Los argonautas
VI
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—Contemple usted y admire, Isidro. Ahí tiene a uno de los grandes sacerdores del culto amarillo, que se prepara a oficiar.
Señalaba con los ojos al banquero, majestuosamente arrellanado en su sillón, con una rica piel junto a los pies a pesar del calor. La amplia barba de un rojo obscuro descendía hasta el mamotreto que tenía en sus manos, extendiendo el serpenteo de los pelos entre las columnas de cifras escritas a máquina. En una silla inmediata estaban apilados con irregularidad otros legajos, a los que llevaba la mano de vez en cuando para hacer compulsas. Junto a él, su esposa, vestida de blanco con gran profusión de blondas de precio, hacía saltar entre los dedos su inseparable ristra de perlas con gesto de aburrimiento. Al pasar los dos amigos ante ella, sus ojos vagos parecieron concentrarse en Fernando con una mirada breve, pero vehemente y curiosa. El banquero daba órdenes a su secretario para que buscase un nuevo legajo en las diversas piezas que componían su departamento de lujo.
—¿Se ha fijado, Isidro, en los títulos de esos mamotretos? —dijo Ojeda al alejarse unos cuantos pasos—. Proyectos de ferrocarriles, obras de salubridad para ciudades, desecación de terrenos, aguas corrientes, tranvías… Ese señor lleva con él toda una civilización. Y todo es para el Brasil: los más de sus negocios están en San Pablo, a juzgar por los rótulos.
—Lo que yo he visto —contestó Maltrana— es la mirada de la señora del collar. Parece que se aburre al lado de tantos papelotes, y creo que mejor preferiría encontrarse al lado de usted charlando como la yanqui. ¡Ah, las mujeres!, ¡su deseo de imitación!, ¡su rivalidad instintiva! Esa señora no le vio en los primeros días, no existía usted para ella. Pero desde que anda con Mrs. Power acodándose en la borda, ella y muchas otras, cada día más excitadas por la monotonía de la navegación, empiezan a encontrarlo un poco interesante… No es gran cosa, lo reconozco: algo jamona y blanducha… y con ese perfil de pájaro… y esa nariz que no acaba nunca. Debe ser de Oriente: judía, turca, ¡qué sé yo!… Pero una señora que tiene esas perlas merece siempre atención. Debía usted hacerme amigo de ellos. No se tratan con nadie en el buque. Los dos se mantienen aparte, encastillados en su importancia.
Pero Ojeda sonrió, encogiendo los hombros, y dijo malignamente, para irritar a su amigo:
—Si yo fuese brasileño, temblaría sólo al ver los baluartes de legajos que trae ese buen señor. Dentro de pocos años, si le dejan, se habrá comido San Pablo y todos los otros santos que encuentre a mano, las plantaciones de café y hasta el último de los negros. Estos conquistadores europeos son de un estómago insaciable.
—Fernando, no barbarice —dijo Maltrana poniéndose serio—. No sea reaccionario, no sea poeta. Ese hombre se comerá lo que quiera, y hará muy bien si es que le dejan, pues tales son las leyes de la vida; pero va a prestar a la civilización un gran servicio. Hombres como él son los que han hecho la América que nos atrae y los que la harán todavía más grande. Figúrese usted cuando haya convertido en realidades todas las grandes obras que lleva en sus papeles… ¡Qué importa que abuse en cuanto a la recompensa! Sea él quien sea y salgan de dónde salgan los millones que ponga en línea de combate, es un representante del santo capital, un sacerdote, como usted dice, de mi religión, y yo lo venero… ¡Lástima grande que se muestre tan gran señor y sólo me conteste con una mirada fría de sus lentes de concha y un gruñido de mala educación cada vez que intento hablar con él del buen tiempo y de la felicidad del viaje!…
Acababan de doblar la curva del paseo en la parte de proa, y toda la calle de estribor se ofreció ante sus ojos. Maltrana se detuvo, viendo los sillones despegados de la pared y esparcidos hasta obstruir el paso. Eran señoras las que los ocupaban, sólo señoras, y algunos transeúntes retrocedían, no queriendo continuar su marcha a través de estos grupos femeniles que tomaban la cubierta como algo propio, sin importarles dificultar la circulación.
—Mire usted, Ojeda. Ya se está reuniendo «el banco de los pingüinos».
Y ante el gesto de extrañeza de su acompañante, dio una explicación. Este mote de «pingüinos» no era de su cosecha. ¡Que le librase Dios de tamaño atrevimiento!… Los «pingüinos» eran las señoras más notables de a bordo, matronas argentinas que al no poder ocupar el trasatlántico entero, lo mismo que un yate propio, se habían concentrado en esta parte del buque como asustadas y ofendidas del contacto con los demás. Era un muchacho argentino, que regresaba a su tierra después de varios años de vida en París, el inventor de este apodo un día que hablando con Maltrana se lamentaba del carácter de sus compatriotas, tachándolas de hurañas y poco sociables.
—Mire usted a nuestras mujeres, y aprenda, galleguismo —había dicho—. Se han refugiado en un extremo del buque aislándose de las demás gentes. Se mantienen con los codos apretados para que nadie pueda entrar en su grupo. Recuerdan a los pingüinos del Polo Sur, esos pájaros bobos que sólo pueden vivir ala con ala formando filas en las aristas de las rocas.
Y desde entonces, la gente joven, en sus tertulias del fumadero, llamaba «el rincón de los pingüinos» a esta parte del buque donde pasaban el día aisladas del resto del pasaje sus madres, sus hermanas y las respetables amigas de sus familias. Este «rincón de los pingüinos» era mirado poco a poco con cierto respeto, hasta convertirse, algunos días después, en un lugar envidiable. Los paseantes se abstenían de dar la vuelta en redondo a la cubierta y volvían sobre sus pasos para no turbar las conversaciones de las damas. Sólo algún gringo despreocupado o de egoísmo insolente pasaba sobre sus gruesos zapatos por entre los sillones, sin darse la pena de entender el significado de las miradas furiosas que despertaba su atrevida presencia.
