María de Magdala

María de Magdala


LIBRO TERCERO » Capítulo II

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Capítulo II

Y HE AQUÍ A NICODEMO, «EL JOVEN RICO…».

Los rayos del Sol naciente se deslizaban con suavidad en el jardín de José. El otoño había llegado, pero el jardín era aún hermoso, ya que ni los naranjos ni los limoneros, ni los olivos perdían sus hojas, e incluso de sus ramas colgaban muchos frutos. Las abejas zumbaban y el rabioso olor del benjuí y de otras plantas de especias llenaba el aire. Aunque fuera rico, habida cuenta de la época y de la ciudad, José no habitaba en el monte Sión, en el que se alzaban los palacios de los personajes opulentos. A su llegada a Jerusalén había comprado a su tío, José de Arimatea, un trozo de terreno en la ladera soleada de la colina occidental de la Ciudad Alta. La salud del anciano mercader no era buena, e incluso había ordenado cavar su sepulcro en una masa de granito que salía del suelo en un extremo de su jardín.

José sabía que una buena parte de su éxito se lo debía a su tío, el cual le había recomendado a Poncio Pilatos, y después ayudado a obtener el empleo de medicas vísceras en el Templo; había, pues, aceptado con verdadera alegría cuando el anciano le ofreció venderle una parte de su propiedad en Jerusalén, y el tío, por su parte, se mostró contento de que el joven médico hubiera aceptado aquel arreglo, que le permitía tenerle siempre a mano cuando se apoderaba de él una de aquellas crisis de asma que le habían conducido a dos dedos de la muerte.

Aquel día el galileo bajó temprano, ya que le agradaban los paseos matinales por los senderos donde el rocío subsistía aún, entre los árboles y las cepas de viña, charlando con el anciano servidor que ejercía su oficio de jardinero.

Desde la muerte de su madre, ocurrida algunos años antes, vivía solo, y los instantes que pasaba así, oliendo las flores y escuchando el canto de los pájaros —muy numerosos porque les llevaba comida cada día— contaban entre los mejores de la jornada, despertando en él el recuerdo —¡nunca adormecido!— de un jardín en Magdala, que se inclinaba sobre el lago Tiberíades. Para que el cuadro fuera perfecto —la felicidad de José también— sólo faltaba una voz de mujer que cantara algún poema, la presencia de una mujer joven de cabellos tan ardientes como la flor del granado que crecía en su casa.

Le parecía que habían transcurrido mucho más de seis meses y medio desde que fue arrancado de los brazos de María, en el escenario del gran teatro de Alejandría, y conducido apresuradamente hasta el puerto, con cadenas en las manos y los pies, y bajo la guardia de varios soldados. Pero la imagen de la amada, tal y como se le apareció hasta el último momento —su cuerpo admirable, vestido de blanco; sus cobrizos cabellos flotando en sus hombros, y sus hermosos ojos llenos de lágrimas—, permanecía en él siempre presente.

Sin que ello representara la menor ventaja, la distancia que los separaba se había reducido muchísimo, ya que Gayo Flaco había abandonado Alejandría, destinado, como preveía, a Seforis, capital de Herodes Antipas, en calidad de jefe de las tropas romanas en Galilea. Es decir, que el viaje no requería más que tres días a lomos de su mula y dos días con un camello rápido, pero José no lo había emprendido sabiendo que no podría acercarse a María y que, si notaban su presencia allí, no conseguiría más que abrir las viejas heridas y un nuevo dolor.

Sin embargo, los que iban a la corte de Herodes eran muchos y él inevitablemente oía hablar de María de vez en cuando.

Ella vivía con Gayo Flaco como su amante, lo cual no era una situación mucho más envidiable que la de esclava, para la cual se ofreciera con objeto de rescatar la vida de José y de los judíos de Alejandría. Los galileos la consideraban la concubina del tribuno y la acusaban de adulterio, ya que no era ni su esposa ni su esclava. Gayo Flaco, por su parte, la trataba bastante mal y la presentaba siempre a los visitantes como su amante, no perdiendo ninguna ocasión de recordarle cuál era su situación en su morada.

