Las mentiras de Locke Lamora
Libro I » Capítulo 2 » 6
Página 10 de 56
Celosamente encerrados en jaulas, muertos de hambre y enloquecidos por la sangre, los tiburones-tigre constituyen el culmen tradicional de la Fiesta Cambiante. Otras ciudades poseen combates de gladiadores; otras ciudades tiran a los hombres a un foso para que luchen contra animales.
Pero sólo en Camorr podréis ver a un gladiador armado específicamente para ello (llamado contrarequialla) combatir contra un tiburón que está vivo y coleando, y comprobar cómo sólo en Camorr las mujeres son las únicas a las que por tradición se les permite convertirse en una contrarequialla.
En eso consiste el Espectáculo de los Dientes.
6
Aunque Locke no hubiera podido decir si las cuatro mujeres eran realmente hermosas, lo cierto es que sí eran realmente impresionantes. Todas eran camorríes de piel morena, y todas eran tan musculosas como una granjera, imponentes incluso desde lejos, y casi no llevaban nada encima: unas tiras de algodón negro por encima del pecho, los taparrabos de los luchadores y unos sutiles guantes de piel. La negra cabellera la tenían echada hacia atrás con ayuda de la tradicional guirnalda roja, engarzada con ajorcas de latón y plata que convertían la luz del sol en cadenas de un blanco destellante. El propósito de dichas ajorcas era materia de discusión. Unos decían que servían para confundir la mala vista de los tiburones, mientras que otros argumentaban que su fulgor servía, precisamente, para que los monstruos pudieran ver mejor a su presa.
Cada contrarequialla llevaba dos armas: una jabalina corta en una mano y un hacha de diseño especial en la otra. Los mangos de dichas hachas estaban protegidos por una guarda que les cubría la mano, para que no pudieran perderlas fácilmente; eran asimétricas, con la filosa hoja en un extremo y una púa larga y resistente en el otro. Una luchadora diestra solía intentar cortarle al tiburón las aletas y la cola antes de matarlo; pero sólo muy pocas conseguían matarlo sin emplear la púa. La piel del tiburón-tigre podía ser tan áspera como la corteza de un árbol.
Locke miró fijamente a aquellas mujeres terribles y entonces le invadió la mezcla de melancolía y de admiración que era tan usual en él. A sus ojos, eran tan locas como valientes.
—Ésa que está ahí, a la izquierda del todo, es Cicilia de Ricura —dijo don Lorenzo, señalando a la mujer para provecho de Lukas Fehrwight, mientras se tomaba un descanso después de más de una hora de rápidas negociaciones—. Es una buena chica. Y a su lado está Aganesse, que lleva una jabalina, aunque nunca la use. Las otras dos, bueno, deben de ser nuevas. Por fin algo novedoso en el Espectáculo.
—No habéis tenido la suerte, maese Fehrwight —dijo doña Sofía—, de poder ver hoy a las hermanas Berangias. Son las mejores.
—Posiblemente las mejores de todas las que han estado aquí —don Lorenzo entornó los ojos para evitar parte de la luz que se reflejaba en el agua y así poder calcular el tamaño de los tiburones, que sólo eran visibles como sombras dentro de sus jaulas—. O de todas las que estarán. Pero no han participado en la Fiesta durante los últimos meses.
Locke asintió y se mordió por dentro una de las mejillas. En su condición de Locke Lamora, garrista de los Caballeros Bastardos y ratero respetable, conocía personalmente a las gemelas Berangias, por lo que sabía con exactitud dónde habían estado durante los últimos meses.
Más abajo, en el agua, la primera luchadora tomaba posiciones. La contrarequialla lucha encima de una serie de plataformas escalonadas de una anchura de medio metro cada una de ellas, situadas a menos de veinte centímetros por encima del agua. Aquellas plataformas se asientan sobre una rejilla cuadrada de una anchura de hasta dos metros que deja mucho espacio al contrario para nadar entre ellas. Las mujeres tienen que saltar rápidamente de una a otra de aquellas plataformas para herir a los tiburones cuando éstos se dan la vuelta al saltar; caerse al agua supone el fin de la contienda.
