María de Magdala
LIBRO TERCERO » Capítulo X
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Capítulo X
EN EL QUE JOSÉ COMPRUEBA —Y NO POR PRIMERA VEZ— QUE SE PUEDE SER MÁS FELIZ POBRE, EN LA BELLA CAMPIÑA GALILEA, QUE RICO Y CÉLEBRE ENTRE LAS MENTIRAS, LAS AMBICIONES Y EL RUIDO DE LA CAPITAL DE JUDEA.
La tarde andaba ya muy avanzada cuando José llegó a la villa de Tiberíades, donde el Procurador lo recibió con brusquedad:
—Te esperaba ayer —dijo—. ¿Viste a Jairo?
—Sí, pero como deseaba enterarme de algunos detalles concernientes al Maestro Jesús de Nazaret, esta mañana he ido a su ciudad natal.
Pilatos le cortó la palabra, impaciente:
—¿Qué dijo Jairo? ¿Su hija fue resucitada realmente de entre los muertos?
—Las opiniones difieren. Jairo y los que velaban a la niña están convencidos de que estaba muerta. Pero Jesús llegó y les dijo: «¿Por qué tanto ruido y tantas lágrimas? La niña no está muerta, sino dormida». Y ordenó que se levantara y ella lo hizo.
Una expresión de alivio pasó por el rostro del gobernador, y José comprendió cuan profunda había sido la turbación de Pilatos: si le hubiese asegurado que la niña había sido indudablemente resucitada de entre los muertos, en su amor por su mujer y por Pila, se hubiera sentido obligado a conducir a su hijo al curandero milagroso, y mendigar así de un judío lo que, para un orgulloso romano, hubiera sido un choque penoso.
—Cuéntame el asunto entero y con todos sus detalles —ordenó el Procurador— y procura no olvidar nada.
José se puso a hacer un informe minucioso y preciso de su conversación con el jefe de la sinagoga en Cafarnaúm, y cuando hubo terminado, Pilatos dijo con tono firme:
—Por consiguiente, la niña vivía. Las palabras mismas del maestro lo atestiguan.
—A menos —sugirió el galileo— que Jesús deseara que el pueblo no se diera cuenta de lo que en realidad había hecho, cosa muy plausible, ya que recomendó explícitamente a Jairo que no hablara de ello.
Pilatos entonces lanzó con rabia:
—¿Crees tú que exista un curandero capaz de impedir que la gente compruebe por sí misma que es capaz de resucitar a los muertos? ¡Bonita historia!… La niña no estaba muerta y el nazareno es un charlatán; lo que acabas de contarme no deja lugar a dudas.
José no dio su brazo a torcer:
—Jesús no es un fanático ni un charlatán, ni un impostor como hubo muchos. Estoy completamente convencido. Posee un extraño poder sobre los demás.
—Cualquiera que grite lo bastante fuerte será seguido por los galileos —contestó Pilatos, decididamente desdeñoso—. Recuerda de qué manera los judíos se precipitaban hacia Juan Bautista. He oído decir que varios lo consideraban como el Mesías de quien tú hablas. ¡Pues bien! ¡Todo eso no impidió que su cabeza rodara bajo el hacha de Herodes!
—¿Es también exacto que el Bautista fue muerto porque Herodes deseaba complacer a una mujer?
Pilatos se encogió de hombros como quién se importuna con pequeñeces de poca importancia:
—Juan debía morir. Los que le seguían eran demasiado numerosos y había comenzado a criticar al mismo rey Herodes.
Pero hubiera habido otros medios de desembarazarse del Bautista sin encarcelarle y, sobre todo, sin ofrecer su cabeza en una bandeja a esa prostituta de Salomé. Nosotros no podemos admitir una fidelidad parcial, tibia y dividida, por parte de quienes viven bajo la regla de Roma, José. Si el pueblo se dispone a seguir a un jefe que no sea el delegado del emperador, es preciso que ese intruso desaparezca.
—¿Significa esto que Jesús deberá también desaparecer?
—Evidentemente. Si el número de sus discípulos continúa creciendo. Pero espero que esta vez Herodes sea más sensato. La prisión y el martirio no son cosas que deban reservarse a los zelotas[22] —tuvo una sonrisa fina como el filo de una daga—. ¿Has oído hablar de los sicarii[23], verdad?
José afirmó con un signo. Los asesinos profesionales, denominados sicarii, eran fanáticos renegados. Muchos de ellos eran supervivientes de los seguidores de Judas el gaulonita, y no todos eran judíos, ni mucho menos. Infectaban el país entero y constituían una fuente perpetua de complicaciones entre las autoridades judías y las romanas.