Tácitamente, en virtud de un obscuro instinto de todos los pasajeros, se había efectuado en la cubierta una gran división de clases. El costado de estribor era el de la plebe sin valía social, el de los viajeros sin nombre y las pasajeras de vida sospechosa. En este lado, a partir del fumadero, se encontraba «el rincón de las cocotas»; luego, «la sección cómica», o sea, los numerosos sillones de los cantantes masculinos y femeninos de la compañía de opereta; «la gallegada», donde se juntaban los españoles; y el grupo de «la gringada», mucho más numeroso, compuesto de comisionistas alemanes que pensaban penetrar con su muestrario hasta el corazón de América; relojeros suizos, de aspecto bonancible, pero prontos a irritarse con una cólera fría que tardaba mucho en disolverse; pequeños negociantes británicos; agricultores escandinavos establecidos en el extremo Sur; rubias alemanas que iban en busca de sus maridos, y los ganaderos norteamericanos, que al caer la tarde estaban ya medio ebrios. El banquero de la barba roja y sus voluminosos legajos, la esposa y su collar de perlas y el secretario siempre con un cuello de camisa alto y brillante, manteníanse en este lado de estribor entre la gente insignificante, para demostrar con su indiferencia ostentosa que estaban muy por encima de todas las divisiones sociales que se implantasen en el buque.
—Fíjese en el respeto que infunden los «pingüinos» —dijo Maltrana—. Las coristas de opereta pasean cogidas del talle por casi toda la cubierta, riendo, empujándose, mirando a los hombres; pero al dar la vuelta a la parte de proa y llegar adonde estamos, encuentran a nuestras damas haciendo labores de gancho con una majestad de reinas, leyendo Fémina o conversando sobre los méritos y relaciones de sus respectivas familias, e inmediatamente retroceden cerrando el pico. Ninguna tiene valor para deslizarse ante el imponente areópago. La otra noche le propuse por medio de intérprete a una de esas rubias que pasásemos juntos ante los «pingüinos», creyendo enorgullecerla con este sacrificio y que me lo gratificase después. Pero la pobrecita casi palideció de miedo: «Nein… nein», como si le hubiese propuesto echarnos de cabeza al mar.
De la sociedad modesta de estribor, las únicas que pasaban por allí eran doña Zobeida y Conchita. La buena dama de Salta saludaba a las «porteñas» con su aire señoril y bondadoso, a estilo antiguo, y seguía adelante sin permitirse mayores intimidades. Ni aquellas grandes señoras deseaban su amistad, ni ella necesitaba de su apoyo. Las más viejas contestaban a este saludo con cierta simpatía, como si adivinasen en ella algo heredado y común que se iba perdiendo en sus propias personas. Las jóvenes miraban con extrañeza a «la buena mujer», acogiendo sus sonrisas como si fuesen de una antigua criada familiar.
Conchita era menos bondadosa, y pasaba con manifiesta hostilidad entre los grupos que obstruían este pedazo de cubierta perteneciente a todos. Las damas vestidas por los grandes modistos de París tenían miradas de burlona conmiseración para sus trajes de gusto madrileño y manufactura casera. Pero ella erguía la pequeña estatura de maja goyesca, unía los codos al talle y pasaba adelante moviendo las caderas, mirando con sus ojillos punzantes a las favorecidas de la fortuna. Su andar y su gesto parecían decir: «¿Y a mí qué?… ¿Y a mí qué?…».
Cerca de este grupo majestuoso, y buscando su contacto, estaban otras damas, a las que llamaba Maltrana «aspirantes a pingüinos». Eran la esposa y las niñas de Goycochea el español, la señora del millonario italiano, cuyo collar de perlas rivalizaba en valor y continuas exhibiciones con el de la mujer del banquero, sus hijas, la institutriz inglesa y toda la familia de la Boca que traía a su costa a Monseñor.
—Vea, Fernando, con qué aire de sonriente humildad acogen esas señoras cualquiera palabra de los «pingüinos». Son más ricas tal vez que las otras, pueden permitirse mayores lujos, pero no pasan de ser «gente mediana», y las otras son «gente bien», como ellas dicen. Sus maridos, gallegos o gringos, han hecho fortuna como la hicieron los padres o los abuelos de las otras, procedentes también de Europa. No hay entre ellas más diferencia que una generación o dos de vida americana. El origen casi es el mismo. ¡Pero lo que representa socialmente esa diferencia!…
Ojeda asintió, recordando la época de su vida pasada en Buenos Aires como secretario de Legación.
—Ríase usted, Isidro, de las castas sociales de Europa. Allá, casi todos somos unos; la educación y la inteligencia nivelan a las gentes. Pero en estos países democráticos, los ricos de ayer necesitan aislarse, para que los demás crean en su importancia. Además, la continua afluencia de aventureros les obliga a defenderse con un estrecho tacto de codos. La «gente bien» son los que tuvieron en Buenos Aires un bisabuelo tendero poco antes de la Independencia, que vendía pañuelos rojos a los indios, paquetes de mate a los blancos, y compraba esclavos negros para revenderlos en el interior. Todas las mejores familias se enorgullecían de poseer un tenducho abierto, gran riqueza para aquellos tiempos de parvedad. Después, el abuelo se disfrazó de gaucho, sin serlo, para dar gusto al dictador Rosas, y tomó su mate teniendo por sillón un cráneo de caballo. Otro abuelo copió a los románticos franceses en su traje, su peinado y su énfasis, peleando en los muros de Montevideo contra el tirano y disparándole odas y folletos en los momentos de reposo. Además, tuvo que vivir ojo alerta para que el tal déspota no le echase la garra e interrumpiese sus entusiasmos literarios haciéndolo degollar con un cuchillo mellado… Luego, el padre fue el primero que realmente tuvo plata, y empezó a montar la casa y la familia en su rango actual. Creyó en Mitre y peleó por él… Pero la carne ya no se abandonaba en la Pampa como una cosa sin precio, y en vez de fabricar odas se dedicó a cercar con alambre leguas y leguas de tierra, haciéndolas suyas, y a poner la marca propia en los ganados sin dueño…
—Y estas «aspirantes» —interrumpió Maltrana, cuando se haya borrado el recuerdo de sus maridos gringos o gallegos (como se ha perdido el de los pobres tenderos de hace un siglo) y sus hijos o sus nietos se casen con los de las otras, serán a su vez «gente bien», grandes duquesas sin título de la aristocracia trasatlántica.
