María de Magdala

María de Magdala


LIBRO TERCERO » Capítulo XX

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Capítulo XX

EN EL QUE JOSÉ PASA DE CAIFÁS A PILATOS.

El reducido grupo abandonó el Templo custodiado por los soldados, y atravesó la ciudad en dirección al camino de Jericó, saliendo, por consiguiente, por la puerta Probática, aquélla por la cual entraban los rebaños destinados a los sacrificios.

Aquellos que, destacándose de la masa hostil, siguieron a Jesús y a sus discípulos, fueron poco numerosos y no continuaron durante mucho tiempo. Una cosa era arrastrar fuera de las puertas de la ciudad, para lapidarlo a muerte, a un judío indefenso, y otra, muy distinta, atreverse a atacar a soldados romanos (sin grandes posibilidades de éxito, además) y de atraer así sobre todos los judíos de Jerusalén la formidable ira de Poncio Pilatos.

Jesús no había dicho ni una sola palabra durante su dramático intento de salvación. Al ver la tristeza y la decepción que delataban sus rasgos, José pensó que María tenía razón:

Jerusalén le había abandonado y traicionado igual que Galilea, y debía sentirse contento de alejarse de ella.

El Maestro marchaba solo por el camino, delante de los demás, perdido en sus pensamientos, mientras sus discípulos seguían discutiendo entre ellos, exasperados por la mala suerte que los había obligado a abandonar la Ciudad del Templo, precisamente cuando creían que sus esperanzas estaban a punto de realizarse y el éxito al alcance de la mano.

Cuando todos se encontraron seguros en Jericó, José regresó a Jerusalén, después de asegurarse de que ningún perseguidor aparecía en el horizonte. Comprendió, y María le dio la razón, que en adelante era de primordial importancia que en la ciudad hubiera alguien con quien el Maestro pudiera contar para informarle de cuanto sucediera.

—¡Ve con cuidado, José! —le suplicó ella cuando se separaron—. Ve con cuidado con Caifás: en adelante será un enemigo cruel, y podría hacerte responsable de haber salvado a Jesús.

José pensaba que la seguridad de Jesús era muy relativa, pero no dijo nada.

—No creo que Caifás me trate como a un enemigo —dijo José para tranquilizarla—. Jesús ha respondido y demostrado claramente a los fariseos que sus palabras no representaban ninguna blasfemia. Ellos excitaban a la muchedumbre, esperando que ella lo lapidaría, que su responsabilidad quedaría a salvo. Caifás se vería obligado a llevarme ante el Sanedrín, y él sabe muy bien que en ese caso yo demostraría que ha intentado hacer asesinar (¡muerte sin proceso!) al Maestro por el populacho.

María se dio cuenta, sin embargo, de que algo le preocupaba:

—¿Qué sucede, José? —preguntó.

—Hay algo que me preocupa —confesó él—. Cristo hubiera podido hacer cesar el motín, sin que tan siquiera uno de ellos lo tocara, pero Jesús no hizo ni el menor gesto en este sentido. No es que dude, María, pero me agradaría saber lo que efectivamente sucedió.

—Quizá la limpieza del Templo fue deliberadamente la última acción que quiso efectuar antes de abandonar Jerusalén —dijo María—. Recuerda que no hizo ninguna objeción a esa partida, lo que significa que estaba preparado para ella.

—Pero ¿y la profecía?…

—¿Qué morirá en Jerusalén? Sí, yo también he pensado en ello, pero la profecía no dice cuándo. Recuerda que él dijo sencillamente:

»Todo cuanto han escrito los profetas respecto al Hijo del Hombre, debe cumplirse. Él será entregado, se burlarán de él, le llenarán de ultrajes, le cubrirán de salivazos, le flagelarán y le condenarán a muerte.

»Nosotros no podemos comprender siempre la voluntad de Dios, José, pero siempre podemos obedecerle, porque siempre ella es justa y recta.

Durante los meses que siguieron, él pensó con frecuencia en las palabras de María. El invierno terminaba y los primeros brotes aparecían en las ramas anunciando la primavera. Sin embargo, tenía otras muchas cosas en que ocuparse. Al regresar a Jerusalén recibió una enigmática convocatoria del Gran Sacerdote Anas, quien deseaba verle en sus habitaciones. Presumiendo —sin equivocarse— que iba a enfrentarse con el Sanedrín político, tomó esta vez la precaución de hacerse acompañar por Nicodemo, conocedor de todos los artilugios de la ley, para que Caifás o alguno de los otros no pudiera hacerle tropezar sobre algún punto de poca monta, desconocido o mal conocido por él.

Se encontró frente al mismo grupo ante el cual compareciera —sin darse cuenta de ello— con anterioridad, pero esta vez fue el Gran Sacerdote Caifás quien, furioso y con la mirada helada, le atacó, incluso antes de haberse terminado el breve intercambio de obligatorios saludos:

—¿Por qué permaneciste al lado del blasfemo Jesús de Nazaret?

