Los argonautas

Los argonautas


V

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Él también «había hecho lo suyo». La República Oriental se prestaba menos que la Argentina a los vaivenes de fortuna y los rápidos triunfos. El dinero era más lento en sus avances, y tal vez por esto de paso más sólido: la gente pensaba en retener más que en adquirir. No podía hablar de millones como los compañeros, pero gozaba de un buen pasar, y a su muerte, los hijos, si no eran unos ingratos, se acordarían de que «el viejo» había trabajado…

—Aquél es un gran país, más pequeño que la Argentina, pero rico, muy rico. ¡Lástima que sea la tierra de las revoluciones!… El uruguayo es bueno, caballeresco, aficionado a las cosas de pensamiento, pero demasiado valiente, demasiado guapo, convencido de que falta a su deber cuando se mantiene unos cuantos años sin salir al campo a matarse. Todos somos allá «blancos» o «colorados»; y no sé qué demonios hay en el ambiente, que los que llegan, sean de donde sean, apenas aprenden a hablar toman partido por unos o por otros. Yo mismo, señores, soy «blanco», más blanco que el papel, más blanco… que la leche; y mis hijos lo son también. Dos de ellos se me fueron al campo en la última revolución. Y si ustedes me preguntan qué es eso de ser «blanco», les diré que luego de tantos años no estoy todavía bien enterado… Tal vez me hicieron «blanco» a la fuerza.

Y relató su llegada a Montevideo, cuarenta años antes, sin más fortuna que una carta de presentación para un catalán establecido en el interior. El país estaba en revuelta, pero la ciudad presentaba su aspecto normal. Las gentes se abordaban en la calle sonriendo: «¿Qué noticias hay de la revolución?» lo mismo que si hablasen de la lluvia o del buen tiempo.

Y Montaner salió en una diligencia, como único pasajero, hacia el pueblo dónde estaba su compatriota.

—A las pocas horas, unos hombres a caballo, armados de lanzas, con pañuelos rojos al cuello, rodearon la diligencia. Era una patrulla de «colorados». El jefe habló con el mayoral. «¿Qué llevas ahí?». Y al saber que no llevaba otro pasajero que un pobre muchacho español, algunos jinetes avanzaron su cabeza por las ventanillas. «¡Ah, galleguito; “blanco” de mier… coles! ¡Déjate crecer el pelo para que te cortemos mejor la cabeza cuando seas grande!…». Lo decían riendo; pero yo, que sólo tenía trece años, me acurruqué en un rincón y deseaba meterme debajo del asiento. Se fueron, y dos horas después, cerca de un rancho, encontramos otra partida de jinetes, con lanzas también, y con esos caragüelles bombachos que parecen enaguas recogidas en las botas; pero éstos llevaban al cuello pañuelos blancos. Y la misma pregunta: «¿Qué llevas ahí?». Y al saber que era yo español, sonrisas en la portezuela lo mismo que si me conociesen toda la vida. «Baje, jovencito, baje y descanse, que está entre amigos. Tómese una copa de caña…». Desde entonces no tuve duda: sabía lo que me tocaba ser en aquella tierra: blanco, siempre blanco. Ahora, los años han traído cierta confusión, y gentes de todos los orígenes figuran en los dos bandos. Pero en mis tiempos, los gringos eran todos «colorados», y los gallegos y vascos «blancos», tal vez porque en las filas de éstos habían combatido muchos españoles procedentes de la primera guerra carlista… ¡La sangre que se ha derramado! ¡Los combates sin cuartel, en los que no se admitían prisioneros!… Yo he visto degollar docenas de hombres lo mismo que ovejas.

Montaner quedó silencioso, como si le obsesionasen sus recuerdos.

—Ahora han cambiado las cosas —añadió—. Los antiguos escuadrones con lanzas son ejércitos provistos de artillería; se respetan los prisioneros, se hace la guerra con más «civilización»; pero la guerra sigue, y la gente se mata creo yo que por pasar el rato… El país se ha acostumbrado a esta vida, y se desarrolla y progresa a pesar de las revoluciones. Es como algunos enfermos, que acaban por entenderse con su enfermedad y viven con ella de lo más ricamente. ¡Pero al que le tocan de cerca las consecuencias de estas luchas!…

Hablaba con resignación de los retrasos sufridos en su fortuna por culpa de las guerras. «Blancos» y «colorados», en sus correrías, se le habían comido los mejores animales de su estancia. Muchos iban a la guerra por el placer de mandar sable en mano, como si fuesen dueños, en las mismas tierras donde trabajaban de peones en tiempos de paz, por el gusto señorial de matar un novillo y comerse la lengua, abandonando el resto a los cuervos. Él llevaba largos años formando en su estancia una cabaña de caballos finos, con reproductores costosos adquiridos en Europa. Cuando descansaba, satisfecho de su obra, surgía una de tantas revoluciones, y un grupo de partidarios vivaqueaba en sus tierras, cambiando los extenuados caballejos de la partida por los mejores ejemplares de la cabaña. Y los animales de pura sangre morían en la guerra o quedaban abandonados en los caminos, lo mismo que si fuesen bestias rústicas de exiguo precio.

—Total, algunos centenares de miles de pesos perdidos en unas horas —dijo con tristeza—. Muchos se entusiasman con las hazañas de ambos bandos, y ven en ellas una continuación del valor español. «Es la herencia de España», dicen «blancos» y «colorados» para justificar esa necesidad que sienten de revoluciones y de golpes. Y yo me digo: «Señor, otras repúblicas de América descienden igualmente de españoles, y viven sin considerar necesaria una revolución cada dos años…». ¿Se han fijado ustedes que en la América de origen español todas las cosas malas son siempre «¡cosas de España!», y rara vez se les ocurre atribuir a la pobre vieja alguna de las buenas?…

