María de Magdala

María de Magdala


LIBRO SEGUNDO » Capítulo III

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Capítulo III

EL TEMPLO Y EL FARO.

La travesía hasta Alejandría duró pocos días, pero fueron para José jornadas placenteras. Su natural avidez de conocimiento se había hallado, durante cinco años, sumergida por la práctica de su profesión, que exigía todo su tiempo y todos sus pensamientos —no se convierte uno en uno de los más ricos ni el más célebre médico de una gran provincia sin pagar de alguna manera este éxito—, pero ahora la curiosidad volvía tan vigorosa como antes. Se quedaba asombrado al comprobar que los médicos de la India estaban mucho más avanzados, lo mismo en cirugía que en medicina, que los griegos y los romanos, y que Susruta había efectuado siglos antes operaciones muy difíciles, de las que él mismo, José de Galilea, nunca había oído hablar.

Lo que prefería era oír a Baña Jivaka hablar de aquellas grandes tierras desconocidas de Oriente, de donde venía, de las regiones más misteriosas y más lejanas aún, más allá de la costa Malabar, donde hombres amarillos de ojos alargados habían progresado en la ciencia, la medicina y la filosofía mucho antes que los mismos griegos.

—¡Venid, pues, conmigo a la India cuando yo vuelva allí!

Jivaka, que se daba cuenta del vivo interés de su nuevo amigo por aquel mundo maravilloso e insospechado, insistía:

—Podemos hacernos a la mar el año próximo, en el momento en que el monzón sople hacia el este, y podréis, si así lo deseáis, regresar a Jerusalén por vía terrestre, con caravana que pasará por Babilonia y Damasco.

—¿Qué es el monzón?

—Un viento fuerte y regular que sopla sobre el gran Océano, entre la desembocadura del Mar Rojo, en Aden, y la costa Malabar, y que cambia su dirección cada seis meses —explicó Jivaka—. Cuando sopla del este, los barcos hacen el trayecto desde Maxiris o Suppara hasta Aden y remontan el Mar Rojo hasta Arsinoé, en el río Nilo, y descienden su corriente hasta Alejandría.

Cuando el monzón sopla hacia el este, hacen el mismo recorrido en sentido inverso, en idéntico tiempo.

Otro día, Jivaka enseñó al galileo una serie de croquis que había hecho durante sus estudios en Egipto; poseía un talento rápido y seguro para representar en un dibujo muy sintetizado, reducido a lo esencial, los diversos aspectos y las diversas fases de una enfermedad. Poseía especialmente croquis de la operación de la catarata con la aguja, procedimiento del cual el joven había oído hablar, pero que nunca viera aplicar, de la extracción de tumores en el cuello y de muchas otras.

Una serie de dibujos intrigó muy especialmente a José: mostraban las fases de la operación consistente en readaptar y rehacer una nariz parcialmente cortada. Jivaka le explicó que, desde hacía siglos, los cirujanos de la India la efectuaban.

Un trozo de piel en forma de hoja era sacada de la mejilla, a la cual permanecía ligada, digamos por su tallo, y estirada a través del rostro para recubrir y reemplazar la parte de la nariz que faltaba. Trozos de caña huecos se insertaban en los agujeros para conservar la forma y permitir la respiración.

Se modelaba encima, lo mejor posible, la lengüeta de piel, y se la dejaba crecer durante algún tiempo, como una verdadera hoja, hasta que se adhería a la base de la nariz, después de lo cual se cortaba el trozo que aún permanecía sujeto a la mejilla, y el resultado constituía, estética y físicamente, un excelente artículo de sustitución para el órgano dañado o ausente.

Idéntica operación podía hacerse para las orejas.

Otros croquis mostraban diferentes fases de las convulsiones de la epilepsia —lo que Hipócrates denominaba Mal Sagrado o, en general, Gran Mal—, una parálisis debida a una coz de caballo en el cráneo —los talones distendidos y el abdomen hinchado por el edema— y una imagen de un caso del cual José había encontrado algunos ejemplos en la vida: una muchacha de ojos globulosos, prominentes y fijos, con una hinchazón en el cuello y casi demacrada. José sabía que el rostro debía aparecer rojo y sudoroso, que el pulso de la enferma sería muy rápido y las manos agitadas por un temblor irreprimible.

—Hablé a Celso del caso que estáis examinando ahora —dijo el indio—. Cree que se trata de una hinchazón del cuello, denominada «bocio», y se sorprendió al saber que en la India tratamos esta enfermedad con algas marinas secas.

—¿Algas secas?… ¿Cómo actúan?

—¿Quién puede saberlo? —dijo Jivaka encogiéndose de hombros—. Lo cierto es que haciendo tomar a la enferma algas marinas secas se logran a veces —no siempre— curaciones maravillosas.

—¡Muchas gracias! —dijo José, sonriendo—. Poseeré muchos remedios y muchas experiencias nuevas que utilizar cuando regrese a Jerusalén. La verdad es que no esperaba…

Cortó de repente su frase y la dejó inacabada. Jivaka lo miraba de reojo:

—Ibais a decir que no esperabais aprender algo de un hombre cuya raza os han enseñado a considerar como bárbara.