—Cierto. Y por esto mendigan el contacto de los que están más arriba con una tenacidad a prueba de humillación. Acaban de llegar de lo más bajo con grandes penalidades; ya tienen el dinero: ahora les falta el lustre social… Y empujan hacia arriba con su audacia de antiguos emigrantes que no conoce la vergüenza ni el ridículo. Como le he dicho antes, puede usted reírse de las castas sociales de Europa. Entre una comiquita de París y una gran duquesa de las que figuran en el Gotha, hay menos distancia que entre una joven millonaria reciente, hija de emigrantes, y una señorita cuyo padre tiene tal vez hipotecadas las tierras y cuyos abuelos vinieron a América también de emigrantes… pero hace ochenta años.
Maltrana siguió explicando el diverso carácter de los otros grupos que se sentaban en la banda de babor. En último término, cerca del fumadero, los comerciantes germánicos dormitaban en sus sillones con un viejo ejemplar del Simplicissimus sobre la cara. Ciertas parejas inglesas deleitábanse pacientemente con las aventuras de correctos personajes, bien vestidos y de buena renta, relatadas en novelas de cuatro volúmenes en las que no ocurría nada, absolutamente nada. Y entre esta gente y el bando de los «pingüinos», con sus admiradoras anexas, estaba otro grupo, al que daba Isidro el título de «gran coalición de potencias hostiles», compuesto de señoras de nacionalidades diversas, atraídas por una antipatía común. Maltrana las designaba con hermosos sobrenombres, lo mismo que los personajes homéricos. La chilena, «cuello de cisne», era a modo del núcleo central de esta célula de la sociabilidad trasatlántica, y en torno de ella aglomerábanse varias uruguayas, «las de los bellos brazos», y algunas brasileñas, «las de los ojos de antílope».
Por la mañana, al subir a cubierta, se saludaban las de uno y otro grupo con ceremoniosa sonrisa. «Buen día, señora; ¿cómo amaneció usted, señora?…». Y a continuación iba cada uno a ocupar el territorio propio, empujando su sillón para que quedase bien marcado el vacío fronterizo, la separación insalvable entre unas naciones y otras. Las «potencias hostiles» manteníanse alineadas a lo largo de la pared con una corrección militar, cuidando de no obstruir el paseo, para que todos apreciasen la diferencia entre unas gentes y otras.
De vez en cuando, los «pingüinos», parleros y movedizos en sus explosiones de exuberancia, lanzaban una sonrisa amable del lado enemigo, pero la sonrisa quedaba perdida en el espacio o era contestada con leves movimientos de cabeza. Las «potencias» fingían ignorar esta vecindad, procuraban colocarse en sus asientos de tal modo que sólo presentasen al lado contrario la punta de un hombro, y cuando más se alborotaba el bando de los «pingüinos», riendo de una noticia o admirando un objeto raro, ellas miraban obstinadamente al cielo o al mar con una indiferencia inconmovible.
Las «aspirantes a pingüinos», colocadas entre los dos grupos, cazaban las sonrisas de unas y las palabras de otras, aprovechándolas para entablar conversación. Estaban contentas de la vida íntima del buque, que no exige presentaciones para que las personas se conozcan.
A pesar de la falta de cordialidad de los dos grupos, casi todos los días se establecía entre ellos una momentánea relación. Así lo exigen las buenas prácticas diplomáticas; así viven las naciones armadas hasta los dientes, prontas a despedazarse, pero enviándose embajadores y mensajes afectuosos.
La chilena abandonaba el asiento, desdoblando su soberbia estatura para avanzar por la cubierta «con la majestad de la reina de Saba» —según Isidro—, seguida de un séquito de confederadas. El bando contrario acogía la visita diplomática con gran removimiento de sillones, para ofrecer los mejores sitios, y la conversación desarrollábase lánguidamente sobre recuerdos de elegancia y de grandes compras. Cada vez que las unas exaltaban los méritos de un modisto o un joyero de la calle de la Paz o la plaza Vendôme, las otras murmuraban con una voz blanca y una modestia agresiva: «Nosotras no podemos permitirnos eso; en nuestro país somos muy pobres. Eso ustedes y nadie más». Y miraban al mismo tiempo con maliciosa complacencia sus trajes y sus joyas, de igual valía que los de sus rivales.
Los «pingüinos», a su vez, enviaban una diputación de matronas al territorio hostil, y su presencia parecía excitar la laboriosidad de las visitadas, que acometían con nuevos bríos sus labores de gancho y de bordado, siguiendo la conversación sin levantar cabeza del trabajo. Algunas veces, ninguno de los dos campos se decidía a ir en busca del otro, y los encuentros eran en terreno neutral, en el grupo de las «aspirantes», donde tomaba asiento la familia italiana de la Boca con su obispo.
¡Adorado Monseñor! Las damas del país intermedio lo miraban como una gloria propia. Gracias a él, las señoras de ambos lados venían a visitarlas, atraídas por el brillo purpúreo de su faja de seda y el esplendor de su cruz de oro. Y Monseñor, sonriendo bonachonamente, se esforzaba por mostrarse galante y pretendía entretener al femenil concurso con chistes aprendidos en el seminario y recuerdos de sus estudios clásicos. Virgilio era su mayor adoración: lo recordaba con más frecuencia que a los Padres de la Iglesia; todo lo había dicho y adivinado. Anécdotas modernas se las atribuía al poeta, como si con esto las diese nuevo valor. Y cada vez que abría la boca para hablar en su idioma, ya sabían las señoras cuál iba a ser el exordio: «dice il poeta Virgilio…». Y lo que decía il poeta era una historia leída por el obispo meses antes en cualquier periódico católico.
