Los que perdimos

Los que perdimos


XII. … el cansancio de mil días / y de mil noches sin sueño…

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—¿Qué ves? —preguntó rápidamente el hombre con apariencia de campesino.

—Veo… Veo sangre… Mucha sangre… Un río de sangre… —Su voz subía de tono, palabra a palabra, y se hacía, progresivamente, más dolorida y dramática.

Prosiguió entre pausas—: El río de sangre pasa por campos y bosques, y también por ciudades… Hay hombres desnudos que se bañan en él y salen chorreando sangre… —También sus estremecimientos eran cada vez más fuertes—. Otros hombres ríen… Ríen… Veo sus dientes… Ríen y corren tras las mujeres… Las mujeres huyen, espantadas… Pero los hombres las alcanzan… Las cogen… Ellas gritan… —Gritaba ya también el médium. Se retorcía las manos. Ballesteaba sobre la colchoneta y gemía. Pero hizo una pausa, respiró hondamente y empezó de nuevo, bajando el tono de su voz—: Hay otros hombres que beben y ríen… Y mujeres que beben y ríen con ellos… Suena la música… Es una música suave… Es de noche… Veo niños que duermen… Y calles solitarias y oscuras… Y oigo sirenas… Sirenas que aúllan… ¡Los niños se despiertan! ¡Corren hombres y mujeres por toda la ciudad! ¡Y los niños lloran!… Oigo cañonazos… Cañonazos, cañonazos, cañonazos… —El médium saltaba sobre la colchoneta. Al hincharse su pecho para respirar, quedaban al descubierto sus costillas, tirantes, descarnadas, como las de un esqueleto. Y gritaba—: Oigo explosiones… Es un río de fuego… Parece de día… Un día rojo. Las casas se derrumban… ¡Dios mío, los niños!… Caen entre los escombros… Cabecitas, piernecitas… Y llega el fuego… ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

El hermano Nicolás dio un postrer brinco y cayó exhausto sobre su yacija. Su voz, que había sonado en sus últimas palabras como un estertor, con fallos ininteligibles, se quebró definitivamente y comenzó a sollozar, al principio con ahogos, hipos y convulsiones, y luego, a medida que se iba relajando, con un llanto más apacible y fluido, con un chorro de lágrimas silenciosas.

Sin embargo, la gente permaneció allí hasta que el compañero del médium se levantó y se volvió para decir a los concurrentes:

—Compañeros, Nicolás va a despertarse de un momento a otro. Ha sufrido mucho y es conveniente que despejéis la sala para que pueda descansar.

Fue como la súbita interrupción de un turbio sueño, como si se encendiese bruscamente la luz en medio de una proyección cinematográfica. Los hombres se miraron unos a otros, sorprendidos, atónitos. Y fue un gran respiro después. Los espectadores sintieron de pronto el calor, la asfixia y el cansancio, y la necesidad de moverse, de respirar aire más puro, de volver a ser ellos mismos. Y también una enorme decepción. Otra vez la cárcel, la inseguridad, el temor. Y obedecieron perezosamente al principio y con prisa después. Y corrieron en grupos, a la desbandada. Y nadie se rió.

Agustín dijo:

—Yo había oído a mi padre hablar de estas cosas. Molina comentó:

—Desde luego es un fenómeno impresionante. El médium decía lo que pensábamos todos.

—Sugestión colectiva —diagnosticó Olivares.

—Y la guerra. La guerra que todos deseamos y tenemos —opinó finalmente Casi.

Entonces sonó el toque de silencio.

Días después, no habían hecho más que comenzar la faena del despioje, poco antes del segundo recuento mañanero, cuando una voz gritó en la sala:

—¡Silencio, compañeros!

Los reclusos, con los pantalones caídos a los pies, prosiguieron la cacería por entre las costuras y los pliegues de los calzoncillos, fumando o charlando entre sí, porque no era aquélla la voz de Diéguez ni de ninguno de los guardianes, hasta que volvió a oírse con más rabia:

—¡Queréis callaros, coño!

