Los argonautas
XI
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Isidro no escuchó más. Nélida le hacía señas para marcharse. En medio de su entusiasmo por la popular recepción, experimentó la joven un sentimiento de menosprecio y asco hacia aquellas gentes. Las vio de pronto como si acabaran de rasgarse unos velos sonrosados interpuestos entre ellas y sus ojos. Los hombres le parecieron sucios y de una avidez amenazante. Las mujeres, con una humildad bestial o francamente envidiosas, eran inferiores a las domésticas que la servían. Creyó percibir más abajo de su espalda roces insolentes, tocamientos de atrevida curiosidad, disimulados por la aglomeración. Hasta se imaginó sentir en los más recónditos secretos de su cuerpo un hormigueo de sanguinarios invasores, ansiosos de hartarse de carne nueva y rica, que tal vez acababan de abandonar el pellejo de aquellas comadres.
—Vámonos —dijo con angustia y miedo.
Y trepó por la escalera, sin importarle esta vez la delectación que proporcionaba a una gran parte del público con el divino espectáculo de sus faldas recogidas.
A media tarde empezó a acentuarse el movimiento del buque. El cabeceo suave de proa a popa, al que se habían acostumbrado todos y que pasaba inadvertido, como un movimiento necesario para la vida igual al de la respiración, se hizo por instantes más violento. El sol descendente estaba velado por una barrera de vapores; la luz era grisácea, lo mismo que la de una tarde invernal; el mar, azul obscuro, se plegaba en largas ondulaciones. Una brisa fresca y violenta, que parecía anunciar la tempestad, hizo correr a los grumetes para recoger los toldos y subir los gruesos cristales del balconaje de proa, dejando abrigada esta parte del paseo.
Las olas, de larga pendiente, silenciosas, dormidas, uniformes, sin el más leve penacho blanco, no eran de gran altura, sin embargo el trasatlántico saltaba al encontrarse con ellas, elevándose a ambos lados de su proa dos surtidores de espuma. Veíase desde la mitad del paseo cómo se remontaba la popa cual si fuese a volar, hundiéndose después con una rapidez que angustiaba a muchos, produciendo en su diafragma una sensación de vacío.
Corrían las gentes al balconaje para presenciar detrás de los cristales los asaltos del mar en cólera, un espectáculo extraordinario después de tantos días de bonanza.
Maltrana, invisible hasta entonces, apareció por breves momentos al lado de Ojeda.
—Vamos a tener tormenta —dijo frotándose las manos con una expresión de contento—. Esto no podía continuar; tanta calma era para aburrir a cualquiera. Un viaje sin borrasca es deshonroso. Luego, al bajar a tierra, no habríamos tenido nada que decir. Es como si un autor escribiese una novela marítima, olvidándose de colocar en ella la obligada descripción de una tempestad.
Pero Ojeda movió la cabeza negativamente. No había tal tempestad: un poco de movimiento al pasar el golfo de Santa Catalina; un simple incidente de viaje.
A pesar de las promesas de seguridad y las sonrisas de los oficiales del buque, muchos pasajeros contemplaban con un gesto de indignación el Océano, lo mismo que si se quejasen de la infidelidad de un amigo. Cuando todos vivían olvidados del mar, éste se hacía presente con una cólera insólita. Y las miradas dolorosas, los gestos de desagrado, parecían decir con un silencio de protesta: «Esto no es lo convenido».
Los niños se aglomeraban en el balconaje subidos en sillas y bancos para ver la llegada de las olas. La superficie triangular del castillo de proa subía y bajaba al tropezarse con las arrugas azules e inmensas que venían a su encuentro. Descendía como si se la tragase el abismo, y luego disparábase hacia lo alto lo mismo que un animal que se encabrita, temblando sus flancos con el choque de las fuerzas ocultas. Dos montañas de espuma rematadas por sutiles cresterías asaltaban la proa, esparciendo una nube de polvo líquido. La espuma, al caer sobre la cubierta, convertíase en agua, corriendo en ondulante lámina por las pendientes del entarimado y escurriéndose luego por las canaletas. Estas rociadas incesantes llegaban hasta el balconaje, empañando los vidrios con el goteo de sus lágrimas.
