Reseña ampliada
Elena de Troya sin H
Así se nos presenta la morada del God Save The Queen.
En Londres (The London Scene), Virginia Woolf recopila 6 artículos que publicó en su momento para la revista Good Housekeeping sobre distintos aspectos de esta ciudad a la que se sentía tan vinculada.
(Artículo 1) "Retrato de una londinense"
En Retrato de una londinense, Virginia Woolf nos aproxima al Londres que subyace bajo la frenética actividad industrial. Nos acerca al corazón de esta gran ciudad de la mano de la señora Crowe, cuya casa se configura como un templo de sabiduría popular en el que personas de etiqueta (y también sin ella) se reúnen para conversar sobre los últimos chismes de Londres.
La señora Crowe no tarda en incluir todos estos cotilleos en su saber y en complementarlos con aquellas anécdotas que aún perviven en su memoria desde hace más de cincuenta años. Aunque algunos de sus invitados pueden disfrutar de su compañía en la hora del almuerzo, la mayoría lo hace en la hora del té: de cinco a siete de la tarde.
Entre quienes conforman el grupo selecto que acompaña en la cena a la señora Crowe, se encuentra el señor Graham. Cuando uno llama a la puerta de esta casa típicamente londinense, se ofrece al escrutinio de la sirvienta.
Hablar con la señora Crowe es revisar las hojas de una revista en la que Londres es la protagonista, pero no la ciudad comercial, sino la que subyace por debajo de ella, la que afecta a las casas particulares que parecen gemelas univitelinas: dulces moradas de ingleses cuyo acento puede adquirir desde la refinada dicción de la señora Crowe hasta la mayor osadía del cockney rhyming slang del East End.
(Artículo 2) "Los muelles de Londres"
En el segundo artículo del libro, Virginia nos describe la actividad que se desarrolla en los muelles del puerto de Londres, y también en los tinglados que se extienden a lo largo de los márgenes del río Támesis.
Las barcas, que llevan en ellas los residuos de la gran ciudad, contrastan con el verde natural que rodea las casas de campo. Alguna construcción soberanamente regia, como el Greenwich Hospital, se alza entre zonas ajardinadas que los buques parecen repeler atraídos hacia el Támesis. Aunque se distingue algún que otro navío con pasajeros a bordo, lo que destaca en todo este paisaje es la sucesión de factorías que, como piezas de dominó, conforman toda una cadena de producción.
Es en las fábricas donde se recoge la materia prima con la que luego se fabrican los abrigos de lana; el colmillo de mamut con el que se hacen las empuñaduras de los paraguas; el ladrillo que se transporta para la construcción de las casas, y el vino, que se mantiene en lugares húmedos donde el hongo blanco que prolifera es indicativo de que la humedad del ambiente es la adecuada.
Sólo cuando uno se aproxima al Puente de la Torre, advierte que ya está a punto de entrar al Londres donde los ciudadanos marcan las tendencias de moda, las mismas que determinan qué entra y qué sale de la capital en unos barcos y otros.
(Artículo 3) "El oleaje en Oxford Street"
Oxford Street es una de las calles principales de Londres. En esta arteria por la que circulan torrentes de transeúntes, la clase relativamente baja de la ciudad convive con la clase media y alta. En la calle Oxford que nos describe Virginia Woolf, los establecimientos dedicados a la venta de bagatelas coexisten con la venta ilegal de galápagos, actividad comercial curiosa ante la que la policía parece hacer la vista gorda.
La opulencia de las mansiones señoriales que se construyen en Oxford Street se erige sobre paredes de piedra fina que no están hechas para durar en el tiempo. Toda la ostentosidad de esta topográfica vena de Londres se asienta sobre la apariencia, que queda reducida a mostrar escaparates repletos de ítems brillantes que atraen a los ladrones de tres al cuarto, a la mujer que apenas puede vestirse bien con gangas outlet una vez al año, y a los grandes magnates que, a cambio de un módico precio, ofrecen un lugar de resguardo en sus caseríos. Por todo esto, por el dinamismo y por la extraña mezcolanza de gente en sus calles, pretender llegar a una conclusión sobre la riqueza y la pobreza londinenses resulta misión imposible en Oxford Street.
(Artículo 4) "Casas de grandes hombres"
Virginia Woolf nos invita a pasar al interior de la casa de un filósofo y un poeta: Carlyle y John Keats, respectivamente. Ambas casas, cada una en su estilo, reflejan la personalidad única de quienes las habitaron.