Conociendo el espíritu orgulloso de la joven, el médico se preguntaba a veces durante cuánto tiempo ella resistiría semejante existencia, y con frecuencia, cuando su necesidad de ella le torturaba demasiado el corazón, soñaba con ir a Seforis y arrancar a María del palacio de Gayo Flaco. Sin embargo, aquel gesto hubiera resultado a la vez loco e inútil, debido a que Roma tenía el brazo largo y su poder se ejercía sobre todo en aquel país conquistado, donde ninguna vida era considerada como «privada», y sólo podía conducir a ambos a una muerte inmediata.

El médico terminaba de dar sus instrucciones al viejo jardinero, cuando su liberto Rufo, que dirigía la casa, apareció:

—Señor —le dijo—, el noble Nicodemo ha avisado que vendrá a comer contigo. He hecho poner dos cubiertos en la terraza.

Nicodemo aparecía ya por la puerta que comunicaba sus dos propiedades, y José se apresuró a salir a su encuentro y abrazarle. Diez años más viejo que el cirujano, era un brillante jurista y miembro del Sanedrín. Sus ocupaciones le hacían ir de Galilea a Perea, de Judea a Samaria y a veces incluso hasta Antioquía, capital de la provincia romana de Siria, ya que era igualmente respetado por los judíos y por los romanos.

Era alto, de bella prestancia y de aspecto altanero; sus sienes comenzaban a blanquear y, como José, parecía serio hasta resultar frío mientras no sonreía, pero entonces el brillo cálido de su mirada permitía descubrir su naturaleza profunda y comprensiva.

—¡Shalom!, amigo entre los amigos —dijo al llegar—. Pareces fatigado. Quizá te conviniera viajar también un poco.

—No me queda tiempo para correr como tú, de un lado a otro —respondió José, sonriendo—. Ya es suficiente tener que trasladarme una vez al mes a Cesárea para visitar a Claudia Prócula.

—Ahora se encuentra en Tiberíades, con Poncio Pilatos, y parece que pasarán allí el invierno.

Buena noticia, en verdad, que hizo latir más de prisa el corazón del galileo; encontrándose Claudia Prócula y Poncio Pilatos en Tiberíades, tendría un motivo legítimo para ir allí, y quizás en alguna ocasión podría ver a María, aunque fuera a distancia.

—¿Qué otras noticias hay de Galilea? —preguntó—. ¿Sigue Herodes Antipas conspirando para liberar Judea del Procurador?

—Interminablemente. Pero cuanto más veo a ese miserable feto engendrado por Herodes el Grande, más respeto a los romanos.

—¿Incluso a Poncio Pilatos?

—Incluso a Poncio Pilatos —dijo Nicodemo, quien añadió alzándose de hombros—: En realidad, no creo que exista un solo romano bueno. En Seforis se asegura que Pilatos se vuelve cada día más inestable y malhumorado. Y ese sobrino suyo, Gayo Flaco, es el hombre más intensamente odiado de toda Galilea.

José desvió la mirada para evitar que pudiera leer en sus ojos la agitación al oír mencionar a Seforis y a Gayo.

Nicodemo proseguía:

—Recientemente comí en el palacio de Herodes. Gayo Flaco iba acompañado por la mujer más hermosa que haya visto en mi vida. Algunos susurraron que se trata de una antigua esclava que es su amante; lo que es indudable es que se trata de una gran dama, de la cabeza a los pies.

—¿La consideran en Seforis la amante de Gayo Flaco?

José conseguía con dificultad mantener una voz sin matices.

—En Seforis y en toda Galilea —afirmó Nicodemo—. Odiando como odian a Gayo Flaco, no puede esperarse de la gente que sienta afecto por una judía que vive con él; ni tan siquiera si fuese su mujer legítima.

—¡Pero si se dio como esclava a Gayo Flaco para salvar la vida de alguien a quien ella amaba! —exclamó José, indignado.

—¡Ah! ¿Sí?

La mirada de Nicodemo se animó, llena de interés.

—¿Y cómo sabes tú todo eso?

A José no le quedó otro remedio. Contó la historia.

—Es extraño —dijo Nicodemo cuando su amigo calló—, pero hubiera jurado que María de Magdala ya no odia a Gayo Flaco. Y no obstante, tratándola como la trata, ella tendría cien motivos para odiarlo.

