Libelo de sangre
CAPÍTULO 2 Hermanos de leche
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A continuación, marchó en busca de Dulce, la nodriza. Resuelta a armarse de paciencia, pues esperaba un recibimiento poco cordial, la monja inspiró hondo. Detestaba a aquella desabrida mujer que trataba a los niños a baquetazos y siempre andaba quejándose del exceso de trabajo.
Toda ella destilaba mala leche, excepto sus senos, de los que, paradójicamente, manaba la mejor de la Inclusa.
Dulce no defraudó las expectativas. En cuanto abrió un ojo, comenzó a despotricar.
—¿Me tomáis el pelo? ¡Pero si me acabo de acostar!
—¡Afortunada vos! —bufó sor Horacia—. Yo no recuerdo la última vez que disfruté de tan divino placer.
—Amamanto a diez cabezones y ¿me endilgáis otros dos? ¿Acaso pensáis que la he espichado y he resucitado en forma de cabra? Tengo las peras infestadas de llagas.
—Apead las blasfemias y no tiréis de la cuerda porque os advierto que hoy podría romperse. Hinchadme las narices y palabra de honor que os echo a la calle.
—No cuela, hermana. Apenas os llegan nodrizas acordes a las petitorias de la cofradía. No renunciaréis a una de las pocas que conserváis, surtidora encima de un producto de calidad.
—Probadme y comprobaréis dónde os mando a vos y a vuestro producto de calidad.
Sor Horacia solo pretendía asustarla, pues en verdad nunca prescindirían de ella.
El hospicio requería nodrizas jóvenes, sanas, madres de entre un hijo y seis concebidos en el matrimonio, sin abortos previos, de busto grande y pezones fáciles de succionar. Como esas virtuosas candidatas no abundaban, la cofradía hubo de moderar las aspiraciones y tanto las moderó que, al final, las suprimió y acabó aceptando cualquier pecho del que brotara algún líquido. No importaba si pertenecía a una soltera, a una vagabunda o a una prostituta; incluso se admitían enfermas del mal gálico, aunque, para evitar epidemias, estas se asignaban a los moribundos[5].
—El máximo de cabezones adjudicado a cada nodriza es de diez —reivindicó Dulce.
—Recién se eleva a doce. Y si os resta alimento para más, a más alimentaréis. ¿No os gusta? ¡Pues aire! Y ahora dirigíos a la sala de lactantes o a la puerta de salida. ¡En vuestra mano queda!
Palmatoria en ristre, tiritando de frío e insultando a todos los difuntos de sor Horacia, Dulce acudió al encuentro de Diego y Gabriel.
Sin dejar de soltar exabruptos, los cogió, se los colocó en el regazo y les introdujo el seno en la boca con tal violencia que Diego se apartó y empezó a gimotear.
—¡Mocoso estúpido! —bramó, zarandeándolo y estrellándole la cara contra la ubre—. ¡Cállate y a la manduca!
Aunque el meneo sorprendió al pequeño, en cuanto la primera gota de la ansiada leche le rozó los labios, emuló a Gabriel, quien, en vez de perderse en melindres, había iniciado la succión de inmediato.
Los dos comieron con avidez. De cuando en cuando, se detenían y miraban a Dulce agradecidos, pero, lejos de corresponderlos de manera tierna, ella los vapuleaba y les gritaba que aligerasen.
Concluido el festín, los metió en el cajón donde descansaban sus otros diez lactantes. La peste del cubil indicaba que alguno o algunos ya habían digerido la cena, percance que la mujer ni se planteó enmendar.
Aguantando la respiración, apiñó a los veteranos y embutió a los debutantes. Si bien los doce parecían piojos en costura, los veteranos ni se inmutaron y los debutantes, saciada el hambre, se durmieron en el acto.
Y así fue como, un uno de febrero de 1621, Gabriel González y Diego Castro desembarcaron en la Inclusa de Madrid y, a los pechos de una ácida Dulce, se convirtieron en hermanos de leche.