Brillaba como metal la madera del combés y del castillo de proa bajo la continua inundación. Los emigrantes estaban ocultos en los sollados. De vez en cuando, un marinero con impermeable amarillo y casco encerado atravesaba el combés por alguna necesidad del servicio, recibiendo impasible las fuertes salpicaduras del Océano, hundiendo sus botas altas en el río salado que cada ola hacía rodar de una banda a otra del buque.
Mezclado Ojeda con las gentes que presenciaban este espectáculo, fijó más su atención en las explosiones de la alegría infantil que en los asaltos del mar. Los niños se agitaban alborotando a la llegada de las olas. «¡Otra!… ¡otra!», gritaban con trémula alegría al ver desarrollarse ante la proa una nueva colina azul. Quedaban en suspenso, conteniendo la respiración, los ojos súbitamente agrandados. Sobrevenía el golpe, encabritábase la proa, remontábanse en el espacio los dos fantasmas de espuma para desplomarse en cascadas, y un «¡ah!» de satisfacción descongestionaba los pechos. A veces, si el choque era mayor, la punta del Goethe, en gallarda rebeldía, alzábase por encima de las olas, sin que éstas llegasen a invadirla. La gente menuda pataleaba entonces de entusiasmo, prorrumpía en aclamaciones y saludaba la valentía del buque con una salva de aplausos. Algunas personas mayores contemplaban este regocijo con ojos lastimeros. «Ciega inocencia, desconocedora del peligro… ¡Siempre que aquella marejada no fuese en aumento!…». Muchos pasajeros no se atrevían a moverse de sus sillones y permanecían con la frente en una mano, pálidos, los ojos cerrados, cual si les hubiese acometido de pronto el sueño.
Pasando de un ventanal a otro para ver mejor la llegada de las olas, Ojeda se encontró al lado de Mina. La rubia cabeza de Karl, que se agitaba con sonoras risas a cada golpe de mar, le hizo fijarse en la mujer que estaba detrás sosteniéndolo entre sus brazos. Como si le avisase el magnetismo de una mirada fija en sus espaldas, la madre volvió la cabeza, palideciendo al reconocer a Fernando. Era la primera vez que se encontraban juntos después del paso de la línea. Se adivinó en su nerviosa inquietud un deseo de huir, de restablecer la indiferencia que los había mantenido apartados.
Intentó hablar Ojeda. Pasó una mano acariciante por la sedosa cabeza de Karl, pero apenas si éste se volvió a mirarle, ocupado como estaba en la contemplación del mar. Igual suerte tuvieron sus palabras a Mina. Ella sólo contestó con leves movimientos de cabeza, con forzados monosílabos, mientras su palidez iba tomando un ligero tinte de rubor. No ocultaba su vehemente deseo de huir. Parecía tener miedo, no de Fernando, sino de ella misma. Y prometiendo a su hijo que desde otro sitio vería mejor la llegada de las olas, lo puso en el suelo y le tomó una mano, alejándose después. «Buenas tardes, señora».
Quedó desconcertado por esta fuga y experimentó al mismo tiempo cierta satisfacción. Ella no le había mirado con odio al marcharse. Sus ojos más bien eran de tristeza. Tenía miedo al recuerdo. Había sentido, al verle, la nostalgia del pasado, la melancolía de las antiguas ilusiones.
Paladeó Ojeda la amargura de los poderosos en desgracia, que miden con orgullo toda la grandeza de su caída. Días antes podía considerar como suyas tres mujeres en aquel mundo flotante. Se habían sucedido junto a él proporcionándole la dulce ilusión más o menos verídica que acompaña el amor. Ahora se veía solo, completamente solo en este buque, que también parecía envejecer al llegar a la última parte de su viaje, encabritándose en mares obscuros y violentos después de haberse deslizado sobre azules y luminosas extensiones impregnadas de sol… La novela trasatlántica de Ojeda llegaba a su fin. Debía decir adiós a las ilusiones y refugiarse en la fidelidad de sus recuerdos, lamentablemente olvidados durante el viaje.
