Los argonautas

Los argonautas


XII

Página 32 de 33

—Paisana, vamos a llegar —había dicho al verla—. Permítame que la invite a tomar algo. Celebremos el buen viaje.

Ahora que se veía sin amistades femeniles gustábale conversar con la graciosa madrileña, a la que apenas había prestado atención en los días anteriores. Y ella, adivinando que este acercamiento repentino sólo era por el deseo egoísta de no verse solo, burlábase de sus aventuras en el buque.

—A usted, paisano, únicamente le interesa lo extranjero.

No tiene ni una mirada para lo de casa… ¡Claro! Las de la tierra somos poco distinguidas, no tenemos chic, como dicen esas señoras que hablan con Isidro.

Fernando la miró con interés creciente. Conchita estaba libre de la virtuosa presencia de doña Zobeida, que andaba por abajo en arreglos de equipaje. Los ojitos negros tenían una expresión maliciosa y prometedora. A él no le parecía mal la madrileña… ¡Pero en víspera de la llegada a Buenos Aires! ¡Cargar con un nuevo compromiso un hombre como él, que iba a la ventura!…

Su conversación giró al poco rato sobre el dinero y la nueva vida que les esperaba allá. ¿Qué pensaba hacer Concha al desembarcar? ¿Tenía algún amigo en aquella tierra?… Pero la muchacha rio con una inconsciencia valerosa. Nadie la esperaba, ni ella necesitaba apoyo alguno. Entraría en Buenos Aires como en su casa; lo mismo que si hubiese nacido allí.

—Y dinero, ¿sabe usted, paisano?, ni una peseta, ni una perra gorda. Tengo el gusto de desembarcar con el bolsillo limpio. Quiero que conste así, para cuando yo vaya en automóvil, tenga collares de perlas y los periódicos publiquen mi biografía con retrato. Me quedaba un poco de dinero, ¡muy poco!, al bajar en Río con doña Zobeida. La pobre señora me convidó y yo la convidé; luego volvió a obsequiarme, y yo, por no ser menos, le devolví el obsequio. Total, que en automóviles, refrescos, frutas del país y demás, se me fue el dinero. A lo último me quedaban diez pesetas, y me las gasté en sellos y postales, enviando recuerdos a los amigos y amigas de España. No me queda ni una mota. ¡Limpia por completo! Así camina una más ligera.

Reía con cierta agresividad, como si desafiase al porvenir. Cuando llegara a Buenos Aires, subiría a un coche, el primero que le saliese al paso, ordenando al cochero que la llevara a un hotel español. En el hotel pagarían el importe de la carrera. Y luego, a vivir, a esperar… En peores trances se había visto. Una mujer como ella podía correr el mundo sin una peseta. No todos los hombres iban a ser tan adustos y distraídos como uno que ella conocía —aquí Ojeda saludó irónicamente, no sabiendo qué contestar—. Tenía antiguos amigos en Argentina: señores que había conocido durante su paso por Madrid; unos, americanos; otros, españoles establecidos en Buenos Aires. Ignoraba sus domicilios, pero ella averiguaría.

—Yo soy capaz de descubrir dónde se acuesta el diablo. Además, cuento con la suerte, con lo que una no espera. Me da el corazón que se presentará algo bueno.

Fernando la habló de las francesas que iban en el buque. Tal vez tuviese más suerte que ellas. ¡Quién sabe a lo que llegaría en Buenos Aires! Pero la española torció el gesto. Ella no ambicionaba joyas, ni pretendía llamar la atención por su elegancia. Vivir bien y nada más.

—Isidro dice que yo soy una mujer para la gente… clásica. No sé lo que será eso. A mí me gustan los hombres serios; nada de ruidos. Vivir con uno como en familia.

Pretendió Ojeda tentar su codicia de mujer, hablando de los diamantes que conquistaban en Argentina y Brasil las cortesanas viajeras. Pero Conchita torció otra vez el gesto con expresión de protesta.

—No; yo no quiero diamantes. ¡Para como los ganan muchas!… Yo soy clásica, como dice Isidro, y no me presto a ciertas cosas. A mí me gusta como Dios manda, ¿se entera usted?… como Dios manda.

Y no pudo dar explicaciones más claras sobre qué es lo que Dios manda, pues se presentó doña Zobeida, que, terminados sus quehaceres, iba por la cubierta en busca de «la buena señorita». Corrió la gente hacia el balconaje de proa, como si la atrajese una gran novedad. El buque se movía otra vez; iba avanzando lentamente. Persistía la bruma, pero era menos densa. Los ojos alcanzaban a ver a mayor distancia a través de su blanco humo.

Esta marcha devolvió el buen humor a los que se preparaban a bajar en Montevideo. Era un avance tímido pero continuo a través de la bruma, que se presentaba en oleadas densas, como si la atmósfera se solidificase a trechos. Deslizábase esta cortina río abajo y resurgía el Goethe a una niebla menos espesa, que transparentaba los perfiles lejanos como fluidas siluetas. Al poco tiempo, una nueva avalancha cegadora pasaba sobre el buque, y así iba avanzando éste, con rápidos tránsitos, de una obscuridad absoluta a una penumbra vaporosa y láctea.

La luz macilenta que había podido filtrar el día a través de estos cortinajes lóbregos acababa de extinguirse con la llegada de la noche. El buque aparecía iluminado desde las cubiertas bajas a los topes. Sus costados estaban agujereados como negros panales por los ojos ígneos de los tragaluces. Los reverberos de las cubiertas daban a la niebla invasora un temblor irisado. En ciertos momentos, el trasatlántico parecía inmóvil, y únicamente al avanzar la cabeza fuera de la borda se convencían los pasajeros de que marchaba, oyendo el chapoteo invisible de sus flancos.

Ojeda vio pasar a Mina junto a él, una Mina distinta en su aspecto exterior a la que había conocido hasta entonces, siempre vestida de blanco y con la cabeza descubierta. Un gabán obscuro la envolvía del cuello a los pies. Su rostro estaba medio oculto por un ancho sombrero y un velo tupido. Ella, que en los días anteriores evitaba todo encuentro con Fernando, pasó repetidas veces junto a él. Hasta creyó adivinar a través del velo que sus ojos le miraban intencionadamente.

