María de Magdala
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Capítulo VII
EN EL QUE SE VE A UNA EVA, DEMASIADO SEGURA DE SÍ MISMA, DIRIGIRSE HACIA EL NIDO DE LA SERPIENTE Y PERDER SU SEGURIDAD.
Algunos días después, María se encontraba sentada en el jardín que daba sobre el lago cuando introdujeron al mensajero del Procurador. Ella estaba ensayando una canción, dejó la lira que tenía en la mano y miró al visitante, que la saludaba.
Era un bello hombre, de alta estatura y de apariencia digna. Por mejor decir, arrogante; para desgracia suya, sus orejas hendidas indicaban que se trataba de un esclavo.
—Soy el nomenclátor de Poncio Pilatos, Procurador de Judea —dijo—. ¿Dónde se encuentra la que llaman María de Magdala?
—Yo soy María de Magdala —dijo ella, mientras su espíritu se preguntaba febrilmente lo que deseaba aquel importante personaje.
—El Procurador os ruega que asistáis esta noche a la cena que ofrece en su villa de Tiberíades: desea que dancéis y cantéis en honor de sus invitados.
Ella se mostró incrédula.
—¿Estáis seguro de que se trata de mí?
—Absolutamente seguro. Ha oído elogiar vuestra danza en las calles de la ciudad.
Su corazón latió con fuerza.
La embriaguez de verse convocada por el más importante funcionario romano de toda Judea borró de su memoria las advertencias de José —a pesar de que no habían transcurrido muchos días—, al mismo tiempo que las cosas muy desagradables que había oído contar respecto a las orgías que se desarrollaban en las villas de las orillas del lago, y también lo que sabía del guapo tribuno. Todo cuanto se dijo en aquel breve instante de que disponía para responder, fue que aquélla era una ocasión de ganar dinero, incluso mucho dinero, y que sería el comienzo del precio de su viaje a Alejandría.
—¿Vendréis? —preguntó el esclavo.
Formuló la pregunta cortésmente, pero en su expresión y en sus entonaciones todo indicaba que consideraba como imposible la negativa de una judía a quien el gobernador romano de Judea hacía el honor de llamarla a su palacio. Porque —y el mensajero estaba de ello visiblemente convencido— no se trataba de una invitación, sino de una orden. María no estaba aún convencida de que lo creyera así.
Iba recuperando su equilibrio.
—Podéis advertir a vuestro amo que me consideraré honrada danzando esta noche para él y para sus invitados.
Comenzó su respuesta con una gran dignidad y terminó con autoridad firme:
—Mis músicos y yo llegaremos a la hora del crepúsculo.
Las cejas del nomenclátor se elevaron en punta hacia su frente.
—El Gobernador cuenta con sus músicos propios.
—Ya lo supongo —dijo la joven, a quien las advertencias de José volvían a su memoria—. Pero yo sólo danzo con mis músicos, que me acompañan a todas partes. Sin mis músicos no puede contarse conmigo.
El esclavo se encogió de hombros.
—Llevadlos, pues. Es posible que la… que el Procurador haya omitido mencionarlos.
María había recobrado la memoria, pero su espíritu estaba preocupado por la cuestión de decidir si pediría ahora sus honorarios o sólo después de haber bailado, hasta tal punto que no se dio cuenta del resbalón del mensajero.
Como éste se dispusiera a marchar, ella dijo rápidamente:
—¿Podéis precisarme el importe de mis honorarios?
Nueva expresión de extrañeza en el rostro del otro.
—Los artistas no acostumbran a recibir dinero por distraer al Procurador. Les basta poder decir después que él los mandó llamar.
Al ver la desilusión que se reflejaba en el rostro de la muchacha, añadió con un matiz de bondad:
—Sin embargo, acostumbra arrojar una bolsa a los que le agradan.
—¿Una bolsa? ¿Y cuánto contiene?
—Depende. Si os mostráis muy simpática, quizá mil sestercios.
Ella notó que se sofocaba: ¡mil sestercios! En seguida se revistió de su famosa dignidad y dijo con buen talante:
—Quede bien sentado que será para mí un honor danzar ante vuestro amo, sea cual fuere el importe de los honorarios.