Este propósito de renunciación alegraba su conciencia, pero molestaba al mismo tiempo su orgullo de hombre, estableciendo en su interior una violenta dualidad. Le era muy dolorosa la indiferencia de las mujeres después de haberlas tenido a su merced, sumisas y adorantes. Y le dolía igualmente, a pesar de su afecto amistoso, que fuese un Maltrana el heredero de su buena suerte, el que iba a escribir con gestos de héroe el epílogo de una de sus novelas vividas.
Su vanidad se rebelaba contra este final. En buena hora si él hubiese roto con Nélida después de una escena dramática. Pero habían ocurrido las cosas de un modo tan confuso e ilógico, que no sabía Fernando ciertamente si era él quien había repelido a la joven o ella la que le había abandonado a impulsos de un nuevo deseo.
Pasó el resto de la tarde hablando con unos brasileños que iban a transbordar en Montevideo, siguiendo ríos arriba hasta el interior de su país. Le distrajo como un libro de aventuras la conversación con aquellos hombres enjutos, huesosos, de una palidez enfermiza, cuya mirada parecía tener fulgores de fiebre. Eran ingenieros y altos empleados de ferrocarriles en construcción. Estas líneas audaces iban partiendo el silencio centenario de inmensas selvas que permanecían inexploradas desde el primer empuje del descubrimiento.
Habían de luchar con la maraña de la vegetación, la inmensidad del pantano, la ponzoña de insectos y reptiles y la maldad de los hombres. Con el revólver al cinto presidían el trabajo de centenares de peones de todas razas y nacionalidades. Habían de vivir siempre en guardia contra las asechanzas del blanco, el más maligno de los bípedos, terrible residuo de todas las aventuras y desesperaciones de Europa. El combate con el microbio era también un gran peligro en esta guerra por la civilización de la tierra virgen. Bien lo indicaba el aspecto de aquellos hombres, decrépitos en plena juventud, heridos para siempre por la frígida estocada de la fiebre. Y ellos, desconociendo sus propios males, hablaban con horror de las dolencias que asaltaban a los hombres en la penumbra de la selva al remover el humus secular y las vegetaciones dormidas: grandes abscesos de la piel que acababan por rebullir lo mismo que un hormiguero, avivándose la carne en gusanos; emponzoñamientos de la sangre que mataban en breve tiempo a un hercúleo jayán; rápidas consunciones, devoradoras de grasas y de músculos, que sólo respetaban el esqueleto, dejándolo flotante dentro de la piel, cual si esta fuese un traje demasiado grande. Perecían a docenas los hombres junto a los rieles. La conquista de una laguna o de un bosque por las cintas de acero era tan mortífera como la toma de un reducto artillado.
A la caída de la tarde vio Ojeda pasar a don Carmelo mirando a todos lados. Iba por el buque en busca de Maltrana sin poder encontrarlo.
—Ese pobre se muere —dijo en voz baja—. Está en las últimas. Tal vez no exista en estos momentos. Y el infeliz llama a don Isidro; quiere verlo para saber si realmente vamos a Buenos Aires. Una manía de moribundo… Yo he pensado que nada cuesta darle esta satisfacción, y voy en busca de Maltrana hace media hora. Es extraño que no lo encuentre. ¿Sabe usted dónde está?
Ojeda hizo una señal negativa… Y sin embargo, de querer él, lo hubiese podido encontrar en dos minutos. Nélida e Isidro habían desaparecido desde media tarde.
Al anochecer, cuando acababa de sonar el toque preparatorio de la comida, volvió a encontrarse con don Carmelo.
