Los que perdimos
IX. … y con el alma partida / por no estar vivos ni muertos
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Todos, incluso Gonzalo, habían levantado la cabeza y contemplaban sobrecogidos, el paso de los temidos aviones. Temidos, admirados y envidiados. Con centelleantes estrías grises en las alas y el aspa negra en la cola.
—¿Os acordáis de aquella tarde de las treinta y tres pavas volando sobre Madrid?
—Ya lo creo. ¡Menudo zafarrancho se armó! Luego estuvo ardiendo toda la noche el centro de la ciudad.
—Fue cuando prendieron fuego al café Colonial, al hotel Savoy, a la farmacia de El Globo, al Círculo del partido radical en la calle Preciados…
Aquellos aviones, pesadilla de los republicanos durante la contienda, tanto en el frente como en la retaguardia, traían a la memoria de los reclusos estremecedores recuerdos. Era como si, de pronto, un fuerte viento removiera el polvo de sus terrores pasados.
—A mí me cogió en la calle. Había bajado del frente por suministro.
—Pues yo estaba en el hospital del Hotel Palace. Me acuerdo de que temblaron las lámparas. Hubo heridos que saltaron de las camas y echaron a correr como locos buscando la salida. Y es que parecía que se iba a hundir el edificio encima de nosotros.
—Si malo era lo de los aviones, ¿dónde me dejas los «pacos» que aprovecharon la confusión para disparar a mansalva?
—Yo vi como un casco de metralla arrancaba de cuajo una pierna a una mujer. Era de un pueblo de Extremadura, una evacuada. Había venido huyendo de la guerra, y ya ves…
—Pues ¿y los niños que palmaron aquella tarde? Las bombas no tienen ojos… ¡Maldita sea la madre que las parió!
—Ahora no llevan bombas y se ríen de nosotros…
—Muchas veces pienso que nos hubiera valido más morir en el frente. Al menos se hubiera uno ahorrado esto.
—Puede que tengas razón. Además está ya visto que van a ser muy pocos los que salgan de ésta y puedan contarlo. Gonzalo callaba. Olivares murmuró:
—Sí, aquella tarde conocí yo a Matilde. Lo que son las cosas…
Tras los trimotores, apareció el enjambre de los cazas distribuidos en grupos de tres. Por delante avanzaba una palabra que crecía y crecía hasta cubrir el cielo: FRANCO. Era el nombre del supremo vencedor, escrito en el aire por la geométrica disciplina de los aparatos y acompañado por el redoble triunfal de sus motores. Los reclusos la vieron flamear sobre ellos y la siguieron con la vista hasta que se perdió tras el filo de los tejados, pero aún continuó retumbando en el embudo del patio de la prisión su estela de truenos como una amenaza inextinguible. Y empezó a llover.
—Ha llegado el momento —dice el compañero Casi a los miembros del comité de enlace— de hacer frente a la realidad. Los compañeros se habrán dado cuenta de que no hay que contar con amnistías ni indultos y de que cada cual tendrá que defenderse como gato panza arriba. Y de que, para hacernos respetar algo aquí, en la cárcel, el único medio que tenemos es el de la unión y la solidaridad. Trabajar de común acuerdo, conseguir el control de la cárcel y acabar con los chivatos. El mejor camino para ello es acaparar los destinos, que compañeros de confianza entren a trabajar en las oficinas, sobre todo en la de «régimen». Con tanto papeleo como hay, los oficiales se arman un lío y no saben por dónde andan, y son los presos que tienen como auxiliares los que manejan los papeles. Ya han hecho desaparecer algún expediente y se han roto escritos de jueces militares que reclamaban a algunos presos para nuevas diligencias. Se cambian los nombres y la filiación… El objetivo ahora para nosotros en ese terreno es producir la mayor confusión y el mayor desbarajuste posibles… El director no puede leer todos los oficios que se le ponen a la firma… Esto es un follón y tenemos que aprovecharnos… —Hace una pausa para obtener el asentimiento tácito de sus amigos y prosigue—: No hace muchos días se presentó una pareja de la guardia civil con