Ante esa insistencia, los hombres trataron de descubrir al autor de los gritos. Estaba en medio de la estancia. Se había subido los pantalones con una mano mientras que con la otra, colocada junto a la oreja, pretendía, al parecer, escuchar alguna voz lejana. Lo tomaron a chacota y le zahirieron con pullas:

—Míralo, pues no se ha puesto cachondo el tío por la mañana…

—¿Ya te ha dado el telele, tú?

—Anda, mata piojos y déjate de coñas.

—A que le ha dado por lo del espíritu…

Pero el aludido no hizo caso y fue andando en la misma postura hasta muy cerca de los ventanales.

—A ver si te suelta un tiro el chorchi, chalado —le advirtieron.

Él, sin embargo, no se dejó impresionar y, de pronto, se volvió a sus compañeros, muy excitado:

—¿No oís?

—Ni torta.

—Ahí va. A que ve visiones…

—El hambre le ha vuelto loco.

—¡Amarradlo, que se escapa!

Pero sus insistentes gestos invitando a los demás a que se le uniesen hizo que otros se le acercasen, un poco intrigados, y que alguno le preguntara en serio:

—¿Qué pasa, hombre, qué pasa?

Y la sala se quedó en silencio. El que había dado la alerta, repitió:

—Pero ¿no oís?

Los que estaban a su lado daban muestras de escuchar con mucha atención, y él se volvió al cabo de unos segundos para anunciar a gritos, presa ya de una incontenible exaltación:

—¡Que los alemanes han invadido Polonia! Se oye vocearlo a los vendedores de periódicos. ¡Por mi madre, compañeros!

La noticia y la patética forma de anunciarla pusieron en pie hasta a los más escépticos, como a toque de corneta, e impulsaron a todos a correr hacia allí, a saltos, trompicando y dando traspiés porque la emoción les había hecho olvidarse de subirse los pantalones. Pasada la primera confusión y tras algunos siseos reclamando silencio, se quedaron a la escucha, inmóviles y mudos, como traspuestos.

No se oía más que los ruidos acostumbrados: el timbre de algún tranvía, musiquilla de los receptores de radio vecinos, el rumor de los trajines en la cocina de la prisión, voces desperdigadas… Recostados contra las paredes de las garitas, los centinelas devanaban el aburrimiento pensando tal vez en sus novias lejanas, en las fiestas del pueblo o en su vuelta al hogar con la licencia en el bolsillo. El sol lamía los viejos tejados, y, sobre ellos la luz era un fulgor dorado que ascendía hasta un cielo vagamente azul. Nada especial perturbaba la rutina de aquella mañana de septiembre y todo hacía presumir que seguiría un día caluroso y monótono, exactamente igual a los anteriores. Ya estarían las mujeres formando cola en la calle para comunicar. Comenzarían pronto a llegar los paquetes con comida y ropa limpia. Se repartiría luego el correo. Se discutirían las noticias procedentes del exterior hasta la hora del rancho, y el rancho consistiría, como siempre, en pocas lentejas y muchos palitroques… Un día más, en fin, vacío, en blanco, lleno de interrogantes y de temores, que se iría de puntillas, subrepticiamente, como un ladrón, al llegar las primeras sombras de la noche… Un día sin fecha en el calendario.

Pero de repente, aquellos hombres sintieron un hondo escalofrío, y luego una violenta sacudida nerviosa, la descarga de una emoción casi insoportable. Y era porque acababa de oírse claramente el grito del vendedor de periódicos:

—¡Últimas noticias, con la invasión de Polonia por los alemanes!

No pudieron ya contenerse y estalló el júbilo. La ansiedad, el miedo, la desesperanza, la decepción aniquiladora, el deseo de vivir y el dolor inenarrable, sentidos, sufridos y reprimidos durante tantas, tantísimas horas, se fundieron en un solo acorde triunfal, que en realidad era un grito instintivo de liberación.

—¡Ya está liada, ya está liada!

—¡Es la guerra, compañeros! ¡La guerra!

—¡La guerra!

—¡La guerra!