—Así es —interrumpió Maltrana—. Yo he tratado en París americanos de origen español de todas alturas y latitudes, y salvo una minoría que ha hecho estudios, todos discurren de idéntico modo; como si les inculcasen esta manera de pensar en la escuela de primeras letras. España es la culpable de todos sus defectos, la responsable de todas sus faltas. Ella es la autora de sus revoluciones; de la pereza propia de los climas cálidos; de la embriaguez a que incitan los climas fríos; de la afición desmedida al juego en gentes que nunca gustaron del placer de la lectura; de la imprevisión y falta de ahorro en países acostumbrados a la abundancia. Algunos hasta la increpan porque su república tiene pocos ferrocarriles…

Los tres oyentes asintieron, reconciliados de pronto con él. ¡Estos hombres de pluma!… ¡Qué simpáticos cuando no se metían en negocios!…

—En cambio —continuó—, si alaban una buena cualidad de su raza la atribuyen a los indios, y los que tal dicen son nietos o biznietos por padre y madre de gallegos y vascos que llegaron a América a fines del siglo XVIII… Y si los indios no son los autores de lo bueno, le cuelgan el milagro a la «raza latina», que no es más que una ficción histórica. La «raza española», algo positivo cuya realidad perciben todos en el idioma y las costumbres apenas ponen el pie en América, sólo existe y merece recuerdo cuando hay que anatematizar lo malo del pasado. La gloria se la lleva la «raza latina» que nadie sabe qué es y en qué consiste. Yo conozco una civilización latina; ¿pero raza latina?, ¿en dónde está fuera de Italia?… En fin, señores, no hay que irritarse. Tal vez estas injusticias no pasan de ser una manifestación instintiva de viejo cariño… desorientado, de amor filial vuelto del revés.

Se interrumpió Isidro, saltando de su asiento al ver que pasaba ante las ventanas la gorra blanca del médico de a bordo. La contusión de la sien le hizo recordar de pronto con una picazón dolorosa su propósito de consultarle. Salió del café despidiéndose de sus compatriotas con rápido saludo, y alcanzó al doctor, para mostrarle el lívido chichón. Rio bondadosamente el alemán al examinarlo. ¿También él había sacado su parte de la fiesta de la noche? Llevaba curados a algunos pasajeros que se mantenían invisibles en sus camarotes. Lo de Maltrana era insignificante. Después de la hora del té le esperaba en la botica.

Al quedar solo se aproximó al jardín de invierno, mirando al interior por una de las ventanas. Todos seguían ocupando los mismos sitios: Ojeda con Mrs. Power y el matrimonio Lowe; el doctor Zurita hablando con dos compatriotas suyos «de las cosas del país». El padre de Nélida sonreía a través de sus barbas de patriarca, dando explicaciones a un grupo de amigos con insinuantes y suaves manoteos. Tal vez exponía los grandes negocios que le aguardaban en Buenos Aires, y de los cuales quería dar participación a los demás, generosamente. Algunos pasajeros se retiraban, con los ojos entornados por el exceso de luz, en busca de sus camarotes para dormir la siesta.

Maltrana sintióse atraído por el rumor de avispero que zumbaba bajo el gran toldo del combés, entre el castillo central y la proa. Veíanse por los intersticios de las lonas gentes tendidas sobre el vientre, dormitando con la cabeza entre los brazos; mujeres que recosían ropas viejas, chicuelos persiguiéndose. Sonaba a lo lejos una gaita con dulce sordina, semejante a un lamento pastoril que lagrimease la melancolía de su destierro lejos de las praderas verdes.

—Hagamos una visita a nuestros amigos «los latinos».

Salió a la explanada de proa por un corredor de la cubierta baja. Al abrir la reja tuvo que apartar a un grupo de emigrantes que se agolpaban contra los hierros. Era gente moza, muchachos que se sentían atraídos por este obstáculo, símbolo visible de la separación de clases.

Pasaban gran parte del día pegados a ella, explorando el largo corredor alfombrado de rojo, con grandes intervalos de sombra y manchas blanquecinas de eléctrica luz. Las puertas de los camarotes de primera clase se abrían a ambos lados de este pasadizo, que a ellos les parecía interminable y magnífico, como un bulevar habitado por millonarios. Espiaban desde allí las entradas y salidas de los pasajeros. Seguían con mirada de admiración la marcha rítmica de las señoras que surgían de las pequeñas viviendas para perderse en un dédalo de calles alfombradas, ascendiendo a los pisos altos del buque, que ninguno de ellos había alcanzado a ver, y de los que llegaban rumores de músicas y fiestas. El respeto a la jerarquía social les impulsaba a amontonarse contra la reja, como si por ella se columbrara un mundo superior, manteniéndose en envidioso silencio cada vez que una señora pasaba por cerca de ellos sin mirarlos. Cuando las necesidades del servicio hacían transcurrir junto a esta barrera a las camareras rubias, de limpio delantal y albo gorro, los mozos contemplativos parecían desesperarse y un rumor de palabra mascadas y de relinchos contenidos agitaba su cuerpo.

Aparecía con frecuencia cerca de la verja una niñera alemana cuidando de un chiquitín peliblanco y cabezudo, que jugueteaba a gatas sobre la alfombra con un osezno de peluche. Al verla, los muchachos sonreían con repentina confianza. Era de su misma clase social, y esto bastaba para desatar las lenguas e iluminar los ojos con el fulgor del deseo.

«¡Rica!… ¡Monísima!… ¡Acércate, prenda, que tengo que decirte una cosa!…». «¡Oh carina tanto bella!».

Cada mocetón usaba de su idioma para exteriorizar el entusiasmo. Algunos árabes de bronceada y nerviosa delgadez permanecían silenciosos, pero avanzaban el cuello lo mismo que los caballos de carreras, brillando sus ojos de brasa con un fulgor homicida, mostrando sus dientes ansiosos de morder. La fraulein, de un rubio pajizo, regordeta, blanca y apretada de carnes, sonreía con ingenuidad, manteniéndose a distancia de la reja, a través de cuyos hierros manoteaban las fieras. Pero no por esto se decidía a huir, prefiriendo a los paseos superiores, abiertos al aire y la luz, la permanencia en este pasillo medio obscuro, donde recibía el homenaje tembloroso y exacerbado del deseo viril. Sus ojos grises y su rostro de una blancura tierna, semejante a la de un merengue, acogían con visible complacencia estas palabras de brutal homenaje en idiomas que no podía entender.