Otra relación de cordialidad se establecía diariamente entre los diversos grupos. Por la tarde, antes de la hora del té, cuando los pasajeros dormitaban en sus asientos y ardientes cuchillos del sol se introducían en la penumbra del paseo por los intersticios de las lonas, danzando acompasadamente de una cabeza a otra con el movimiento del buque, como si fuesen péndulos de luz, las niñas bajaban a sus camarotes para volver a subir con grandes cajas llenas de dulces. Iguales a las procesiones de vírgenes que desfilan en los tímpanos de las catedrales llevando como ofrenda entre ambas manos un cofre de reliquias, las vírgenes americanas de falda trabada, altos tacones y paso airoso iban de grupo en grupo regalando dulces: «¿Un bombón, señora? ¿Un chocolate, señor?…».
—Es incalculable, amigo Ojeda, la masa de confitería que esas muchachas han metido en el vapor. Cada amiga, al despedirlas en París, ha creído su deber aportar el correspondiente cofre. No pasan dos días sin que cada una de ellas le quite la cubierta a un nuevo embalaje de bombones. Cajas Imperio con la Recamier o Josefina tendidas en un sofá; cofres forrados de seda con pastorcitos de Wateau, verdaderas maletas de terciopelo flordelisado… Y las pobrecitas, ¡tan amables!, con el gusto de exhibir los regalos de sus relaciones, hacen todas las tardes su ronda en el lado distinguido de la cubierta, y la gente pasa el viaje mascando caramelos y chocolates con crema.
En el curso de sus ofrendas llegaban hasta el extremo de babor, en las cercanías del fumadero, allí donde empezaban a borrarse las severas diferencias sociales, y las gentes que se tenían por distinguidas confraternizaban con las de la banda opuesta. Las vírgenes portadoras de arquillas se encontraban con sus hermanos, primos y futuros novios, que pasaban el día en el café o sus inmediaciones.
Esta juventud, con la cabeza descubierta, la cabellera partida en dos crenchas negras, abultadas, lustrosas, impermeables, que ningún huracán podía alterar ni conmover, y el menudo pie encerrado en botines de charol de alto empeine y vistosa caña, siempre que salía del fumadero volvía los ojos con cierto temor hacia el «rincón de los pingüinos». Allí estaban sus madres y parientas y las respetables amigas de sus familias; pero antes la fuga que dejarse atrapar por una cariñosa llamada y sufrir media hora de conversación en tan noble compañía. «¡Viejas pesadas! ¡Señoras macaneadoras!…». Y esperaban a que pasasen las primas o las futuras novias para unirse a ellas y atraerlas dulcemente hacia la popa o la banda de estribor, donde reían y saltaban como escolares en libertad.
Otras veces permanecían juntos y silenciosos, contemplando el mar, teniendo a sus espaldas la mirada irónica de las francesas tendidas en sus sillones o la sonrisa de las coristas alemanas a las que hablaban ellos por la noche, a última hora, murmurando cifras.
—Yo admiro a esos muchachos —dijo Maltrana—. ¡Qué visión de la realidad! ¡Qué concepto de la vida y sus necesidades! Todos vuelven a regañadientes a su tierra: llevan París en el corazón. La otra noche, el hijo mayor del doctor Zurita me consultaba sobre su porvenir. Apenas llegue a Buenos Aires, piensa exigir a «su viejo» que lo envíe a Europa… Quiere estudiar en París no sabe qué… pero en fin, quiere estudiar, sin aproximarse por esto al Barrio Latino, que encuentra poco chic y con mujeres ordinarias. Y me preguntó con adorable sencillez si un muchacho puede vivir con cuatro mil francos al mes, que es lo que se propone pedir al viejo… «Cuatro mil palos», pensaba yo. Pero al mismo tiempo sentí ganas de abrazarlo, por el alto concepto que le merecen las necesidades de la juventud.
Para justificar las señoritas este avance hacia los parajes ocupados por sus amigos, continuaban su tarea distributiva entre los señores adormilados que fingían leer en las inmediaciones del fumadero. «Señor, ¿un bombón?…». Y el gringo, despertado de su lectura por la voz juvenil, levantaba los ojos del volumen alemán o inglés y metía la mano en la arquilla murmurando: «Grachias, mochas grachias». Luego, volvía a sumirse en el libro adormidera. «Señor, ¿un chocolate?». Y el brasileño de tez amarilla y picudas barbillas, enjuto y anguloso, como si el sol ecuatorial hubiese absorbido toda su grasa, saltaba del sillón con galante apresuramiento, como si le fuese en ello la vida: «Muito obrigado… ¡oh! muito obrigado». Y sólo al estar lejos la señorita osaba devolver la gorra a su cabeza y la cabeza al respaldo del asiento.
Cuando los diferentes grupos de damas que ocupaban la banda de babor se reunían, entablando una conversación general, era indefectiblemente para prorrumpir en quejas contra las inclemencias del Océano y los atentados que se permitía con sus personas. Los cuellos cambiaban de coloración, no obstante el cuidado de huir de los rayos del sol. El aire salino los obscurecía, dándoles un tono de pan moreno; la piel blanca de las rubias amarilleaba con la tonalidad del marfil viejo. La brisa húmeda barría los polvos de la cara, conservándolos únicamente en las arrugas y oquedades de la piel, formando un barrillo blanco. Alborotábanse los peinados en el hueco de una puerta, en una encrucijada de corredores, al pasar de una banda a otra, dejando al descubierto los artificios y retoques de los añadidos, lo que las obligaba a preservar estos secretos capilares bajo un turbante de gasas.
Si algunos caballeros respetables se aproximaban a los grupos de damas para conversar con ellas, hasta las más viejas, que parecían ajenas a las vanidades mundanales, los repelían con dengues juveniles.
—¡Ay, no se acerquen ustedes! Estamos horribles. Con este maldito mar está una impresentable. Todas tenemos algo verde en la cara.
Y los caballeros se creían obligados a ensalzar las grandes ventajas del viaje, durante el cual se satura el organismo de sales benéficas. Lo que se perdía en distinción se ganaba en saludable rusticidad. De noche, todas eran igualmente hermosas en el ambiente cerrado del comedor y los salones.