Al llegar en sus evoluciones cerca de una escalerilla de la cubierta de botes, volvió Mina la cabeza con muda invitación y subió rápidamente. Fernando, después de una espera prudente, fue tras de sus pasos.

Se encontraron arriba en una láctea penumbra atravesada por la flecha roja de las luces solitarias. Nadie más que ellos. Experimentaron cierta cortedad al verse frente a frente, como si se arrepintieran de esta entrevista. A los pocos momentos chorreaba la humedad por sus ropas. Sentían las manos humedecidas, e instintivamente las guardaron en los bolsillos. Toda su vida se concentró en los ojos.

Ella fue la primera en romper el silencio.

No podía resignarse a dejar el buque sin hablar con él por última vez, sin decirle adiós. Y Fernando, emocionado por el tono de humildad con que hablaba esta mujer, sacó las manos de los bolsillos buscando las suyas. ¡Mina!… ¡Brunilda adorada!… De su existencia en medio del Océano, ella iba a ser el único recuerdo que permanecería en pie.

La alemana habló al principio con timidez, en tercera persona, evitando el tuteo de la pasión; pero luego, con súbita familiaridad, se expresó libremente, lo mismo que cuando paseaban por la cubierta a altas horas de la noche.

—Me has hecho mucho daño. ¡Lo que yo he sufrido!… Quise odiarte, y no pude… Al verte con otra, huía, huía, detestando a tu compañera; pero a ti no. Y ahora no he podido alejarme sin decirte adiós.

¡Ay! Si él no hubiese sentido la fatal curiosidad… Si se hubiera limitado a amarla como ella quería… ¡qué felicidad la de los dos!…

—No puedo censurarte. Tú eres hombre y necesitas la posesión; y yo soy una pobre enferma, sin otros encantos que los del alma, los que no se ven… Y ahora, adiós; tal vez para siempre, tal vez por algún tiempo nada más. ¡El mundo es tan pequeño!…

La compañía iba a desembarcar en Montevideo. Trabajaría tres semanas en esta ciudad, mientras quedaba libre un teatro de Buenos Aires.

—Pronto iré adonde tú estarás… pero ¡quién sabe! Aunque vivamos en el mismo sitio, no nos veremos. Somos de distintos mundos; tú no te acordarás de mí. ¿Quién soy yo?… Ni siquiera una buena memoria: una decepción, un recuerdo penoso.

Él protestó con toda la vehemencia de su carácter, apasionado y elocuente cuando estaba en contacto con una mujer. Guardaría memoria de ella mientras viviese. Las otras no habían dejado en su recuerdo más que una sensación de penosa hartura.

—No te creo —dijo ella—. Tú sí que serás el mejor recuerdo de mi existencia… Me has hecho sufrir mucho. Tu fuga me hizo ver una decadencia y una miseria que tenía olvidadas. Pero aun así, ¡gracias, muchas gracias! Te debo la única felicidad que he conocido.

Vivía ella embrutecida por el desaliento, resignada a no conocer otra vez el amor, encanto de la existencia. Y llegaba él, para fijarse en su belleza marchita, inadvertida de los otros, y la despertaba misericordiosamente, tomándola en sus brazos, elevándola hasta su boca.

Esta felicidad había durado poco. Un pequeño rayo de sol, una risa de oro en el limbo de su existencia: un relámpago de luz alegre, y luego la noche otra vez, la desesperación de reconocer su decadencia. Pero a pesar de esto, repetía sus palabras de gratitud. ¡Gracias, muchas gracias! Se llevaba con ella algo que no le iban a quitar: la dulce melancolía del recuerdo, que puede embellecer la penumbra de una existencia resignada. Pensaría en él, como en un otoño suave, cuando sintiese el frío de la soledad.

—Aunque no me des más, ya has hecho bastante… Tal vez sea mejor que no volvamos a encontrarnos. Te veré en mi recuerdo cada vez más grande, más atractivo… Y ahora, adiós. Separémonos. Tengo que hacer abajo.

Fernando, que horas antes apenas se acordaba de ella, sintióse triste al abandonarla. Experimentó la melancolía del actor que empieza a «entrar en su personaje» y ve que le arrebatan de pronto el papel. Había saltado atrás con el pensamiento, suprimiendo unos días, y se contemplaba en el silencio de la noche equinoccial paseando por «el rincón de los besos» sosteniendo con un brazo a la romántica alemana, próxima a desvanecerse de sentimentalismo. Las palabras de entonces volvían a sus labios: «¡Novia mía!… ¡Mi walkyria!».

Aquella mujer era la única en el buque que le había amado con desinterés. ¿Y quería separarse de él así, fríamente, sin añadir algo a sus palabras?…

Estaban cogidos de ambas manos, con los dedos entrecruzados. Él tiró sin encontrar resistencia, y ella, sumisa, adivinando sus deseos, dejó caer la cabeza sobre un hombro de Fernando. Mina no habló, pero él creía escuchar su voz infantil y medrosa, tal como había sonado abajo noches antes: «Boca, sí… Cabina, no…».

Su beso fue triste, dificultoso. Sus caras, al juntarse, estaban húmedas y chorreantes por la niebla. Ella besó como en la primera noche, de abajo arriba, entornando los ojos, palpitantes las alillas de la nariz, frunciendo los labios, como una flor que cierra sus pétalos. Pero Fernando sólo encontró en esta caricia una sensación lejana, semejante a la de un perfume desvanecido, a la de una música borrosa. Además, el ala del sombrero se clavó en su frente, el velo arremolinado le raspó una mejilla, la punta de un alfiler largo, que parecía animado de vida maligna, buscó traidoramente uno de sus ojos.

Ella se separó con rudo tirón. ¡Adiós!, ¡adiós! Y al estar junto a la escalerilla, volvió aún la cara hacia Ojeda para despedirse con voz trémula:

—¡Novio mío!… ¡mi poeta! Acuérdate alguna vez.

