María de Magdala

María de Magdala


LIBRO TERCERO » Capítulo XIX

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Capítulo XIX

EN EL QUE SE VE QUE LO QUE PEOR ACEPTAN LOS LADRONES Y LOS HIPÓCRITAS ES QUE SE LES TRATE DE HIPÓCRITAS Y DE LADRONES.

Aunque José pasara varias horas al día escuchando a Jesús, no por ello podía dejar de cumplir sus deberes como medicus viscerus del Templo. En general, lo hacía por las mañanas, inmediatamente después de los primeros sacrificios. El día siguiente al que Jesús tan amargamente estigmatizara a los fariseos bajo el pórtico de Salomón, José se hallaba en el Templo como de costumbre, ocupado en cuidar los pies enfermos de los sacerdotes, el estado general de quienes tenían el sistema digestivo fatigado por los excesos de la buena mesa y, generalmente hablando, ocupado, de una manera u otra, en reparar lo mejor posible la salud de la población sacerdotal. Terminaba de colocar una venda almidonada, fuertemente apretada en torno a un pie hinchado, cuando de repente estalló una algazara en el patio inferior, llamado atrio de los paganos o de los gentiles.

Algunos instantes después, uno de los levitas pasó corriendo por delante de la habitación donde el Gran Sacerdote pasaba gran parte del día. «¡El profeta de Nazaret vuelca las mesas de los cambistas! —gritaba—. Se están peleando en las gradas del Templo».

Asaltado por un súbito temor, José dejó caer su nartik. El desastre que ellos temían, ¿habría comenzado? Atravesó rápidamente el atrio interior —estrictamente reservado a los judíos— y bajó las gradas corriendo. Podía ver una masa que empujaba, gritaba, juraba y daba empellones. Cuando llegó al lugar donde se instalaban los cambistas, se encontró ante un cuadro dramático.

Jesús avanzaba con calma a lo largo de la terraza, rodeado por su pequeño grupo, y su paso dejaba tras de sí un verdadero rastro de desorden y de confusión. Una tras otra iba volcando las mesas de los cambistas, desde donde se esparcían monedas de oro y de plata, que el populacho buscaba en seguida por las junturas de las losas, luchando con fuerza y reduciendo a astillas las mesas volcadas en medio de un ruido ensordecedor.

Cuando llegó a los tenduchos de los vendedores de animales, Jesús abrió las jaulas, rompió las cercas, volcó los asientos de los vendedores de palomas y continuó así a todo lo largo del atrio, destruyendo las diversas instalaciones donde cambistas y mercaderes estafaban a los peregrinos, repartiendo después, con los empleados del Templo, los beneficios producidos por sus robos.

Los sacerdotes parecían paralizados por aquel espectáculo inédito, e incluso los rostros del pequeño círculo de discípulos que acompañaban a Jesús revelaban el horror que sentían.

Una vez o dos, uno intentó tender la mano como para contener al Maestro, pero la cólera que expresaban sus rasgos obligó al temerario a retirarse.

Nunca, ni incluso cuando amonestaba a los fariseos, José había visto brillar los ojos de Jesús con tanta indignación. Sus movimientos para tirar al suelo las mesas y su precioso cargamento, para romper jaulas y cercas, eran eficaces, violentos y tranquilos a la vez.

Sólo cuando terminó su circuito, se enfrentó con la multitud, y su rostro aparecía tan terrible que los que estaban más cerca de él se estremecieron e intentaron recular para huir.

Y él les dijo con voz potente:

¿No está escrito: «Mi casa será llamada una casa de oración para todos»? ¡Pero vosotros la habéis convertido en una caverna de ladrones y bandidos!

Mientras aquello ocurría, un cierto número de los mismos fariseos a quienes denunciara la víspera, consiguió reunir a algunos guardias del Templo. Ahora se abrían paso a través de la multitud, y uno de ellos, más atrevido que los otros, le preguntó en voz alta:

—¿Hasta cuándo nos harás esperar? Si tú eres el Cristo, dínoslo claramente.

—¡Ya os lo he dicho!

La palabra del Señor restallaba como un látigo:

—Ya os lo he dicho y vosotros no habéis creído. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre lo atestiguan. Pero vosotros no creéis porque no pertenecéis a mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen. Y yo les doy la vida eterna. Y ellas no perecerán. Y nadie las arrancará de mi mano.

Se interrumpió y paseó su mirada por la muchedumbre.

José vio que la cólera había desaparecido una vez más de sus ojos, reemplazada por la tristeza.

Mi Padre, que me las ha dado, es más poderoso que todos y nadie podrá arrancarlas de la mano de mi Padre. Y el Padre y yo somos uno.

Transcurrió un largo momento hasta que el sentido de esta afirmación penetrara en los espíritus de aquellos que le preguntaban.

Cuando hubieron comprendido, los fariseos exclamaron:

—¡Ha blasfemado! ¡Lapidadlo! ¡Lapidadlo!

Algunos se acercaron para apoderarse de Jesús, pero él alzó la mano y la fuerza de su serenidad y de su seguridad los obligó a retroceder.

—Yo os he mostrado muchas obras buenas que venían del Padre —dijo—. ¿Por cuál de ellas me lapidaríais?