Una solidaridad de sexo borraba de pronto las envidias y antipatías que separaban a los grupos femeniles. Señoras de diverso bando se juntaban para recorrer la cubierta con ojo avizor. Las inquietaba una ausencia larga de los maridos. Y cuando los veían a través de las ventanas del fumadero jugando al poker, con la mirada fija en los naipes y la frente rugosa, preocupada, sonreían satisfechas, lo mismo que si acabasen de sorprenderlos practicando una virtud.
Sus inquietudes reaparecían al encontrarlos en plena cubierta, aunque estuviesen enfrascados en una conversación de negocios. Andaban por allí cerca las rubias de la opereta, las cocotas viajeras, un sinnúmero de temibles peligros; y sin una palabra que revelase su inquietud, cada una se aproximaba a su marido, se colgaba de su brazo, intervenía en la conversación, lo paseaba por toda la cubierta, y únicamente se decidía a soltarlo en la entrada del fumadero, con la promesa de que volvía al poker o a tomar una copa.
Algunas que aún no habían salido de la primera juventud y llevaban poco tiempo de matrimonio, paseaban casi todo el día del brazo del esposo con aires de tiple enamorada, inclinando la cabeza sobre el hombro de él, como si la cubierta fuese el jardín de «Fausto». Por dignidad de clase, gozosas de jugar un rato a «señora mayor», distinguiéndose de las solteras, permanecían entre las respetables matronas; pero de pronto sentíanse agitadas por un hormigueo irresistible. No veían a su maridito. ¡Quién sabe lo que estaría ocurriendo en la otra banda del buque o en la cubierta de los botes! ¡Con tantas malas mujeres que venían en este viaje! ¡No haber un vapor limpio de tentaciones, sólo para personas decentes! Y corrían sin saber adónde, como si hubiese sonado de pronto la señal de alarma.
Una actividad extraordinaria hacía ir y venir aquella mañana por la cubierta, en grupos parleros, a las jóvenes de diversa nacionalidad. Abordaba cada una a sus amigos y conocidos con un papel y un lápiz en las manos. Iban recogiendo para las fiestas equinocciales, y antes de inscribir el donativo discutían y protestaban, queriendo aumentar la cifra.
—Vea, Fernando —dijo Maltrana—, cómo se mueve el abate francés, el conferencista de las barbas, entre las señoras, cuya admiración desea conservar. Para él no hay divisiones, y salta de un grupo a otro. Los «pingüinos» lo consideran suyo porque se lo han recomendado las grandes damas de la colonia de París. A las «aspirantes» las deslumbra hablando de las princesas y duquesas que lleva tratadas en su vida de predicador mundano. Pretende halagar a las «potencias hostiles» hablando de sus países con grandes elogios y dando a entender que en Europa todos saben a qué atenerse en la apreciación de unos pueblos y otros, distinguiendo entre el valor real y el bluff. Mírelo cómo distribuye a las señoras los libros de que es autor y periódicos con su retrato. ¡Ah, comediante!… Lleva en su equipaje colecciones enteras de todas las revistas ilustradas que han hablado de sus predicaciones en Canadá, Estados Unidos, Australia y no sé cuántos sitios más. Las hace circular y las recoge luego cuidadosamente, lo mismo que un tenor… Eso es, un tenor: un tenor de sotana.
Y hablaba con irónico asombro de las múltiples y mediocres habilidades del abate viajero y verboso: conferencista, pintor, escultor, poeta y músico. Maltrana sabía esto por uno de los periódicos que repartía él mismo.
—Me lo prestó una señora algo devota que tiene empeño en que yo admire al abate. Y como a mí nada me cuesta dar gusto, me mostré asombrado. «Pero señora, ese hombre es Leonardo: el gran Leonardo de Vinci». Y mis palabras han tenido un éxito loco, pues cuando el doctor Zurita y otros argentinos socarrones se burlan del abate y dicen que es un vivo que va a Buenos Aires en busca de plata, las damas de su familia se indignan y me sacan a colación como argumento decisivo: «Es Leonardo, el que pintó La Cena: Leonardo de Vinci. Lo dice Maltranita, que es un mozo que escribe y ha tratado a muchas eminencias…».
Ojeda rio de la seriedad con que relataba su amigo estos accidentes de la vida de a bordo.
—Ahora, las buenas señoras —continuó Isidro—, quieren que una noche dé el abate un concierto de piano, sólo para ellas… Ya han desistido de oírle una conferencia que estaba en proyecto. «El Cyrano de Rostand y el idealismo cristiano…». ¿Qué le parece el tema? ¿Se ríe usted?… Por algo lo alaban las buenas matronas, diciendo que es un cura moderno de lo más moderno. Pero el abate no quiere oír hablar de conferencias a bordo; se niega a desembalar su mercancía gratuitamente antes de la llegada al mercado. Se reserva para un teatro de Buenos Aires.
Maltrana buscaba con los ojos al otro conferencista, el profesor italiano, que se mantenía lejos de las señoras, en las inmediaciones del fumadero, entre los lectores soñolientos, con una columna de volúmenes y revistas al lado de su sillón.
—Los «pingüinos» le saludan porque tiene un nombre conocido, y ellas respetan instintivamente la celebridad. Le han hecho firmar un sinnúmero de tarjetas postales con «pensamientos» filosóficos y galantes para ellas y para todas sus amigas coleccionistas; le han sacado retratos con autógrafo, y ahora, terminada la explotación, no se acuerdan de él. Es un sabio de malas ideas. El abate las acapara a todas.
Quedó Maltrana pensativo, y dijo luego a Fernando:
—Creo que usted y yo podíamos dedicarnos a eso de las conferencias. Según parece, gusta mucho en América y proporciona dinero. ¡Qué países tan interesantes! ¡Pagar por oír discursos!… ¡Tantos que hablan gratuitamente en nuestra tierra, y aun así no encuentran las más de las veces quién los escuche!
Recordó Ojeda su vida en Buenos Aires años antes y las conferencias a que había asistido. Los pueblos jóvenes sienten el mismo afán de los escolares aplicados y curiosos, que, luego de oír las lecciones de los maestros, desean conocer las interioridades de su vida. No les bastaban los libros y las obras de arte enviados por el viejo mundo; querían ver de cerca la personalidad física de sus autores.