Algunos de los muchachos, que eran españoles, trataban con respetuosa familiaridad a Maltrana, que por algo se creía «el hombre más popular del buque».

—Don Isidro, tráiganos pa aquí a esa güena moza… ¡Retrechera!… ¡Cachonda!

Otros, que habían vivido en la Argentina, se unían a este coro de entusiasmo murmurando con arrobamiento:

—¡Preciosura! ¡Lindura!

Un napolitano suplicaba a Maltrana, con humildad, como si fuese el dueño del buque:

—¡Siñor, que nos la echen!… ¡Mande que nos la echen!

Isidro volvió a cerrar la verja y fue avanzando entre los jóvenes.

—¡Orden, muchachos!… Orden y formalidad. A ver si viene un alemanote de ésos y os larga un par de mamporros por sinvergüenzas.

Las fieras enardecidas volvieron a agolparse en la verja, mientras la ingenua fraulein les volvía la espalda y se arrodillaba en la alfombra para juguetear con el pequeñuelo, mostrando la blancura de sus medias repletas de carne firme, la curva pecadora de su falda abombada por ocultas esfericidades.

El avance de Maltrana produjo entre los emigrantes un movimiento de curiosidad simpática y obsequiosos saludos: algo parecido a lo que despierta la entrada de un orador político en una reunión popular. «Don Isidro, buenas tardes… Venga por aquí, don Isidro». Y todas las miradas, aun las de «los latinos» de Asia, que no podían entenderle, le acariciaban con la suavidad del agradecimiento. ¡Aquél era un hombre! Un rico que gustaba de mezclarse con la gente pobre; no como los otros señores, que sólo se dejaban ver en los balconajes de los puentes para echar una mirada de lástima, huyendo apenas se volvían hacia ellos algunas cabezas, cual si no quisieran concederles ni el goce de la curiosidad.

Recosían unas mujeres sus ropas; otras, patiabiertas dentro de sus batones sucios y repantingadas en pobres sillones de lona, se agarraban con las manos a lo más alto del respaldo. Algunas se quejaban de dolores en el brazo que había recibido la vacunación. Los árabes permanecían acurrucados en el caramanchel de las escotillas, mirando el mar con expresión pensativa… sin pensar en nada.

Un grupo de hombres jugaba a los naipes. Varios italianos, con fuertes manoteos y gritos, lo mismo que si mandasen un ejército militar, amaestraban a otros españoles en el juego de la morra. Fogoneros libres de servicio, rubios muchachotes vestidos de blanco, permanecían erguidos en medio de esta muchedumbre, contemplando de lejos, tímidos y sonrientes, a ciertas beldades morenas, como si esperasen hacerse entender con su inmovilidad silenciosa. En el fondo, junto al castillo de proa, continuaba sonando la gaita invisible su gangueo pastoril.

Salió una mujer al paso de don Isidro, saludándolo con familiaridad. Era grande y obesa, con el amplio rostro sombreado por una pátina rojiza. La gran abundancia de zagalejos y faldas hacía aún más imponente su volumen. Tenía cierto aire de resolución y miraba siempre de frente, acompañando sus palabras con un movimiento de brazos autoritario, como hembra acostumbrada a mandar la primera en su casa.

—Usted es la de Astorga ¿verdad? —dijo Maltrana, que pretendía recordar los nombres y el origen de todos los del buque—. Espere… Usted es la señá Eufrasia.

—Justo —dijo la mujer, satisfecha y orgullosa de la buena memoria de aquel personaje—. Yo soy la Ufrasia, y éste es mi marido.

Y señalaba a un hombre sentado cerca de ella, grande también, con el abdomen mantenido por las complicadas vueltas de una faja negra. Su cara llena, de mejillas colgantes, asomaba majestuosa, como la de un prelado, bajo las alas del sombrerón.

La señá Eufrasia, cuarentona de incansable verbosidad, hablaba con aire protector de sus compañeros de viaje. Los compatriotas, «los de la tierra», le inspiraban lástima.

—¡Probes! Tenemos aquí gentes de mucha necesiá, don Isidro. Hay que ver cómo van esas mujeres y cómo llevan a sus críos… Nosotros, aunque me esté mal el decirlo, no vamos a las Américas por hambre. Teníamos allá en el pueblo nuestro buen pasar; pero a nadie le amarga subir, y éste (señalando al marido) me dijo un día: «Ufrasia, ¿por qué no nos vamos a ver eso del Buenos Aires de que hablan tanto?». Y como no tenemos hijos, yo dije: «¡Hala, amos en seguía!». Y éste vendió los cuatro terrones y la casa, y, gracias a Dios, llevamos algo, por si un por si acaso aquello no nos gusta y queremos volvernos. De este modo, en el barco puede una darse mejor vida que las otras y dormir aparte, y comprar en la cantina lo que se le apetece, y hasta hacer una cariá, que crea usted que viene aquí gente bien necesitá de que la ayuden. ¡Y allá vamos toos, don Isidro!… Dicen que aquello del Buenos Aires es muy hermoso, y que no hay más que agacharse en las calles pa dar con una onza de oro.

Lo decía sonriendo, pero a través de su incredulidad adivinábase cierto respeto por la ciudad lejana y misteriosa, urbe de maravillas y tesoros de la que hablaban continuamente los emigrantes.

El marido movió la cabeza con autoridad, y sus ojos parecían decirle: «Mujer, que estás cansando al señor… Vosotras no entendéis nada de nada».

—Usted que sabe tantas cosas, don Isidro —siguió la Eufrasia—: éste y yo tuvimos esta mañana una porfía. Dice que en Buenos Aires no hay monea de oro, ni de plata, ni otra cosa que unos papelicos con figuras, a modo de estampas, con lo que se compra too… Y eso no pue ser, ¿verdá que no, don Isidro? ¡Una tierra tan rica y no tener dinero!… Vamos, que no pue ser.