—Yo no oí a Jesús pronunciar ninguna blasfemia —dijo con audacia el médico.

Caifás, con un gesto despreciativo, rechazó aquella denegación:

—Tú eres un espía, a quien tus amigos han enviado para estar en contacto con los que conspiran con el Nazareno. ¿Qué pensará tu amigo Poncio Pilatos cuando le ponga al corriente de todo esto?

—Poncio Pilatos sabe que yo digo siempre la verdad —respondió José muy tranquilo—. Y él me creerá cuando niegue esa falsa acusación.

Caifás palideció y se mordió tan ferozmente su labio superior, que pareció que sus dientes debieran penetrar en la carne.

Con objeto de disminuir un poco la tensión, Elias preguntó:

—¿Dónde está Jesús de Nazaret, José?

—Yo los dejé en Jericó, pero hablaban de dirigirse a Perea.

—Eso es lo que supusimos —dijo rabioso Caifás—. Él corre a ponerse a salvo en el territorio de Filipo.

Nicodemo intervino:

—Nadie obligaba a Jesús a partir si no hubiera querido hacerlo.

Caifás se volvió violentamente hacia él:

—¿Y eso, por qué?

—Porque él es el Cristo —respondió el abogado con entera sencillez—. Jesús, si lo hubiera querido, habría podido haceros morir allí mismo, a vos y a vuestros asalariados.

Entonces Caifás exclamó gritando:

—¡Nosotros sabemos de dónde procede ese hombre! Es un charlatán galileo.

—¿Has olvidado, quizá, Gran Sacerdote, las profecías de Isaías? —preguntó muy cortésmente Nicodemo.

El otro se encogió de hombros.

—¿Puede venir el Cristo de Galilea? ¿No dicen las Escrituras que el Cristo desciende de David y vendrá de Belén, la ciudad dónde estuvo David?

—Numerosas son las profecías relativas al Mesías —subrayó Nicodemo—. Unas las comprendemos y otras no. ¿Cómo puedes asegurar que vendrá de tal o cual lugar, cuando no estás seguro de su sentido?

Era aquél un punto importante, ya que, incluso los fariseos más entendidos, discutían y disputaban sobre el número de cosas inscritas en los Libros de la Ley, o simbólicamente reveladas por los profetas.

—Jesús es un blasfemo —dijo brutalmente Caifás—, y eso es suficiente para condenarle a muerte.

—En ese caso —preguntó José—, ¿por qué no le habéis hecho comparecer ante el Consejo para juzgarle, en vez de excitar al populacho y empujarlo al asesinato? Si estuvierais tan seguro de vuestra verdad, ¿no lo hubierais hecho así? ¿Desde cuándo la ley juzga (y, sobre todo, condena) a un hombre sin escucharle primero y sin saber con exactitud lo que ha hecho?

—Tú eres galileo —dijo Caifás en tono burlón—. ¡Busca y verás que nunca ningún profeta ha venido de Galilea!

Nicodemo dijo con una voz sin altibajos:

—Caifás, has acusado a José de espía: ése es un cargo que no puede proferirse a la ligera. Hagamos, pues, que comparezca ante el Sanedrín, para que todo esto se ponga en claro.

Existen, en el Consejo, un cierto número de hombres justos y rectos, a quienes no les gustará saber que has pagado a provocadores y enviado mercenarios entre los fariseos, con el fin de excitar a la multitud contra Jesús. Provocar la muerte de un hombre, al margen de todo juicio legal, es un asesinato que se castiga con la pena de muerte. Ni el mismo Gran Sacerdote está al abrigo de la justicia del Altísimo.

Caifás volvió a palidecer ante aquella amenaza directa y mesurada. Él sabía muy bien que Nicodemo, uno de los más respetados doctores de la ley, y José, el médicas vísceras unánimemente apreciado, serían escuchados con atención y que sus acusaciones serían cuidadosamente sopesadas por el Sanedrín, que los consideraba como hombres verídicos.

—Me… me he dejado llevar por la cólera —reconoció Caifás—. Nadie acusa a José de haber infringido la ley. Podéis marcharos.

—Sé prudente, José —le aconsejó Nicodemo cuando hubieron salido—. Caifás es un hombre henchido de veneno y está muy cerca de Poncio Pilatos. No tenemos ningún medio de saber qué mentiras puede inventar y contar al Procurador, ni qué intrigas podrá tramar contra ti.

Algunos días después de la sesión en el Sanedrín político, José recibió aviso de que Jesús se había trasladado a la otra orilla del Jordán, donde enseñaba en una ciudad llamada Efraín[24], allí donde Juan Bautista alcanzara algunos de sus mayores éxitos.