la orden de traslado a la prisión de Guadalajara de uno de nuestros compañeretes, reclamado por un juez de allí. Él estuvo en la toma de Guadalajara y le acusan de no sé cuántas muertes, creo que doscientas. Como veréis, la cosa no podía ser más grave. Si se lo llevaban, no le darían tiempo a defenderse, lo liarían y ya no tendría remedio. Por eso, tan pronto como los de «régimen» tuvieron conocimiento del caso, escondieron la orden del juez para que el oficial no la viese, advirtieron al interesado, que es Alejo Díaz, y vinieron a preguntarme qué podían hacer en favor del compañero. A mí se me ocurrió que, de momento, lo único que interesaba era retener aquí a Alejo Díaz, y fui a ver a Caballero. Es él quien lleva la dirección de la enfermería porque el médico oficial no aparece por la prisión más que para firmar los partes y recoger su chusco. Entonces Caballero lo primero que hizo fue ingresar a Díaz en la enfermería y dar parte de que se encontraba inmovilizado por un ataque agudo de ciática. Por suerte, el médico oficial se encontraba en la prisión en aquellos momentos y firmó el parte sin leerlo. Todo ello se hizo en menos de diez minutos. Lo demás ya fue muy fácil, y la guardia civil se marchó llevándose tan sólo un oficio del director negándose a autorizar el traslado del recluso Alejo Díaz, porque, según el parte facultativo, no podía moverse de la cama. Alejo Díaz continúa sin salir de la enfermería, ni siquiera para comunicar, dando berridos cada vez que tiene que dejar la cama para hacer sus necesidades. Echándole más teatro a la cosa que Borrás. Mientras tanto, su familia, que conoce la verdad, está haciendo gestiones en Guadalajara para aclarar los hechos. Por lo visto, los que le acusan son otros compañeros…
—¡Chivatos! Son los chivatos los que nos pierden —le interrumpió, indignado, el representante del partido socialista.
Se encuentran reunidos, como de costumbre, en el rincón de la última sala, bajo la protección de sus propios centinelas. El resto de los reclusos, mientras tanto, dormita, caza piojos o mata el tiempo jugando a las damas o escribiendo interminables cartas a sus familiares. Es la hora de la siesta.
—Bueno —sigue diciendo Casi—, a veces, como en este caso, no se trata de chivatos. Los que acusan a Alejo Díaz pensaban que había logrado huir al extranjero. A mí me parece legítimo todo medio de defensa, siempre que no perjudique a un tercero, en las circunstancias en que nosotros nos encontramos.
—Naturalmente —concede Olivares.
—Por eso, de haber resultado cierta su suposición, la maniobra no podía ser más perfecta. Lo malo es que se equivocaron; pero parece ser que, en vista de ello, están dispuestos a rectificar.
—El juez instructor no les admitirá una nueva declaración, ya lo veréis —dice Cejador el socialista.
Seguro que no. Los instructores tienen tanto trabajo, que todos somos culpables para ellos mientras no demostremos lo contrario, ¿comprendes, Casi? —dice Viñas, el republicano de Azaña, y añade—: Y como eso es tan difícil, qué difícil, imposible, en la mayoría de los casos, prefieren dar por buena la acusación. Así todo es más rápido. ¿Cómo puedes demostrar, por ejemplo, que no entraste en el cuartel de la Montaña? ¿Dónde estabas en aquellos momentos? Puede que no te acuerdes con absoluta certeza, pero es que si te acuerdas de que el hecho sucedió mientras estabas en tu casa, ¿cómo lo atestiguas? Y aunque pudieras probarlo con el testimonio de un vecino, ¿es que ese vecino estará dispuesto a prestar declaración? Puede que se encuentre también en la cárcel, o fugitivo u oculto, en cuyo caso nada se puede esperar. Pero aunque se encuentre en libertad, ¿es que en estas circunstancias hay nadie capaz de declarar a favor de un rojo?
Nadie contesta a sus preguntas, antes al contrario, todos hacen mudos gestos de asentimiento, salvo Olivares, que comenta:
—Quieres decir que no hay forma de evitar que nos coja el toro, ¿no?