—Pues así es, señá Eufrasia —dijo Maltrana.

Y el marido, saliendo de su mutismo por este triunfo extraordinario sobre la esposa siempre dominadora, dijo solemnemente:

—¡Lo ves, mujer!… Las hembras no sabéis na de na y queréis meteros en too.

Pero la Eufrasia, sin prestar atención al marido, bajaba la cabeza como para seguir mejor el curso de sus pensamientos.

—¿De manera que no hay pesetas… ni duros… ni siquiera perras gordas?… Malo; eso no me gusta. Tal vez tenga razón éste, y las mujeres no sepamos na de na; pero yo digo que esto no me gusta. La monea es siempre monea, y los papelicos, papelicos.

Y tras esta afirmación indiscutible, suspiraba resignadamente.

—En fin; veremos cómo pinta aquello, y si no nos gusta, la puerta la tenemos abierta… Peor están los demás, que van tan a ciegas como nosotros y a la fuerza han de quearse allá, pues no tien pa volverse.

Hacía el elogio de las pobres gentes que ocupaban la proa. Los «moros», como ella llamaba a los sirios, eran buenos muchachos y sus compañeras unas pobres que infundían lástima. Los italianos le merecían no menos simpatía, porque acataban en ella cierta superioridad, viéndola gastar y vivir mejor que los otros, y la llamaban «señora». Sus cariños malogrados de hembra infecunda iban hacia todos los niños de diversas nacionalidades que vivían cerca de ella, tratándolos con varonil dureza de palabra al mismo tiempo que los cuidaba y acariciaba.

—¿Aónde vas tú, cabezota? —gritó deteniendo a un pequeño que correteaba perseguido por otros—. Fíjese, don Isidro, qué guapo: paece el niñico Jesús. Su madre es una italiana con ocho hijos, y anda malucha, tendida por los rincones, sin poer la probe ocuparse de ellos. ¡Si no fuese por mí!… ¡Ah, ladrón! Ya tienes otro siete en los calzones que te remendé ayer. ¿Qué has hecho de la perra gorda? ¿Te has comprado más caramelos en la cantina?… Pero mire usted, don Isidro, ¡qué sucio y qué hermoso! ¡Guarro!… ¡Cochinote!… ¡Ham!… ¡ham! Deja que te muerda esos hocicos de cerdo de leche.

Y teniéndolo en alto con sus brazos poderosos, lo besuqueaba, lo apretaba contra la pechuga ingente, mientras el niño se defendía de esta avalancha de caricias y palabras ininteligibles para él, gritando: «Mama… mama» y golpeando con los pies el abdomen que le servía de ménsula. El marido, inmóvil en su asiento, miraba a Maltrana como implorando disculpa por estas ruidosas expansiones.

—¡Lo robaría! —clamó la señá Eufrasia—. Si éste quisiera, lo tomaríamos como nuestro… Me llevaría todos los chicos que veo.

Las voces de la mujerona hicieron volver la cabeza a otros grupos lejanos, despegándose de ellos algunos hombres al reconocer a don Isidro. Se aproximaron a él, en espera de los cigarrillos con que acompañaba sus apariciones, y poco a poco lo fueron llevando hacia el castillo de proa. Un hombretón se levantó del suelo, tendiéndole la mano con ese aire protector de ciertos jaques que hablan y accionan lo mismo que si perdonasen la vida al que los escucha.

—Salú, don Isidro —dijo con acento andaluz—. Ya nos extrañábamos un poquiyo de no verle esta tarde por aquí.

Volvió a sentarse entre un grupo de jóvenes españoles, unos con boina, otros con amplio sombrero, que le escuchaban, sonriendo, admirativamente. Era malagueño, según decía, y bastaba sostener con él un breve diálogo para enterarse a las primeras palabras de su nombre, lugar de nacimiento y apodo. Todas sus afirmaciones, aun las más insignificantes, las rubricaba con la misma declaración: «Y esto se lo ice a osté su seguro servior Antonio Díaz, natural de Málaga, por otro nombre el señó Antonio el Morenito». Y acompañaba esta firma verbal con una mirada de superioridad y conmiseración que parecía decir: «Al que sostenga lo contrario le rebano el pescuezo».

El Morenito, que ya pasaba de los cuarenta, sentía cierto respeto por don Isidro, «un señorito como Dios manda, y no como los otros fantasiosos que huían de tratarse con los pobres».

A impulsos de esta simpatía había llegado a considerar a Maltrana hombre de grandes arrestos, tan corajudo casi como él, y cada vez que pensaba en la posibilidad de hacer un disparate para vengarse de la gente del barco o de los pasajeros orgullosos, exponía de idéntico modo su discurso: «Entre don Isidro y yo…». Y don Isidro escuchaba y aprobaba con su sonrisa estos planes destructivos, halagado en el fondo de su ánimo de que aquella fiera le considerase digno de su colaboración. Tenía aterrados a muchos de los emigrantes con sus amenazas y explosiones de mal humor. Otros admirábanle por la insolencia con que protestaba a gritos de la calidad del rancho y de todos los servicios del buque, atreviéndose a insultar a los oficiales, que no podían entenderle. No obstante tanta bravura, Maltrana notaba en él cierto encogimiento al llevarse la mano a la gorra para saludar cierta timidez felina en los ojos cuando algún superior le dirigía la palabra.

—Este tío saluda de mal modo —pensaba Isidro—. Es el mismo encogimiento medroso y vengativo con que los presidiarios saludan a sus jefes.

El trato con los árabes del buque hacía acordarse al Morenito de los moros de Marruecos, contando algunas de sus correrías por las costas de África. Por las mañanas, cuando se lavaba al aire libre, desnudo de cintura arriba, producían admiración los costurones y profundas cicatrices que constelaban su cuerpo, recuerdos, según él, de heroicos combates por mar y tierra contra la tiranía de las aduanas. Otro motivo de respeto era el saberle poseedor de una gran navaja a pesar de los registros que hacían los tripulantes del buque en la gente peligrosa; navaja que nadie había visto, pero que mencionaba con frecuencia en sus bravatas. Maltrana, conocedor de las costumbres del presidio, imaginábase en qué lugar indeclarable podría guardar el valentón esta arma, que era como el cetro de su amenazadora majestad.