Al otro lado de la hilera de las jaulas de los tiburones (que se abrían con unas cadenas movidas por poleas desde una barca que se encontraba fuera del alcance de cualquier posible actividad tiburonil) se encontraba una barquichuela tripulada por remeros voluntarios (que estaban muy bien pagados), la cual llevaba a los tres observadores tradicionalmente instituidos del Espectáculo de los Dientes. El primero de ellos era el sacerdote de Iono, con su túnica verdemar ribeteada de plata. A su lado, con una túnica negra y una máscara de plata, se encontraba la sacerdotisa de Aza Guilla, Señora del Largo Silencio, diosa de la muerte. El último era un físico, cuya presencia siempre impresionaba a Locke por parecerle un detalle extremadamente optimista.
—¡Camorr! —la mujer joven, posiblemente Cicilia de Ricura, alzó sus armas por encima de su cabeza. La siguió el poderoso murmullo de la muchedumbre, que desapareció para dejar sólo el chapoteo del agua contra las embarcaciones y los rompeolas. Quince mil observadores recibieron el grito colectivo de «¡Dedico esta muerte al duque Nicovante, nuestro señor y patrón!». Tal era el saludo tradicional de las contrarequialla; aquella «muerte» sonaba muy bien, porque podía referirse a cualquiera de los participantes en la batalla.
Entre la floritura de las trompetas y los vivas del gentío, los hombres de la barca que se encontraba lejos de la circunferencia formada por las jaulas soltaron el primer tiburón de la tarde. El pez de más de tres metros de largo, enloquecido por la sangre, salió disparado de su encierro y comenzó a dar círculos alrededor de las plataformas escalonadas, con su siniestra aleta gris cortando el agua y formando una ola. Cicilia se balanceó sobre uno de sus pies y se agachó para chapotear en el agua con el talón del otro mientras lanzaba improperios y gritos de desafío. El tiburón aceptó el señuelo y en pocos segundos se encontró entre las plataformas, con su rechoncho cuerpo agitándose de atrás adelante como un péndulo hecho de dientes.
—¡A ése no le gusta perder el tiempo! —don Lorenzo se secó las manos—. Estoy por apostar que va a saltar.
Apenas habían salido de su boca aquellas palabras, cuando el tiburón salió disparado del agua en medio de una profusión de minúsculas gotitas plateadas, lanzándose hacia la luchadora agachada. Como el tiburón no saltó muy alto, Cicilia pudo esquivarlo saltando hacia la derecha, encima de la plataforma que se encontraba al lado de la suya. Cuando se encontraba en el aire, lanzó la jabalina hacia atrás; el astil se hundió en el flanco del tiburón y permaneció, tembloroso, en él durante un segundo, antes de que aquella masa aerodinámica de músculos regresara al agua con un chapoteo. La reacción de la muchedumbre no fue unánime en sus comentarios: aunque el lanzamiento había dado muestras de una agilidad notable, adolecía de falta de energía. No sólo el tiburón de Cicilia estaba mucho más asustado que antes, sino que ésta había desperdiciado la jabalina.
—Oh, una decisión inapropiada —doña Sofía chasqueó la lengua—. Esa muchacha necesita aprender a tener un poco de paciencia. Ahora veremos si su nuevo amigo le pone las cosas fáciles.
Volteándose y esparciendo una nube de agua rosada a derecha e izquierda, el tiburón maniobró para lanzar otro ataque, persiguiendo en la superficie a la sombra de Cicilia. Ésta saltaba con gran viveza de una a otra plataforma, el hacha bocabajo, para que el pincho quedara hacia arriba.
—Maese Fehrwight —mientras observaba la contienda, don Lorenzo se había quitado las gafas y jugueteaba con ellas, pues no las necesitaba para ver de lejos—, puedo aceptar sus términos, pero debe comprender que la parte que me toca en los preliminares es muy arriesgada, especialmente en lo que se refiere al total de los fondos de que dispongo. Por eso, mi propuesta es que el reparto de las ganancias que se obtengan de las ventas del Austershalin se ajusten al cincuenta y cinco/cuarenta y cinco, a mi favor.
Mientras Locke hacía como si estuviera ponderando aquella propuesta, Cicilia subía los brazos y saltaba para salvar la vida, la rápida aleta gris rasgando el agua justo debajo de ella.