—Más o menos —responde Viñas—. Mientras no se afloje un poco el nudo del miedo en unos y no se aplaque algo el odio en los otros, nuestra vida dependerá de un hilo. Esto es como una lotería con un solo número para ganar y todos los demás para perder. Si tienes la suerte de acertar el primero, te salvas, pero si no…
—Lo sé, sé todo eso —replica suavemente Casi—, pero no nos vamos a estar quietecitos. De cualquier modo, hemos hecho por Alejo Díaz lo que debíamos hacer, ¿no?
—De acuerdo, hombre, de acuerdo —opina Olivares, que añade—: Precisamente por el enorme peligro que corremos y por lo indefensos que estamos se impone la solidaridad entre nosotros como cuestión de vida o muerte. Contemos con que lo tenemos todo perdido, incluso la vida, y hagamos comprenderlo así a nuestros compañeros para que no se dejen engañar por falsas ilusiones, y de esa manera es posible que podamos organizar una resistencia efectiva empleando en la defensa todos los medios a nuestro alcance. No van a morir todos y, si actuamos de común acuerdo, morirán menos de los previstos. Si llegamos a controlar la prisión, evitaremos muchos males y podremos ayudar a los que más lo necesiten. Lo ocurrido con Alejo Díaz demuestra hasta dónde podemos llegar, compañeros.
—Ahí quería ir yo —y toma de nuevo la palabra Casi—, ahí es dónde quería ir yo. Para ello, es preciso tener compañeros de confianza en todos los departamentos de la prisión.
—Por supuesto —le apoya el socialista—. Es cosa que no admite discusión. Del mal, el menos ¿no? Es la única posibilidad que nos queda y hemos de aprovecharla. Estoy también completamente de acuerdo con Olivares en que hay que poner en estado de alerta a toda la prisión. Que nadie se confíe. Que todo el mundo sepa que nos estamos jugando la vida como en la guerra. Así como hasta ahora nuestra moral estaba por los suelos, porque la mayoría de los nuestros se habían dejado engatusar por las falsas promesas de indultos y amnistías, de hoy en adelante tenemos que procurar elevarla desengañándolos, diciéndoles la verdad sin tapujos, hasta poniéndoles todo más negro de lo que es. Tenemos que conseguir que la gente reaccione, que se encorajine. Así se darán cuenta los otros de que no somos un hato de borregos, y nos respetarán.
—Claro que sí —opina Méndez, el de la UGT.
Los del comité se miran unos a otros. No hay nadie que disienta. Tras una pausa, pregunta el republicano de Azaña:
—¿Hay algo más?
—Sí —contesta el socialista—. Tenemos el problema de la correspondencia. Con una tarjeta cada semana, que es lo que nos permite la dirección de la cárcel, no hay posibilidad de informar debidamente a nuestras familias ni de orientarlas en lo referente a nuestros expedientes. En las comunicaciones orales, menos todavía. ¿Cómo decir en veinte líneas de una tarjeta postal lo que han de hacer nuestros familiares en la calle para conseguir avales, pruebas, informes y declaraciones que nos favorezcan? En la calle apenas tienen idea de lo que pasa aquí y en los juzgados. Se creen lo que les dicen: que no hay que preocuparse por nosotros, que se estudiará cada caso imparcialmente, que se nos aplicará la ley lo más benignamente posible, etcétera. También se les dice que no tengan miedo, que éstos no son como los tribunales populares de los rojos, en los que no había garantía alguna para el acusado. Sigue lo de que nada tienen que temer los que no tengan manchadas las manos de sangre o robo. Claro, con estas monsergas los confían, como si lo que nos espera fuera poco más que una regañina. Algunos hasta se creen los horrores de que la Prensa nos acusa a todos sin distinción, y somos para ellos asesinos y ladrones, verdaderos monstruos que no merecemos más que el garrote vil. ¿Cómo convencer a familiares y amigos de lo contrario? No hay más que un camino: explicar lo que ocurre. A través de las tarjetas postales que tienen que pasar por la