Al descender Fernando a la cubierta de paseo, vio a Mina hablando en alemán con otras de la compañía. Pasó junto a ella, y al encontrarse con sus ojos, éstos le miraron indiferentes, sin la más leve emoción, cual si fuese un desconocido.

Empezaron a marcarse a través de la niebla, cada vez más clara, varios puntos de luz: unos, fijos; otros, intermitentes, parpadeando como ojos de cíclope. Una nube rojiza se extendía frente a la proa sobre el perfil negro de la costa. Debía ser el reflejo de una ciudad iluminada… ¡Montevideo!

Y otra vez la inconstancia de la muchedumbre se puso de manifiesto con alabanzas al capitán por haber avanzado sin extravíos a pesar de la niebla.

Abríanse grandes claros en el cielo al rasgarse la bruma. Eran largos colgantes de intenso azul en los que flotaban enjambres de estrellas. Al poco rato, una brisa fresca barría los últimos jirones, que se amontonaron más allá de la popa, río abajo, formando una barrera blanca.

Quedaron completamente al descubierto, con la limpieza de un cuadro recién lavado, la superficie del estuario y la costa negra con sus resplandores de faros y de pueblos. El oleaje rompía y entremezclaba los reflejos de los astros, haciendo danzar estas luces sin calor, lo mismo que fuegos fatuos.

Volvió a lanzar sus bramidos el Goethe en la noche serena, manteniendo su marcha lenta, cual si no se atreviese a avanzar solo. Después de la comida se agolparon los pasajeros en las bordas, atraídos por una novedad. Una luz venía al encuentro del buque al ras de las aguas; una luz que se agitaba locamente en continuo balanceo, ocultándose con frecuencia al interponerse una ola entre ella y el navío.

Algunos pasajeros reconocieron esta luz. Era el vaporcito del práctico de Montevideo. Desde lo alto del Goethe, inmóvil como una isla, parecían insignificantes las ondulaciones que venían a chocar contra sus costados; pero al mirar la luz que se aproximaba titubeante, algunas mujeres daban gritos de angustia. El vaporcito, ancho y profundo, de robusta chimenea, navegaba, sin embargo, como un pedazo de corcho a merced de las olas, sacudido, retorcido, zarandeado por encontradas fuerzas. A veces desaparecía su luz, como si se la hubiesen tragado las aguas, y tras largo eclipse volvía a aparecer más allá, donde nadie esperaba verla.

—¡Qué río el de la Plata! —dijo con orgullo el doctor Zurita a Isidro—. Y lo que usted ve no es nada… Hay que pasarlo un día de tormenta… Algunos que no se marean yendo a Europa, echan hasta el alma en un vapor del río.

El buque del práctico entró en la zona iluminada del Goethe. Los pasajeros vieron abajo una ancha cubierta mojada por el oleaje, unos cuantos hombres con impermeables, la boca de una chimenea que cesó de arrojar humo, y las luces de varios faroles. Una escala de cuerda cayó desde el trasatlántico y un hombre gateó por sus travesaños. A los pocos minutos sonaron en lo alto del buque los timbres de señales para las máquinas. Se despegó el vaporcito, alejándose con violento y grotesco cabeceo, semejante a los traspiés de un beodo. El Goethe, con el práctico en el puente, aceleró su marcha, poniendo la proa rectamente a Montevideo.

Empezaron a surgir rosarios de luces entre las masas de sombra de la costa. Unas eran rojas y mortecinas; otras, blancas y erizadas de fulgores: una procesión cada vez más larga y de filas múltiples según el vapor iba avanzando. En lo alto del cielo, un astro poderoso centelleaba con intermitencias, rasgando la obscuridad. Los uruguayos saludaron esta faja parpadeante de luz con patriótico entusiasmo. Era el faro del Cerro; el monte que al ser visto por los primeros navegantes españoles dio, según la tradición, su nombre a la ciudad.

Las luces se iban extendiendo profusamente. Alineábanse en dobles filas, indicando el trazado de los bulevares exteriores; otras más débiles punteaban con rangos superpuestos la negra masa de los edificios. Junto al agua brillaban los focos eléctricos del muelle y las linternas multicolores de los buques.

Rompió a tocar la banda del Goethe la marcha triunfal con que saludaba el ingreso en los puertos. A un lado del buque surgió un murallón con espumas en su base. Era la escollera. Viéronse muelles con puente agolpada en sus bordes; edificios altos; arranques de calles que se perdían en lontananza entre una doble fila de árboles y faroles; luces movibles de tranvías y automóviles.

Algunos pasajeros se agitaban de un lado a otro de la cubierta, como si les faltase el tiempo para desembarcar.

—¡Ya estamos!… ¡Ya hemos llegado!

Pasó el Goethe por entre buques tan enormes como él, trasatlánticos que iban con rumbo a Europa o a los puertos del Pacífico, y sólo anclaban unas horas, cerca de la embocadura, para salir inmediatamente. Sus luces rojas, verdes y blancas reflejábanse con violento serpenteo en las aguas removidas por el paso continuo de lanchas y remolcadores.

Cuando la gente del Goethe creía que el buque iba a seguir avanzando, hasta pegarse a un muelle, se detuvo en mitad de la dársena, lo mismo que los otros trasatlánticos, y sonó en su proa el estrepitoso rodar de las cadenas de anclaje. «¡Fondo!…». Quedó inmóvil la nave, e inmediatamente la rodearon los pequeños vapores que evolucionaban en torno de ella. Aglomerábase el gentío en sus cubiertas agitando pañuelos, dando gritos para llamar la atención de los pasajeros del trasatlántico alineados en las bordas. Y muchos de éstos, al avanzar sus cabezas para ver mejor a la muchedumbre que llenaba los pequeños buques, reconocieron caras amigas, saludándolas con gritos de regocijo y preguntas sobre los ausentes.

Unos eran de Buenos Aires, y habían bajado el río para dar la bienvenida a las familias que regresaban de Europa; otros esperaban el momento de subir al trasatlántico, por curiosidad o por exigencias del oficio.