—Estoy autorizado para haceros esa concesión en representación de mis superiores. A cambio… voy a fijar en un cinco por ciento los intereses de la propiedad de vuestra familia que acogerá los viñedos de Austershalin.
—¡Hecho! —el noble sonrió—. Aportaré los fondos necesarios para dos galeones grandes, la tripulación y los oficiales, los arreglos y flecos que se necesiten, y el cargamento que llevaremos al norte. Uno de los galeones estará bajo mi mando, y el otro bajo el suyo. Elegiré los mercenarios que habrán de ir en cada uno de los navíos para mejorar nuestra seguridad. Conté irá con usted; su Graumann se quedará a mi lado. Cualquier gasto que sobrepase nuestro presupuesto en más de veinticinco mil coronas de Camorr tendrá que ser autorizado por mí.
El tiburón volvió a saltar y a fallar; durante unos instantes, Cicilia se mantuvo en la plataforma con un solo brazo mientras movía el hacha con el otro. Los espectadores rugieron cuando el tiburón dio una vuelta desaliñada en el agua y retrocedió para encontrar otro camino.
—Conforme —dijo Locke—. Cada uno de nosotros se quedará con una copia del contrato debidamente firmada; otra adicional se quedará en Therin, en el despacho de un notario que no sea partidario de ninguno de nosotros, para ser abierta y examinada en el caso de que, en el transcurso de un mes, alguno de nosotros sufriera… un accidente mientras transportábamos los barriles. Dejaremos otra copia más, debidamente firmada, en Vadran, al cuidado de un agente que conozco, para que eventualmente se la entregue a mis superiores. Esta tarde necesitaré en el Hogar Vacilante un amanuense y un pagaré de cinco mil coronas con fecha de mañana para cobrar en el Meraggio y así comenzar a trabajar inmediatamente.
—¿Sólo nos queda eso por hacer?
—Así es.
El noble permaneció en silencio durante unos segundos.
—Al infierno con ello. Estoy de acuerdo. Estrechémonos las manos y corramos a la aventura.
Fuera de allí, sobre el agua, Cicilia hizo una pausa y sopesó el hacha, aguardando el momento en que el tiburón, que llegaba por la derecha con un movimiento ondulante, se acercara hasta la plataforma donde se encontraba, ya que se movía demasiado despacio para saltar. En el mismo momento en que Cicilia se levantaba para cargar todo su peso en el golpe, el tiburón saltó en el agua, cerca de uno de los costados de ella, adoptando con su cuerpo la forma de una «U», y volvió a sumergirse. Dicha maniobra hizo que su cola restallara en el aire y alcanzara a la contrarequialla justo debajo de las rodillas. Gritando más por el susto que por el dolor, Cicilia de Ricura cayó al agua de espaldas.
Todo terminó en breves segundos; el tiburón regresó, mordiendo, y debió de atraparla por una pierna, si es que no por las dos. Ambos dieron vueltas y más vueltas en el agua… Locke pudo captar la forma de la aterrada mujer mientras se confundía con el áspero costado oscuro del tiburón; blanco y luego gris; gris y luego blanco. En pocos momentos, la espuma de color rosa volvió a oscurecerse de rojo, y las dos sombras que peleaban entre sí se hundieron en las profundidades que se abrían bajo las plataformas. Mientras la mitad de la muchedumbre expresaba su aprobación con ruidosos gritos, la otra mitad agachó la cabeza en un respetuoso silencio que sólo duró lo que la siguiente joven tardó en entrar en el interior del círculo de agua roja.
—¡Por los dioses! —doña Sofía se quedó mirando la mancha que se iba extendiendo por el agua; las luchadoras sobrevivientes agacharon la cabeza y los sacerdotes hicieron en común alguna suerte de bendición—. ¡Increíble! Atrapada tan pronto y con un truco tan sencillo. Bueno, mi padre solía decir que un momento de despiste en el Espectáculo era mucho peor que diez despistes en otras circunstancias.
Locke le dedicó una profunda reverencia, tomando una de sus manos y besándosela.
—Ciertamente, doña Sofía. Ciertamente.
Sonriendo amablemente, le dedicó otra reverencia y se volvió hacia su marido para estrecharle la mano.