Se abrazaron y algunos formaron parejas y comenzaron a bailar con los pantalones a rastras, olvidados los rencores de partidos, las rencillas y las antipatías personales. Zaldúa abrazó a Olivares y Casi cruzó un abrazo con Planas. Agustín había cogido de un brazo a Cejador y le hacía correr en círculo del modo que los pieles rojas danzan en torno al fuego. Don Alberto y Molina contemplaban el jolgorio de sus compañeros con los ojos humedecidos. Entre tanto, llegaban mensajeros de otras salas, que repetían la buena nueva desde la puerta y desaparecían rápidamente para seguir corriendo la noticia por toda la prisión.

Surgieron las carcajadas, las bromas y los chistes. Algunos se asomaron a los ventanales para saludar a los centinelas agitando los brazos y gritándoles:

—¡Salud! ¡Salud!

Pero los centinelas, alarmados al observar en los departamentos de los reclusos un movimiento y una algazara insólitos, se echaron los fusiles al hombro por toda respuesta, y ante tan elocuente conminación, los optimistas confraternizadores se retiraron más que aprisa de los ventanales, empujándose unos a otros y rodando todos finalmente por el suelo.

—¡Cuidado!

—¡Cuerpo a tierra!

—¡Joder, con los hijos del pueblo!

—Ésos le pegan un tiro al lucero del alba.

—Y, a lo mejor, les vale un permiso.

—Coño, eso ya ha pasado alguna vez.

El susto sirvió para apagar los ardores nerviosos provocados por la invasión de Polonia, y restablecer la calma. Desahogada la presión interior, se imponían ya el análisis y el regusto de la noticia, sacarle todo su jugo y tratar de prever sus inmediatos resultados. Así, pues, se formaron los corros de siempre y, en ellos, las voces más autorizadas comenzaron a explicar la lección extraordinaria de aquel día.

—Sí, ya no hay duda. La guerra es un hecho —comentó Molina.

—Y ya está la suerte de todos otra vez en el bombo —dijo Agustín.

—¿Qué van a hacer ahora, los ingleses? —fue la pregunta de Casi, que él mismo se respondió—: Yo creo que ahora no pueden echarse atrás.

—Desde luego que no —añadió Olivares—, porque los ingleses sabían que, tarde o temprano, esto tenía que llegar. Pues ya ha llegado.

—¿Y Rusia? —preguntó Cejador.

—Por de pronto los ha enzarzado —respondió Casi—. Esperará a ver qué pasa y luego… Pero no olvidemos a los Estados Unidos y al Japón… La cosa se va a complicar más de la cuenta, me parece a mí.

Molina, moviendo la cabeza con pesar, se lamentó:

—Y pensar que van a morir millones de hombres, mujeres y niños… Es espantoso.

—Sí, y nos alegrarnos de que estalle la guerra, ya ves… ¡Eso sí que es espantoso!

—Pero no van a morir por nosotros, Federico, ni por culpa nuestra —le replicó Agustín—. Lo que pasa es que, de rechazo, nosotros, que estábamos perdidos podemos ganar.

—Y ganaremos, porque la victoria será de las democracias que, digan lo que quieran los fascistas y los comunistas, son todavía los países más ricos y más fuertes —y Cejador golpeaba el aire con el puño.

—Pues eso es lo más importante, cueste lo que cueste. Para nosotros es la única salvación posible, ¿no es eso? Pues entonces… Que den ellos el pecho ahora como lo dimos nosotros, qué leche —dijo Agustín.

A don Alberto, callado hasta entonces, se le ocurrió decir:

—Que se han olvidado ustedes de Mussolini…

—¿Mussolini? —y Agustín se echó a reír—. ¡Valiente mamarracho! Si Mussolini no vale más que para organizar desfiles… Ya se vio en Guadalajara.

Pero Molina planteó un problema que enfrió un poco el entusiasmo de sus compañeros.

—Bien. ¿Y España, qué va a hacer España? Tendrá que entrar también en el fregado, ¿no? Pues en ese caso nosotros correremos un gran peligro, no lo olvidéis.