El Goethe había encendido en sus costados poderosos focos de luz verde, que daba a los rostros un tono lívido, haciendo palidecer los faroles de las embarcaciones inmediatas. Después de larga espera quedaron francas las escalas del buque, lanzándose por ellas la muchedumbre como si subiera al asalto.

Los primeros en entrar fueron los vendedores de periódicos, pregonando los últimos diarios y revistas de Buenos Aires y de Montevideo. Arrebatábanse los viajeros el papel impreso, ansiosos de enterarse de las noticias de su país, como si temiesen que durante su aislamiento en el mar hubieran ocurrido los sucesos más extraordinarios. Después subieron corredores de los hoteles de Buenos Aires y agentes de empresas de transportes, ofreciendo sus servicios. Todos hablaban de la gran ciudad situada al final del estuario, como si ella existiese únicamente y la otra que estaba a la vista fuese una simple portería del río. Esparcíanse por el trasatlántico los que habían llegado de Buenos Aires para saludar a sus amigos. Gritos, llamadas, reconocimientos, abrazos, preguntas por los parientes que esperaban allá.

Los pasajeros con destino a Montevideo desfilaban por una escala especial hasta un vaporcito de amplia cubierta. Todas las damas de la opereta bajaron estos peldaños de madera con el gesto majestuoso de una reina de teatro que desciende por una escalinata de cartón. Las «estrellas» de la compañía avanzaban entorpecidas por los grandes ramos que les había enviado el empresario a guisa de saludo. Hasta las coristas parecían otras al descender a tierra. Contestaban a los saludos de Maltrana con una discreción de grandes señoras que abandonan su incógnito. Ya estaban en América. La fortuna, indudablemente, les reservaba gratas sorpresas. Había que hacerse valer, olvidando las promiscuidades del buque.

Fernando vio a Mina que bajaba la última, llevando el niño por delante y sosteniendo en sus brazos varias ropas y paquetes. Pasó junto a él como si no quisiera verle, contestando a su mirada de despedida con un ligero movimiento de cabeza.

«¡Adiós, Karl!…». La mano de Ojeda había acariciado al niño, y éste movió la cabeza, considerándolo un instante con la expresión del que recuerda de pronto a una persona olvidada. Luego se alejó de él sin un saludo, sin una sonrisa, con el enfurruñamiento de su gravedad precoz.

Miraba Isidro la ciudad, alabando su hermoso aspecto.

—Ya estamos en nuestra América, Ojeda. Crea usted que bajaría con gusto, pero no me place ver una ciudad de noche, y el buque saldrá antes del amanecer.

Ojeda había estado en Montevideo años antes, y guardaba un buen recuerdo.

—Algún día la veremos —dijo—. Vamos a ser vecinos de ella. Un viaje de una noche nada más… ¡Quién sabe cuántas veces tendremos que volver por aquí!…

Un estallido de aplausos, acompañado de vibrantes aclamaciones, sonó en la cubierta superior. El curioso Maltrana corrió escalera arriba, y Fernando tras él. Una muchedumbre llenaba el jardín de invierno y el salón. Algunas banderas tricolores desplegábanse sobre las cabezas descubiertas.

—¡Los gringos! ¡Vamos a ver a los gringos! —decían los niños en el paseo, acudiendo curiosos, atraídos por los aplausos.

Varias comisiones de sociedades italianas de Montevideo habían venido a saludar a su compatriota el conferencista ilustre de paso para Buenos Aires. Todos se lamentaban de que no descendiese inmediatamente en su ciudad; le pedían que volviera cuanto antes a Montevideo. Isidro se fijó en los diversos aspectos de los comisionados: unos, bien vestidos, revelando en el empaque de sus personas la satisfacción de una fortuna recién conquistada; otros, más humildes, con el aspecto de obreros endomingados; pero todos rebosando un orgullo patriótico por esta visita, que les recordaba la tierra lejana y parecía aumentar su propia importancia en el país de adopción.

El conferencista, que había pasado casi inadvertido durante la travesía, se agigantaba ahora de golpe con este homenaje popular. Muchas señoras que apenas se habían fijado en él, sonreían y lo encontraban «muy distinguido de figura».

Un mocetón italiano, representante de una sociedad obrera, saludó al professore con un discursito aprendido de memoria. Lo recitó de buena fe, con la convicción de que estaba trabajando por la gloria de su país. Celebraba la llegada del grande hombre como la aparición del día, con enfático lenguaje: «Egregio professore: Voi siete come la stella del mattino…». Y mientras aplaudían los compatriotas, «la estrella de la mañana» acariciábase las barbas y se afirmaba los lentes pensando en su contestación.

—¿Y el abate? —dijo Maltrana— ¿Dónde estará el otro conferencista?

Habían vuelto los dos amigos al paseo, huyendo del sudoroso calor y los empellones de la gente aglomerada. Cerca del café vieron al abate rodeado de tres jóvenes que habían venido de Buenos Aires para darle la bienvenida.

—Poco éxito —dijo Isidro—. El italiano lo aplasta con sus masas. Fíjese usted: tres jovencitos nada más, tres niños de buena familia, que indudablemente vienen enviados por sus mamás.

Ojeda movió la cabeza negativamente. Los recibimientos eran distintos, cierto; pero faltaba ver el final, el resultado positivo de las conferencias.

—Los dos vienen a ganar dinero, y eso es lo que en realidad les importa. Verá usted cómo el otro, a pesar de tantas aclamaciones, músicas y banderas, no se lleva lo que el abate.

Al seguir circulando por la cubierta, vieron nuevas personas que se habían agregado a los grupos de viajeros. Todas las familias argentinas rodeaban a alguien que había realizado el viaje a Montevideo para saludarlas. Y el recién llegado hablaba y hablaba, para satisfacer su curiosidad ansiosa de novedades.

En la terraza del fumadero encontraron a todos los Kasper sentados a una mesa gravemente, como si celebrasen un consejo de familia. Frente a Nélida estaba un mocetón alto, tostado por el sol y de mirada dura.