José se preguntó perplejo si María habría llegado a amar al hombre a quien odiara tanto y a quien intentara quitar la vida. Sólo al suponerlo se sentía culpable hacia ella, y sin embargo, una larga experiencia médica le había enseñado que el corazón de la mujer es cosa que el hombre no puede esperar comprender. Recordó algo que en cierta ocasión le dijera Demetrio: una mujer no puede borrar por completo el choque emotivo de la posesión, y algo escondido en lo más íntimo de sus profundidades, algún instinto salvaje que escapa a toda razón, puede ligarla otra vez al hombre que la tomó por primera vez.

—No afirmaré, sin embargo —prosiguió Nicodemo—, que ella le ame como una mujer ama a su marido. Diría, más bien, que se comporta con Gayo Flaco de manera parecida a quienes siguen a Jesús de Nazaret.

—¿Tú le has visto? —preguntó José, asombrado, ya que nunca hubiera supuesto que un doctor de la ley de Jerusalén como Nicodemo concediera la menor importancia a aquella especie de aguafiestas galileo que amotinaba a la plebe. Sin embargo, en Jerusalén se contaban, recientemente, historias relativas a los actos del nazareno que habían interesado a José.

Por pura curiosidad, pensaba él.

—Sí —dijo lentamente Nicodemo—; sí, le he visto.

Y su voz parecía llegar desde muy lejos.

—Le vi en Cafarnaúm y estuve a punto de seguirle.

—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?

José no disimulaba su incredulidad. Todos sabían que las emociones de los galileos eran volubles y que más de una vez habían seguido a algún falso pastor, sintiéndolo después. Pero aquel caso era diferente, se trataba de Nicodemo, un aristócrata de Jerusalén, un fariseo entre los fariseos, e incluso miembro del Sanedrín. Que aceptara al Maestro de Nazaret, cuyos actos captaban cada vez más la atención de la Ciudad Santa, era como si el mismo Caifás, el Gran Sacerdote, subrayara todos sus milagros…

—A mí también me sorprende haber estado a punto de abandonarlo todo para formar parte de ese rebaño que sigue a Jesús —confesó Nicodemo.

—Ese hombre debe de ser mago para haber conseguido embrujarle de ese modo.

Nicodemo movió la cabeza:

—Es que Jesús podría ser lo que sus fieles creen que es: ¡el Mesías!

—Cuéntame lo sucedido —sugirió su amigo, ya que le parecía evidente que Nicodemo no pensaba de manera clara.

—Pues bien… fui a Cafarnaúm para estudiar un asunto judicial por cuenta de un hombre llamado Zebedeo, y que dirige la más importante pesquería del lago. Los hijos de Zebedeo, con un hombre llamado Simón, que era el jefe de los pescadores, y su hermano, llamado Andrés, se han convertido todos ellos en discípulos de Jesús, de forma que el anciano se ha visto obligado a vender su negocio.

—Tuve ocasión de tratar a Simón, que se rompió un brazo en una reyerta a propósito de Jesús. En más de una ocasión ha defendido causas difíciles, y ése es también el caso de los hijos de Zebedeo.

—El maestro vino por la orilla de la costa, cierto día que Simón y su hermano Andrés colocaban sus redes. Todo cuanto les dijo fue: «Seguidme, y os convertiré en pescadores de hombres». Aquello fue suficiente para que abandonaran sus redes y se convirtieran en sus discípulos. Lo mismo ocurrió con los hijos de Zebedeo, Juan y Santiago.

—¿Cómo embruja a los hombres?

—Para comprender es preciso verle y oírle —explicó Nicodemo—. Lo que me dijo Zebedeo despertó mi curiosidad y me uní a la multitud que escuchaba a Jesús. Te lo aseguro, José, no había allí solamente gentes venidas de Galilea, sino de las ciudades de la Decápolis, de Jerusalén y de toda Judea, e incluso del país más allá del Jordán. El maestro tuvo que subir a la montaña y hablar desde allí arriba para que todos pudieran oírle.

—¿Recuerdas qué es lo que enseñaba?

—Esto también es una cosa extraña. Lo que dijo quedó grabado en mi espíritu tan firmemente como los textos que aprendí cuando era Bar Nitzvah. Fueron cosas sencillas, como por ejemplo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos será el reino de los cielos.

Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes de vosotros.

—Hermosos principios —reconoció José—, pero no nuevos.

Los filósofos griegos dijeron más o menos lo mismo; y también un escritor de nuestra propia raza, en el Testamento de Gad. Precisamente anoche lo leí. Espera.