—Siéntese un poquiyo, don Isidro, y descanse… Tú, dale un asiento ar cabayero… Les estaba proponiendo a estos chicos un negosio; un modo seguro de haserse ricos.

Maltrana, desde su sillón de lona, vio acurrucados a la redonda, con la mandíbula entre las manos, a todos los admiradores del Morenito, lo mismo que una tribu de guerreros en Consejo. El malagueño hablaba con la boca torcida, expeliendo las palabras por una de sus comisuras, para hacer sentir al auditorio toda la grandeza de su bondad de maestro.

—Estos mozos son unos palominos, don Isidro, que van a América a rabiar y haser ricos a los demás… lo mismo que en su tierra. Pero vení acá, arrastraos, ¡peleles! ¿Pa eso os habéis embarcao ustedes?… Fíjese, don Isidro: unos piensan dir ar campo a sudar camisas trabajando; otros quieen meterse a criaos de casa grande… Y yo les propongo a estas güenas personas que hagamos una partía: una partía como las que había endenantes. Allá no habrán visto eso nunca; cosa nueva. ¿Qué le paese?…

Y exponía su plan con entusiasmo.

—Una partía, y agarramos a un richachón de allá y lo secuestramos; le peímos a la familia unos cuantos millones, con la amenasa de que le vamos a cortá las orejas; nos dan los millones, nos los repartimos como güenos hermanos, y antes de seis meses estamos de güerta y ricos. Una partía que tendría mucho que ver. Usté, don Isidro, sería er capitán. (Aquí Maltrana saludó agradeciendo, excusándose con un gesto de modestia). No; no se nos jaga er chiquito. Yo sé que tié usté lo suyo mu bien puesto… y crea que yo entiendo de esas cosas. Además, tié talento pa too, y yo soy hombre que respeta la sabiduría… El Morenito, Antonio Díaz, un servior, sería er teniente, toos estos mozos ya se despabilarían con tan güenos directores. ¿Eh?, ¿qué le paese? ¿No es un verdaero negosio?

Isidro asintió con imperturbable gravedad. Sí; un buen negocio que valía la pena de ser estudiado detenidamente; la explotación de una nueva industria. Casi habría que pedir patente de invención, para evitar las imitaciones. Y los crédulos muchachos, que oían al Morenito en silencio porque estaban en el mar, lejos de toda posibilidad de acción, pero abominaban interiormente de estos planes que pugnaban con las preocupaciones de su honradez, mirábanse indecisos al ver que un señor como don Isidro no se escandalizaba.

—¿Lo oís, panolis? —exclamó el valentón—. Mirá cómo un cabayero que lo sabe too encuentra que mi idea es güena… Pero si es que os fartan riñones pa sacarle el dinero a un rico, poemos hacer la partía pa perseguir a los indios. Allá hay muchos, ¡muchos! En América atacan los ferrocarriles y las diligencias y hasta los tranvías en las afueras de las poblasiones; yo lo he visto muchas veces en los sinematógrafos. Y Buenos Aires está en América, y allí hasen farta hombres de resolusión que les digan a esos gachós de color de chocolate con plumas en la cabesa: «Ea, se acabó; ya no molestáis ustedes más a la reunión, porque no nos da la gana». Y los cazamos como conejos, y el gobierno, agradesío, nos paga a tanto la cabesa, y en unos cuantos años nos jasemos ca uno con una fortunita pa golver a la tierra. No será uno rico tan aprisa como con el secuestro, pero argo es argo, y siempre es mejor que destripar terrones o servirles er chocolate en la cama a los señores. ¿No le paese, don Isidro?

Y don Isidro aprobó otra vez. Una idea tan buena como la anterior; también habría que pedir privilegio, para que el gobierno no permitiese matar indios más que a la partida del señor Antonio el Morenito.

Admiraba los heroicos expedientes discurridos por este hombre, hacerse rico sin apelar a la vulgaridad del trabajo ordinario, reservado a los otros mortales. Y así permaneció Isidro algún tiempo, escuchando los planes del aventurero desorientado que iba a América con cuatro siglos de retraso. La honradez en alarma de sus oyentes formulaba tímidas observaciones.

—Pero allá hay presidios —dijo uno—. Allá hay policías.

—No serán más bravos que los seviles y los carabineros de nuestra tierra —contestó el Morenito con arrogancia—. Yo sé lo que es eso… ¡Bah! ¡Me los como!

—Pero los indios no se dejarán zurrar así como así —arguyó otro—. Deben ser gente brava… gente salvaje.

—A ésos —dijo el matón despectivamente—, a ésos también me los como.

Se aproximó al grupo un nuevo oyente, saludando a Maltrana, con fina sonrisa, en la que había algo de burla para el valentón.

—Aquí tenemos a don Juan —dijo Isidro—. Éste no entra en nuestra partida: no es hombre que sirva para el caso.

—No señó, no entra —contestó el Morenito—. A don Juan, en sacale de sus librotes no sirve pa mardita la cosa… Mu güena persona, mu cabayero, pero no va a ganá en su vida dos pesetas.

Era alto y enjuto de carnes, con luengas barbas que a pesar de su juventud le daban un aspecto venerable. Hablaba con voz dulce y ademanes reposados, interpolando en sus palabras una risa discreta, que era el eterno acompañamiento de su conversación. Según Maltrana, este amigo respiraba optimismo y confianza en la vida, esparciendo en torno de su persona un ambiente de contento. Y sin embargo, vivía en el entrepuente, mezclado con el rebaño inmigrante, sin otras consideraciones que las que le concedían sus compañeros de viaje, cautivados por la dulzura de su carácter y la superioridad de educación. Sus trajes, viejos y raídos, eran de buen corte; se notaban en su persona los vestigios de una situación más próspera. En sus manos finas quedaba como recuerdo familiar una antigua sortija, salvada de los apremios de la pobreza.