—Se acabó. El pobrecillo ha muerto. Voy a ver al carpintero para que lo tenga todo listo. Esta noche… ¡al agua!… ¡Pobre galleguito!
Maltrana se presentó en el comedor cuando los camareros servían el segundo plato. Tomó asiento junto a su amigo con cierta timidez, a pesar de la satisfacción y el contento de sí mismo que respiraba su persona. Fernando notó algo extraordinario en su aspecto. Lucía una flor en la solapa del smoking. De su cabeza surgía un perfume fuerte. Adivinábase que había hecho gastos extraordinarios en la peluquería. Emanaba de toda su persona un manifiesto deseo de embellecerse, de hacer olvidar el Maltrana de antes.
Apartó los ojos de los de su amigo, temiendo ver en éstos una expresión de reproche.
—El enfermo de que me habló usted muchas veces ha muerto hace poco rato.
«¡Ah!…». La exclamación de Isidro revelaba indiferencia. ¿Qué iba a remediar con su dolor? Él tenía cosas más importantes en qué pensar.
—Ha muerto llamándole —continuó Ojeda—. El pobre necesitaba consuelo y quería verle. Pero don Carmelo lo ha buscado a usted inútilmente por todo el buque.
Otra vez lanzó Maltrana la misma exclamación incolora. Y huyendo los ojos, hizo un gesto evasivo. Él tenía mucho que hacer: había estado en su camarote hablando con Martorell del futuro Banco… Y no dijo más, como si temiera que Fernando le acusase de mentiroso por haber visto al catalán en algún otro sitio durante la tarde.
Acabaron de comer los dos silenciosamente. En vano pretendió Maltrana animar la conversación con sus palabras; su amigo se mostraba impasible. Él también estaba preocupado, mirando a cada instante hacia la mesa donde tomaba asiento el señor Kasper con su familia.
Había amainado el oleaje después de cerrar la noche. Unas ondulaciones largas e irregulares conmovían el buque de tarde en tarde, pero la proa las saltaba con facilidad.
En el comedor era menos numerosa la concurrencia. Muchos habían tomado su alimento sobre cubierta, temiendo marearse en el encierro de abajo. Luego de comer, la tranquilidad del mar serenó los ánimos y las digestiones, restableciéndose cierta alegría en el jardín de invierno. Unas pasajeras de Río tecleaban en el piano del salón y buscaban romanzas en los montones de partituras, ganosas de lucir sus habilidades ante las gentes que venían de Europa. Algunos jóvenes hablaban de improvisar un concierto, una fiesta íntima. El cielo se había aclarado; lucían las estrellas entre harapos de nubes en fuga; las rugosidades del Océano eran cada vez menos sensibles. Todos sentían un deseo de exteriorizar el regocijo de la calma.
Ojeda tomó su café solo. Isidro, que acababa de sentarse junto a él, huyó al ver asomar una cabeza sonriente en la ventana inmediata. ¡Lo mismo que él! La vida en este buque era semejante a las vueltas de una rueda.
Cuando salió a la cubierta, se detuvo en aquel lugar que en momentos de alegría había llamado «el rincón de los besos». A través de los vidrios del balconaje miró la proa, que oscilaba sobre el mar obscuro. Entre ella y el castillo central reflejábanse las luces eléctricas en el piso del combés, brillante aún por las rociadas de las olas. A aquella hora estaba desierto: la muchedumbre emigrante se aglomeraba en los sollados.
Vio Fernando en el rojo cuadro de una puerta del castillo de proa agitarse varias siluetas con furiosos manoteos; le pareció escuchar muy lejos voces dolorosas, un ruido de disputa. La curiosidad y el deseo de entretenerse con algo le impulsaron a descender hasta el combés. Volvió a oír allí los lamentos: unos ayes histéricos de mujer llorosa, alaridos de muchachos, semejantes al aullar de perrillos abandonados. La familia de Pachín gritaba frente a la puerta de la enfermería, defendida por un marinero impasible.