El nomenclátor saludó una vez más, como si aquella comedia le divirtiera mucho. Después dijo:
—¿Podéis indicarme la casa de José, el ponedor de sanguijuelas?
Vive aquí mismo, en Magdala…
Adiós, dignidad; esta vez dejó paso a la inquietud:
—¿Qué ha hecho José? ¿Qué deseáis de él?
—La esposa del Procurador necesita sus servicios en seguida.
María le indicó el camino de la casa de José; al fin y al cabo, sólo tenía delante a un esclavo, y dijo:
—Si le veis, no le digáis que esta noche danzo en el palacio, os lo ruego. Tengo mis razones para solicitaros este favor…
¿¡Favor!, a un nomenclátor? ¡Ya estaba hecho!
Cuando partió, María se precipitó en la habitación donde Demetrio se curaba un resfriado en el hueco de su lecho, consolándose y curándose a la vez con una botella de vino que aquella misma mañana ella le trajera de Cafarnaúm.
—¡Demetrio! —exclamó ella con fiebre—. Demetrio, lo inverosímil ha sucedido, la buena nueva ha llegado.
—¿Ha mandado Simón otro pescado? Comienzo a sentirme yo mismo tan frío y tan blando como si me hubieran pescado ayer.
La joven se echó a reír y le rodeó el cuello con sus brazos.
—¡Mucho mejor que eso, mucho mejor! ¿Nos bastarían mil sestercios para llegar a Alejandría?
Demetrio estaba acostumbrado a su imaginación constructiva y a sus estallidos de entusiasmo:
—Con mil sestercios llegaríamos hasta mitad de camino.
Si los tuviéramos…
—¡Sí, los tenemos! O lo que es igual, los tendremos esta noche.
—¿Es que el rey Herodes nos entrega sus tesoros?
—¡Mejor aún! Voy a danzar en casa del Procurador Poncio Pilatos.
—¿En casa del Procurador?
Demetrio se sentó en el lecho, sin soltar por eso su botella.
—Pero ¿cómo se te ha ocurrido esa locura, hija mía?
Ella golpeó el suelo con el pie.
—El nomenclátor de Pilatos acaba de salir de aquí; ha venido a decirme que su amo desea que dance en la cena que ofrece esta noche. Ha mencionado una bolsa de mil sestercios si distraigo agradablemente al Gobernador y a sus invitados.
—¿Mil sestercios?
Demetrio volvió a dejarse caer en su lecho.
—¡No he visto nunca tanto dinero desde que puse los pies en Galilea! Veamos. Doscientos es el precio de una mula bastante vigorosa para soportar el peso de mi ridícula humanidad a lo largo de la Vía Maris hasta Jope. Trescientos por las mulas que llevarán nuestros equipajes y las cítaras que venderé en Alejandría. Podríamos vender los animales al llegar al puerto, lo que nos pagaría el pasaje a bordo de un barco.
—Entonces, ¿bastarían mil sestercios?
Él movió la cabeza.
—No del todo. Pero si agradas a Pilatos, los romanos y los sirios que poseen villas en Tiberíades te pedirán también que dances para ellos. Quién sabe… quizás el mismo Herodes Antipas.
Y cuando veamos al director del teatro de Alejandría, no hará mal efecto poderle decir que bailaste para Poncio Pilatos.
Su rostro, súbitamente, se oscureció y se tornó serio.
—Pero ¿no correrás tú ningún peligro yendo a Tiberíades?
—¡Tú y José parecéis dos viejas! —exclamó ella en un tono de furiosa rabia—. ¿Y Hadja? ¿Y los otros? Me imagino que serán capaces de guardarme.
Ella se dejó caer de rodillas al lado del lecho y unas lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Tienes que dejarme ir —suplicó—. Sería tan conveniente para nosotros…
—Verdad es que estamos muy necesitados de dinero —admitió Demetrio—. Pero prométeme de la manera más absoluta que permanecerás constantemente cerca de Hadja y de sus hombres.
—¡Te lo prometo!
María se puso en pie de un salto.