El curioso Maltrana conocía algo de su vida. Juan Castillo era un agrónomo que había intentado en las tierras de panllevar heredadas de sus padres la realización de todos los adelantos aprendidos en una gran escuela de Bélgica; ensueños de poeta agrícola realizados con el ímpetu de una voluntad entusiástica y crédula. La usura le había proporcionado un pequeño capital para su empresa, y luego de batallar algunos años con la rutina de los campesinos, de habituarlos a vivir en paz con las máquinas y de extraer de las profundidades del subsuelo las venas líquidas para esparcirlas en redes de irrigación, cuando la tierra empezaba a responder a estos esfuerzos con sus primeros productos, los acreedores habían caído sobre él, ejecutándolo con glacial ferocidad.

—Conozco el procedimiento —había dicho Maltrana al oírle por vez primera—. Es el mismo de las tribus antropófagas. Le dieron a usted alimento, le dejaron tranquilo para que echase caries, y cuando estuvo a punto, ¡zas! el degüello y banquete canibalesco.

Huía de la ruina, perdida la herencia de sus padres, perdido el crédito, deshonrado por deudas a las que daban sus acreedores un carácter delictuoso; todo ello por querer innovar con arreglo a sus estudios una agricultura estacionaria casi igual a la de los primeros tiempos de la humanidad. Y en su fuga había mirado al Sur, como todos los que navegaban en aquella cáscara de acero, presintiendo más allá del círculo oceánico renovado diariamente una tierra remozadora de existencias, donde las vidas destrozadas se contraían virginalmente lo mismo que capullos para empezar el curso de una nueva evolución. La esperanza le había rozado también con su aleteo ilusorio. Casi celebraba esta ruina que le había desarraigado de la tierra paterna. ¿Quién podía saber lo que le esperaba al otro lado del Océano?…

Abandonando el grupo del Morenito, avanzaron hacia la proa Maltrana y Castillo. Una voz quejumbrosa les hizo detenerse.

—¡Don Isidro!… ¡Buenas tardes, don Isidro y la compaña!

Un hombre sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la borda, avanzaba su rostro pálido entre los pliegues de una manta.

—¿Eres tú, enfermo? —dijo Maltrana—. ¿Cómo va ese ánimo?

Con voz doliente murmuró una queja interminable contra el mar. Desde su entrada en el buque, la salud parecía haber huido de su cuerpo. Otros cantaban a todas horas, como si el aire salino y la inmensidad azul les diesen nuevas fuerzas, excitando su apetito. Él se había embarcado sintiéndose fuerte, y de pronto todas sus energías le abandonaban.

—Estoy muy enfermo, don Isidro. Ayer aún pude subir solo a la cubierta; hoy han tenido que empujarme escalera arriba unos amigos. Debo estar blanco como un papel, ¿verdad, señor?… No tengo fuerzas para andar, ni deseos de comer. Esto no marcha… Los demás se quejan de calor; dicen que cada vez pica más el sol, y yo tiemblo si me quito la manta… Y lo que me da más rabia es que el médico, don Carmelo el oficial y otros me miran como si les hubiese engañado, y dicen que si llegan a saber esto no me dejan embarcar, porque allá en Buenos Aires no quieren enfermos… Pero señor, ¡si yo me embarqué sano y bueno!, ¡si es este maldito mar que no me prueba!…

Creyendo ver en Maltrana el mismo gesto de duda de los empleados del buque, se apresuró a añadir:

—Yo he sido un roble, don Isidro. Reumatismos nada más, según decía el médico de mi pueblo, por haber dormido al raso en el campo muchas noches. Pero fuera de esto… nada. Lo juro por mi nombre: Pachín Muiños. Y ahora, de pronto, me veo hecho un trapo, y me ahogo, señor, las piernas no pueden tenerme y me faltan fuerzas para ir de un rincón a otro. ¡Qué ganas tengo de salir de aquí!… Estoy seguro de que apenas salte a tierra seré otro, volveré a sentirme fuerte como en mi pueblo… Diga, señor: ¿cuándo llegamos a Buenos Aires?

Hacía la pregunta ávidamente; se incorporaba para mirar más allá de la borda. Al esparcir su vista por la inmensidad, esperaba encontrar en el horizonte el negro perfil de la tierra ansiada.

—¿Tardaremos dos días? —siguió preguntando.

—Más, un poquito más —dijo Maltrana suavemente para engañar su impaciencia.

—¿Como cuántos más? —continuó con tenacidad el enfermo.

Y al adivinar en las palabras evasivas de Maltrana que aún quedaban muchos días de viaje, el pobre Muiños volvió a sumirse en la desesperación… ¡Buenos Aires! Deseaba llegar cuanto antes al término del viaje, y repetía el nombre de la ciudad, como si encontrara en él un poder milagroso igual al de las antiguas palabras cabalísticas.

Isidro, luego de consolarle con engañosas afirmaciones, asegurando que antes de una semana verían la tierra ansiada, retrocedió con Castillo hacia la reja de salida.

—¡La esperanza! —dijo con tristeza—. Ese pobre está muy enfermo, le faltan fuerzas para tenerse en pie, y se traslada, sin embargo, de un hemisferio a otro en busca de salud y dinero. ¡Qué de ensueños van en este cascarón con todos nosotros!…

—¡Y si fuese solo! —contestó Castillo—. Pero le acompañan su mujer y tres hijos.

La ilusión de la salud le había hecho desarraigarse de su pueblo. Allá en Galicia no podía trabajar una semana entera sin que el esfuerzo atrajese la enfermedad. La imagen de América había pasado por su miseria como un resplandor de esperanza. En aquella tierra de fortuna, donde todos se transformaban, él sería otro hombre. Y repuesto por unos meses de descanso y holgura, a causa de haber vendido su casucho y unas vacas, Muiños entró en el buque con un aspecto engañador de hombre sano. El ambiente del mar y la vida de a bordo habían sido fatales para él: cada día transcurrido marcaba un descenso de su salud.