censura de la cárcel, o de las comunicaciones orales, donde no se entiende nadie, es imposible. En vista de ello, hemos realizado una gestión que ya ha empezado a dar buenos frutos. Vosotros conocéis a ese cura, don Odón, que viene mucho por aquí para hablar con los presos y convencer a los compañeros que se casaron en la guerra de que tienen que volver a casarse por la iglesia y bautizar a sus hijos. Es un tipo que nadie sabe qué cargo tiene ni de dónde ha salido. A nosotros nos tiene eso sin cuidado, como comprenderéis. Lo que sí nos importa es que pasa más hambre que el perro de un ciego. En vista de ello, aconsejamos a dos compañeros que se ganaran su confianza. Estos compañeros están casados antes de la guerra, pero tenían sus hijos sin bautizar. Pues en cuanto consintieron que don Odón les preparase el bautizo y se saliera con la suya, se lo metieron en el bolsillo. Una vez logrado eso, ya les fue fácil persuadirle de que los presos deberían poder comunicar libremente con sus familiares por medio de cartas sin límite de extensión, siempre que se tratara de asuntos relacionados con su proceso. Entonces le sugirieron que organizase él mismo el servicio. Y ya lo ha hecho. Él se compromete a hacer llegar a su destino todas las cartas que le entreguemos, al precio de una peseta por cada una de ellas. Las que sean para Madrid, las distribuirá a domicilio, y las que no, las pondrá en los buzones normales de correos. Naturalmente, hay que entregárselas abiertas, con el fin de que él pueda comprobar que no se le mete contrabando, es decir, que sólo se trata en las cartas de asuntos familiares o relacionados con la situación procesal o penal del preso. ¿Está claro? Él hace su negociejo y nosotros resolvemos nuestra difícil papeleta.
—Pero ¿no será una trampa? —le sale al paso Viñas, el republicano de Azaña—. ¿No entregará luego las cartas al director?
—Ni hablar de eso —le replica Méndez, el ugetista—. ¿Qué conseguiría con ello? Además, lo descubriríamos en seguida, ¿no comprendéis? Por otra parte, ya lo hemos experimentado.
—¿Y funciona como él quiere hacernos creer?
—Como un reloj. Se le entrega la carta por la mañana y antes de que llegue la noche está ya en manos del destinatario. Ahora va a tomar a su servicio dos muchachos con sus correspondientes bicicletas. Sólo para eso, porque calculamos que tendrán que repartir diariamente unas cien cartas. Claro, es muy importante que nadie más que nosotros conozca el conducto para evitar una indiscreción y que todo se venga abajo. Cada uno de vosotros se encargará de recoger las cartas y las pesetas de los respectivos compañeros y luego me las entregarán a mí después del primer recuento; yo seré así el único que trate con don Odón. El tío se las mete en los bolsillos de la sotana, unos bolsillos especiales que le llegan casi hasta los pies, y anda, vete a descubrírselas…
Sonríe el socialista y sonríen los demás. El republicano de Martínez Barrio dice:
—En las mismas barbas de los guardianes… La cosa tiene gracia, hombre.
Olivares bromea:
—Habría que preguntarle cuánto nos cobraría por cada preso que consiguiera sacar bajo la sotana.
—Ésa sí que sería una buena solución, ¿no? —apunta el de Martínez Barrio.
—Todo se andará, todo se andará dice el socialista siguiendo la broma.
—Bien, está bien —habla el de la UGT—. Contando con que la cosa salga como queremos, me parece una idea genial. El peligro está en los chivatos. Ahora los tenemos, y muy peligrosos, en la oficina de «régimen» y en el departamento de paquetes. Son los falangistas y los chorizos.
Casi, silencioso durante largo rato, interviene:
—Tenemos un plan en marcha para cargarnos a esos tipos. No creo que falle; pero si fallase, intentaríamos otro porque, en efecto, su presencia en esos departamentos puede ser catastrófica para nosotros. Es cosa de pocos días; pero cuanto menos se hable del asunto, mejor. ¿De acuerdo?
