Los que perdimos

Los que perdimos


II. … o mil días fueron uno, / un solo día de fuego.

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En la calle de Hortaleza y en sus adyacentes, seguían las colas formadas por mujeres y chiquillos ante algunas tiendas de comestibles devastadas por los tres años de hambre de la ciudad, sin la certeza de conseguir algo, y que se hallaban allí por imperativo de la costumbre y de la necesidad, y eran las parroquianas fijas, de todos los días, desde la madrugada hasta el anochecer, iguales a las de todas las colas de todas las tiendas en todas las calles… Mujeres envueltas en toquillas, mantones y abrigos raídos, calzadas con pantuflas, zapatos agrietados, destaconados, y hasta con viejas botas militares; entumecidas y devoradas físicamente por las interminables horas de espera sin esperanza. Agotados los chismorreos, bulos y rumores, aparecían soñolientas, insensibles, inexpresivas. Sin embargo, al paso del camión, hubo entre ellas quien miró ávidamente los rostros de los detenidos; quien cerró los ojos, quien bajó la cabeza, quien sorbió lágrimas, quien dijo algo entre dientes… En cambio, los flacos chiquillos, arropados muchos de ellos con viejas prendas militares, los señalaban, y uno de ellos gritó:

—¡Jolín, más presos!

En los rostros de los presos quedaban visibles aún las huellas de los interrogatorios: párpados amoratados, labios tumefactos, hematomas aquí y allá. Uno, joven, mostraba fuera de la boca la lengua hinchada y blanquecina. Eran unos cuarenta e iban sentados casi unos encima de otros. Sin fuerzas para pensar, casi materia inerte, despojos de sí mismos, buscando en su interior, los más conscientes, alguna salida del laberinto en que se encontraban atrapados, o tratando de comprender su situación o, acaso, recordando a saber qué episodios, qué detalles, qué rostros, qué palabras.

El camión entró al fin en una calle estrecha y se detuvo frente al gran edificio de un colegio religioso, habilitado para cárcel durante la guerra. A ambos lados de la puerta principal se alineaban mujeres portadoras de cestas con comida, paquetes de ropa, colchonetas. Las había viejas, jóvenes y casi niñas. Con aspecto distinguido, de clase popular, con talante barriobajero y hasta con aires de golfería. Formaban todas un conjunto abigarrado. Mas, a pesar de su colorido y vivacidad, en la expresión de los ojos y en los ademanes de aquellas mujeres se advertía su desgarramiento interior y la violencia de un gran grito estrangulado.

—¡Pobres mujeres! Ellas son las que siempre pagan los vidrios rotos —dijo una voz entre los presos.

Los centinelas y la guardia del camión impidieron ásperamente, formando una valla con sus cuerpos y sus fusiles, que las mujeres se acercasen a los detenidos, pero no pudieron evitar que los animasen con sus calientes palabras y gritos:

—¡Ánimo, que os queda muy poco!

—¡Pronto estaréis en casa!

—¡Guapos!

Una ola de ternura y efluvios femeninos envolvió un instante a los hombres, que se sentían así consolados, fortalecidos y acompañados. Ellas reían o lloraban, o lloraban y reían a la vez, y ellos componían una actitud grave y digna. Entre ambos grupos, pese a la barrera aislante de los guardias, se estableció una intensa ósmosis emocional que removió el légamo de sus sentimientos más íntimos y profundos.

Un guardián abrió la verja, subieron unos escalones de piedra y penetraron en un amplio zaguán, cuyos accesos defendían otras tantas cancelas de hierro. A un lado, había una oficina, protegida igualmente por rejas. Hombres, unos uniformados y otros no, iban de un lado para otro y, cada vez que entraban o salían del o hacia el interior de la prisión, chirriaban los grandes cerrojos de las cancelas, por las que fluía además, hacia fuera, un espeso y nauseabundo olor a suciedades múltiples.

El responsable de la escolta los hizo formar en dos hileras y, después, entró en la oficina. Olivares y sus compañeros le vieron entregar un papel a un hombre uniformado, tocado con gorra galoneada, quien, tras una rápida ojeada, lo entregó, a su vez, a un individuo sentado ante una máquina de escribir. Por último, el hombre de la gorra de plato se asomó por la ventanilla y desde allí contempló, sin disimular su contrariedad y su mal humor, a los recién llegados.

—¿Y dónde los meto? —exclamó en voz alta—. Si ya no queda sitio ni para un alfiler… ¿Qué se creen, que esta mierda de cárcel tiene paredes de goma o que se puede estirar como un acordeón? ¿Están locos o qué?

