Los que perdimos

Los que perdimos


I. … puesto que en un solo día, / mil días se consumieron.

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—Nosotros no hemos desencadenado esta revolución. Nos la han impuesto, lo cual quiere decir que nos ha cogido desprevenidos, sin preparación. El anhelo revolucionario del pueblo es grande y nosotros lo compartimos, porque España, nuestra sociedad, necesita una honda transformación.

Pero ¿cómo podemos repartirnos la piel del lobo si el lobo anda suelto por el monte? Lo primero será matar al lobo, ¿no? Una vez logrado eso habrá llegado el momento de empezar a construir según nuestras ideas, que no son las de un solo grupo, sino las de todos. Es decir, que tendremos que llegar previamente a un acuerdo sobre lo que debemos hacer. De lo contrario, si cada uno tira por su lado, el final será la ruina de todos.

Y en otra ocasión:

—No busquéis mujeres entre las que trabajan aquí con nosotros, sino fuera, a no ser que pretendáis encontrar una verdadera compañera. Pero no creo que por vuestra edad y por las circunstancias que estamos viviendo os veáis en ese apuro. Hay que huir de la irresponsabilidad y del arrebato. La ética es fundamental siempre, y mucho más aún en un período revolucionario.

Hubo muchas mujeres por medio, me parece a mí, que hicieron más daño a nuestra causa que las balas de los fascistas. Me gustó mucho Pestaña. Era un hombre honrado, sincero, con una gran experiencia de los hombres. Y sencillo y austero. Sí, fue uno de los pocos que vieron claro y al que, quizá por eso mismo, no se quiso escuchar. Así nos ha lucido el pelo. Menos mal que se murió antes de ver este final tan triste. En fin… Ahora sí que habrá que resistir como sea, porque cualquiera sabe lo que piensan hacer con nosotros. A mí no me convenció nunca aquello de que «el que no tenga manchadas las manos de sangre o robo nada tiene que temer». Se dice, sí, pero… Me parece que ha sido el anzuelo para que picásemos. Y, si no, ¿por qué estoy yo aquí? Ni he robado ni matado, pobre de mí. Más de cuatro avales a tontas y a locas sí que he dado. ¿Hice bien? ¿Hice mal? No lo sé. El caso es que los di. La verdad es que no he hecho gran cosa por nuestra causa. Hasta que me movilizaron no supe de verdad lo que era un frente. Claro que me había asomado alguna vez por las líneas, pero sólo de visita. Y luego me tocó un frente tranquilo, estabilizado. De no haber tenido lugar la segunda batalla de Brunete, hubiera terminado la guerra sin ver un verdadero combate. ¿A quién se le ocurriría la idea de numerar los oficiales y comisarios de cada unidad combatiente para que se relevasen según fueran cayendo? Justamente cuando el número dos, a quien yo debía sustituir, cayó ante las alambradas fascistas, se dio la orden de suspender aquella descabellada operación. Eso me salvó y ahí terminó mi historia de guerrero. Veremos si ahora tengo la misma suerte… ¡Hum! Por de pronto no sé de qué se trata y me parece que éstos están tan informados como yo. ¿Será una denuncia? ¿Y quién me ha denunciado y de qué si yo no soy nadie políticamente? Bueno, Agustinito, bueno. ¿Sabes lo que te digo? Pues que es inútil por ahora darle vueltas a la cabeza, y que tengo hambre. Sí, hambre, para que te enteres. Y lo peor es que me da en la nariz que nos van a tener a palo seco hasta que nos traigan algo de casa para llenar la andorga. Pero ¿cómo se va a enterar la señora Engracia, mi madre, de que estoy aquí? Y que pesa el hambre, eh. Vaya si pesa. Siento un vacío en las tripas y un sueño… Mira, no quiero ni pensar siquiera en el hambre que vamos a pasar. Si al menos tuviese un cigarro puro, una faria, para calmar este hormiguillo…).

Un reiterado carraspeo de Molina atrajo la atención de sus compañeros. Entonces hizo que se fijasen en sus manos. En vez de seguir oprimiéndolas con las rodillas, formó con los dedos de la derecha el primer signo del alfabeto de los sordomudos, al tiempo que hacía, disimuladamente, el gesto correspondiente con la boca. Olivares, José Manuel y Agustín, que le habían visto hablar de esa manera con el novelista Hoyos y Vinent, comprendieron rápidamente su intención y siguieron con vivo interés sus movimientos. Primero la letra «a». Muchas veces, hasta que todos lograron imitarla. Luego, la «b», con la misma insistencia y resultados. Y la «c»…

El centinela ya no los espiaba tan pegajosamente. Salía al pasillo de cuando en cuando o se quedaba ensimismado. A veces, sonreía. Otras, silbaba el himno de la Falange. O se quedaba mirando fijamente las baldosas del pavimento, como si las contase, o se entretenía con los proyectiles del fusil que guardaba en un bolsillo de su pantalón. Claro que entreveraba todas estas acciones con ojeadas a sus prisioneros, pero por simple rutina. Sin embargo, Molina suspendía sus manipulaciones siempre que el centinela tornaba hacia él sus ojos, y le sostenía firmemente la mirada hasta que aquél retiraba la suya.