—Bien. ¿Qué me voy a poner para esta ocasión? ¡Ya lo sé!
La stola de seda blanca que me regalaste cuando cumplí dieciocho años. Y por encima, el gran velo amarillo. Los guardaba para ponérmelos en Alejandría. Sería necesario que Hadja encuentre un carro y una mula de alquiler para que no llegue a Tiberíades demasiado cansada para bailar bien. ¡Oh! Tengo que peinarme… y que hacer mil cosas más…
Caía el crepúsculo cuando María y su grupo llegaban a la villa de Poncio Pilatos en Tiberíades. Ataron la mula y el carro en un bosquecillo que se encontraba fuera de los muros que rodeaban el jardín de la villa —tenían más de diez pies de altura— y se dirigieron hacia el portal. María llevaba su stola de seda y su frágil velo, así como unas deliciosas sandalias de cuero ligeramente ribeteadas de oro.
Casi todas las villas de las orillas del lago estaban rodeadas de muros parecidos, cuya extremidad se apoyaba en el agua.
El gobernador de Judea pasaba más tiempo en esta villa, cerca del «mar de Nazaret», ya que el clima era más suave y le agradaba mucho, que en su castillo de Cesárea, constantemente batido por los vientos fríos del Mediterráneo, el Mare Nostrum de los romanos. Era de notoriedad pública que su esposa, Claudia, sufría allí mucho a causa del asma, y que su salud mejoraba bajo el clima templado de Tiberíades y cerca de su lago-joya.
Un guardia los acogió en el pórtico y el nomenclátor los atendió en el Atrium, habitación central de la casa. Incluso en la oscuridad podían adivinar la belleza del jardín, en forma de terrazas, ya que el perfume de las flores les llegaba de todas partes.
Esclavos vestidos de blanco iban y venían por las terrazas descubiertas, llevando platos al triclinium y trayéndolos a la sala del banquete, donde la comida había ya comenzado.
El nomenclátor repitió el gesto que le era usual cuando comprobaba algo insólito: al ver el traje burdo de María, alzó las cejas.
—¿Es éste vuestro vestido de danza? —preguntó.
Después, una sonrisa comprensiva afloró a su rostro; ¡la muchacha no era tonta!, había escogido bailar desnuda ante los invitados. Su exquisita esbeltez resultaría un cambio agradable de los encantos más opulentos que, desde hacía ya largo tiempo, caracterizaban a las bailarinas admitidas a distraerlos.
María mostró el pequeño paquete que llevaba. Ella no vio la sonrisa, pues de haberla visto se hubiera sentido legítimamente furiosa.
—Aquí traigo un traje de danza. ¿Hay un lugar donde pueda cambiarme?
—Los artistas se visten en una habitación vecina a la sala del banquete —explicó el esclavo—. Voy a conducirla a ella y enseñaré a sus músicos la alcoba donde se instalarán para tocar.
A través de las gruesas cortinas que tapaban las puertas que daban a la sala del banquete, ella oía el ruido de las voces y de las risas, de dulces acordes de lira y de cítara y el sonido de los vasos y cubiertos al chocar entre sí. Se trataba, sin ningún género de dudas, del triclinium, y María supuso que las puertas del otro lado del corredor daban a los dormitorios.
La habitación adonde la condujeron era pequeña, pero arreglada con gusto, y tenía una segunda puerta que daba al triclinium.
Había una mesa muy bien surtida, con perfumes, cosméticos, polvos y antimonio para blanquear las mejillas, kohl para ensombrecer las cejas, henné para las uñas de las manos y de los pies, y todo aquello que utilizaba una mujer hermosa.
En un armario abierto colgaban varios vestidos, algunos de ellos tan leves que parecía inimaginable que pudieran existir.
Ella había oído rumores relativos a estos vestidos, e incluso se susurraba que algunas bailarinas aparecían desnudas… Sus ojos, asustados, le confirmaron ahora la exactitud de los relatos.
María se había negado a admitir, ni ante Demetrio ni en lo más íntimo de su propio corazón, que sentía una cierta aprensión al tener que bailar delante de Pilatos y sus invitados.