Ahora que el Nazareno se encontraba tan lejos de Jerusalén, la excitación ocasionada por su presencia y su cólera parecían calmadas. No obstante, numerosos defensores permanecían aún en la ciudad y José oyó decir que seguían actuando con una actividad disimulada, pero intensa, con el fin de proclamar a Jesús rey de Judea.

Así fue transcurriendo el invierno sin acontecimientos notables.

José había abandonado la esperanza de casarse con María hasta pasado algún tiempo. Para aliviar un poco el pesar de la soledad, se lanzó a un trabajo agotador, y se las ingenió para mantener unido y ferviente el pequeño núcleo de discípulos fieles que Jesús había conseguido hacer durante su breve permanencia en la Ciudad del Templo. Para conseguirlo, y no poseyendo el poder de curar por medio de milagros como el Maestro, cuidaba y ayudaba lo mejor que sabía a los enfermos y a los pobres, y en pequeñas reuniones de carácter privado repetía las enseñanzas de Jesús con objeto de conservar vivo su recuerdo.

Entre los creyentes podían verse varios miembros del Sanedrín, maestros influyentes y escuchados, mercaderes importantes, artesanos y otros, todos ellos judíos devotos que veían en el énfasis solemne y la pedantería de los fariseos, en el amor exclusivo de los sacerdotes por la forma y el detalle en detrimento del espíritu, en la acumulación considerable de riquezas que era su objeto real y su finalidad, una verdadera caricatura de todo lo que la adoración del Altísimo representaba para un judío sinceramente piadoso.

Al llegar la primavera, toda la ciudad se disponía a engalanarse al aproximarse la mayor fiesta religiosa del año —la Pascua—, que atraía siempre a la Ciudad del Templo millares de peregrinos, algunos de los cuales procedían de las regiones más alejadas del Imperio. Era la ocasión en que los hijos de Israel enterraban sus diferencias, sus querellas y sus desacuerdos en un común y unánime acto de gracias al Altísimo que los había sacado de Egipto unos siglos antes.

La celebración de este rito no había cesado desde entonces y se denominaba a aquella fiesta de liberación la Pascua, de la palabra pasah, que significa «pasar más allá», y que era una evocación de la décima plaga con que Jehová castigó al pueblo de Egipto para que el faraón permitiera por fin partir a los judíos que mantenía esclavizados. «Pasar más allá» o «ir más allá», porque aquella noche el Altísimo hizo morir a todos los primogénitos varones del país del faraón, lo mismo hombres que animales, desde el hijo del rey, sentado al lado del trono de su padre, que el cautivo en su cárcel, desde el más hermoso toro en el establo de un príncipe hasta el más ruin perrillo de un labrador, pero el ángel exterminador «pasó más allá» en las casas de los hijos de Israel, cuyas puertas habían sido marcadas con la sangre de cordero sin tacha, sacrificado y comido en cada familia durante aquella misma noche.

Y, cada año, la Pascua era marcada, en todo el pueblo judío, por el sacrificio de un cordero en memoria de aquél cuya sangre preservó a Israel durante el paso del ángel exterminador, en aquella noche de su liberación.

Y, a partir de aquella liberación hasta el fin de los tiempos, el cordero pascual ha sido, es y será comido asado con hierbas amargas, destinadas a recordar al pueblo elegido la amargura de los años de esclavitud, de la que Jehová, su Dios, lo sacó, según se lo había prometido a Moisés.

Como cada año, Poncio Pilatos iba a regresar a Jerusalén con una fuerza militar importante, destinada a reforzar la guarnición regular de la Antonia. No era que el Procurador se preocupara lo más mínimo del aspecto religioso de aquella fiesta, para él desprovista de interés, pero Roma era prudente y sabía a los judíos eminentemente excitables, y que nada se les subía tanto a la cabeza como cantar los himnos y los salmos de su liberación. Sabía también que una semana repleta de ceremonias destinadas todas ellas a recordar la circunstancia que los había arrancado a otro opresor, era apta a despertar en ellos una fiebre de nacionalismo, y que de ello a la sublevación no había más que un paso. Roma, estimando que valía más prevenir que curar, y que la población normal de la ciudad doblaba su número durante ocho días con una enormidad de peregrinos, duplicaba a su vez, durante diez o doce días, el número de soldados de la fortaleza.

En cuanto el Procurador se instaló en su palacio, José fue a visitarle. La fatiga y las incomodidades del viaje desde Tiberíades a Jerusalén habían excitado la gota en Pilatos, aun cuando efectuara el viaje en el carro real, y se encontraba aún más irascible que de costumbre.

Mientras José aplicaba sus sanguijuelas en el dedo del pie inflamado, el Procurador no hizo más que despotricar contra aquella parte del mundo en general, contra Jerusalén y contra Herodes Antipas en particular.