Maltrana pasó rápidamente mirando a otro lado, cual si quisiera evitarse saludos y presentaciones.

—¿Se ha fijado usted? —dijo a Ojeda algunos pasos más allá—. Es el hermano, el centauro de la Pampa, que ha venido a esperarlos; el vengador que amenaza a su hermana con desfigurarle el rostro… La pobrecita está desde esta tarde con un susto mortal. Un radiograma les hizo saber que el bárbaro los esperaba en Montevideo, y en seguida me rogó que no me acercase a ella. Veremos en qué para esto.

Al otro lado del paseo encontraron al «hombre misterioso». Maltrana, al verle, experimentó gran sorpresa. ¡Oh prodigio! El hombre lúgubre no estaba solo; tenía un amigo. Hablaba con él un joven que parecía por su aspecto un ayuda de cámara.

—Esto va poniéndose claro, Ojeda. Algún cómplice que viene a darle aviso. La policía lo espera indudablemente en Buenos Aires… Pero ese amigacho parece un criado de casa grande. ¿No estarán preparando juntos algún mal golpe?… De todos modos, vamos a saber la verdad mañana. Yo no me voy sin averiguar lo que encierra el camarote.

Fatigados de codearse con la gente de tierra que llenaba las cubiertas, se refugiaron en el fumadero. También era extraordinaria la concurrencia en este salón. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Los pasajeros obsequiaban a los amigos que habían venido a saludarles.

Miró Fernando con melancolía esta vasta pieza, en la que se había deslizado para algunos toda la vida trasatlántica.

—La última noche, Isidro. Puede usted decir adiós al buque. Mañana a estas horas, con las nuevas impresiones de tierra, tal vez nos habremos olvidado de él.

Acostumbrados los dos a la existencia de a bordo, experimentaron cierta tristeza al pensar que no verían más estos lugares, en los que habían transcurrido quince días de su vida, equivalentes a quince meses por sus largos tedios y sus rápidos sucesos. Ojeda sintió la necesidad de solemnizar con algo extraordinario esta última noche, y pidió champán.

—Una botella para los dos, ¿le parece bien, Maltrana? Saludamos al río de la Plata; presentémonos alegremente ante la fortuna que nos espera… ¡Por nuestra suerte!

Y luego de chocar las copas quedaron silenciosos, mirando atentamente los adornos de aquel salón, como si lo viesen por vez primera y quisieran llevarse impresa su imagen en el recuerdo. No se habían fijado hasta entonces en los escudos que adornaban las paredes entre guirnaldas doradas de frutas y hojas. Eran los de todas las naciones en cuyos puertos tocaba el buque, añadiéndose a ellos los de Paraguay y Chile. Una cúpula de cristales de colores elevábase sobre el artesonado de oro obscuro. Profundos sillones de cuero se agrupaban en torno de las mesas de roble. En éstas, muchos ruedos de fieltro, indicadores de los bocks consumidos, y grandes fosforeras con receptáculos de níquel llenos de colillas de cigarro. Los ventiladores zumbaban a todas horas, limpiando el ambiente de humo. El piso de mosaico ofrecía una nitidez propicia al resbalón.

En el fondo estaban, como siempre, los devotos del poker, ajenos a los sucesos exteriores, con los naipes en la mano, espiándose impasibles. Su número era menor. Unos se habían quedado en Río Janeiro, otros acababan de descender en Montevideo; pero estas deserciones no entibiaban la fe de los leales; antes bien, su fervor parecía recrudecerse. Era la última partida: al día siguiente iban a separarse. Y jugaban olvidados de todo, sin saber con certeza si el buque estaba inmóvil o había reanudado su marcha.

Un gran retrato de Goethe adornaba el testero del salón. Presidía el poeta con su olímpica sonrisa el manejo de las barajas y el continuo beber de una parte del rebaño trasatlántico acorralado en el buque de su nombre. Una columna caída le servía de asiento y una campiña desolada de melancólico fondo. Sombreaba sus facciones de helénico dios un amplio chambergo y cubría sus vestidos con una túnica blanca, a modo de gabán de viaje. Con este exterior un tanto grotesco lo había representado el artista, soñando sobre las ruinas del agro romano.

Maltrana lo miró con más atención que otras veces, como si se despidiese de él.

—Digamos adiós al noble amigo don Wolfgang, que ha visto con paciencia tantas necedades nuestras… Este fue un hombre feliz. No se vio obligado, como nosotros, a correr el mundo en busca de dinero. La fortuna fue pródiga para él, como una de esas viejas apasionadas que gustan de proteger a los buenos mozos. Todo lo tuvo: genio, belleza, gloria y amor. Hasta conoció el orgullo de gobernar a los hombres… Pero a pesar de su egoísta felicidad, supo ver desde sus alturas, como nadie, las inquietudes y las ambiciones de los pobres mortales. Acuérdese de su héroe, amigo mío; haga memoria de cómo terminó su existencia… Fue un colega de usted, un colonizador.

Ojeda sonrió al recordar, por estas indicaciones de su amigo, el final del insaciable Fausto. Había gozado dos grandes amores, Margarita y Elena, y ni la ingenua burguesilla alemana ni la hija tentadora de los dioses le hicieron conocer la verdadera felicidad. La ciencia fue para él otro desengaño; y lo mismo el imperio sobre los hombres, la «potencia de dominación», con todas las satisfacciones del orgullo… Al final de su existencia creía encontrar la verdadera dicha dedicándose al progreso de sus semejantes, colonizando una isla, levantando en ella la ciudad futura, en la que todos serían iguales, regidos por la santa poesía… Y para la realización de esta empresa luchaba con la tierra salvaje y con las aguas, abriéndolas un enorme canal.

—Sí —continuó Fernando—; fue un colonizador, después de haber sido enamorado, sabio y monarca. Pero cuando consideraba su obra triunfante, Mefistófeles, el diabólico compañero, malvado y burlón, reía a sus espaldas. «Infeliz: cree estar abriendo un canal, y está abriendo su propia tumba».