—Y todos los años, amigo Isidro, llegan a Buenos Aires hombres ilustres con el pretexto de dar conferencias, pero en realidad para satisfacer la curiosidad de los argentinos y para orgullo de las numerosas colonias europeas, que al exhibir y festejar al compatriota célebre, parecen decir: «No todos somos unos ignorantes que aramos la tierra o vendemos detrás de un mostrador. Bueno es que estos criollos se enteren de que en nuestro país hay “doctores” mejores que los suyos…». Y las gentes, al saber que ha llegado el autor de un libro que leyeron hace tiempo por casualidad, o el personaje político cuyo nombre encuentran todas las mañanas en el periódico, se dicen: «Vamos a ver de qué casta es ese pájaro». Gastan unos pesos para encerrarse en un teatro, de cinco a siete, y arrullados por la voz del conferencista comparan su rostro con los retratos publicados, se fijan en el corte de su levita (convenciéndose una vez más de que en la Argentina visten las gentes mejor que en Europa), y hasta cuentan las veces que bebe agua. Además, se dan el gusto de ponerlo en caricatura y le atribuyen anécdotas en las que aparece asombrado al enterarse de que en América ya nadie gasta plumas. Porque allá, las gentes tienen empeño en que los europeos se los imaginen como indios emplumados, para poder reírse después, con un gozo infantil, de la gran ignorancia de los del viejo mundo.
Cesó de hablar Ojeda, sonriendo como si le regocijasen interiormente sus recuerdos, y luego continuó:
—Las señoras que por curiosidad llenan los palcos, desaparecen a la tercera conferencia, y hacen bien, porque se aburren a morir. Ellas sólo gustan de los conferencistas que recitan versos… Pero quedan los intelectuales del país, los «doctores», que asisten con una hostilidad manifiesta, y al entrar se dicen unos a otros: «Vamos a ver qué nos cuenta ese señor». Luego, a la salida, protestan a coro. «No ha dicho nada nuevo; no hemos aprendido nada, absolutamente nada…». ¡Como si el encontrar algo nuevo fuese cosa de todos los días! ¡Como si un hombre que encontrase algo nuevo en su país fuese a decir a sus compatriotas: «Tengan ustedes paciencia, aguarden un poquito. Voy a tomar el trasatlántico para contar a los señores de América mi descubrimiento, y en seguida vuelvo…»! ¡Como si con los medios de comunicación de nuestra época y lo difundido que está el libro, fuese posible ir a parte alguna con una idea reciente sin que al momento salten treinta o cuarenta diciendo: «Eso ya lo sabía yo…»!
—Entonces —interrumpió Maltrana—, en esos viajes de los conferencistas la llegada es siempre más gloriosa que el regreso.
—Ciertamente. Cuando nuestro buque fondee en Buenos Aires, verá usted banderas, oirá músicas y aclamaciones. Luego, satisfecha la curiosidad sobreviene la indiferencia, y los héroes de un día se reembarcan sin otro acompañamiento que media docena de amigos que quedan allá como cónsules de su renombre y encargados de sus negocios. Los únicos que no olvidan son los «doctores», que para convencerse de su propia superioridad, repiten: «No ha dicho nada nuevo. Lo sabíamos todo…». Y esto ocurre porque nadie en la vida expone la verdad corajudamente; porque el conferencista debía decir el primer día a su público: «Todos ustedes, que viven batallando por el dinero, deben figurarse por qué he hecho yo esta larga travesía, viniendo a una tierra que no tiene el Partenón, ni las Pirámides, ni la Alhambra. No sería correcto colocar mi sombrero en mitad de una acera, diciendo: “Yo soy Fulano de Tal, que he venido a verles. Echen algo para que me lleve un buen recuerdo de este país de riquezas”. Por eso prefiero exhibirme en un teatro y justificar la generosidad del público con dos horas de aburrimiento y vulgaridades…». En el fondo, esto y nada más es una serie de conferencias. Un pretexto para que el país se muestre generoso con la celebridad que lo visita.
—Ya veo claro —dijo Maltrana—. Una especie de premio Nobel que la Argentina se permite el lujo de regalar a alguien que es conocido por algo, siempre que se tome el trabajo de ir a pedirlo en persona… Con la diferencia de que este premio Nobel es por cotización popular.
—Exacto. Y no crea usted que el país pierde nada con ello. Para su gloria mundial, jamás dinero tan bien gastado como los cinco pesos que cuesta oír una conferencia. El conferencista, al llegar a un país, olvida con la distancia los arañazos de los remotos «doctores» y sólo ve el cheque que guarda en la cartera. Una cantidad de poca importancia para allá; pero que traducida a dinero de Europa representa cincuenta mil o cien mil francos: el producto de media docena de libros, el sueldo de ocho años de cátedra ganado en un par de meses.
Ojeda se imaginaba las consecuencias del viaje. La esposa del hombre ilustre renovaba el mobiliario y el vestuario de la familia; los dos cónyuges adquirían una casita de campo para que los niños se criasen mejor; todos en el hogar prorrumpían en elogios a la Argentina, y los amigos y hasta las más lejanas relaciones fijaban su atención en este país maravilloso, donde no hay más que agacharse para encontrar plata. Los compañeros del ilustre maestro se mordían los labios de envidia, y cuando en los azares de la existencia encontraban a alguien venido de la Argentina, aunque fuese un necio, lo adulaban y lo acosaban, dando a entender que ellos también irían allá… a la más ligera invitación. El conferencista considera como un deber escribir un libro que demuestre su agradecimiento, un libro concebido a través de gratos recuerdos, y que resulta ampuloso y glorificador como una oda de encargo oficial. Y cuando algún malhumorado ruge contra la lejana República, dando a entender que las cosas son en ella muy distintas de como las imagina el optimismo, el grande hombre salta indignado en defensa de un país cuyo nombre mencionan siempre con veneración su mujer y sus hijos.