Fernando vio a la mujer con los ojos rojizos de lágrimas y el pelo en desorden; vio a los hijos que gritaban, pero con los ojos en seco, haciendo coro a su madre. No sabían nada, pero el instinto les había avisado de repente la proximidad de la desgracia; el mismo instinto simple y misterioso que hace aullar a las bestias domésticas, como si oliesen la presencia de la muerte.
Querían entrar en la enfermería para ver a Pachín y tranquilizarse. Acogían con incredulidad las palabras de un camarero español que, obedeciendo la consigna, les juraba por su salud que el enfermo estaba mejor. Chocaban sin éxito contra el marinerote rubio que obstruía la puerta con su rudeza de roca. El médico había prohibido la entrada y era inútil insistir.
Un nuevo personaje se mezcló en esta escena violenta. Era el señor Antonio el Morenito, apiadado de los lamentos de aquellas gentes y furioso de la dureza de los alemanes.
—¡Por vía e Dió! Esto es pior que la Inquisisión… Y esto quien lo arregla e un servior, aunque er buque se vaya a pique.
Con la magnanimidad de un caballero andante protector de la viuda y el huérfano, tomaba bajo el amparo de su brazo a esta mujer llorosa y sus pequeños aulladores.
—¿Qué queréis ustedes? ¿Ver ar enfermo?… Pues lo veréis, aunque tenga que echarle las tripas ajuera a ese rubio fachendoso que está en la puerta.
Prorrumpía en insultos y amenazas contra el marinero, que no podía entenderle. Hablaba con vagas alusiones de la temible navaja, cuyo escondrijo nadie lograba encontrar. Iba a salir a luz de un momento a otro.
—Y si la saco, se acaba too… ¡too!
Sintió una mano en un hombro y volvió la cabeza. Era don Carmelo el de la comisaría: el hombre que le inspiraba más respeto en el buque; todo un caballero, y además paisano.
—Tú, Morenito, ya has acabado de armar escándalo, porque lo digo yo, ¡ea! Te vas abajo a dormir en seguía, o te hago bajar de dos patás.
El bravo se encogió. Únicamente de su padre y de aquel señor aguantaba verse tratado así. Pero don Carmelo era un ángel, se portaba bien con los pobres, y él sabía distinguir a las personas buenas, obedeciéndolas. A pesar de esta sumisión, aún masculló protestas.
—¡Mardita sea! Pero lo que yo digo: ¡si esto es pior que la Inquisisión! ¡Si esta pobre mujer quié ver a su marío!
Don Carmelo intentó disuadir a la familia. Al día siguiente verían al enfermo… si es que estaba mejor. Por el momento era imposible. Les infundió tranquilidad y confianza, acostumbrado como estaba al trato de la muchedumbre emigrante. Y el Morenito, pasándose al lado suyo con un repentino cambio de humor, repetía todas sus palabras, apoyándolas con la autoridad de su braveza. Lo que dijese aquel caballero, paisano suyo, era la verdad. No más llantos ni alborotos; el enfermo estaba mejor, ya que don Carmelo lo afirmaba. Debían irse abajo a dormir.
Al desaparecer todos por la escalera del sollado, el de la comisaría habló a Ojeda en voz baja. Una hora después, cuando los emigrantes estuviesen encerrados, vendría el carpintero para meter el cadáver en el cajón. No había que esperar, como otras veces, las horas reglamentarias. Cuanto más pronto saliesen de esto, sería mejor.
—El pobresillo está negro como un carbón. ¡Da lástima verle!… A las once, ¡al agua! Si usté quiere presensiá esa cosa…
Al volver juntos hacia el castillo central, don Carmelo quedó un instante en suspenso, como si se le ocurriese una idea. ¿Por qué no llamaban a don José, aquel cura español? En los otros viajes, cuando había que echar al agua un muerto, el comandante o el primer oficial suplía la falta de sacerdote. Recitaba una plegaria en alemán, con la gorra en la mano, ante el pesado féretro, y después la orden de costumbre «Désele cristiana sepultura». Y el cajón caía al mar. Pero en este viaje podían disponer de un clérigo, y el muerto era católico. Ojeda debía decir algo a don José para que asistiese a la fúnebre ceremonia. Y aquél aceptó, yendo en busca del cura.