¿No es así?

—Perdonadme —dijo José, sonrojándose mucho—. He hablado sin reflexionar…

—¡Claro! —dijo el otro, sonriendo a su vez—. Proceda de donde proceda, nunca hay que avergonzarse del saber.

Dio una mirada al tragaluz:

—Es de noche y nos encontramos ya en nuestro tercer día de navegación desde Cesárea: pronto vamos a percibir la luz de Pharos. Los alejandrinos aseguran que se ve desde el Helesponto.

El barco avanzaba por un mar encalmado cuando nuestros dos amigos subieron al puente. Un viento ligero soplaba sobre las grandes velas y los esclavos galeotes descansaban sobre sus remos o dormían en sus cadenas, sin abandonar para dormir el banco al que estaban encadenados para el trabajo. Por encima de sus cabezas, el cielo estaba cribado de estrellas, y hacia el sudoeste una luz brillante iluminaba el horizonte.

—He aquí, en efecto, la luz de Pharos —indicó el indio—. Guía a todos los marinos hacia Alejandría. Nada de cuanto el hombre ha construido puede compararse a esa obra maestra.

—Yo colocaría más alto en mi admiración el Templo de Jerusalén —afirmó el galileo.

Jivaka lo miró profundamente sorprendido.

—Vuestro Templo es muy hermoso, pero no es una maravilla arquitectónica como Pharos.

—El Templo fue edificado en honor del Altísimo —dijo el otro—. Un faro sólo sirve para los hombres.

—He sido justamente conducido de nuevo a la humildad del espíritu —admitió con dulzura Jivaka—. Vosotros los judíos adoráis desde hace siglos a un dios único, mientras el resto del mundo busca a tientas entre multitud de impostores.

—Sin embargo, los mismos judíos no se ponen enteramente de acuerdo sobre los fines y voluntades del Todopoderoso —deploró el joven galileo—. Los fariseos, por ejemplo, exaltan la ley por la ley, hasta hacer de ella un ídolo, pero los saduceos, entre quienes se reclutan los principales sacerdotes del Templo, los que gobiernan, se inclinan por el contrario a liberalizar las prácticas religiosas y a centralizar todo el poder en el Templo mismo y en el Gran Sacerdote.

—¿A qué grupo pertenecéis?

—Siendo medicas vísceras del Templo —explicó el otro—, esperan evidentemente de mí que me incline del lado de los sacerdotes, pero los saduceos no creen en la vida después de la muerte, mientras que los fariseos sí, y a mí me causa espanto pensar que todo termina en la muerte. Esto me parece despojar de todo sentido a la vida…

—Vos no poseéis el monopolio de esta aspiración, José. La mayoría de las religiones creen en otra vida. He aquí una plegaria extraída de un viejo poema de mi pueblo:

Desde lo Irreal, condúceme hacia lo Real,

Y de la Sombra hacia la Luz,

Y de la Muerte, condúceme hacia la Vida.

José protestó:

—¡El Altísimo ha escogido expresamente a los hijos de Israel como su Pueblo! Los prefiere a todos los demás y los favorece entre todas las naciones de la tierra.

—Según la historia de vuestro pueblo, tal y como la he oído contar por mis amigos los judíos de Alejandría, el favor particularísimo de vuestro Dios es más bien una pesada carga —respondió secamente el oriental—. Hablan de sangre vertida, de persecución y de esclavitud.

José insistió:

—¡Eso no durará siempre! Un Mesías nos está prometido, un Mesías de la sangre de David, la sangre que corre por mis propias venas.

—¿Mesías? —Jivaka frunció las cejas, perplejo—. No entiendo esa palabra.

—Será un Gran Guía que instalará el reino de Dios sobre la tierra —dijo José con entera confianza— y Él elevará a los judíos y les concederá el gobierno de todos los pueblos de la tierra.

—Esto implicará la lucha contra el poderío de Roma. Los judíos son poco numerosos y están dispersos por todas las partes del mundo. ¿Cómo podríais nunca oponeros a Roma?

—Cuando venga el Mesías, su gloria será tal que el mundo entero Le reconocerá y aceptará Su poder.

Baña Jivaka movió la cabeza:

—Yo podría creer en vuestro Dios, José, ya que me han dicho que Él se preocupa en proporcionar sabiduría a los hombres y ayudarlos en los momentos difíciles de la existencia, perdonándoles sus errores con tal que los reconozcan y pidan su perdón; pero no veo por qué complicáis vuestras relaciones con Dios con esa historia de Mesías…

José estaba convencido de que el otro blasfemaba, pero sólo veía vagamente por qué y cómo. Después recordó las palabras del profeta: ¿Qué pide el Señor al hombre, sino ejercer justicia, amar la piedad y avanzar humildemente ante Dios?

Se las repitió a Baña Jivaka, que sonrió amistosamente:

—¿Lo veis? Sucede como en las medidas de Eratóstenes, la respuesta más sencilla es siempre la mejor, incluso entre el hombre y su Dios.

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