Lo de elegir monarcas y tal

Lo de elegir monarcas y tal

dbf de camino al gimnasio

Elegir al mandamás de entre una lista de candidatos es una cosa que viene de antiguo. Como somos europeos y nuestro sistema educativo ignora todo lo que pase a más de dos zonas horarias de Roma, empecemos por la antigüedad clásica. Al flipado de Platón se le subía la bilirrubina con el concepto de la democracia, pero a efectos prácticos las polis muchas veces recurrían a elegir tiranos — que de aquella significaba simplemente mandamás, aunque luego Platón y Aristóteles consiguieran que al termino se le asociaran los conceptos de opresión e ilegitimidad. Normal, porque la legitimidad es la cuestión clave.

Los macedonios elegían a sus reyes de entre sus generales — la legitimidad la daba la fuerza. De manera similar, antes de Augusto el senado Romano podía elegir a un Dictador de entre los magistrados, que tenían el poder de la ley. Y antes del senado, el Rey de Roma era simplemente el magistrado de Roma, elegido de manera similar a la griega. Los Tarquinos quisieron convertir el puesto en hereditario, y es como reacción a ello que se fundó el senado.

Las cosas se liaron con los emperadores. La bonita progresión meritocrática de “jefe elegido por ser buen general” a “jefe elegido por ser buen lider” dejaba de aplicarse. Imperator era originalmente un título militar, y Augusto se esforzó en presentarse como un “dictador especial” que seguía legitimado por el senado. Pero al haber juntado los poderes de dictador y sumo pontífice, Augusto abrió la puerta a la mamarrachada que sigue siendo la base de las monarquías europeas: la legitimidad divina.

El que terminó de cerrar el nudo fue Constantino, cuando decidió aprovechar la popularidad de una secta judía para echar de lado las antiguas fórmulas de legitimidad — ni senado ni hostias, Constantino mandaba porque así lo quería Dios. Y que él mismo probablemente nunca llegara a siquiera estar bautizado... pues oye, eso son sólo detalles.

Lo interesante es que la idea del monarca elegido y la legitimidad “popular” no murió del todo durante la edad media. Sin ir muy lejos, los reyes visigodos eran elegidos. Mas tarde Carlomagno y el papa León III sentaron las bases de un modelo en el que todo mandamás que se preciara necesitaba el “seal of approval” de San Pedro. Pero el proceso para llegar a recibir la corona de marras variaba y mucho.

El Sacro Impero Romano (el primero de los tres Reichs) fue durante la mayor parte de su historia una monarquía electiva, al menos en papel. Los nobles alemanes de más alto rango (los príncipes electores) se ponían de acuerdo para elevar a un noble a la categoría de Emperador. Eso si, los Habsburgo a partir del siglo quince consiguieron que siempre se eligiera a uno de ellos. Y después de que Prusia y Napoleón complicaran las cosas a principios del siglo diecinueve, los Habsburgo no quisieron complicarse las cosas con el imperio austro-húngaro.

Porque la idea de poder elegir mandamás está muy bien en teoría, asumiendo que quienes eligen lo hacen con buena fe, “mirando por el bien común”. Pero la realidad tiene la costumbre de no ajustarse a la teoría. Un buen ejemplo es la Rzeczpospolita de Polonia y Lituania, que durante el renacimiento abarcaba del báltico al mar negro, y de los cárpatos hasta prácticamente Moscú. Mientras los Rusos se fascinaron con la idea del poder absoluto por su herencia bizantina y por el contacto con Turcos y mongoles, soñando con ser la “tercera Roma”, los Polacos y los Lituanos formaron una república aristocrática en la que todas las casas nobles estaban llamadas a participar en la elección del monarca. Tan fuerte les dio la vena republicana y egalitaria (entre nobles, se entiende), que introdujeron la práctica del liberum veto: cualquier noble podía invocar su privilegio y vetar cualquier decisión del senado. Aparte de resultar en una auténtica dictadura de la minoría, la corrupción campaba a sus anchas y el país rápidamente se volvió ingobernable. Entre deudas, conflictos y simple negligencia, Polonia fue absorbida gradualmente por sus vecinos hasta desaparecer totalmente en 1795.

A la monarquía hereditaria se la puede mirar de dos maneras que a mi entender resultan complementarias. Por un lado, podemos verla como el resultado de líderes más interesados en mantenerse en el poder que en el llamado “bien común”. Pero al mismo tiempo, es un sistema que permite mucha estabilidad: mientras la dinastía real mantenga contentos al resto de poderes (institucionalizados o no), ofrece continuidad al estado y permite funcionar a las instituciones sin la sospecha de que alguna de ellas (por ejemplo el ejército) podría en cualquier momento decidir que la cosa estaría mejor con ellos al mando.

A cambio de tragar el sapo de que solo los miembros de cierta familia de pijos sean considerados dignos de firmar nuestras leyes y representarnos, conseguimos instituciones más robustas. Este es el argumento conservador de toda la vida, la misma linea de pensamiento que apoyó el retorno de los Borbones para evitar otra posible guerra civil. El argumento que parte de que si dejas que la gente decida quién es el mandamás, por muy reducido y simbólico que sea ese poder (y da lo mismo si por “gente” entiendes unas cuantas familias o todos los ciudadanos mayores de edad), se va a liar parda.

Y de esas arenas, estos lodos.