En el caso del filósofo, en su casa se percibe la necesidad del aislamiento que se intentó conseguir y no se logró. El silencio es necesario para quien piensa y escribe, sin embargo, un doble muro de piedra no fue suficiente para mantener el interior a salvo del ruido exterior. Aparte de esta necesidad de recogimiento, también se percibe la limpieza meticulosa del matrimonio que habitó entre las mismas paredes que comparten frontera con el desgastado suelo en el que la sirvienta se dejó las suelas. Pobre mujer esta sirvienta, que a fin de mantener la limpieza extremadamente exigente de sus señores, subía y bajaba una casa de tres plantas por una escalera en la que tenía que hacer equilibrios con las jofainas, repletas de agua caliente extraída de la bomba del patio. Como el lector puede suponer, el matrimonio no tenía agua corriente.
Muy distinta a esta casa es la morada del poeta Keats, en la que se respira la enfermedad que le persiguió desde niño: la tuberculosis, la misma que puso punto final a su vida, después de hacerlo primeramente con su padre y seguidamente, con algún hermano suyo y con algún que otro amigo. Con apenas 26 años abandonó este mundo, sin reconocimiento social, que como (casi) siempre llega póstumamente. Aunque el éxito no lo pudo consumar, al menos disfrutó en vida del amor de su musa. Las cartas que prueban la correspondencia de este amor sólo se hicieron públicas tras la muerte de ella: Fanny Brawne legó a sus hijos los mencionados intercambios de palabras que mantuvo con su prometido en la clandestinidad, antes de que John Keats falleciera y ella contrajera (al cabo de 12 años de su muerte) matrimonio con el que terminó siendo padre de sus tres hijos.
Sin duda, la casa de Keats es un ejemplo de morada anónima, habitada por una personalidad también anónima, nada querida en la sociedad londinense en general, y poco querida en el círculo de escritores, en particular. Si John Keats nunca llegó a integrarse, no fue a causa suya, sino del resto.
(Artículo 5) "Abadías y catedrales"
En Abadías y catedrales, Virginia Woolf nos traslada a la silente quietud de los cementerios.
Mientras que algunas tumbas se encuentran en la Catedral de San Pablo, otras lo hacen en la Abadía de Westminster. En cualquier caso, los muertos invitan a reflexionar sobre la importancia de vivir cada instante. La Catedral de San Pablo se alza imponente y empequeñece a los seres diminutos que con tantas prisas recorren las calles de Londres.
Estos seres que, sin embargo, cuando se sitúan frente a la catedral y alzan su mirada, se quedan paralizados y olvidan el carácter urgente del recado que les hacía competir sin esperanza en una carrera contra el tiempo.
En contraste con la agradable monumentalidad de la Catedral, se alza la abadía de Westminster, que no invita acogedoramente a visitar su interior. Más bien, se impone como una advertencia sobre el pecado. Toda su arquitectura así lo sugiere. Por eso es preferible la arquitectura de la Catedral de San Pablo, y por eso debió sobrevivir al incendio de Londres, que tantas casas calcinó en el siglo XVIII. Ni siquiera la catedral pudo evitar sucumbir a ser pasto de las llamas, pero el arquitecto que en aquel momento la estaba restaurando, pudo afortunadamente reconstruirla en un estilo barroco que ahora quita el hipo, y además, sin sustos.
(Artículo 6) "La Cámara de los Comunes"
En La Cámara de los Comunes, Virginia Woolf recoge lo que a mi parecer constituyen valoraciones cabales sobre la mala praxis política de su siglo. Lo que la autora describe en este artículo recuerda sin duda a lo que estamos presenciando en este siglo XXI, que es el nuestro.
En el Londres del siglo XX, la democracia parece abrirse camino con grandes edificios, del mismo modo en que la anterior clase aristocrática lo hacía con estatuas de mármol. No obstante, quienes forman la Cámara de los Comunes (elegidos por el pueblo en representación del mismo) distan mucho de ser personajes de ideologías individuales y propias. Por el contrario, parecen desear disponer de una tarde libre para jugar al golf. Nada tienen que ver con quienes inspiraron las estatuas de mármol blanco de la clase aristocrática anterior.
Estos hombres de mármol sí representaban en la Cámara de los Comunes un criterio propio, normalmente reflejo del ideal del pueblo. Los hombres de ahora, los de carne y hueso, los del "entonces" de Virginia Woolf, no parecen querer inspirar en el pueblo el deseo de eternizarlos en blancas y poderosas estatuas de mármol.
Al menos, así es como lo siente la escritora (y como lo siento yo también).
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[...] decía Cervantes: saber sentir es saber decir. Palabras de Luis Landero en su libro El huerto de Emerson.
Yo espero haber sabido decir lo que el libro me ha hecho sentir. Muchas gracias, como siempre, por haber leído esta reseña troyana. ¡Nos vemos en la próxima!