Ahora que se encontraba sola y que los gritos de los que clamaban, ya ebrios —¡y la cena sólo estaba empezando!—, le llegaban de la sala vecina, no conseguía tragar la saliva que le remontaba a la garganta.
Rápidamente, por temor a que su valor tuviera tiempo de abandonarla, se quitó sus vestidos y los colocó en el respaldo de una silla. En un repentino impulso de exuberancia, se irguió y dio vueltas, ágil y rápida; de súbito se sofocó y cogió rápidamente su ropa. Sólo entonces se dio cuenta de que la encantadora joven desnuda que la miraba era su propia imagen reflejada en un gran espejo.
Con timidez se adelantó hasta allí y tocó el alto espejo adosado a la pared; nunca viera cosa igual. Su cuerpo entero se reflejaba en él: la columna recta de su cuello y su pequeña cabeza orgullosa, coronada de llamas, la suave caída de sus hombros, la firme plenitud de los senos, que no eran todavía más que la promesa de una femineidad completa, la curva exquisita de su cintura delgada. La criatura que se encontraba frente a ella no tenía ni una mácula, ni una asimetría, nada que no fuera perfecto: Diana…
María sólo abandonó la contemplación de su propia belleza para abrir el paquete de vestidos que había traído. Sintió una vez más —y una vez más en vano— no poseer una pieza de seda lo bastante larga para poderla pasar alrededor de su cintura y disponerla en función de pieza interior, como, según había oído decir, hacían las romanas ricas y las elegantes en todas las ciudades del Imperio. Pero la seda costaba cara y sólo pudo ponerse la braga corta que utilizaban las mujeres corrientemente, cuando las utilizaban. Por encima de la braga, una camisa de tela y después la stola de seda —vestido sin mangas, de línea muy clásica—, y un cinturón de cinta de plata bajo los senos. El tejido de la stola se adaptaba a sus formas como una caricia y, desde la cinta de plata hasta los tobillos, caía en pliegues rectos y armoniosos. Después se envolvió en la palla —a la vez velo y manto— que dejaría caer al comenzar la danza.
Ya sólo le quedaba anudar las sandalias ligeras, las finas correas que rodeaban sus delgaditos tobillos y en seguida estuvo lista, desdeñando aquellos potingues que incluso las jovencitas ya se habían acostumbrado a utilizar. En cambio colocó en sus cabellos un chal de seda blanca que pensaba llevar durante la danza.
De pronto la puerta del corredor se abrió y entró una muchacha que se paró en seco al ver a María, frunció las cejas y preguntó bruscamente:
—¿Quién sois?
La joven era algo mayor y más gruesa que María de Magdala, pero lo que sofocó a ésta fue el vestido de la recién llegada, un vestido flotante, que envolvía su cuerpo con una gracia descuidada y hecha con el mismo tejido casi invisible, casi impalpable, que el que colgaba en el armario, y bajo el cual no parecía llevar más que un minúsculo cinturón de oro que se sostenía por medio de unas delicadas cadenillas del mismo metal que le pasaban alrededor de las caderas.
—¿Sois sorda? —insistió la joven con voz breve—. ¿Quizá no entendéis el griego?
Recobrando por fin su voz, María se excusó cortésmente:
—Me ha asustado. Soy María de Magdala.
—¿Sois vos la que va a danzar esta noche? El nomenclátor me ha dicho que había aquí una chica del campo, pero no os parecéis en nada a lo que esperaba ver. ¿Qué esperáis para desnudaros? Os llamarán en cuanto yo termine.
Sin esperar respuesta y sin más ceremonias, apartó a María a un lado y se sentó ante el tocador.
—¡Ya estoy arreglada! —protestó María mientras la recién llegada, a pesar de su juventud, comenzaba a pintarse los labios con el carmín que sacaba de uno de los tarros con un pequeño cepillo, que utilizaba también para colocarlo.
Al oír aquella breve, pero asombrosa respuesta, la joven dejó el cepillo y tocó la stola.