Casi espera el asentimiento de sus amigos, que es unánime, y luego dice:
—Y ahora vamos con las noticias de Francia, pero antes quiero advertiros que no deben salir de entre nosotros por ahora, porque sería contraproducente, como veréis —mira lentamente a cada uno de sus compañeros y luego prosigue—: Ha vuelto el emisario que nuestra organización envió a París, y he recibido su informe, informe que he quemado después de leerlo. Nuestro objetivo, como recordaréis, era recaudar dinero de las organizaciones antifascistas españolas en Francia. Con dinero se pueden comprar avales, declaraciones e, incluso, destruir expedientes, hacer que duerman en los cajones de los juzgados o arrancar de ellos documentos peligrosos. Es un errar tratar de maniobrar por las alturas. Es mucho mejor trabajar en la base. Lo que no se puede pretender de un auditor, se logra sobornando o engañando a un mecanógrafo. Pasa en todas partes lo que aquí: que los que andan con los papeles son esos tipos en que nadie se fija. Luego, los de arriba firman en barbecho, y santas pascuas. Cuando quieren darse cuenta, si se enteran, la cosa ya no tiene remedio ni nadie es capaz de encontrar el hilo para llegar al ovillo…
Los del comité siguen atentamente las palabras de Casi. Éste marca una pausa que acrecienta aún más el interés de aquéllos y, antes de reanudar el informe, se cerciora con la mirada de que nadie más que ellos pueden oírle. Por si acaso, baja aún más la voz:
—Con dinero es posible casi todo —insiste—. Desgraciadamente, no podremos contar con él en esta ocasión. Los refugiados en Francia se han llevado consigo nuestros mayores defectos. No se entienden entre sí. Cada grupo tira por su lado. Y no es eso lo peor, sino que se hacen la guerra los unos a los otros. Se insultan y se echan en cara públicamente la culpa de lo sucedido en España. Cada cual ha ido a su avío y, mientras unos se encuentran bien instalados en París, en Toulouse y en otros puntos, la mayoría sigue sufriendo indecibles calamidades en los campos de concentración. Y en cuanto al dinero —hace un gesto de asco—, los que lo tienen se han olvidado de que es de todos. Se han formado dos grandes grupos: el SERE y el JARE, dominados respectivamente, por Negrín y Prieto, que sólo ayudan a sus amigos. Y los comunistas, por su parte, siguen haciendo proselitismo, el mismo que aquí durante la guerra, y tan sólo se preocupan por sus camaradas más incondicionales. Los altos cargos de la República gozan de sueldos y pensiones y, en cambio, miles y miles de excombatientes se mueren de hambre y de frío en las playas acotadas por alambradas y custodiadas por senegaleses. Si nada menos que Antonio Machado murió como murió y ahora sabemos muy bien cómo murió: abandonado por todos, sin un céntimo, recogido por caridad junto con su madre, ¿qué podemos esperar nosotros? Claro que aquello ocurría en los primeros días, cuando mayor era la confusión, cuando la riada se lo llevaba todo por delante… Pero es que no han cambiado de conducta.
Todo sigue allí igual o peor. A veces, se dejan ver por los campos de concentración unos tipos bien alimentados y bien vestidos, que llegan en flamantes automóviles, y en nombre de Negrín, o de Prieto, o del partido comunista, o de algún grupo de nuestra organización, reparten miserables socorros, pero solamente a sus amigos o correligionarios más afines. A los demás, que los parta un rayo. Y lo de Rusia… Rusia no ha admitido más que a algunos, muy pocos, militantes comunistas. Y para América no embarca todo el que quiere, sino los hombres importantes o los que tienen influencia en las organizaciones… ¿A qué seguir removiendo mierda? Si supieran todo esto nuestros compañeros de la cárcel, ¿qué pasaría? La desmoralización podría llegar a extremos peligrosísimos para todos nosotros. Algunos no querrían saber nada de nada, porque ni están aquí todos los antifascistas ni son antifascistas verdaderos todos los que están enchiquerados. Así como la prisión está convirtiendo en rabiosos antifascistas a muchos que no lo eran y que lucharon a nuestro lado por pura casualidad, las noticias de Francia los convertirían en nuestros peores enemigos. Así que hay que procurar que sigan creyendo que nos llegará ayuda de fuera, que los refugiados en Francia están llevando a cabo una intensa campaña internacional en favor de los presos y perseguidos en España, que, en fin, nos estamos convirtiendo en héroes y mártires de la libertad. Que sigan creyendo todo eso, porque es la única manera de que conserven el orgullo y la rabia y la dignidad…
Sigue un oprimente silencio. El informe de Casi ha pasado sobre los hombres del comité como un soplo letal. Están anonadados, perdidos. Se miran entre sí, interrogantes, enfrentados al absurdo, incapaces aún de comprender lo que acaban de oír y temiesen haber oído mal. Casi espera en vano una reacción y es Olivares el primero que recobra la lucidez.