—Yo que creía —interrumpió Isidro— que estos conferencistas eran unos amables burlones, que después de explotar la credulidad americana se reían de ella…
—Tal vez hayan pensado así algunos; pero al final los explotados son ellos, pues por impulso propio hacen al volver a sus tierras una propaganda que de ser obra del gobierno costaría millones. ¡Quién sabe cuánta parte tienen ellos en la fama reciente y mundial del país adonde vamos! Bien puede ser que alguno haya hecho surgir en nosotros la primera idea inicial de este viaje con una lectura que ya no recordamos…
Isidro, que al mismo tiempo que escuchaba a su amigo seguía con los ojos el curso de los paseantes, le tocó en un codo, interrumpiendo sus palabras.
—Mire usted a la sin par Nélida. Acaba de subir a la cubierta, y ya van saliendo del fumadero sus adoradores… ¡Saludo a la pasajera más hermosa de todo el buque!
Nélida dilató los frescos labios, contestando con su sonrisa felina a la genuflexión versallesca de Isidro. Luego pasó ante «el banco de los pingüinos» irguiendo su aventajada estatura, desafiando con su mirada cándida el enojo de las imponentes señoras. Las más fingieron no verla, para no responder a su saludo. Algunas contestaron «Buen día, niña» con voz triste y ojos de conmiseración, como si fuese una enferma cuyo fin consideraban próximo.
—Esa Nélida es de una audacia estupenda —dijo Maltrana—. Sabe que todas las señoras hablan de ella con escándalo, y las saluda como en los primeros días, cuando la creían una muchacha juiciosa. Los desprecios y los bufidos resbalan sobre su persona sin molestarla.
Habló Isidro de la indignación de las matronas, que consideraban como un tormento viajar con sus hijas teniendo que sufrir la compañía de Nélida.
—Prohíben a las niñas que la saluden, cuando en los primeros días de navegación era la más agasajada por todas ellas… Pero las niñas fingen obedecer, y la buscan en secreto, lejos de las mamás. ¡El encanto de rozar lo prohibido! ¡La mágica atracción del pecado!… Por las tardes, mientras las señoras dormitan, suben ellas con Nélida a la última cubierta para que las enseñe a bailar el tango… pero el tango tal como se baila en los cafés nocturnos de Berlín. Piensan como excusa que cuando bajen a tierra ya no la verán más, y que aquí en el buque todo resulta bien.
Siguió Nélida adelante, hasta llegar al extremo de babor, donde estaba sentada su madre, teniendo a un lado al hijo medio imbécil y al otro el venerable jefe de la familia, que balanceaba su cabeza de patriarca entornando los ojos, cual si acariciase mentalmente un negocio nuevo.
—La pobrecita —continuó Isidro— siente por las mañanas el amor de la familia y va en busca de su padre. Lo besa, juguetea con él como una gata, y al mismo tiempo se da el placer de seguir con el rabillo del ojo la impaciencia de sus admiradores, que se mantienen a distancia, ansiosos de juntarse con ella. ¡Criatura ingenua y refinada!… Pero fíjese, Fernando: usted, que me cree poca cosa, y no le falta razón, mire con qué impaciencia me aguardan mis admiradoras.
Y señaló disimuladamente el grupo de damas en el cual algunas las más viejas, volvían sus ojos hacia Maltrana, como invitándole a aproximarse.
—Yo tengo mi público, y como todo hombre notable, tengo también mis enemigos y detractores. No puedo aproximarme a las nobles matronas y cambiar con ellas un saludo, sin que alguna me diga: «Cuéntenos algo. Usted que lo sabe todo, Maltranita, díganos qué ocurre en el buque». Y me tienen de pie ante ellas, para que no se borren del todo las distancias sociales, hasta que de pronto las hago reír o las cuento algo que las interesa vivamente, y entonces alguna, con repentina solicitud, me dice: «Pero siéntese usted, siéntese aquí y no sea zonzo». Y encoge las piernas para que me siente en el extremo de la silla larga, como un paje a los pies de la dama… La viuda de Moruzaga, que tiene millones y millones, gusta de hablarme a solas para que me entere de los encantos y virtudes de su esposo. ¡Pobre señora! ¡Una verdadera enamorada! Sólo vive cuando puede hablar de «su finado». Y si la conversación cambia de tema, pierde todo interés para ella y parece dormirse con los ojos abiertos.
Una idea repentina hizo abandonar a Maltrana su tono ligero.
—Pero ¿se ha fijado usted, Ojeda, en el modo de ser de estos hermanos nuestros? Los primeros días, al oírles, decía yo: «Somos iguales: iguales salvo algunas diferencias de acento y sintaxis…». Y no señor; no somos iguales. ¿Cómo me explicaré?… Unos y otros tocamos el mismo instrumento, pero tenemos distinto oído para apreciar los sones. A lo mejor, digo algo que por casualidad me resulta gracioso, algo que en España pasaría por un «golpe» de ingenio, y las buenas señoras permanecen insensibles, como si no me entendiesen. Luego, en el curso de la conversación, suelto una necedad infantil, un chiste de colegio, que en Madrid me valdría una rechifla, y mi público ríe esta inocentada y la repite como una brillante manifestación de ingenio.
Ojeda, recordando sus viajes por América, asintió a las palabras de su amigo. No sólo había divergencia en la apreciación de los sones del instrumento común del idioma: se diferenciaban también en la agilidad y la fuerza para su manejo.
—En muchos de esos países —dijo Fernando—, las gentes hablan con una lentitud penosa, como si la rebusca de las palabras fuese acompañada de los dolores de un parto. Las mujeres especialmente sólo tienen cuerda verbal para cinco minutos, y luego quedan mudas, mirándose unas a otras. Únicamente se animan cuando hay que «pelar» a alguien; pero éste es un fenómeno verbal no sólo de América, sino de todos los países del planeta.
—Sí; hablan poco —dijo Maltrana—. Gustan de escuchar, pero su capacidad auditiva es tal vez tan limitada como su capacidad verbal. A la larga se fatigan de oír, aunque la conversación les interese. Parecen ofenderse de haber permanecido mucho rato en silencio, y se vengan llamando «macaneador» al mismo cuya palabra han solicitado. Lo que no se entiende, lo que no gusta, ya se sabe que es «macana».