Aprovechando una pausa entre dos imprecaciones, José se informó cortésmente de la salud de Claudia Prócula.

—Ella ha pasado un invierno menos malo que de costumbre —reconoció Pilatos, que añadió con ironía—: Atribuye esta circunstancia no al clima, aunque se haya mostrado más clemente que otros años, sino a su fe en el Maestro.

—He observado que quienes sienten paz en su espíritu, están enfermos con menos frecuencia que los nerviosos y los irascibles.

Pilatos le lanzó una mirada sorprendida:

—¿Incluso los que sufren de gota en el pie?

—Es muy posible.

—¡Absurdo! —exclamó el Procurador—. ¿Qué bien puede deducirse de mirar las musarañas o de soñar con la luna, hablando de la vida eterna, y servir a los demás o amar al prójimo?

El poder: eso es todo lo que cuenta en esta vida, o en cualquier otra.

José estaba acostumbrado a las reacciones de Pilatos, y nada deseaba menos en aquel momento que una discusión sobre la filosofía del poder. Con objeto de cambiar de tema, preguntó:

—¿Claudia Prócula os ha acompañado?

—¡No! Ella deseaba quedarse en Jericó hasta el final de vuestras fiestas y seguir después a Cesárea. Herodes Antipas le ha ofrecido su palacio, pero yo prefiero estar aquí, por si surgiera alguna dificultad.

—Jericó resulta muy agradable en esta época del año, y los baños sentarán bien a su salud.

—No se quedó allí por los baños —dijo lacónicamente Pilatos—. Jesús de Nazaret está otra vez allí…

—¿En Jericó?

José se sorprendió tanto, que soltó la sanguijuela que iba a ponerle en el pie.

—Yo le creía en Efraín.

Pilatos lo contempló con un aire a la vez interrogante y burlón:

—Es verdad, he oído decir que tú eres uno de los suyos.

—Es cierto —reconoció el médico—. Estoy convencido de que las enseñanzas de Jesús representan la mejor manera de vida para los hombres.

—Yo no hablo de su filosofía —dijo el Procurador, molesto—. Muchos otros han dicho las mismas cosas que él. Yo te pregunto si crees que es, efectivamente, el Cristo que vosotros, los judíos, esperáis.

—No lo sé —reconoció honradamente el médico.

—¿Le has oído tú proclamarse el Mesías?

—No. Nunca.

El Gobernador insistió:

—¿Alguien que tú conozcas lo ha oído?

—Que yo conozca, no.

Pilatos hizo una mueca y lo miró, perplejo.

—Tú no eres capaz de mentir, estoy seguro de ello; y, digan lo que digan de mí, soy un hombre justo. Si escuchara a Caifás, mañana haría detener y matar a Jesús, bajo pretexto de que se proclama rey de los judíos. Si verdaderamente proclama esta pretensión, no me será posible escoger. Sólo puede existir un monarca en Judea.

—Yo estoy absolutamente convencido de que Jesús no tiene la intención ni tan sólo el deseo de ser rey de los judíos —dijo el médico—. Todo cuanto desea es cambiar el corazón de los hombres y su alma, pero no su gobierno ni sus convicciones políticas.

—Lo que tú dices del hombre quizá sea verdad —dijo Pilatos—. Según mi parecer, se trata de un fanático más, parecido a Juan, a quien Herodes hizo matar. Pero el otoño último sus defensores querían proclamarlo rey, cuando él se retiró súbitamente a la montaña. Y después se prepararon para hacerlo aquí, en Jerusalén, cuando abandonó la ciudad y se dirigió a Perea.

—Parecéis bien informado de sus actos.

—Mi oficio me obliga a saberlo todo. Si Judea vive en paz desde hace varios años, se debe a que sé por adelantado cuánto sucede en ella, y cuando es preciso hago lo necesario para que no suceda lo que no conviene.

José se arriesgó a sugerir:

—La retirada de Jesús en aquella circunstancia y en aquel momento ¿no prueba que no siente ningún deseo de convertirse en jefe temporal?

—Quizá. Pero también podrías llegar a la conclusión de que… sus partidarios… se lanzaron con demasiado entusiasmo… o con un entusiasmo intempestivo… antes de que las circunstancias fueran favorables para la rebelión que proyectan.

—¿Qué pensáis hacer? —preguntó José, con el tono más indiferente posible.

Pilatos se echó a reír:

—¡José, nunca serás conspirador! Todos tus pensamientos se leen en tu cara. No obstante, puedes decirle a Nicodemo y a todos cuantos siguen al Nazareno, que no siento ningún deseo de destruirlo, ni lo sentiré mientras no cometa la locura de escuchar a las cabezas calientes que desean hacer de él un rey.

Entonces no quedará opción. El emperador Tiberio reina en Judea, José, y reina solo. Poncio Pilatos le representa. ¡Procura no perder esto de vista!

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