—Quieres decir —puntualiza— que las organizaciones de los refugiados se han negado a darnos ese dinero que nos es tan preciso ¿no?
La sonrisa de Casi no puede ser más triste ni más despectiva.
—Eso es. Da vergüenza decirlo, pero la verdad es que se rieron de nuestra pretensión. ¿Cómo —piensan por lo visto— entregar dinero para una causa tan perdida como la nuestra? De ningún modo. Ni poco, ni mucho, ni nada. Sería tanto como tirarlo por la ventana. Estamos prácticamente muertos y nada se puede esperar de nosotros.
—¡Cabrones! ¡Traidores! —exclama el de la UGT.
Casi, imperturbable, continúa:
—La esperanza de la República son ellos, sólo ellos, que han conservado la libertad y son los únicos capaces de devolvérsela a España. Pero nosotros… ¿Qué podemos hacer nosotros por la causa? Morir y hacer mártires de ella. —Mueve la cabeza pesarosamente y dice—: Pues aún hay respuestas peores.
—¿Peores? ¿Respuestas peores? —pregunta Olivares.
—Sí, aún hay más porque algún día se sabrá lo de los barcos… —y como advirtiera cierta perplejidad en sus oyentes, añade—: Sí, lo de los barcos. El gobierno de la República había constituido una compañía de navegación con barcos de diferentes pabellones extranjeros, de los que se servía para aprovisionarse de municiones y víveres donde los encontrase, y al precio que exigieran los traficantes de armamentos y los especuladores. Pues bien, después de la «semana del duro» se contaba con esos barcos para la evacuación de cuantas personas quisieran abandonar España para no caer en manos de los fascistas. Por eso corrió tanta gente hacia Levante a última hora, cuando se rompieron las negociaciones con Burgos. Había que huir y allí esperaban los barcos… Sí, sí. Sólo algunos de los que se encontraban atracados en puerto admitieron fugitivos a bordo. Los demás se fueron de vacío. Otros, en ruta hacia España, recibieron orden en alta mar de volverse inmediatamente al punto de partida… Pero, hombre, si hasta hubo barco que dio media vuelta a la vista de quienes, enloquecidos por el miedo a caer prisioneros, los aguardaban como la única posibilidad de salvación. Así quedaron burlados tantos compañeros y compañeras concentrados en los puertos de Gandía y Alicante, y que tuvieron que entregarse después como morralla a los vencedores. ¿Por qué no se organizó la evacuación? ¿Quién cambió el rumbo de los barcos en alta mar o les ordenó volverse dejando en tierra a tantos antifascistas desesperados?
—Pero ¿por qué? —pregunta Olivares.
Casi se encoge de hombros y mueve la cabeza, dando a entender con sus gestos que se trata, en efecto, de algo incomprensible, fuera de toda lógica, o de algo tan siniestro y turbio que aterra y avergüenza sospechar tan sólo que pueda ser cierto.
—Tal vez —dice tras una pausa— porque quien dio esas órdenes a los capitanes nos considerase a todos nosotros enemigos del gobierno de Negrín y merecedores, por lo tanto, de que nos machacasen los vencedores. El organismo que controlaba la compañía de navegación estaba en manos de gente de mucha confianza del gobierno. De manera que esas órdenes no pudo darlas ningún franquista.
—¿Quién las dio? ¿Se sabe quién las dio? —quiere saber el republicano de Azaña.
—¡Dinos su nombre o sus nombres! —pide el correligionario de Unión Republicana.
—No se sabe con certeza, pero algún día se sabrá. Los que salgan con vida de ésta podrán conocer la verdad. Entre tanto, todo son suposiciones, nada más que suposiciones —contesta Casi.
—Pero ¿por qué hicieron eso? —insiste Olivares.
