda ante las puertas del santuario, con objeto de que los judíos no olvidasen que si su Dios reinaba allá arriba, en las terrazas superiores del Templo, Roma gobernaba en tierra y tenía derecho de vida y muerte sobre todo cuanto vivía en ella, hasta el primero de los diecinueve escalones que conducían a los Sagrados Recintos.
Lentamente, la luz penetraba en las estrechas calles y con ella se despertaba la vida. Hombres que bostezaban todavía y que apenas acababan de estirarse, abrían las persianas o las puertas de las tiendas. Las mujeres aparecían en los pequeños patios, donde las cañerías dispensaban a todos el agua clara de las lejanas fuentes, transportada por el acueducto que Poncio Pilatos hiciera construir con el dinero del «tributo del templo», un acto más de «irreverente locura», que hubiera sido suficiente para odiar al Procurador eternamente.
Después de haber llenado sus ánforas en los patios, las mujeres se apresuraban hacia el interior de las casas, para llegar antes de que los hombres se preparasen para sus abluciones y descubrieran que sus mujeres se olvidaron de proveerse de agua la tarde anterior.
Un vendedor ambulante, seguido de su mula, iba por las calles tropezando de vez en cuando sobre el pavimento húmedo por el rocío matinal y pregonaba su aceite de oliva, sus higos y sus dátiles, de manera que los que olvidaron proveerse el día anterior, no se encontraban privados por la mañana de su trozo de pan mojado en aceite, de alguna fruta seca y de un tazón de leche de cabra, de la que llevaba a lomos de la mula un odre de piel lleno.
Ya en las tiendas, los artesanos preparaban las herramientas de su oficio y los materiales que iban a trabajar durante el día —cuero, madera, acero de Damasco, lanas y tintes para embellecerlos—, los escribas disponían encima de sus mesas las tablillas de cera y los punzones de acero, los rollos de papiro, las copas de tinta y las cañas talladas.
Los judíos de Jerusalén, en cuanto se levantaban, comenzaban a subir hacia el Templo, centro de la ciudad y corazón mismo de la existencia de sus habitantes. En la más baja de las tres terrazas, el patio exterior de los paganos, que se denominaba aún el Santuario de los Gentiles, con sus avisos en diversas lenguas previniendo a los incrédulos que no debían franquear los peldaños prohibidos que conducían a la terraza siguiente, el tintinear de las monedas de oro resonaba en el aire mientras los cambistas instalaban sus mesas. Allí los peregrinos hallaban facilidades para cambiar por monedas judías —el siclo real del santuario— el oro romano que, por llevar grabada la imagen del emperador y no pudiendo entrar en los cofres del Templo, no era aceptado para los sacrificios de ofrendas. Los peregrinos eran robados irremediablemente en el cambio, pero aceptaban sin discusión la suma que les era ofrecida, ya que quedaba entendido —o cuando menos se suponía— que aquella parte ilícita del beneficio encontraba el camino de los cofres del Santuario y se convertía así en un complemento de ofrenda a Jehová.
La casa que el rey Salomón había construido para su Dios, medía sesenta codos de largo por veinte de ancho y treinta de altura, y el vestíbulo que la precedía seguía el sentido de la anchura, lo cual le daba una longitud de veinte codos. Aquel gran templo se abarrotó pronto de gentes de todas las naciones, de los cuales la mayor parte efectuaba la peregrinación al Santuario de Jerusalén, ya que los devotos adoradores de Jehová procuraban hacerla las más veces posible durante su existencia.
Sin embargo, también eran numerosos los simples turistas, pues la ciudad Santa se encontraba colocada en la ruta de las caravanas que se dirigían a Egipto, y también sobre la Gran Calzada Central que, en su parte septentrional, atravesaba las tierras altas de Judea.
Encima del segundo santuario, o santuario interior del Templo, accesible sólo a los judíos, existía un tercer piso al que únicamente tenían entrada los sacerdotes. Allí, escondido a todas las miradas excepto a las de los más devotos, se encontraba el Sancta-Sanctórum, donde reposaba el Arca de la Alianza que encerraba la Santa Tora.
A la hora en que el sol comenzaba a calentar la terraza de los sacerdotes, aquellos que se habían escogido para oficiar habían terminado las abluciones rituales y revistiéndose las vestiduras blancas. La ofrenda del primer sacrificio estaba depositada en el altar y la antorcha que debía inflamarla ardía en su soporte. Un profeta de Israel se había alzado antaño contra aquella rígida ceremonia, tan minuciosamente detallada, que su finalidad esencial se había olvidado. El profeta había dicho:
¿Con qué me presentaré yo ante Jehová, ante el Altísimo? ¿Me presentaré ante Él con las ofrendas de los holocaustos, con terneros de un año? ¿Se satisfará con miles de carneros, con decenas de miles de ríos de aceite? ¿Le daré por mis pecados mi primogénito? ¿Por el pecado de mi alma, el fruto de mi carne? Él te ha enseñado, oh hombre, lo que está bien. ¿Y qué requiere de ti Jehová, sino que te portes rectamente, que ames la bondad y la caridad, y que camines con tu Dios?
El poder de los fariseos, quienes, en las marcas de adoración presentadas al Altísimo, otorgaban gran precio a la forma, era muy grande en Jerusalén. Los saduceos de la clase sacerdotal reconocían el amor del pueblo por la forma de los ritos. Así, la solemne tradición continuaría día tras día en el Templo.
Los clarines lanzaban desde la terraza superior sus notas claras por encima de la ciudad, en el aire fresco de la mañana.
Las grandes puertas se abrían puntualmente a la hora segunda, cuando la mano de un sacerdote, con el cuchillo ritual, descendía con precisión infalible y cortaba la garganta del cordero del sacrificio. La sangre manaba y un suspiro unánime subía desde el pecho de los fieles, reunidos para asistir a aquella primera ceremonia del culto del día.
La música de las arpas y de las cítaras y las notas de los clarines descendían desde lo alto a la ciudad, aún soñolienta.
Los judíos devotos inclinaban la cabeza, los peregrinos que se hallaban en el santuario inferior se prosternaban, la antorcha inflamaba la ofrenda, el humo del incienso y el de la víctima subían juntos hacia el cielo en el aire encalmado de la joven mañana, los levitas golpeaban uno contra otro los discos resplandecientes de sus címbalos y el coro entonaba al Todopoderoso un poema de adoración.
Una nueva jornada acababa de comenzar en Jerusalén, la Ciudad Santa de los judíos.