—¿Ahí dentro? ¿Vas a danzar así ahí dentro? ¡Van a estallar de risa y os echarán de la sala! O… quién sabe… ¡Quizá no!…
Se puso en pie, se acercó a María y con un gesto enérgico desanudó el cinturón de plata que ceñía, un poco alto, el talle de la muchacha de Magdala; lo ajustó con gestos rápidos y precisos a los senos, lo cruzó, lo anudó otra vez y cuando María dirigió los ojos hacia el espejo, vio incrédulamente que la seda blanca ahora se adhería a su pecho y a sus hombros como si estuviera pintada y no colocada, acentuando así el emocionante contraste entre su delgada cintura y sus senos, redondos y firmes como copas invertidas. Inclinándose, la otra ocupante de la habitación arregló los pliegues de la stola.
—Por algo he sido una de las mejores vestiplica, plegadora de togas, por si acaso no conocéis la palabra romana —dijo con cierta vanidad—. ¡Confesad que resulta muchísimo más bonito así!
—¿Sois también bailarina? —Se atrevió a preguntar María.
La otra le respondió por encima del hombro:
—¿Yo? Yo soy una esclava. Me llaman Tetis.
—¿Vais a danzar… ahí dentro… Tetis?
La esclava se puso en pie y alisó sobre sus caderas el tejido transparente.
—Durante unos instantes. Cuando los hombres están borrachos, se divierten cogiendo el vestido por un sitio cualquiera cuando bailáis. Fijaos.
Se acercó a María, que vio que en la espalda, bajo la axila y en la cintura, el ligero tejido se sostenía por medio de hebillas de plata sin consistencia y que se podían desprender sin dificultad, con un solo movimiento:
—Una buena sacudida —dijo— y la hebilla se suelta, todo se desenrolla y se deshace sin romperse; el bombyx[9] cuesta caro, es difícil de hilar y sólo puede ser tejido por expertos.
Esta pequeña astucia inofensiva, que no daña a nadie, permite realizar una economía… importante…
—¿Y danzáis desnuda?… ¿Delante de los hombres?…
María sentía escalofríos de horror y de incredulidad.
Tetis se echó a reír:
—¿Ningún hombre os ha visto todavía así?
—¡No! ¡Jamás!… Ni tan siquiera Demetrio, mi padre adoptivo, ni cuando era niña…
—Entonces, ¿de verdad sois virgen?
Un rojo vivo subió a las mejillas de la Magdalena:
—¡Claro! ¡Sólo tengo dieciocho años!
Tetis rió de una manera breve y dura:
—Yo contaba doce cuando me vendieron como esclava, y catorce cuando di a luz un hijo. ¡Escúchame, pequeña! —dijo entonces, muy seria—. ¡Escucha! Este sitio es un mal lugar.
Todo aquí es daño y podredumbre. Vuelve a Magdala, cásate con un judío agradable y simpático —¡son los únicos maridos posibles!— y dale hermosos niños. Créeme: los judíos son la única gente buena que he conocido.
—¡No todos los romanos son malos! —protestó María, que no poseía, en el fondo, la menor documentación sobre ellos.
—Todos cuantos yo he conocido lo son, y he conocido algunos —aseguró Tetis de una manera rotunda y despreocupada a la vez—. ¡Espera a saber lo que es ser sobada por un cerdo gordo y que huele a vino! Mira… como tu rey, Herodes Antipas…
Él es… ¡no!… él es aún más repugnante que los otros, ¡te lo juro!
Tetis alzó la cabeza y escuchó un instante:
—Es mi música. ¡No olvides que pronto te llegará el turno!
Y ajustando la gasa encima de sus caderas, con un movimiento tan suave que resultaba natural, abrió la puerta del triclinium y la franqueó como una bala, mientras su cuerpo se ondulaba ya según la línea sinuosa de la danza. Una repentina algazara de sonidos la acogió, de gritos enternecidos, de llamadas bestiales y el estallido de un vaso de metal contra el suelo; después la puerta se cerró y María sintió un escalofrío en el silencio ahora anormal de la pequeña habitación.
Sintió un deseo formidable, un impulso casi irresistible de abandonar aquel lugar tan pronto como pudiera.
