María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo VIII
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Capítulo VIII
EN EL QUE SE VE A MARÍA, CONDENADA POR LOS PECADORES, SER PERDONADA POR EL JUSTO.
Después de dejar a María en la casa de Magdala bajo la custodia de Hadja, José se puso en camino, lentamente, a primeras horas de la tarde, para ir a visitar a Jairo.
Por el camino que descendía por el flanco de la colina, y siguiendo después por la orilla hasta la ciudad de Cafarnaúm, la distancia era corta. El médico encontró sin dificultad el camino de la casa de Jairo, a poca distancia de la sinagoga.
Jairo, uno de los más antiguos y de los más sabios de la comunidad judía, formaba parte de los «jefes de la sinagoga», aquellos que se sentaban en la plataforma de honor, más elevada que la asamblea de los fieles. Respetados y honrados por todos por su sabiduría y piedad, eran con frecuencia consultados, fuera de la sinagoga, por ciertos correligionarios suyos deseosos de ser eficazmente informados sobre puntos de conducta o sobre problemas relativos a la observancia de la ley.
Jairo, que se hallaba trabajando en su tienda cuando el joven entró, se dispuso en seguida a conducirle cortésmente a un pequeño jardín, alrededor del cual se habían edificado la casa, la tienda y el taller.
—Todos nosotros, los ribereños del lago, nos sentimos orgullosos de tu éxito en Jerusalén —dijo con simpatía el anciano—. Sobre todo, porque eres galileo.
Mientras tomaban el refrigerio acostumbrado —vino y pan de especias—, el joven médico dijo con un tono sin matices:
—He oído decir que tu hija estuvo enferma.
El otro se puso en seguida en guardia y le observó con atención.
—¿Qué vienes a buscar aquí, José? ¿Los que gobiernan el Templo de Jerusalén se encuentran preocupados por los milagros que hace Jesús de Nazaret?
—Hemos oído hablar de Jesús en Jerusalén, evidentemente —reconoció el joven—, pero mi objeto al venir aquí es otro y muy preciso. Si el nazareno, como he oído decir, resucita en verdad a los muertos, quizá pudiera aliviar al hijo de Poncio Pilatos.
—¿El que tiene el pie deforme? Sí… comprendo, en efecto, que Pilatos desee saber… pero Jesús cura por la fe en el Altísimo.
¿Poncio Pilatos tendría esa fe?
—Su mujer la posee; él, no lo creo. Pero pidió que viniera.
—No puede negarse que el Procurador ignore o descuide la más pequeña cosa que suceda a los judíos, lo mismo en Judea que en Galilea. ¿Estás seguro de que no te ha enviado para espiar al maestro de Nazaret?
José protestó, sinceramente indignado:
—Yo no soy espía y Pilatos no pensaría en mí para tal oficio.
Busca sólo saber cómo Jesús cura a los enfermos y 5/ realmente puede resucitar a los muertos.
Jairo dijo:
—Tú tienes una reputación de hombre de bien, José, es cierto. ¿Qué deseas saber en lo que concierne a mi hija?
—Si Jesús de Nazaret la resucitó, en verdad, de entre los muertos, como pretende el rumor público.
—Tú me formulas una pregunta a la cual me es imposible responder de manera a la vez formal y leal. Te contaré exactamente lo sucedido y tú extraerás la conclusión. Mi hija padecía una fiebre que la hacía dormir la mayor parte del tiempo. ¿Recuerdas al médico Alejandro Lysímaco, verdad?
—Ya lo creo; yo fui durante bastante tiempo ayudante suyo en Magdala.
—Es verdad, ¿cómo pude olvidarlo? Ahora lo recuerdo. Tú sabes, por consiguiente, que es un médico capaz y serio y un hombre honrado. Alejandro Lysímaco había perdido toda esperanza respecto a mi hija; entonces me dirigí al lugar donde Jesús predicaba, a orillas del mar, con la intención de rogarle que viniera a curarla como curara a otro. Cuando le vi caí a sus pies y le supliqué: Mi hija pequeña está muñéndose. Ven a imponerle las manos y ella vivirá.
—¿Qué respondió él?
—Jesús no dijo ni una sola palabra, pero me miró como si viera hasta el fondo de mi alma y después sonrió, se levantó, descendió de la roca sobre la cual predicaba, y se puso en camino para acompañarme. Parecía saber perfectamente adonde se dirigía, aunque nunca me había visto.