—Eso es, ¿con qué objeto? —pregunta el delegado de la UGT.
—Hombre —y Casi parece titubear—, pueden ser varios los motivos: crear mártires que sirvan de propaganda en lo futuro. En política todo es válido, compañeros… También es un modo muy sencillo de librarse de una fuerte oposición el día de mañana. Si los que nos tienen prisioneros nos eliminan, ¿quién podrá pedir cuentas, cuando llegue el momento, a los que se fueron y nos dejaron en la estacada? Ya estáis viendo cómo piensan de nosotros y en cuánto nos valoran, ya que no quieren soltar ni una peseta para aliviar nuestra situación…
—¡Cabronazos! —estalla Méndez, dando un puñetazo sobre el petate.
—Lo que hay que procurar ahora —dice Casi— es que no lleguen a conocimiento de nuestros compañeros estas porquerías. Más vale que no sospechen nada. Con saberlas no se salvarán. Y si las ignoran podrán morir con más entereza.
—¿Y nosotros? —pregunta el de Azaña.
Casi sonríe.
—Nosotros somos militantes, y los militantes saben muy bien que hay mucho barro en todo, pero que, a pesar de ello, vale la pena luchar, ¿no es así, compañeros?
—Así es —se adelanta a decir el socialista.
Los demás callan y, tras una pausa, vuelve a resumir Olivares:
—Lo importante ahora, creo yo, es saber que nos encontramos solos frente al toro, ¿no es eso?
—Tal es nuestra situación —confirma Casi—. Estamos completamente solos.
El republicano de Azaña recobra la voz:
—Pero ¿y los franceses? ¿Cuál es la actitud de los franceses? ¿Qué piensa de nosotros la CGT, los socialistas, los comunistas y los demócratas franceses? Ellos no han pasado por nuestra prueba…
—¿Los franceses? —le interrumpe Casi—. Olvídalos. Son los que han encerrado a nuestros compañeros en campos de concentración y harían cualquier cosa para librarse de ellos, incluso entregarlos a Franco. ¿No ves que están asustados, que tienen miedo a Hitler y que lo único que desean es conservar la paz al precio que sea? Según lo que ha oído y observado nuestro compañero allí, los franceses están enfermos de miedo. Tanto miedo tienen, que son capaces de hacerse todos fascistas por no disgustar a Hitler. Por eso no creo que vaya a estallar pronto la guerra. Los franceses consentirán en lo de Danzig y en todo lo que venga después con tal de no ir a la guerra. Hasta le darían a Hitler la Alsacia y la Lorena si Hitler se las pidiese.
—Pues los comunistas opinan lo contrario —arguye el de Azaña.
Casi se encoge de hombros.
—Bah, lo que opinen o digan nuestros comunistas importa bien poco. Ellos tienen que pensar así. También pensaban que la URSS se volcaría incondicionalmente a nuestro favor y que correría toda clase de riesgos por nosotros. ¿Y qué pasó? Pues que nos dejó en la cuneta. Sin embargo, nuestros comunistas justifican a Stalin y siguen creyendo en él. Si no estalla esa guerra que ahora anuncian como inevitable, le echarán la culpa a los socialistas y a los demócratas de Francia e Inglaterra y sostendrán que Stalin no se equivoca nunca.
Los demás presos de la sala empiezan a removerse, a desperezarse. Gonzalo, uno de los vigías, se acerca al comité.
—¿Qué hay? —le pregunta Casi—. ¿Viene algún guardián? Gonzalo mueve la cabeza negativamente y aclara:
—Los guardianes están muy ocupados ahora con los choris que metieron en el departamento de paquetes. Han encontrado en el petate de uno de ellos la libra de chocolate que esta mañana echó de menos un recluso. Von Papen les ha dado para empezar una buena mano de hostias, y ahora los está interrogando en la jefatura de servicio.
Casi mira a sus compañeros de comité, sonríe maliciosamente y comenta:
—No iban a ser malas hoy todas las noticias, ¿eh?
Ha terminado el despioje. Se recogen los juegos y los avíos de escribir. Se alisan y arreglan los petates. Está a punto de sonar el toque de corneta para salir al patio.