—Entonces no ignoras que el puñal de los sicarii está al servicio de quien esté dispuesto a pagarlo. El primer error de Herodes fue encarcelar a Juan. Si es hábil, y por poco que reflexione, se deshará de Jesús con mucha más sencillez.
Al día siguiente, muy de mañana, José abandonó Tiberíades para regresar a Jerusalén por la gran calzada del valle que seguía, en dirección al sur, la orilla occidental del lago y del río Jordán.
Algunas millas al sur de Tiberíades, atravesó Hammat, cuyas fuentes minerales calientes y sus termas eran célebres en toda la región. A pesar de la hora temprana, ya muchos enfermos, la mayoría de ellos encorvados y deformados a causa de sus articulaciones hinchadas y endurecidas, se dirigían penosamente hacia las piscinas cavadas en la roca. Más al norte, cerca del punto donde la ciudad de Cafarnaúm se recuesta contra la orilla, José, al volverse, pudo ver la cascada de las Siete Fuentes, estación termal favorita de los viajeros que circulaban por la Vía Maris. Mientras proseguía su camino a lo largo del lago, un fuerte olor de pescado que se secaba al sol le advirtió de la cercanía de Tarichae: centenares de mujeres trabajaban debajo de grandes cobertizos blancos, cortando, vaciando, quitando las escamas, lavando y salando el pescado por toneladas, para alimentar a todos los mercados del mundo. La incesante charla de tantas voces femeninas formaba la propia voz de la pequeña ciudad.
En la orilla oriental de la copa en el fondo de la cual aparecía el lago, al otro lado de la brillante y resplandeciente superficie color de esmeralda, donde el sol hundía sus flechas de oro, las espléndidas villas romanas, superpuestas de terraza en terraza, cubrían el flanco de las colinas —cada una de ellas con su patio de lujosos azulejos y su jardín, que descendía por la pendiente por medio de gradas sucesivas— y se acercaban al agua fresca por medio de escalones de mármol. Muchas de ellas desaparecían entre los árboles, las flores y las viñas, que crecían en delirante profusión de arriba abajo de los montículos.
Más hacia atrás, en las montañas, se alzaba el vasto campamento romano, cuya guarnición mandara Gayo Flaco. Las tiendas de los legionarios ocupaban en filas paralelas y regulares la parte alta de las pendientes, y las blancas casas de los oficiales se reflejaban más abajo en el verde espejo del lago.
Más lejos aún, se elevaban las ciudades griegas de Hippos y de Gadara, con sus teatros y sus anfiteatros parecidos a palacios, su foro con columnas, sus amplios mercados y las cúpulas de sus templos brillando al sol. Aunque formaban parte de la Decápolis —así se llamaban las diez ciudades griegas hacia Oriente—, Hippos y Gadara estaban estrechamente aliadas a las ciudades de Galilea. La influencia griega de esta región tan próxima a la suya, y que le estaba tan unida, había afectado materialmente la vida de los habitantes de esta provincia tan poblada, mucho más que a Judea, donde los fariseos —sobre todo— en Jerusalén resistían obstinadamente a toda infiltración de ideas y de costumbres extranjeras.
No era, pues, sorprendente que aquellos que vivían, aunque fuera por pocos días, en este paraíso terrestre, la amaran después siempre, se decía José, atravesando a lomos de su camello el estrecho vado donde el Jordán, saltando por encima de las rocas, llevaba las aguas del lago hacia el Mar Muerto, a lo lejos, en el sur. Allí donde fuera, por lejos que viajara, el galileo pensaba siempre con ansia en la hora en que encontraría el lago de Tiberíades, que tanto amaba, y en las activas, prósperas y turbulentas ciudades de su litoral. Y ahora, de mala gana, guiaba su cabello a través del vado, ya que pronto la vista del lago desaparecería.
Era algo más que una simple nostalgia de belleza terrestre lo que le atraía siempre hacia aquellas orillas luminosas y floridas, era también, y sobre todo, la certidumbre de que allí encontraría un sentimiento de paz, de alegría y de plenitud, que no conocía nunca en Jerusalén.
Y, retrocediendo en espíritu a los años ya transcurridos, veía que, a pesar de su riqueza, de su alta posición y de su renombre, era menos feliz hoy que en la época en que, adolescente, conducía su mula por entre los senderos escarpados que rodeaban el lago, su tarro de sanguijuelas y su nartik lleno de instrumentos y de vendas, batiendo los flancos del paciente animal.