—Nosotros no te lapidaremos por ninguna obra buena —gritó el portavoz de los fariseos—, sino por tus blasfemias. Porque, siendo un hombre, te declaras Dios.

El pueblo no comprendía gran cosa de las argucias de los fariseos, ni de los mil y un detalles de la ley, que eran tan aficionados a discutir y cuya menor omisión tildaban de blasfemia.

Sin embargo, para todas las cuestiones de religión estaban acostumbrados a dejarse guiar por ellos, y citando gritaron la palabra blasfemia, muchos entre el pueblo respondieron al grito.

Jesús dirigió a sus atormentadores una mirada de aplastante desprecio.

—¿No está escrito en nuestra ley: Yo he dicho, vosotros sois dioses? Si ella ha dado el nombre de dioses a aquéllos a quienes la palabra de Dios ha sido dirigida, y si la Escritura no puede ser anulada, ¿a aquél a quien el Padre ha consagrado y enviado al mundo, le decís: ¡Tú blasfemas!, porque yo he dicho:

Yo soy hijo de Dios? Si yo no hago las obras de mi Padre, entonces no me creáis. Pero si las hago, creed en mis obras, a fin de que sepáis y comprendáis que el Padre está en mí y yo en Él, que el Padre y yo somos uno.

—¡Blasfemia! —Volvieron a gritar en coro los fariseos—. ¡Ha blasfemado al Altísimo! ¡Que sea lapidado!

Intentaron otra vez apoderarse de él. Simón Pedro y los hijos de Zebedeo, que se hallaban cerca de él en aquel momento, parecían aterrorizados y petrificados por la rapidez con que todo sucedía. José no había visto a María, pero cuando la multitud se puso a vociferar reclamando la vida de Jesús como los perros ladran tras la pista del animal perseguido, María se adelantó para proteger al Maestro. En un instante José se abrió paso a codazos y se colocó cerca de ella, poniendo su cuerpo entre Jesús y la jauría.

—¡Judíos de Jerusalén! —exclamó—. Vosotros me conocéis.

Yo soy José de Galilea, con frecuencia he curado vuestras heridas, y os he devuelto la salud cuando os encontrabais enfermos: ¡escuchadme!

Un silencio momentáneo descendió sobre el auditorio, ya que muchos de ellos habían sido salvados por su habilidad, curados, ayudados, aliviados por él, y le respetaban y le concedían confianza, como siempre el hombre confía naturalmente en su médico.

—Vosotros sabéis que siempre he seguido la ley desde mi juventud. Estos fariseos desearían veros lapidar a un hombre de bien, porque él os los ha presentado como son, sepulcros blanqueados, hipócritas y mentirosos. Después de lo cual podrán decir: ¡Nosotros no tenemos nada que ver con eso, fue la multitud la que lo hizo!

—¡Miente! —gritó con todas sus fuerzas el jefe de los fariseos—. José de Galilea está hechizado por la mujer de Magdala, la que sigue a Jesús. Ya veis que ella está a su lado.

Con los cabellos resplandecientes y su belleza real, María sobresalía entre la masa como un lirio entre cardos. Más de un hombre, al ver la luz que brillaba en sus ojos mientras miraba a Jesús, le envidiaba y le odiaba a la vez por su buena suerte.

—¡Lapidad al blasfemo! —insistían los fariseos—. ¡A las puertas! (Estas lapidaciones sólo podían llevarse a cabo fuera de las puertas de la ciudad). Y la muchedumbre, una vez más, se hacía eco del grito de muerte.

Manos como garras se aferraban ya a sus vestidos y todo parecía verdaderamente perdido, cuando José oyó el ruido de numerosos pies en marcha. Alzando los ojos vio un grupo de soldados conducidos por un centurión, que pasaban a lo largo del atrio de los Gentiles, dirigiéndose a la fortaleza Antonia, de regreso de su primera guardia diurna. José reconoció al oficial, un tal Trojas, a cuya mujer había curado unos meses antes de una fiebre maligna.

—¡Trojas! —exclamó en una inspiración repentina producida por la desesperación que cabía esperar—. ¡Trojas! ¿Vas a permitir que esa gente mate al médico de Poncio Pilatos?

El romano se dio cuenta en seguida de la situación. La guarnición entera sabía que José era amigo de Pilatos y de su mujer, y que también era el médico agregado a las tropas romanas.

A una breve orden del centurión, los soldados bajaron sus escudos y, sirviéndose de las empuñaduras de sus espadas como garrotes, penetraron en la multitud golpeándola. En seguida la columna penetró como una cuña entre la masa de aquella humanidad que gritaba, protestaba y giraba, y estableció un círculo protector alrededor del pequeño grupo blanco de aquella chusma.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó el centurión.

—Los fariseos se esfuerzan en hacernos lapidar por la multitud —explicó José bastante jadeante—. ¿Puedes hacernos escoltar hasta el camino de Jericó?

El centurión vacilaba, perplejo, pero José añadió:

—Yo me haré personalmente responsable de ti frente a Poncio Pilatos.

—Entonces —dijo Trojas con una sonrisa divertida—, a ver si cuentas bien la historia. ¡Cuenta con qué valor te he salvado la vida que peligraba mucho!

Y, a pesar de su angustia, José no pudo menos de responder con una sonrisa parecida.

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