Estaba ya en su camarote preparándose para dormir, pero al saber lo que deseaban de él, se enfundó de nuevo en la sotana. Era un bracero de la Iglesia, siempre dispuesto al trabajo. De sermones, poca cosa; de problemas teológicos, menos; pero para confesar ocho horas seguidas y ayudar a un cristiano a bien morir, allí estaba él, insensible al cansancio, sin miedo a los contagios de la enfermedad, habituado a la agonía humana con un coraje profesional.
Quiso ir derechamente a la enfermería para recitar junto al cadáver todas las oraciones del caso que tenía en sus libros. ¿Por qué no le habían llamado antes, cuando aquel pobre vivía aún?… Fernando tuvo que contener su celo. No debían bajar hasta el último momento. Los del buque querían mantener el suceso en secreto. No convenía llamar la atención de los emigrantes.
Sentáronse los dos en el paseo, junto a las ventanas del salón. Había empezado en éste la improvisada fiesta. El piano sonaba incesantemente. Al principio del viaje nadie sabía tocar: el miedo al ridículo, la falta de trato, hacían fingir a todos una absoluta ignorancia musical. Ahora todos se mostraban ansiosos de lucir sus habilidades, y apenas se retiraban del teclado unas manos, caían otras sobre él vigorizadas por el descanso. Voces femeniles entonaban romanzas sentimentales en italiano, cancioncillas picarescas en francés y jotas de zarzuela española.
El buen don José sintió despertar en su pensamiento algo así como un embrión filosófico por la fuerza del contraste.
—Lo que es la vida, señor Ojeda —murmuró gravemente—. Éstos cantando y riendo, y nosotros, a cuatro pasos de ellos, esperando la hora para echar al agua a un hombre. ¡Mundo de engaño!… ¡Mundo de trampa!
Fumaba incesantemente, aprovechando la generosidad de Ojeda, que le ofrecía cigarro tras cigarro. Su cabeza empezó a oscilar. Se entornaban sus ojos para abrirse de repente con un azoramiento de sorpresa, volviendo a cerrarse poco después. Al fin se durmió, y su respiración estuvo próxima a convertirse en sonoro ronquido. Tenía la costumbre de acostarse temprano. Además, la música ejercía sobre él una influencia letárgica.
Pasó Maltrana junto a ellos. Nélida estaba en el salón y él vagaba por la cubierta. Al saber que aguardaban para asistir a la fúnebre ceremonia, se le escapó un gesto de contrariedad. Formuló varias excusas para justificar su ausencia, pero en vista de que la ceremonia era a las once de la noche, se ofreció a ir con ellos. Esta hora no trastornaba sus planes.
Aparecieron don Carmelo y el primer oficial con cierto apresuramiento, como si deseasen finalizar cuanto antes el lúgubre deber para irse a dormir.
—Cuando ustés gusten, cabayeros —dijo el de la comisaría.
Despertó don José con nervioso sobresalto, y bajaron todos a la explanada de proa. Cuatro marineros sacaban de la enfermería un cajón de madera blanca cepillada recientemente. Sus brazos desnudos lo sostenían con visible esfuerzo. El pobre Pachín menudo en vida y debilitado por la enfermedad, pesaba mucho en la muerte. A lo grueso del cajón había que añadir varios lingotes de hierro depositados por el carpintero junto a su cuerpo.
Quedó el féretro sobre una gran tabla apoyada en la borda. El buque había aminorado la marcha. Desde lo alto del puente, alguien oculto en la obscuridad seguía la ceremonia.
—A usted le toca, padre —dijo don Carmelo.