Así fueron apareciendo y desvaneciéndose en el aire los garabatos del alfabeto para sordomudos. Molina hubo de repetir incontables veces cada uno de ellos hasta dejarlo fijado en la memoria visual de sus amigos. Entre tanto, relevaron al centinela. El nuevo era también un muchachito con acné juvenil. Molina aprovechó el cambio para beber agua del grifo del lavabo y orinar. El centinela no se alteró, pero cuando los demás trataron de imitar a su compañero, se alarmó, dirigió hacia ellos el cañón del fusil y les advirtió:

—¡Cuidado! ¡Uno a uno y sin hablar!

Así lo hicieron, por turno y en silencio. Cuando cada cual volvió a su sitio, desentumecidos un tanto los músculos y las articulaciones, el sopor cayó de nuevo sobre la estancia y los hombres quedaron en actitud inmóvil y de aburrimiento.

Pasaron lentos, lentísimos, los minutos, cangilones de una noria sin fin. Los rumores que se percibían, procedentes tanto del exterior como del interior, seguían inalterables y monótonos. Sólo el sol ventanero había hecho una pirueta juguetona y desaparecido después, dejando en su lugar una claridad que griseaba lentamente.

Poco a poco también, el nuevo centinela fue como licuándose. Primeramente desapareció su tiesura; luego, se retrajo a sus propias cavilaciones. Cuando Molina advirtió que se reblandecía su vigilancia, volvió a convocar a sus compañeros con un carraspeo para continuar el interrumpido juego de manos. La «m», la «n», la «o», la «p»… Para Olivares, José Manuel y Agustín aquello era como descifrar un crucigrama o un acertijo. La «r», la «s», la «t»…

Al fin, Molina pudo formular su pregunta:

—¿Sabe alguno de vosotros por qué nos encontramos aquí los cuatro?

Apenas se veían ya las caras y por eso advirtieron que había anochecido. Molina tuvo que repetir la frase, palabra por palabra, una y otra vez, casi a oscuras. Y, de pronto, se encendió la luz eléctrica. Tanto los prisioneros como el guardián quedaron deslumbrados y éste pareció sentir entonces la abrumadora pesadez de varias horas de estar inmovilizado allí como un mueble, y salió al pasillo para reclamar:

—¡Eh! ¡A ver cuándo me llega el relevo!

Entre tanto, lo mismo Olivares que José Manuel y Agustín, mirando fijamente a Molina, le respondieron, sin necesidad de recurrir al alfabeto tan pacientemente aprendido, con un simple encogimiento de hombros. Muy contrariado, Molina articuló trabajosamente otra pregunta:

—¿No sospecháis de alguien?

La respuesta fue también unánimemente negativa por el procedimiento de mover la cabeza, y los cuatro hombres se encontraron como al cabo de un indeciso camino que termina en medio de un bosque, perplejos y desalentados.

Tras sucesivos y furiosos bostezos que casi le desencajaban las mandíbulas, se puso en pie Agustín, intensamente pálido por efecto del hambre y de los reflejos de la luz eléctrica. José Manuel se levantó también y, al desperezarse, se oyeron los crujidos de sus articulaciones. El centinela, sorprendido, dio un paso atrás y apercibió el arma, pero se relajó en seguida al ver que los presos se limitaban a recostarse perezosamente sobre la pared sin demostrar ninguna intención agresiva. Olivares y Molina cambiaron de postura, pero permanecieron sentados. Aquél sacó su paquete de cigarrillos y lo ofreció por señas a sus compañeros, mas uno a uno fueron rechazando todos su invitación. Él mismo, después de dudarlo un momento, renunció también a fumar.

Habían aumentado los ruidos dentro de la casa. Se oían gritos de mando y carreras. Luego, tras un breve silencio, un conjunto de voces dispares empezó a cantar el «Cara al sol». A la primera frase del himno, el centinela juntó los talones y colocó el arma al costado, en posición de firmes, y gritó a los prisioneros:

—¡En pie! ¡Rápido!

Los prisioneros le obedecieron de mala gana y él unió su voz al coro, en actitud tensa, desafiante, crispada.

El himno estremecía. Fuerte, cortado, rotundo, como una marcha militar. Sus frases líricas reventaban como cohetes multicolores en la noche festiva. Era un canto de victoria juvenil, alegre, punzante, que removió en los prisioneros los entusiasmos de otras horas.

Siguieron los gritos:

¡ESPAÑA! ¡UNA!

¡ESPAÑA! ¡GRANDE!

¡ESPAÑA! ¡LIBRE!

¡ARRIBA ESPAÑA! ¡ARRIBA!

Tres gritos como tres descargas de fusilería. Luego, a la orden de ¡Rompan filas!, el coro contestó:

—¡FRAN-CO!

Siguió una algarabía de voces juveniles, como de escolares al comenzar el recreo, que no tardó mucho en dispersarse, y otra vez volvieron los rumores apagados, las voces ahogadas y la quietud.

Pasada la conmoción, provocada en sus espíritus por el canto y los gritos, los prisioneros fueron sentándose y acomodándose cada cual como mejor pudo. José Manuel se cruzó las solapas y se subió el cuello de la chaqueta y cerró los ojos. Sus compañeros parecían dormir también al poco rato. Así, cuando relevaron al centinela, ninguno de ellos padeció la tortura de ver al nuevo comerse una naranja y un pedazo de pan.

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