Cuando se oían contar las orgías romanas, de segunda o de tercera mano, sólo eran historias deliciosamente escandalosas.
Cuando una se encontraba a punto de asistir a una de ellas, ¡la cosa modificaba seriamente el punto de vista! Y ahora, en seguida, se encontraba —iba a encontrarse, pero lo sentía venir— cara a cara con la realidad. Dentro de pocos minutos iba, a su vez, a tener que franquear esa puerta y danzar ante hombres ebrios y ruidosos. ¿Cómo los llamaban? ¡Berreadores avinados!
Sí, seguramente eso era lo que la esperaba al otro lado de aquellas maderas y aquellas cortinas. Únicamente la perspectiva de los mil sestercios —que ella consideraba como si prácticamente se los hubieran prometido— la impidió huir en aquel mismo momento. No podía privar a Demetrio de las cosas que los honorarios de aquella noche —y, si conservaba su sangre fría, los honorarios de otras noches— le permitirían procurarse.
Tenía que vencer. Pero no podía ni quería entrar en competencia con esclavas, pintadas y desnudas y sensuales.
Esto lo decidió ella firme e irrevocablemente. Vencería —o perdería la partida— con su sola belleza, sin pinturas, y por su talento, tal cual era.
María se acercó a la puerta del triclinium y, sin hacer ruido, la abrió un par de dedos y miró. Lo que viera acabó de aterrorizarla.
Ante todo, las dimensiones. Jamás había visto, ni nunca imaginara un comedor tan inmenso.
A uno de los lados, los lechos donde permanecían tendidos los invitados, aparecían colocados como los radios de una semirrueda, alrededor de una mesa en forma de herradura.
El otro extremo aparecía vacío, libre, destinado al espectáculo, fuera de la clase que fuera: durante aquel cuarto de hora, Tetis danzaba a los sones de una orquesta disimulada en una alcoba.
El triclinium en sí era hermoso, con su techo incrustado de mármoles de diversos colores y sus muros decorados con bacanales pintadas, de un realismo tan franco y tan vivo, que María volvió la cabeza y comprobó malhumorada que se sonrojaba con mucha frecuencia.
Cinco lechos estaban dispuestos alrededor de la mesa de mármol, de donde estaban quitando los platos. No quedaba más que el vino, ánforas y vasos. Dos muchachos delgados, de rostro y modales femeninos, evolucionaban entre los convidados y llenaban los vasos en cuanto los veían vacíos.
El sobrino del Procurador, Gayo Flaco, ocupaba uno de los lechos. A su lado, un hombre grueso, pesado, con un rostro blando y sensual, supuso debería tratarse de Poncio Pilatos.
Los otros tres eran de más edad y estaban visiblemente más ebrios que el dueño de la casa. A uno de ellos, muy gordo, con unos ojuelos pequeños, María lo reconoció: era Herodes Antipas, tetrarca de Galilea.
Cosa extraña: Gayo Flaco parecía el más lúcido y el más sobrio —relativamente— de los cinco. Contemplaba a Tetis con una mirada aburrida, bebiendo de vez en cuando un sorbo en el vaso que sostenía en la mano. También esta vez María se sintió asombrada por su belleza; se hubiera creído ver a Apolo descendido del Olimpo para celebrar una pequeña fiesta de familia con unos cuantos mortales. Sin embargo, a pesar de su rostro perfectamente regular, había algo en él que María encontró repugnante, sin saber precisar por sí misma qué era lo que le repugnaba, o si aquel sentimiento era motivado por la repulsión que le inspiraban sus compañeros, las bacanales pintadas en los muros o los jóvenes muchachos griegos maquillados.
Tetis danzaba, acompañada por una música de ritmo insistente, como el latir de un corazón y, mientras daba vueltas sobre el suelo de mármol, su vestido se desplegaba en torno como una inmensa corola de flor. Al girar se acercaba a los que cenaban y su danza era todo lo sensual que pueda imaginarse.
Entre risas intentaron coger su vestido y ella, riendo también, se alejó con un ligero salto, tentándolos cuando se tranquilizaban, burlándolos cuando se agitaban, acercándose o alejándose según la idea que pasaba bajo su silencio, y como si coquetease con ellos.