—La gente te conocía por ser tú el jefe de la sinagoga —subrayó José—. Pudo muy bien dejarse conducir por ella.
—Es posible, en efecto —admitió Jairo—. Por eso no he dicho que «Él sabía», sino que «parecía saber» adonde se dirigía.
Una gran multitud lo rodeaba, amenazando aplastarle.
Al acercarnos a la casa, uno de los que se encontraban allí salió a mi encuentro, gritando que la niña estaba muerta y que era inútil importunar ya al maestro.
—¿Alejandro Lysímaco había comprobado su muerte?
—No estaba aquí en aquel momento. Pero aquellos que, mientras yo iba en busca de Jesús, habían permanecido cerca de la niña y la miraban, aseguran que la vida la había abandonado.
Ahora bien, cuando Jesús oyó aquellas palabras, dirigiéndose a mí me dijo: No temas. Cree y vivirá.
—¿Estás seguro de que ésas son las palabras exactas? —preguntó José, porque le pareció haber puesto el dedo sobre lo que buscaba.
—Te he contado con toda exactitud lo que me dijo. Es extraño. Yo le conocí carpintero en Nazaret y trabajando en su oficio en Seforis. Él era entonces, o parecía serlo, un hombre como los demás… como todo el mundo… pero ahora el poder mismo del Altísimo debe de haber descendido sobre él; es un hombre distinto.
»La gente se echó a reír cuando aseguró que mi hija no estaba muerta, ya que habían tapado incluso su rostro con la sábana. Él entró en la casa y dijo a las plañideras y a los flautistas: ¿Por qué tanto ruido? La niña no está muerta, duerme.
Y como todos reían y se burlaban de él, los echó de la casa, quedándonos sólo su madre, yo y dos o tres parientes. Él alzó la sábana, tomó la mano de la niña y dijo: «Yo te lo digo, niña, levántate y anda».
»Ella obedeció en seguida; cuenta doce años.
—¿Cómo se encuentra ahora?
—Tan bien como tú y como yo. El Maestro nos recomendó encarecidamente que nadie lo supiera, pero eran muchas las personas que la habían visto muerta y que después la vieron andar. Su asombro fue enorme, lo contaron y pronto el rumor corrió por toda la región.
—Sin embargo, de acuerdo con tu relato, Jesús mismo dijo que no estaba muerta, sino dormida.
—Eso fue lo que dijo. Pero yo mismo, al mirarla, tuve la certidumbre de que ya no estaba viva.
—¿Crees que efectivamente fue resucitada?
Jairo, con un movimiento de cabeza categórico, confirmó su punto de vista:
—Algunos escribas y algunos fariseos llegaron aquí el día siguiente y me acribillaron a preguntas, esforzándose en presentarme el hecho como ellos deseaban que fuera, procurando que me contradijera, ya que desearían apoderarse de Jesús e intentaban tenderle un lazo.
—¿Y por qué desean que caiga en una trampa? Él no hace daño a nadie, y según lo que dice la gente, mucho bien.
Jairo se encogió de hombros ante tanta ingenuidad:
—Según los fariseos, la ley es más importante que los actos, ya que, siguiéndola al pie de la letra, creen asegurarse una vida después de la muerte. Si la gente se pone a creer que el Altísimo es misericordioso y perdonará con facilidad los pecados y los errores, ¿quién seguirá a los fariseos y a los escribas?
José sabía, por propia experiencia en Jerusalén, que Jairo no se equivocaba lo más mínimo. Los espíritus estrechos, obsesionados por el código severo transmitido en la cima del monte Sinaí, y por los mil detalles opuestos y contradictorios que constituían «la ley moral», llegaban con frecuencia a olvidar la enseñanza divina en lo que tiene de más importante, por ejemplo en lo que concernía al amor al prójimo —la caridad— y las acciones rectas y buenas. Con su celo fanático y estrecho, nunca habían vacilado en lapidar a los mejores de entre ellos si no parecían reverenciar el texto formal de la Ley como consideraban que debía ser reverenciada. La letra, en ellos, mataba con frecuencia el espíritu, y a veces incluso el cuerpo.