Isidro empezó a apartarse de su amigo.
—Le dejo, Fernando; me reclama mi público. En los primeros días tenía más éxito. Pasaba de un grupo a otro: de los «pingüinos» a las «potencias hostiles»; pero no se puede dar gusto a todos a la vez. Ahora, con las «potencias», el saludo nada más; frías y corteses relaciones de diplomacia. La última vez que me acerqué al grupo, la chilena «cuello de cisne» me dijo con una sonrisa de cuchillo: «¿A qué viene usted aquí, patero? Déjenos en paz y vaya a hacer la pata a sus argentinas». Y aunque esto de que le llamen a uno adulador es un poco fuerte, al consejo me atengo, ya que a la Argentina voy.
Intentó tirar del brazo a Ojeda para atraerlo hacia el grupo.
—Venga usted conmigo. Las señoras tendrán mucho gusto en oírle. Usted ha sido presentado a todas ellas, y le encuentran muy simpático. ¿No quiere?… Sin duda está usted ofendido por lo que le dije, de que las niñas le encontraban «muy buen mozo, pero algo viejón»… No haga usted caso. Es una consecuencia de la mentalidad simple de estos pueblos que aún viven cerca del tronco primitivo, o sea de la Naturaleza sin artificios ni refinamientos. Para ellos, una buena moza de treinta y cinco años es una vieja, y un hombre digno de ser amado debe tener veinte años cuando más. Sólo admiran la existencia en capullo, como en tiempos de la vida de tribu… Y eso cuando en Europa cada año que pasa hace retroceder hasta los confines de la vejez el límite de la edad amorosa. Balzac haría reír hoy con su novela La mujer de treinta años. Las damas de cuarenta son ahora las conquistadoras más temibles. En el teatro, galanes cincuentones disputan sus amantes a los jovencitos y acaban por llevárselas… ¡Viejón, y sólo tiene usted treinta y seis años! No haga caso de las opiniones de estas gentes recién desbastadas, que en punto a refinamientos sólo copian lo exterior y ostensible… Decididamente, ¿no quiere usted venir?… Hasta luego.
Fernando permaneció solo algunos minutos, acodado en la borda, siguiendo con los ojos el resbalar del agua removida por los flancos del buque. Sobre el lomo verde del Océano giraban flores de espuma rematadas por una espiral que se perdía en la profundidad. Luego emprendió un paseo por la cubierta, y ante el grupo de señoras se llevó una mano a la gorra con saludo mudo, sin volver la vista. Rozó, al pasar, a Isidro, que hablaba de pie, y oyó una voz femenina que le interrumpía con interés: «¡No diga!… Eso es muy curioso. Siéntese, Maltranita, y cuente».
Continuó Ojeda por el lado de babor, saludando a las «potencias hostiles» y a un grupo de argentinos y brasileños que hablaban de las estancias rioplatenses, de las fazendas de café, del valor de los campos, mezclando cantidades de leguas y millones de pesos. El señor Oneglia, el millonario italiano, que reposaba, enorme y flácido, en un sillón especial, lejos de su familia, ansiosa de rozarse con la «gente bien», abrió un ojo al oír los pasos de Fernando y lo protegió con un saludo gruñente, volviendo a sumirse en su noche poblada de cálculos. Al lado de él, como si la afinidad de gustos les impusiese este contacto, se sentaban los tres comerciantes españoles. Más allá, el conferencista italiano levantó la cabeza y descansó un libro en las rodillas para saludar a Ojeda. Cerca del fumadero, la madre de Nélida pareció acariciarle con sus ojos de brasa y el padre le gratificó con una sonrisa protectora. La niña, hastiada ya de las expansiones familiares, se había despegado de ellos y reía en la puerta del fumadero, escoltada por su hermano y todos los admiradores, que parecían desnudarla con los ojos.
Llegó Fernando hasta la terraza del café, atraído por el Canto de la Primavera, de Mendelssohn, que tocaba la música. Apenas se hubo apoyado en la baranda para escuchar, vio que un cuerpo se aproximaba a él, velando la luz del sol, y oyó una voz enérgica que recortaba duramente las palabras.
—Buenos días, señor Ojeda… Usted perdonará la libertad que me tomo, pero yo soy amigo de don Isidro, y tal vez le habrá hablado de mi persona… Usted dispense que me acerque así como así, ¡pero entre compatriotas!, ¡somos tan pocos en el buque!… Por eso me he dicho: «Aunque no sea correcto, voy a saludar a ese señor».
Era el cura español que Maltrana le había enseñado varias veces de lejos: un hombrecito moreno, enjuto, vivo en sus movimientos, al que encontraba Fernando cierto aire ágil y garboso de banderillero. Su delgadez hacía más visible la exuberancia de un abdomen puntiagudo que parecía pertenecer a otro cuerpo. Una cadena algo negruzca, con llaves de reloj y medallas, se tendía de la botonadura de la sotana a un bolsillo del pecho. Dos dedos enrojecidos por el tabaco sostenían un cigarrillo. La cabeza, de pelo duro e intensamente negro rayado de canas prematuras, ocultábase en parte bajo un casquete redondo de seda, igual al que usan los tenderos.
—José Fernández, sacerdote, para servir a Dios y a usted —dijo el cura haciendo la presentación de su persona.
Mostró la fuerte dentadura de hombre de campo, con una sonrisa humilde que delataba el deseo de intimar con este compatriota, el personaje más eminente de cuantos venían en el buque, según su opinión.
La música había cesado de tocar, y el cura aprovechó este silencio para expresarse con la exuberancia de un verboso falto de amistades que busca ocasión de esparcir su facundia. La franqueza española le hizo tratar a Fernando confianzudamente a las pocas palabras, lo mismo que si fuese un antiguo camarada, acompañando cada avance de su intimidad con humildes excusas: «Usted perdone; pero aquí no es como en tierra. Pasamos la vida juntos; estamos en la soledad del mar, confiados a la voluntad del Señor… ¿Conque usted también va a Buenos Aires, don Fernando?… ¡Vaya, vaya! Allá vamos todos, y quiera el Altísimo que los negocios le resulten bien, conforme a sus deseos».