—Lo que él cree reumatismo —añadió Castillo— es, según el médico del buque, una insuficiencia cardíaca, que empieza a complicarse con una bronquitis alarmante. ¡A saber en lo que parará! La mujer y los chicos, acostumbrados a sus enfermedades, no se fijan en él. Ella comadrea con las otras mujeres, y los muchachos juegan o aguardan con impaciencia la hora del rancho. Y el pobre Muiños, cuando se ahoga en el entrepuente, sube a la cubierta envuelto en su abrigo para tenderse al sol, y pregunta cuántos días faltan para llegar, cuando aún estamos al principio del viaje… Inútil decirle la verdad. Su ilusión, que se ha concentrado en Buenos Aires, le hace olvidar el tiempo y la distancia. Cree que le engañan cuando le dicen que aún faltan muchos días. Al avistar Tenerife preguntó con emoción si ya estábamos en Buenos Aires. Mañana, al ver de lejos las islas de Cabo Verde, volverá a creer que hemos llegado… ¡Infeliz! De todos los que vamos en el buque es el que más piensa en Buenos Aires, y bien podría ocurrir que fuese el único que no llegase a verlo.

Maltrana se despidió de Castillo junto a la verja divisoria de clases, frontera inviolable que partía en dos Estados diversos el microcosmos flotante.

Arriba, en la cubierta de paseo, encontró a Fernando junto a una de las ventanas del salón que daban luz a la plataforma interior, ocupada por el piano.

Quiso hablarle Isidro, pero su amigo se llevó un dedo a los labios imponiendo silencio. Miró entonces por la ventana y vio a una mujer sentada al piano. Llegó a sus oídos al mismo tiempo una música en sordina y el susurro de un canto a media voz.

—Es de Tristán —murmuró quedamente Ojeda en su oído—. El lamento desesperado de Iseo.

Los dos permanecieron en silencio a ambos lados de la ventana, escuchando el canto que venía del interior con lejanías de ensueño. Maltrana, menos sensible a la emoción musical, examinaba de espaldas a esta mujer, fijándose en su nuca blanca, ligeramente sombrecida como el marfil antiguo. El casco de su cabellera tenía junto a las raíces un dorado tierno, que iba coloreándose hasta tomar en la superficie el tono rojizo del cobre fregoteado. Su cuello se inclinaba hacia delante con una esbeltez anémica, una fragilidad que marcaba bajo la piel los tendones y arterias, dilatados por la tenue emisión de la voz.

De pronto, la cara invisible se volvió hacia ellos, como si acabase de notar su presencia. Vieron unos ojos cuyas pupilas de color de ceniza estaban dilatadas por la sorpresa; un rostro de palidez verdosa, algo descarnado, que se coloreó instantáneamente con un acceso de rubor. Parecía asustada de que alguien pudiese oírla. Con un gesto de timidez y contrariedad cerró el instrumento, púsose de pie y marchó hacia la puerta del salón para huir de los dos importunos.

Ojeda la siguió con la vista. Era alta, y su enfermiza delgadez estaba disimulada en parte por lo recio del esqueleto. Las caderas marcaban su ósea firmeza bajo una falta de dril claro. La cabellera amontonada con gracioso descuido, los zapatos blancos algo usados, la blusa modesta de confección casera, la falta total de alhajas, daban a su figura un aspecto de pobreza sufrida animosamente, de incertidumbre bohemia sobrellevada con resignación.

—Usted que conoce aquí a todo el mundo —preguntó Ojeda—: ¿quién es?

—Hace rato que lo sabría usted si me hubiese dejado hablar… Es la mujer del director de orquesta de la compañía de opereta: un rubio de cara granujienta, que se pasa día y noche en el café tomando bocks con los de su tropa. Buen colador; hay veces que los redondeles de fieltro se amontonan en su mesa como una columna… Y cuando no toma cerveza, admite whisky o lo que caiga. No tiene otra ocupación en el buque que empinar el codo.

—Es una mujer interesante —murmuró Ojeda—. ¡Y tan tímida!…

Aguardaba todas las tardes a que el salón quedase desierto. Descendían las familias a sus camarotes para dormir la siesta; otros pasajeros se acostaban en las sillas largas del paseo; sólo permanecían algunos en el jardín de invierno. Entonces, casi de puntillas, iba hacia el piano, y apenas colocaba los dedos en el teclado, parecía olvidar su timidez, aislándose del mundo exterior, con los ojos vagos y sin luz, como si su mirada se concentrase interiormente y su canto fuese un débil escape, un lejano eco de otra música de recuerdos que sonaba dentro de ella.

Al verla Fernando en el piano, había sentido curiosidad por conocer su música. ¡Tal vez una romanza dulzona y sensiblera de opereta!… Y aún le duraba la sorpresa que había experimentado al escuchar las grandiosas frases del dolor de Iseo.

—Debe tener una voz magnífica, ¿no lo cree usted, Isidro?… Quisiera ser su amigo… Usted debe conocerla.

Maltrana se excusaba, algo contrariado de que por esta vez no le fuese posible alardear de una amistad. Apenas se había fijado en ella: ¡pchs!, ¡la mujer de aquel borrachín director de orquesta!… Era algo arisca; huía de la gente; apenas se trataba con las otras damas de la compañía. Vivía para su hijo, un pequeñín de cabeza enorme, siempre agarrado de su mano. A los saludos de Maltrana respondía siempre con una inclinación de cabeza y un manifiesto deseo de huir. Además, como mujer no valía gran cosa: parecía enferma. La primera vez que se fijó en ella fue por las burlas de unas niñas elegantes que comentaban su palidez verdosa: «Ahí va esa de la opereta. Se le ha reventado la hiel y la tiene revuelta por todo el cuerpo».

—Pero esto no importa, Ojeda; ya que la señora le interesa por lo del canto wagneriano, yo se la presentaré. Conozco algo al marido; hemos bebido juntos. Él se llama Hans… Hans Eichelberger, eso es; el maestro Hans. Y ella… aguarde usted, ella se llama Mina. Ahora recuerdo que el marido la llama así, y según me dijo, es un diminutivo de Guillermina. El maestro habla algo el español: ha andado por la Argentina y Chile en otras correrías musicales. Ella creo que muy poco.