Los presos le oían sin atreverse a realizar el más mínimo movimiento que pudiese ser interpretado de alguna manera en favor o en contra de las palabras pronunciadas por aquel hombre, y, menos aún, que revelase la satisfacción que les producía comprobar que, efectivamente, eran tantos los presos que ya no había cárceles suficientes en Madrid para albergarlos. Miles, miles, miles de presos. Millones. Mejor. Así no tendrían más remedio que abrir la mano y enviar a muchos a sus casas.

Se oyó susurrar en las filas de presos:

—Y si no cabemos, ¿qué?

—Por mí… Que no se preocupen. Me largo a casa y en paz.

—No caerá esa breva, muchacho.

—¡Silencio! —gritó uno de los guardianes.

El hombre de la gorra de plato se volvió al centro de la oficina y se dejó caer sobre un sillón giratorio, frente a una amplia mesa entre cuyos montones de papeles se destacaba una botella y dos vasos. Llenó éstos de vino oscuro e invitó al jefe de la escolta, que rehusó y, tras saludarle brazo en alto, se reunió con sus subordinados en el vestíbulo y, seguido de ellos, abandonó el edificio de la prisión. Momentos después, el camión militar se puso de nuevo en marcha.

Entre tanto, el oficial de prisiones, irritado, apuró de un solo trago uno de los vasos, dijo unas palabras al mecanógrafo, encendió un cigarrillo y se sumió en una larga meditación. Así transcurrieron varios minutos, hasta que el mecanógrafo se levantó y le mostró un papel.

—Juraría que es Toledano —murmuró Molina.

—¿Quién? —le preguntó Olivares.

—Digo que me parece que es Toledano, un chófer del partido.

—Pero ¿quién?

—El mecanógrafo, hombre.

Así, cuando el mecanógrafo apareció ante la formación con un papel en la mano, Molina dio con el codo a su amigo y exclamó entre dientes:

—¡El mismo!

Efectivamente, el aludido guiñó disimuladamente a Molina y luego gritó:

—¡Oído! ¡Formen de a dos y síganme!

Olivares y Molina quedaron en cabeza de la columna, pero antes de arrancar se les acercó Toledano.

—Soy el escribiente del Centro y os he destinado a la sala mejor, a la de intelectuales. Con el jefe de hoy, el Pelines, tengo mucha mano. Si algo necesitáis… —y se interrumpió él mismo para gritar:

—¡De frente! ¡March!

La columna se puso en marcha, pasó por una de las cancelas y anduvo por un pasillo hasta que, a una orden de Toledano, se detuvo ante una puerta vidriera, sin vidrios, de una gran sala con ventanales que fueron encristalados. La estancia aparecía repleta de hombres en pijama o en mangas de camisa, de pie o sentados en el suelo, que charlaban en corros o callaban, ensimismados, escribían sobre las rodillas o jugaban sobre improvisados dameros de papel…

—¡A ver, el jefe de sala! —llamó Toledano.

Se levantó un hombre alto, corpulento, de abundante pelo canoso, con gafas, que vestía un elegante pijama de seda y salió al encuentro de Toledano. Éste le dijo:

—Cuatro ingresos más, doctor.

El jefe de sala encogió la nariz para subirse las gafas y protestó suavemente:

—¿Cuatro más? Pero si ya no tocamos más que a cuarenta centímetros por cuerpo para dormir…

Pero Toledano se encogió de hombros y se despidió diciendo:

—Más tarde los llamarán para hacerles la media filiación.

Desapareció la columna, pasillo adelante, y Olivares y sus amigos se encontraron frente al silencio de más de cien hombres que los miraban impasiblemente.

—¿Quieren decirme sus profesiones? —preguntó el doctor.

—Periodista —dijo Molina.

—Periodista —repitió José Manuel.

—Profesor —contestó Olivares.

—Chamarilero más bien —bromeó Agustín.

—¿Cómo, cómo dice? ¿Chamarilero? —y el doctor se apuntaló las gafas con un dedo—. Pero ésta es la sala de intelectuales.

—Muy bien, pero yo digo —replicó Agustín—: ¿Es que no puede ser intelectual un chamarilero?

El doctor puso la boca redonda y se encogió de hombros.

—Bueno —dijo después—, hoy todo es posible —y añadió—: Pasen, pasen y acomódense como puedan.

Pero nadie se movió para hacerles un hueco, y Olivares y sus amigos tuvieron que sentarse allí mismo, junto a la puerta.

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