Enterado por Jairo de cuanto deseaba saber, José se despidió de él para subir la pendiente que lo conduciría de nuevo a Magdala.
Apenas había alcanzado los aledaños del pueblo cuando se dio cuenta de que algo anormal sucedía.
Las calles más exteriores aparecían extrañamente desiertas, de manera que se oía perfectamente, en el silencio que las rodeaba, un fragor formado por numerosas voces, en el que destacaban gritos furiosos, como si una multitud se hubiera reunido en la calle de los Griegos, de donde procedía el ruido.
Repentinamente, una horrible aprensión le oprimió el corazón, y apresuró el paso hasta enfrentarse pronto con una masa que taponaba las calles principales del pequeño pueblo.
Nadie, sin embargo, parecía saber lo que en realidad sucedía, pero, como sucede en todas las multitudes, la excitación crecía —la masa no necesita saber para excitarse— y podía de un momento a otro convertirse en peligro violento para aquel contra quien se dirigía. Pronto, después de haberse deslizado lo mejor posible, sin recorrer mucho trecho, José se encontró atascado e imposibilitado de avanzar un paso contra el carro de un vendedor ambulante. El médico le tiró de la manga:
—¿Qué es lo que sucede allí abajo?
—Los escribas y fariseos se han apoderado de una mujer acusada de adulterio, e incitan a la muchedumbre contra ella.
—¿De quién se trata? —preguntó el médico, recordando lo que oyera durante la fúnebre conducción de Gayo Flaco.
—No podría decirlo… pero sus cabellos son tan rojizos como el cobre de Chipre y la protege un negro del desierto, muy alto.
—¡María! —exclamó él, lleno de pánico.
¿Había ella escapado de la esclavitud para ser entregada al imbécil furor popular? ¡Eso era lo que él temía! Extrajo de su bolsa un denario de oro y lo colocó en la mano del hombre:
—¡Cuéntame todo lo que hayas visto! —dijo—. ¿Han comenzado ya a lapidarla? —(Éste era el método tradicional de castigo por infracción de la ley judaica, como la crucifixión lo era para los romanos).
—Hay un hombre al lado de la mujer —gritó su informador— y los que acusan a la mujer parecen discutir con él y exponer sus puntos de vista. ¡Oh! Ahora veo muy bien… Es el Maestro a quien ellos llaman Jesús de Nazaret… Parece que le piden que juzgue a la mujer del cabello rojo.
José comprendió en seguida que a los escribas y a los fariseos se les ofrecía la ocasión de ganar por partida doble, al presentarle a Jesús aquel lazo. Los judíos de Galilea estaban convencidos de que ella había vivido con el tribuno por voluntad propia, por viciosa y por ávida, y que la etiqueta de adúltera que le colocaban era, pues, legítima. Era preciso que alguien le contara la verdad a aquella muchedumbre. Sólo podían hacerlo María y Hadja —a quienes se negarían a escuchar— o él mismo, él, José de Galilea, conocido en todas partes y favorable y honorablemente estimado. De todas maneras tendrían que escucharle. De él dependía ser lo bastante convincente.
Intentó abrirse camino, pero la masa humana se alzaba ante él como una muralla. A aquellos que empujaba, lo rechazaban y respondían a sus codazos con puntapiés, injuriándole sin apartarse y sin tomarse el trabajo de volver la cabeza. De pronto se le ocurrió un medio. Tomó de su bolsa varias monedas de oro, y se las enseñó al vendedor.
—¡Pronto! Si logras abrirme paso con tu mula y tu carro, estas monedas de oro serán tuyas.
Con un ademán rápido, el hombre se apoderó de las monedas y casi simultáneamente golpeó con el látigo a su mula, la cual, sin esperar a que el castigo se repitiera, partió inmediatamente y con tanta rapidez que el joven médico apenas tuvo tiempo de subir al carro. Todo ello sucedió tan de improviso, que en pocos segundos llegó a la primera fila y se encontró, en un espacio vacío, ante un cuadro terriblemente dramático, mientras el carro desaparecía atravesando la muralla de gente en la parte opuesta.
