Mafalda: Femenino singular

Mafalda: Femenino singular


Nota editorial

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Nota editorial

¿Es Mafalda feminista? A juzgar por las manifestaciones del Día de la Mujer, en las que no suele faltar una pancarta con la niña gritando «¡Basta!», o por su destacable presencia en las redes sociales junto a mensajes reivindicativos de índole feminista, Mafalda es hoy en día un icono de la lucha de las mujeres. Sin embargo, curiosamente Mafalda nació en 1963 como tira que serviría de publicidad encubierta de unos electrodomésticos. Por suerte, aquello no cuajó, y Quino aprovechó el personaje y lo adaptó para las tiras que a partir del año siguiente empezarían a publicarse semanalmente en la revista Primera Plana. Según le contó a Rodolfo Braceli en una entrevista publicada en el libro 10 años con Mafalda: «Ya que no tenía que elogiar las virtudes de ninguna aspiradora, a Mafalda la hice protestona, cascarrabias. Fue una revancha inmediata». Las primeras viñetas dan buena cuenta del espíritu crítico de la protagonista y de su posicionamiento ante la condición femenina: desde sus inicios, la niña de seis años construye un diván para su muñeca, que está llena de inhibiciones y necesita un psicoanalista, y critica sin piedad la opción vital de su madre: el abandono de los estudios y de la posibilidad de tener una profesión por el cuidado del hogar, que ella considera un «antro de rutina».

A lo largo de sus diez años de vida, la postura de Mafalda con respecto al lugar que debe ocupar la mujer en el mundo será clara: es una niña reivindicativa, solidaria, consciente e informada a quien espera un destino prometedor: estudiar una carrera, ser astronauta, presidenta del Gobierno o intérprete en Naciones Unidas (para poder mediar evitando guerras y conflictos); en definitiva, desempeñar un papel importante en el futuro de la humanidad. En su familia —le explica al vendedor que intenta periódicamente y del modo más infructuoso vender algo en ese peculiar hogar— no hay jefes. Ella desea tomar las riendas de ese futuro, ser independiente, y no se identifica ni con el matrimonio ni con la maternidad. La mayor concesión que le hará a esta, además de fabricarle un diván a su muñeca, será sacarla a pasear en el carrito, porque «de vez en cuando conviene sacar a pasear un poco el instinto».

Sin embargo, es cuando aparece Susanita en las tiras cuando se produce la verdadera fractura. Hasta ese momento, el feminismo de Mafalda no deja de responder a un conflicto intergeneracional. «Al principio —dice Quino en la citada entrevista—, el planteo de la historia era simple. La nena elucubraba una pregunta y los padres le contestaban. Al final ella hacía su comentario. Al poco tiempo este recurso empezó a agotarse, entonces introduje a Susanita, que era una especie de mamá de Mafalda, en chiquito».

Susanita es su coetánea, pero la incomprensión entre ambas es absoluta. Al contrario de Mafalda, para ella el mundo es extremadamente sencillo —un mundo de padres e hijos en el que ella será una señora, tendrá hijitos, comprará una casa grande, un auto, joyas y tendrá nietitos—. Mientras Susanita se siente cómoda en la sociedad que la rodea, insolidaria, clasista y en la que la mujer está destinada a la que ella estima ser su misión: la maternidad, Mafalda mira con perplejidad lo que llama el «folclore materno», reivindica la importancia de ser una misma, se siente consternada por el mundo en el que vive y necesita cambiarlo a toda costa. Pero cada vez que procura animar a su amiga a tener más ambición, se da de bruces contra un muro, como si Susanita fuera en sí misma la sociedad patriarcal. Susanita es todo lo que ella no quiere ser: la mujer que ve la vida a través de un rulo, cuyos zapatos nuevos son mucho más trascendentales que cualquier causa.

Si con Susanita no existen vías de consenso, más tarde aparecerá un nuevo personaje femenino, Libertad, con quien Mafalda hallará un mayor hermanamiento. Libertad, personaje predilecto de Quino, es mucho más inocente que Mafalda pero ha tenido la suerte de heredar otras ideas, ya que su madre trabaja (es traductora, entre otros, de Jean-Paul Sartre). Si Susanita simboliza el pasado, Libertad es un futuro más esperanzador.

Preguntado por el éxito de su heroína, Quino dice no saber muy bien a qué puede deberse: «Será porque el mundo propicia, día a día, las reflexiones que salen de Mafalda». Hoy, cuando las reivindicaciones de las mujeres tienen un eco renovado, los personajes femeninos de las tiras de los años 1960 y 1970 que este volumen recoge, contemporáneas del movimiento de liberación de la mujer, siguen ayudándonos a reflexionar sobre la condición de esta y su papel en el mundo. Esperemos, como Mafalda, que los nuevos vientos que soplan hagan desaparecer el «maldito olor a naftalina» y se cumpla el deseo de nuestra protagonista de que la mujer juegue cada vez más un papel, y no «un trapo», en la historia de la humanidad, un deseo compartido por Quino, quien declaró en julio de 2018: «Siempre he acompañado las causas de derechos humanos en general, y la de los derechos de las mujeres en particular, a quienes les deseo suerte en sus reivindicaciones».

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