—Pero a usted no le ocurrirá eso. Usted es joven, y tiene más ilusiones que el famoso doctor.

Fernando hizo un gesto de indiferencia. No le inquietaba el porvenir. La muerte llegaría para él lo mismo que llega para los demás, inesperadamente, sin consultar las ambiciones y las necesidades de su víctima. Si los hombres pensasen en la muerte a todas horas, pocos querrían trabajar, convencidos de antemano de la inutilidad de sus esfuerzos.

—Creo lo mismo que usted —concluyó animosamente—. Yo removeré la tierra y abriré canales, sin abrir por eso mi tumba… Mi sepultura está en Europa. Pero ¡quién sabe las cosas que nos aguardan antes de morir en este país al que vamos llegando!

Después de media noche, se retiraron los dos amigos a sus camarotes. Había disminuido la gente en las cubiertas y salones. Los comisionados italianos, con sus banderas y sus vítores, estaban ya en tierra, y lo mismo que ellos, los demás habitantes de Montevideo venidos al trasatlántico para saludar a los amigos. No quedaba en torno del Goethe ningún vaporcillo de pasajeros. Ahora eran fuertes gabarras las que flotaban junto a la nave. Movíanse ruidosamente las maquinillas de descarga. Sus brazos amarillos pasaban enormes fardos de las bodegas de proa y de popa a las chatas embarcaciones. Esta operación iba a prolongarse hasta la madrugada. Además de las mercancías, había que echar a tierra el enorme bagaje de la compañía de opereta: cofres de vestuario, decoraciones, equipajes de los artistas.

Al entrar en su camarote, Ojeda experimentó la sorpresa de la inmovilidad. Estaba acostumbrado al zumbido remoto de la máquina, que comunicaba un ligero temblor a las paredes. Le hacía falta el crujido de las maderas, el ruido continuo de agua corriente debajo de la ventana. Creyó estar ahora en una casa de tierra firme. Todo inerte, como si el buque fuese de ladrillo con profundas raíces en el suelo. El silencio nocturno, cortado por relámpagos de ruido, era igual al de una fábrica. Cuando Fernando empezaba a dormirse, reanudábase de pronto el rodar de las maquinillas acompañado del griterío de los obreros ocupados en la descarga.

El buque no podía zarpar hasta después del amanecer. Aguardaba el capitán a que subiese la marea para remontar el río.

Despertó Ojeda, en la mañana siguiente, cuando entraba el sol por la ventana de su camarote. Su primera impresión fue de sobresalto. Algo extraordinario había retrasado la salida del buque. Éste parecía inmóvil, como si aún permaneciese anclado frente a Montevideo. Pero al aproximarse a la ventana, no vio la ciudad ni los numerosos buques surtos en el puerto. Una extensión infinita de agua se abrió ante sus ojos; pero era un agua amarillenta a trechos, más allá rojiza, con el leve rizado de un oleaje corto e incesante.

Navegaba el buque como si avanzase entre algodones, sin un choque, sin el más leve balanceo. Su profunda quilla parecía resbalar sobre rieles invisibles. Las aguas, al partirse ante su vientre, eran sordas y no levantaban jaboneo de espumas. Los ojos, habituados al azul intenso del Océano, parpadeaban con cierta extrañeza ante la extensión amarilla, semejante por su color a una pradera seca.

En la cubierta de paseo encontró Fernando a los pasajeros vestidos con trajes de calle, como si les faltase tiempo para saltar a tierra. Muchos hombres llevaban ya guantes y bastón. Las señoras iban puestas de sombrero, con abrigos recientemente adquiridos en París. Tal vez eran demasiado gruesos para la temperatura reinante, pero ellas tenían prisa de exhibirlos al saltar a tierra, contando con la admiración o la envidia sonriente de las amigas.

Faltaban aún varias horas para llegar a Buenos Aires. Las orillas, sin una colina, sin altos bosques, permanecían invisibles y el río desarrollábase inmenso y solitario como el mar. De vez en cuando, sobre las aguas rojas, que parecían de barro líquido, cabeceaba una boya con un farol en la cúspide y un número blanco en el vientre, indicador de los kilómetros entre Buenos Aires y Montevideo. El Goethe marchaba entre una doble fila de estas balizas, que marcaban el canal para los buques de gran calado. A los lados de este canal surgían inmóviles los barcos del dragado, como negras ballenas dormidas a flor de agua. Veíase el rosario oblicuo de sus enormes tanques entrando en el agua y saliendo con un chorreo de fango removido.

El trasatlántico avanzaba lentamente, como si su quilla mordiese en el fondo ocultos obstáculos. Estremecíase al remover un légamo secular, venciendo ocultas resistencias. En torno de su vientre se obscurecían las aguas con una nube negra que subía de la profundidad. Las espumas levantadas por las hélices tenían en su hervor manchas de detritus. Un viento a ráfagas, más violento que el del Océano, pasaba sobre esta superficie, levantando un oleaje encontrado que chocaba imponente en los flancos de la nave, sin producir en ella la menor conmoción. Media hora después, al cesar el viento, la superficie del río quedaba casi inmóvil.

Fuera de las líneas de balizamiento pasaban a todo vapor, o con las velas desplegadas, numerosos buques. Eran fragatas que iban a descargar, Paraná arriba, en el puerto de Rosario; vapores de tres pisos, sin mástiles y de escaso fondo, parecidos a casas flotantes, que hacían el servicio diario entre Buenos Aires y Montevideo; reducidos paquebotes, iguales en su forma a los grandes trasatlánticos, que remontaban el estuario con rumbo al Paraguay y a las escalas fluviales del corazón del Brasil, en plena selva virgen.

Ojeda vio a Maltrana venir hacia él sonriente y amistoso como si le faltara tiempo para comunicarle gratas noticias.

—Lo de la familia Kasper queda resuelto. Nélida acaba de presentarme a su temible hermano… En cuanto al camarote misterioso, ya no tiene misterio… Hace un rato he estado hablando con «el hombre lúgubre».