Avanzaron los dos amigos hacia la popa, deteniéndose en la baranda cercana al café, sobre la cubierta de los de tercera clase. Habían levantado los marineros una parte del toldo y se veía abajo el rebullir de la emigración septentrional, gentes melenudas que a pesar del calor conservaban sus abrigos de pieles. Sonaba el gangueo de un acordeón con el apresurado ritmo de la danza rusa. Una muchacha de falda corta, botas polonesas y pañuelo verde, por cuya punta asomaba una trenza de pelos rojos, daba vueltas al compás de la música. En torno de ella, un mocetón de camisa purpúrea danzaba de rodillas o se sostenía en portentoso equilibrio con las piernas casi horizontales y las posaderas junto al suelo. Los gritos y palmadas de los otros rusos acompañaban estas agilidades de loca danza gimnástica. Los judíos polacos y galitzianos, envueltos en sus hopalandas de carácter sacerdotal, contemplaban el espectáculo rascándose las barbas luengas, contrayendo los matorrales de sus cejas casi unidas.

—¡Las gentes que venimos aquí! —dijo Fernando— ¡Y pensar que es el nombre de una ciudad desconocida, el vago prestigio de una tierra lejana, lo que nos ha juntado a personas de tan diverso nacimiento!…

—Veintiocho pueblos, según afirma don Carmelo el de la comisaría, venimos en el buque; y lo mismo ocurre en otros trasatlánticos. ¿No es verdad, Ojeda, que esto se parece al avance en masa de los pueblos de Europa cuando las Cruzadas?… Hace poco, me acordaba yo, abajo, de las muchedumbres que siguieron a Pedro el Ermitaño. Marchaban enfermas, desfallecidas de hambre, y cada vez que avistaban una pequeña ciudad prorrumpían en alaridos de gozo: «¡Jerusalén! ¡Es Jerusalén!». Y estaban aún en el centro de Europa: en Alemania o en Hungría. Abajo, en la proa, tiene usted a un heredero de aquellos héroes de la esperanza. Va enfermo de cuidado, es posible que no llegue al término del viaje, y cada vez que vemos una isla, una costa, se galvaniza y pregunta si es Buenos Aires.

—La humanidad vive de ilusión, Maltrana. Necesitamos poner nuestro deseo lejos, en tierras desconocidas, pues la distancia borra la duda y da certeza a lo más inverisímil. Para los europeos, el lugar de maravillas fue Bagdad, la de Las mil noches y una noches; en cambio, en mis viajes por Oriente, he visto a judíos y mahometanos suponer tesoros y magias en la antigua Toledo. Cuando los poetas del Sur imaginan algo prodigioso, sitúan el escenario en las fortalezas del Rhin o los fiordos escandinavos. Al soñar Wagner el castillo de Monsalvat, coloca la mansión del Santo Grial en los Pirineos españoles y da un palacio árabe a Klingsor el encantador. El ambiente que nos rodea es demasiado real para que podamos cultivar en el nuestras ilusiones.

—Así es, Fernando. Pero la esperanza humana, que en otras épocas fue puramente mística y por eso tal vez miraba a Oriente, es ahora positiva, cifra sus anhelos en el bienestar material y se dirige hacia Occidente. Todos queremos ser ricos, necesitamos serlo, y esta esperanza comunica a las tierras lejanas el prestigio de la ilusión. Hace siglos, la gente de empuje iba al Perú; ayer soñaba la humanidad con los tesoros de California, y allá corrían en masa los hombres de aventura; hoy empieza a mezclarse con el esplendor de los Estados Unidos la irradiación que surge de una nueva ciudad-esperanza: Buenos Aires.

Mañana —interrumpió Ojeda—, los peregrinos de la riqueza, torciendo su camino, se derramarán por las islas de la Oceanía, y tal vez la Jerusalén del porvenir estará dentro de millares de años en algún lugar del Pacífico donde en este momento colean los tiburones y se hinchan y deshinchan las olas solitarias.

El deseo humano colocaría la ciudad de la esperanza sobre alguna tierra sacada del fondo de las aguas por una convulsión del planeta; tal vez sobre atolones que los infusorios madrepóricos estaban petrificando en aquel momento con lenta y paciente labor multimilenaria… Nunca faltaría en el globo un lugar que atrajese a los hombres inquietos y enérgicos, descontentos con su destino, ansiosos de cambiar de postura.

—Cada vez será más grande esta peregrinación —dijo Maltrana—. Sentimos la imperiosa necesidad del dinero como no la sintieron nuestros abuelos; y los que vengan detrás la experimentarán con mayor ímpetu que nosotros. Yo deseo ser rico: no tengo rubor en confesarlo; es lo único que me preocupa. Necesito saber qué es eso de la riqueza, y a conseguirlo voy… sea como sea. ¿Y usted, Fernando?…

Sonrió éste levemente. También quería ser rico, y su deseo imperioso le había desarraigado del viejo mundo, lanzándolo en plena aventura, como los miserables que se aglomeraban en los sollados de la emigración. Necesitaba una gran fortuna para creerse feliz. Y sin embargo… ¡quién sabe!, la riqueza no es la dicha, no lo ha sido nunca; cuando más, puede aceptarse como un medio para afirmarla… Tal vez ni aun esto era cierto. Recordaba la wagneriana leyenda del anillo del Nibelungo, el milagroso oro del Rhin, símbolo del poder mundial. Quien lo poseía era señor del universo, dueño absoluto de todas las riquezas; pero para conquistarlo había que maldecir el amor, renunciar a él eternamente.

—Y el amor, Maltrana, y otros sentimientos, valen más que un tesoro. Yo soy pobre y marcho en busca del dinero porque veo en él una garantía de seguridad y de reposo para ocuparme tranquilamente en otras empresas de mi gusto. Pero si alguien me hiciese ver que la riqueza debía pagarla con la renuncia del amor, le juro que saltaba a tierra en el primer puerto para volverme a Europa.

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