Se quitó el birrete don José, y todos quedaron igualmente con la cabeza descubierta. Habíanse apagado las luces del combés para evitar que algún curioso pudiese ver la ceremonia desde las cubiertas del castillo central.
Estaban en la obscuridad, silenciosos, encogidos, lo mismo que si preparasen un crimen. Eran fantasmas negros en torno de un cajón blanco inclinado hacia el mar. No teman más luz que la de las estrellas. Las nubes, sólidas como murallas al caer la tarde, se habían esponjado hasta convertirse en montones sueltos de transparente plumón, por cuyos intersticios asomaban los astros. El mar batía con sus últimos estremecimientos los costados del buque. Iba adormeciéndose según avanzaba la noche.
El sacerdote comenzó a murmurar sus oraciones entre aquellos hombres emocionados, con la cabeza baja, puestos los pies sobre un vaso flotante de acero debajo del cual existía una profundidad de varios kilómetros verticales de agua, un mundo de misterio que iba a tragarse como insignificante molécula el despojo humano.
Rezaba el cura, y a lo lejos parecían contestarle las ventanas del salón, bocas de luz que lanzaban arpegios de piano y trinos de romanza. Las oraciones fúnebres hablaban de la tierra, materia original, del polvo al que retornamos, del gusano compañero miserable de nuestro último sueño.
Ojeda se imaginaba el pobre cementerio de aldea donde habría podido descansar eternamente el mísero Pachín, bajo lágrimas de escarcha en el invierno, entre flores y revoloteos de insectos al llegar el verano. Aquí no volvería a la tierra madre. La oceánica aventura había trastornado el final de esta existencia. Los crustáceos iban a cubrir su último encierro con una capa pétrea; los escualos, lobos de la profundidad, golpearían con su morro y sus aletas la envoltura de madera husmeando la carne oculta; las algas trenzarían en torno sus verdes y ondeantes cabellos, hasta que la fúnebre cáscara se pudriese, confundiendo su contenido con la líquida inmensidad.
Calló don José, como si ya no recordase más oraciones. Bendijo el féretro, y entonces avanzó el primer oficial con aire militar, lo mismo que un jefe que ordena una descarga de fusilería en un entierro de soldado.
—Désele cristiana sepultura —dijo en alemán.
Los marineros que sostenían contra la borda el tablón lo levantaron como una palanca, y el féretro fue deslizándose, hasta que cayó bruscamente en el Océano. Fue un ruido semejante al de una de aquellas olas que sordamente venían a chocar con el navío.
¡Adiós, Pachín!… Ojeda creyó oír un lamento lejano, una voz imaginaria en este chapoteo de las aguas abiertas por el pesado ataúd y que volvieron a cerrarse sobre su remolino de proyectil: «¡Buenos Aires!… ¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?…».
El buque avanzó con más velocidad, recobrando su marcha normal. Maltrana había desaparecido. Ojeda y el cura volvieron a la cubierta de paseo.
Don José lamentaba la suerte de aquel hombre que no conocía y sobre cuyo cadáver invisible había hecho descender su bendición. ¡Infeliz! ¡Sepultado en el mar!…
Pero Fernando no participaba de sus lamentaciones. Todos que muriesen así. La vida es el deseo, la ilusión, la certeza de que el próximo mañana nos traerá la felicidad: un mañana que nunca llega. «¡Buenos Aires!… ¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?…». Y el infeliz había muerto sin llegar. Mejor era así: mejor que perecer en la tierra deseada poco tiempo después, sin otra visión que la cruda realidad.
Felices los que mueren abrazados a la quimera… Bienaventurados los que no ven cumplidos nunca sus deseos y viven en el engaño, alegría de nuestra existencia.
Y al subir por una escalerilla de hierro recibieron en la cara el soplo musical de las enrojecidas ventanas del salón. Una voz de mujer cantaba el amor, la única verdad y la mentira más grande de nuestra vida… ¡Pobre vida, que no puede marchar por sus propias fuerzas y necesita el apoyo de la ilusión!