Y como si gozase manteniendo latente la curiosidad de Fernando, empezó por hablar de Nélida y su familia. ¡Todos contentos! El hermano pequeño atolondrado por las reprimendas de la madre y el enojo patriarcal del señor Kasper, parecía haber olvidado sus amenazas, absteniéndose de hacer revelaciones al hermano mayor. Nélida le cedía a perpetuidad el loro y la mona regalados por Ojeda, y esta merced generosa había acabado de extinguir sus antiguos rencores. Ocupado en sus caricias a estos compañeros, no se acordaba de nada.

El padre y su montaraz primogénito habían pasado varias horas en la noche anterior y en esta mañana hablando de negocios. Y Nélida aprovechaba la menor pausa para acariciar con gestos felinos y engañosos al sombrío centauro, que también parecía haber olvidado con la emoción sus recelos y sus amenazas. Acababa de encontrarse Isidro con ellos en el fumadero, y Nélida le había presentado al hermano.

—Un bárbaro; créame, Ojeda. Mirada torva, dificultad en el hablar, como si no se acordase de las palabras, y un apretón de manos que aún me duele. Pero me dio las gracias como pudo al saber por Nélida que yo y otro señor compatriota mío habíamos tenido grandes atenciones con ella. Hasta me ha invitado a que vaya a pasar unos días en su estancia. ¡Qué vida ésta del Océano! ¡Qué cosas ha visto el buque!…

—¿Y lo del camarote? —preguntó Fernando—. ¿Qué es lo que hay dentro de él?

Otra vez lanzó exclamaciones Maltrana ponderando las sorpresas de aquella vida sobre el mar, abundante en novedades y contrastes. Venían viajando sobre catorce millones en oro apilados en la bodega; y por si no bastaba tanta riqueza, él había dormido todas las noches junto a una señora millonaria, cuya presencia en el trasatlántico muy pocos conocían.

—¿La ha visto usted? —preguntó Ojeda, francamente interesado por esta noticia.

—No pienso verla: no me tienta la curiosidad. Ha perdido todo interés para mí… Porque le advierto, Fernando, que la tal señora, mi vecina de camarote, murió hace un mes en París, y es su cadáver el que viene con nosotros a Buenos Aires.

Acababa Isidro de enterarse. El mayordomo del buque le había revelado el secreto viendo próximo el término del viaje.

—La pobre señora tenía un nombre poético un tanto raro: doña Matutina Flores. Parece que en esta tierra bautizan a las gentes con nombres algo originales… ¡Los millones de la noble matrona! No sé cuántos: unos dicen treinta, otros cuarenta… En fin, muchas casas en Buenos Aires, leguas y leguas de campos, miles y miles de vacas, acciones de todos los Bancos serios. Vivía en París, como todo argentino rico que se respeta, rodeada de hijas, hijos, yernos, nueras y nietos. Una familia numerosa, una verdadera tribu, pero con víveres en abundancia. Y al morir doña Matutina la llevan a enterrar a Buenos Aires, según su póstuma voluntad. Los hijos y los yernos no han querido hacer el viaje con ella (esto les enternecería mucho), pero vienen en otro buque, para repartirse la herencia sobre el terreno.

—¿Y el hombre misterioso?…

—Es simplemente el mayordomo que tenía la difunta en su hotel de la Avenida del Bosque… Un majestuoso doméstico, que sabe guardar las distancias lo mismo que un diplomático, y por eso se mantenía aparte, con un digno espíritu de clase. ¡Y yo que tomaba esta tiesura por orgullo!

El recuerdo de sus pasadas curiosidades surgió en Maltrana como un remordimiento.

—¡Pobre doña Matutina!… Que me perdone desde el cielo los escándalos que he dado ante su puerta… Ni la conozco ni me deja nada; pero la tengo cierta simpatía. Ya ve usted: ¡medio mes de dormir juntos, sin otra separación que un tabique de madera!… ¡Y tantas veces que la han recordado las señoras argentinas en sus tertulias de la cubierta, sin sospechar que la tenían debajo de sus pies!… Los herederos se han portado bien. En vez de meterla en la bodega, la han alquilado un camarote, como si fuese una persona viva. ¡Corazones generosos!… ¡Las atenciones y finezas que inspiran unas docenas de millones!…

Isidro no podía abandonar el recuerdo de este cadáver acompañándole invisible en su viaje.

—Reconocerá usted que han ocurrido muchas cosas en quince días. Las sesiones nocturnas en el fumadero, amoríos, golpes, el desafío de Río Janeiro, que por poco me cuesta un pie, millones en oro acuñado debajo de nuestras plantas, un cadáver de iluso echado al mar, quince noches pasadas junto a otro cadáver que también representa millones… ¡qué novela! ¡Y yo que he pasado en Madrid meses y meses de casa al café, del café a la redacción y de la redacción a otros sitios… sin que me ocurriese nada extraordinario!… El único remordimiento que siento después de tantos sucesos es el de mis insolencias involuntarias con la pobre doña Matutina y los sustos que he dado a su guardián. ¡Que ella me perdone! ¡Lástima no habernos conocido un poco antes, para que me hubiese dedicado un pequeño recuerdo en su testamento!…

A la hora del almuerzo, los pasajeros comieron apresuradamente, deseando volver cuanto antes a la cubierta. Esperaban ver Buenos Aires de un momento a otro. Se iba aproximando el trasatlántico a la ribera argentina. No alcanzaba a distinguirse ésta por ser muy baja, pero sobre la línea del agua extendíanse algunos borrones horizontales, siluetas de lejanas arboledas.

El número de buques aumentaba considerablemente. Muchos permanecían inmóviles. Los veleros cabeceaban con los trapos caídos a lo largo de los mástiles, en espera de las irregulares palpitaciones del viento. Cuando éste llegaba, movía como un escalofrío las blancas superficies de las arboladuras. Otros, anclados y con los palos desnudos, aguardaban no se sabía qué.