Con la espalda apoyada contra la puerta de la casa en donde ella viviera con Demetrio, María se mantenía de pie, cara a la turba, con Hadja a su lado. Llevaba el mismo traje negro que usara la víspera al desfilar con las esclavas, pero el chal oscuro que cubría sus cabellos se había deslizado hasta sus hombros. Aunque se encontrara ante una muchedumbre que la acusaba enfebrecida de odio y furor, ella no revelaba ningún signo de temor, y la presencia de José no logró siquiera desviar su mirada del rostro de Jesús; una mirada en la que brillaba una luz de fe total, de adoración completa.
Era la primera vez que José veía a Jesús, pero éste se parecía tanto a la descripción que de él hiciera Nicodemo, que le pareció hallarse ante una figura familiar. Comprendió entonces por qué Nicodemo había dicho: No es sólo lo que él enseña lo que hace creer en Jesús. Es algo que emana de él mismo, algo que no resulta fácil explicar con palabras.
Jesús permanecía tranquilamente cerca de María y de Hadja, escuchando con atenta serenidad las exhortaciones inflamadas de un hombre muy alto a quien su vestido con franjas designaba como fariseo. El Maestro era esbelto, delgado, algo más alto de lo corriente, con un rostro inteligente y bueno. Lo más notable en él eran sus ojos, de un resplandor sorprendente, como si el fuego de su alma brillase en ellos y quemase con un ardor más vivo que en los otros hombres. Era pálido y sus rasgos le daban más el aspecto de un sabio y de un soñador que el de un hombre de acción, de lucha y de vigor. Y sin embargo, él había atraído a su lado a hombres cuya vida sólo era acción, lucha y esfuerzo manual, como Simón y los hijos de Zebedeo (que se encontraba precisamente detrás de él) y éstos, una vez atraídos por él, lo habían abandonado todo para no abandonarle más.
Mientras escuchaba la exposición apasionada del acusador, Jesús parecía pensativo, sin aparentar censura ni resentimiento por los modales despreciativos del hombre que denunciaba a María.
—Maestro —concluyó diciendo el fariseo—, está demostrado que esta mujer es adúltera, y Moisés, en su ley, manda que las adúlteras sean lapidadas. ¿Qué dices tú a esto?
Entonces se dirigió a ellos y respondió:
—Que aquel que esté libre de pecado, lance la primera piedra.
Y, habiéndose inclinado de nuevo, siguió escribiendo en el polvo del suelo.
El fariseo que había actuado como acusador público, miró al Maestro con asombro. Después, lanzando una mirada alrededor, hacia quienes le habían empujado a intervenir, pareció preguntarles: «¿Quién de entre vosotros está lo bastante seguro de no haber pecado nunca para lanzarle la primera piedra?».
El aspecto asustado y estupefacto de su rostro era tan cómico, que alguien entre el auditorio se echó a reír ante aquella expresión desconcertada.
¡Nada cambia mejor la opinión de una masa que la risa!
Aquello comenzó por el acusador mismo, que unos momentos antes se presentaba lleno de arrogancia, seguro de poner en un aprieto al hombre de Nazaret. Agachando la cabeza y los hombros, desapareció lo más discretamente posible entre una multitud que ahora lanzaba carcajadas.
Unos después de otros, comenzando por los de más edad, puesto que a ellos correspondía comenzar a lapidar a los culpables condenados por la justicia, los acusadores de María desfilaron por delante del grupo y se marcharon en silencio. Al darse cuenta que la causa estaba perdida, escribas y fariseos desaparecieron lo más rápidamente posible para escapar a las risas del populacho, apresurando alejarse de un hombre que podía, con unas cuantas sencillas palabras, deshacer sus planes mejor combinados.
Una vez terminado el drama, la multitud desapareció a su vez, quedando únicamente allí María, Hadja y José, y a algunos pasos de ellos, el Maestro y, detrás, sus discípulos.
Jesús, entonces, alzó los ojos y preguntó:
—¿Dónde están, mujer, los que te acusan? ¿Nadie, pues, te ha condenado?
Ella respondió en voz baja:
—Nadie, Señor.
Jesús le dijo:
—Yo tampoco te condenaré. Ve y, en adelante, no peques más.
Y, volviéndose, desapareció por un extremo de la calle de los Griegos, seguido por sus discípulos.
María permaneció inmóvil. Sólo cuando Jesús hubo desaparecido en el ángulo de la calle se volvió hacia José, y éste vio brillar en su rostro una sorpresa maravillada y el reflejo de una gran gloria.