Entró en la casa y regresó con un pergamino que desenrolló:

—Ahora escucha esto:

Por consiguiente el odio es un mal, ya que va unido constantemente a la mentira, y ella agranda las menores cosas, y transforma la luz en oscuridad, y llama amargo a lo que es dulce, y enseña la calumnia, y enciende la cólera, y suscita la guerra, y la violencia, y toda avaricia y toda concupiscencia; ella llena el corazón de mal y de diabólicos venenos.

La justicia rechaza el odio, la humildad destruye la envidia, ya que es humilde quien es justo, y se avergüenza de cometer injusticia; no espera reproches de nadie, sino de su propio corazón, porque el Señor ve su inclinación.

—Las doctrinas, en efecto, son similares —admitió Nicodemo—. También al escucharle pensé en el testamento de Gad y en las enseñanzas de Esdras.

—He aquí aún algo más —prosiguió José:

Y ahora, hijos míos, yo os exhorto: que cada cual ame a su hermano y suprima el odio de su corazón. En verdad, amaos los unos a los otros, en palabras, en acciones y en el fondo de vuestra alma.

Si un hombre prospera más y mejor que vosotros, que vuestro corazón no se ofusque por ello, pero rogad también por él, con el fin de que su prosperidad sea perfecta; porque esto será agradable al Señor y bueno para vosotros. Y si aún se encumbra más, no le envidies por eso, recuerda que toda la carne es mortal. Ofreced alabanzas y acciones de gracias al Señor, que es quien otorga todas las cosas buenas y provechosas a todos los hombres.

Después de haber leído, José enrolló el pergamino. Nicodemo se acariciaba pensativo la barbilla:

—Reconozco —dijo— que las enseñanzas de Jesús no son nuevas, pero emana de él, de su misma persona, algo que no podría explicarte con palabras, y que hace que uno se sienta con deseos de seguirle.

—¿Cómo es Él?

—Alto y bien proporcionado. Sus rasgos expresan una extrema bondad. Lleva los cabellos largos y la barba como todos los de Nazaret.

—El retrato que me haces de él —observó el galileo sonriendo— podría ser la descripción de cualquier judío de buena apariencia.

—Para decirte las cosas tal como son, cuando le vi por primera vez, me hizo pensar en ti. Tu rostro despide la misma bondad, y los ojos de Jesús son también de un azul extraño y muy brillante. Dan la impresión de que pueden leer hasta el fondo de las almas. Sus manos son las de alguien que puede curar, como las tuyas.

Las palabras despertaron de repente un vivo interés en el •espíritu del médico.

—¿Le viste llevar a cabo alguna curación? —preguntó apasionadamente—. Si es el Mesías, como algunos aseguran, debe incluso resucitar a los muertos.

—Por lo que he podido juzgar en tan poco tiempo, Jesús se preocupa sólo de enseñar la palabra del Altísimo y la venida del reino de Dios en el alma de los hombres por el arrepentimiento.

Sin embargo, aseguran que, cuando dé la señal, millares de galileos que le consideran como el Mesías se alzarán contra Roma, creyendo que el Todopoderoso les entregará sus enemigos.

—¡Peligrosa enseñanza! ¿No deberías advertir de ello al Sanedrín?

Nicodemo movió la cabeza.

—¡No! Como te he dicho, son cosas que la gente murmura, pero que Jesús no enseña. Es más, creo que no ha animado a quienes le proclaman el Mesías.

—Vive y predica en el territorio de Herodes Antipas. Tal y como es Herodes, es probable que todo esto le preocupe.

—Es probable que ya esté preocupado —admitió Nicodemo—. Caifás me rogó que me informara acerca de Jesús todo lo posible. Supongo que sospecha que Herodes se sirve de la presencia y de las enseñanzas del maestro para agitar al pueblo y, si le es posible, fomentar una especie de sublevación, que él cortaría inmediatamente, lo que le permitiría persuadir a Tiberio de que él, Herodes, es quién debería gobernar a todos los judíos y reinar.

—¿Qué vas a decirle al Gran Sacerdote?

—Nada de lo que no esté seguro. Que Jesús sólo es un grande y muy buen maestro… Quizás, incluso, un profeta…

A menos que…

Se interrumpió, reflexionó un instante y terminó la frase interrumpida:

—A menos que… sea realmente el Mesías y el Hijo de Dios…

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