Cierta vez se acercó a Gayo Flaco, como si le desafiara a tocar su vestido, cuyo borde hacía girar hasta casi tocar las manos del joven, sin que él pestañeara siquiera, sin que perdiera su sonrisa descarada. Y, de pronto, igual que una víbora que muerde, lanzó su mano hacia delante, cerró su puño sobre el tejido diáfano y pegó una sacudida. Aunque Tetis había explicado a María el sistema, ésta se sintió estremecida por lo inesperado de la maniobra; le pareció como si el indolente Apolo acabara de descubrir su segunda naturaleza —que, no por menos ostentosa, era probablemente menos auténtica—, y aquel espectáculo no resultaba agradable de ver…
Mientras, Tetis, vestida sólo de sus cadenillas y tapándose los ojos con una sola mano, simulaba una vergüenza que estaba muy lejos de sentir.
Los hombres tendidos cerca de la mesa lanzaron carcajadas estruendosas que subrayaron con batir de palmas. Después, mientras la música seguía con un ritmo más cadencioso, Tetis dejó caer los brazos y reanudó su baile, casi sin mover los pies. Sus movimientos expresivos estaban casi por entero limitados a su torso, a sus brazos y a sus manos; era una danza tal, como la reina de Saba hubiera podido ejecutar delante del rey Salomón, o la concubina favorita en el harén de algún potentado asiático.
Al contemplarla, María sentía temblar su propio cuerpo, sus mejillas ardieron y su pulso se puso a latir de acuerdo con el acompañamiento musical.
La danza avanzaba hacia su inevitable apogeo; el próximo desenlace encendía la sangre de los espectadores, ya ebrios de vino y ahora ebrios de concupiscencia. Con los vasos en la mano, golpeaban la mesa.
Tetis, como una estatua estremecida, permaneció inmóvil durante unos segundos y abandonó la sala corriendo.
Para evitar que la esclava que entraba como una tromba tropezara con ella, María se alejó rápidamente de la puerta, pero no lo bastante aprisa para que Tetis no adivinara su movimiento.
—¡Estabas mirando! —gritó jadeante bajo el doble efecto de la danza y de la cólera, y sus ojos lanzaban llamas—. ¿Estabas ahí? ¿Viste cómo Gayo Flaco me quitó el vestido?
La danzarina, con los pies separados y los puños en las caderas, permanecía frente a la Magdalena, quien creyó por un instante que, en su furor, iba a pegarle.
—No quiso nada conmigo por culpa tuya.
—Os equivocáis —protestó María—. Yo sólo he venido para bailar.
Antes de que Tetis pudiera seguir, María oyó un acorde insistente que venía del triclinium: reconoció la introducción a su propia danza, el sonido de la gran cítara que tocaba Hadja.
Ahora que se trataba de entrar efectivamente en la sala del banquete, se sentía interiormente vacía, oscilando bajo una especie de vértigo, un inmenso terror y algo de excitación. No se sentía con fuerzas para franquear la puerta y comprendió que, si el otro día José no le hubiera dado vino de mandragora, del que tomaba una pequeña dosis cada día, y del que había bebido antes de abandonar su casa en Magdala, hubiera caído desvanecida en aquel mismo momento. Sin embargo, hubiera acogido con alegría cualquier circunstancia que la hubiera librado de su obligación de actuar.
Después, con un esfuerzo de voluntad que requirió todo el dominio de sus nervios de que era capaz, se obligó a calmarse y a decidirse:
—¡Mil sestercios! ¡Mil sestercios!
Cantaba en su interior estas palabras sobre la música de la gran cítara, y extraía de ellas una ayuda muy necesaria para acabar de apaciguar su pánico.
«¡Quiero hacerlo por Demetrio! —se dijo—. Debo hacerlo».
«Debo hacerlo. Lo quiero».
Orgullosamente tranquila, cuando menos en apariencia, empujó con la mano la puerta y pasó al otro lado, sobre el suelo enlosado de mármol, frente a Poncio Pilatos y sus invitados.