Más allá, fue pasando el Goethe entre filas de vapores de diversas hechuras y capacidades. Formaban una ciudad flotante, una ciudad muerta, sin otro signo de vida que algún bote que se deslizaba de un buque a otro. Los cascos parecían envejecer en esta inmovilidad, cual si llevasen años y años de espera en medio de las aguas turbias, encallados para siempre, sin esperanza de volver a los azules horizontes del Océano. Aguardaban su turno para entrar en las dársenas de Buenos Aires, repletas por el tráfico mundial, y esta espera en medio del río, a algunas millas del puerto, prolongábase en ciertas épocas del año semanas y semanas.

Los pasajeros del Goethe se despedían previsoramente antes de avistar Buenos Aires. A última hora, la urgencia del desembarco, la necesidad de reunir los equipajes, la visita de la aduana, hacían olvidar a los amigos. Ofrecíanse unos a otros los respectivos domicilios, cruzábanse tarjetas. Las niñas se decían adiós con un conato de lagrimeo.

Iba a disolverse todo el mundo. Su historia no había alcanzado a durar un mes, ¡pero con vida tan intensa!… La separación daba mayor relieve a los recuerdos. Gentes que se habían mirado al principio de la travesía con notoria hostilidad se lamentaban de esta separación. «¡Tanto como hemos simpatizado!… ¡Tan buenos ratos que hemos vivido juntos!…». Las damas, que en los primeros días del viaje se mantenían por orgullo nacional en diversos grupos enemigos, despedíanse ahora con una tristeza casi lacrimosa. Nadie se acordaba ya de las diplomáticas tiranteces entre los «pingüinos» y las «potencias hostiles».

El doctor Zurita dio tarjetas a Maltrana y Ojeda. Su cortesía era un tanto ruda, pero ingenua, verdadera. Él no gustaba de palabras: ya sabían que era su amigo.

—Y usted, galleguito simpático —dijo a Isidro—, si necesita algo de mí, búsqueme. Buenos Aires es grande, cada uno va a lo suyo, pero alguna vez precisará a usted el arrimo de un compañero.

Despidiéronse de Maltrana todos sus «queridos amigos», los jóvenes de las fiestas nocturnas en el fumadero. Algunos le daban cita para aquella misma noche en restoranes frecuentados por personas alegres. Le presentarían a ciertos amigos muy simpáticos: todos «gente bien».

El grupo de chilenos dijo adiós a Isidro con francos ofrecimientos. Su tierra no era Buenos Aires; había menos dinero, menos lujo, pero la vida era tal vez más alegre.

—Godito: cuando se canse de estar con los «cuyanos», venga a hacernos una visita. No hay más que pasar los Andes. Verá mujeres con manto, como en su tierra; verá bailar la cueca. ¡Y qué remoliendas!… Véngase y no sea leso.

Mientras, Ojeda, desde el mirador de proa, contemplaba la muchedumbre aglomerada en las bordas, ansiosa de ver cuanto antes la deseada ciudad.

Una mujer, alborotado el pelo y enrojecidos los ojos, gemía a un lado del combés. Cerca de ella, unos chicuelos gritaban lagrimeando también; pero de pronto parecían olvidarse de su dolor para mirar, como los demás, a la línea del horizonte, esperando la aparición de un prodigio. Eran la viuda y los hijos de Muiños. Hasta poco antes no habían conocido la noticia de su muerte. Le creían en la enfermería, aceptando los piadosos embustes de don Carmelo. «¡Pachín!», aullaba la viuda. Una preocupación única volvía continuamente como tema obligado de sus lamentaciones. «¡Lo han echado al mar!… ¡No lo veré más!». Y los pequeños la hacían coro, como una cría de perritos abandonados. «¡Padre!… ¡padre!». ¡Qué sería de ellos!…

La señá Eufrasia era la única que intentaba consolarlos con sus palabrotas enérgicas. Los demás, enardecidos y contentos por la proximidad de la tierra soñada, volvían la cabeza, huyendo de sus lamentaciones.

Subido en un caramanchel, un hombre tocaba la gaita, saludando a Buenos Aires con el mugido melancólico del inflado pellejo. En el castillo de proa sonaba la flauta pastoril de los árabes. Algunos niños, agarrados de la mano, daban vueltas siguiendo el ritmo de la música.

De pronto, un grito compuesto de numerosas exclamaciones, un alarido igual a los que debieron surgir de las proas de las primera carabelas:

—¡Allí… allí! ¡Ya se ve!

Iba surgiendo del fondo del río una nube blanca con negros manchurrones; algo que subía y subía lenta y continuamente, como una aparición teatral por la boca de un escotillón. La parte blanca e irregular de la nube eran casas; lo negro, arboledas de jardines.

Alguien en la proa rompió a aplaudir con el irresistible entusiasmo de las muchedumbres en las reuniones populares. Esta iniciativa fue contagiosa, y todos batieron las manos, extendiéndose sobre el río un estrépito semejante al del granizo chocando con el cristal. «¡Buenos Aires!… ¡Viva Buenos Aires!». Y cesaban de aplaudir para echar en alto gorras y sombreros. Un enjambre de puntos negros subía y bajaba sobre la proa del Goethe. Al cesar por un momento las aclamaciones, percibíase el lloro de la gaita gallega, el gorjeo de las cañas árabes y el trágico aullido de la pobre hembra y su cría: «¡Pachín! ¡Lo echaron al agua!… ¡Padre!, ¡padre! ¡Qué será de nosotros!…».

El entusiasmo popular se comunicó a los pasajeros del castillo central. La música se había colocado en el avante del paseo y rompió a tocar la consabida marcha, aunque el buque estaba lejos de la ciudad. Muchos pasajeros caminaban marcando el paso al compás de la música, lo mismo que los chicuelos que desfilan delante de un regimiento. Algunas parejas bailaban, esforzándose por ajustar sus saltos al ritmo de la marcha.

Fernando torcía el gesto ante la desmesurada explosión de entusiasmo.

«Es demasiado —pensó—. ¡Cuánta dicha habría de contener ese país para dar gusto a tanta gente!…».

Ir a la siguiente página

Report Page