En el corro de los comunistas decía Serafín:

—¿Veis cómo el partido tenía razón? Hitler ya se ha lanzado. Ahora les toca lanzarse a las democracias. Quiere ello decir que el capitalismo ha empezado a devorarse a sí mismo, como habían pronosticado Marx y Lenin. Estamos, pues, en vísperas del triunfo de la URSS, del triunfo de la revolución, de nuestro triunfo. Tenemos que estar preparados para cuando llegue la hora. Hay que redoblar nuestro trabajo político, movilizar las células… Y tenemos, sobre todo, que atraernos a los socialistas y a los republicanos, y vigilar a los anarcosindicalistas… Los anarcosindicalistas son nuestros peores enemigos en el campo revolucionario, pero no conviene ahora combatirlos de frente. Es mejor vigilarlos, comprometerlos y, si es preciso, aliarse con ellos para tenerlos cerca. Algún día ajustaremos las cuentas, ya lo veréis, y entonces les pasará lo que le pasó a Makno y a su pandilla en Ucrania. Eran unos contrarrevolucionarios…

La aparición de Toledano hizo que la pregunta de Molina quedase en el aire, sin respuesta, porque la atención le todos fue atraída por el ordenanza.

—¿Qué? —le preguntó inmediatamente Cejador—. ¿Algo nuevo?

—¿Traes más noticias?

—¿Qué se dice fuera?

—Sois la caraba, ¿eh? No le dejáis a uno ni respirar —y Toledano les hizo señas con la mano para que se calmasen.

Luego dijo: He leído la noticia en el periódico. Dice poco porque es un telegrama de última hora. Dice que los alemanes han atravesado la frontera de Polonia esta madrugada y que avanzan hacia el interior. Nada más. Pero trae otra cosa buena y son las declaraciones de Chamberlain, quien ha dicho que si los alemanes atacan a su aliada Polonia, Inglaterra y Francia cumplirán sus compromisos e irán a la guerra por ella.

—¡Huevos, está claro! —le interrumpió Agustín.

—Desde luego —siguió diciendo Toledano—. Los funcionarios están con el morro alzado, más serios y alicaídos que Dios. Piensan que ya está liada y no les hace gracia tener que volver a las trincheras.

—Con lo bien que estaban ahora, hombre… Mira que es mala suerte —bromeó Agustín.

Luego, Toledano, dirigiendo sucesivamente su mirada a Agustín, Molina y Olivares, añadió:

—Y ahora viene… Bueno. Que mañana por la noche vosotros tres y cincuenta más saldréis para el penal de Ocaña a extinguir condena.

—¡Coño! —se le escapó a Agustín.

—¿A Ocaña? Ése es un penal con todas las de la ley, ¿no? —preguntó Molina.

—Bueno ¿y qué más da ya? No vamos a estar allí los treinta años, ni mucho menos… ¡Ni treinta meses! —comentó alegremente Agustín—. Y así cambiamos de aires y conocemos más gente. Ahora, lo que tienes que hacer, Toledano, es avisar a las familias para que podamos despedirnos de ellas.

—Hombre, claro. Ya he pensado en ello. Las veréis en la estación.

—En tren y todo. ¡Cojonudo, che!

Entre tanto, Olivares había observado que Zaldúa se dirigía hacia ellos y le salió al paso.

—¿Qué, algo más? —le preguntó Zaldúa.

—No, lo que ya sabemos. Bueno, hay algo más: que nos mandan a unos cuantos a Ocaña a extinguir condena.

—¿A Ocaña? ¡Rediez! Ése es un penal de verdad.

—Sí, con mazmorras y todo, según creo.

—Bah, pero será por poco tiempo.

—Ojalá.

—No te preocupes por eso. A lo mejor nos vemos allí —y al tiempo de alargarle la mano, añadió—: ¡Suerte, camarada!

Agustín declamaba con énfasis cómico ante sus amigos:

—Las celdas rezuman agua. No tienen más luz que la poca que entra por un estrecho ventanillo situado junto al techo. Golpeas los muros y no te oye nadie. Gritas y no te oye nadie. Estás en una tumba, compañero. Hace frío, mucho frío. Tiritas. Y de cuando en cuando oyes retumbar por aquellos túneles de piedra una voz tremebunda que te recuerda constantemente: ¡Treinta años! ¡Treinta años! ¡Treinta años! ¡Infeliz! ¡Infeliz! ¡Infeliz!

Hubo risas y alguien gritó:

—¡Eso es del Conde de Montecristo, tú!

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