Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Libro I » Capítulo 3 » 7

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—Mi señor, os prometo que nuestras futuras apariciones serán menos alarmantes. Mis órdenes decían que debíamos causaros una gran impresión para que comprendierais tanto la seriedad de la situación como la gran habilidad que demostramos a la hora de… eliminar los obstáculos. Os lo aseguro, no tengo ningún deseo personal de volver a contrariaros. Poner nuevamente a salvo vuestra fortuna será la piedra angular de los muchos años de esfuerzo que pienso invertir en ello.

—¿Y doña Sofía? ¿Su señor ha escrito para ella algún papel en esta… contra-charada?

—Vuestra esposa es una mujer muy extraordinaria. No escatiméis los medios necesarios para informarle de nuestro compromiso. Contadle la verdad acerca de Lukas Fehrwight. Poned todos sus recursos en nuestra causa. Aunque —Locke hizo aquí una mueca maligna—, me temo, mi señor, que tendré que dejaros a vos la tarea de explicárselo todo a vuestro gusto.

6

En la parte de Camorr asentada sobre la tierra firme, unos hombres armados recorrían las antiguas murallas de piedra de la ciudad, siempre al acecho de signos de bandidos o de ejércitos enemigos. En la parte que daba al mar, las torres de vigilancia y las galeras de guerra cumplían el mismo propósito.

En los cuarteles de la Guardia que se levantaban en la periferia del distrito de Alcegrante, sus miembros estaban preparados para proteger a la nobleza menor de la ciudad de la molestia de tener que ver u oler, en contra de su voluntad, a cualquiera de sus súbditos.

Muy poco antes de la medianoche, Locke y Galo cruzaron el Angevino por el gran puente de cristal llamado el Arco de los Antiguos. Dicho puente, por otra parte, magníficamente tallado, unía la parte oeste de Alcegrante con los lozanos jardines semipúblicos del Prado de las Dos Platas, otro de los lugares donde a la gente poco acomodada se la desanimaba, incluso a bastonazos y latigazos, de que se estableciera en él.

Unos cilindros de cristal carmesí muy altos derramaban una luz alquímica sobre los jirones de bruma que se enroscaban ondulantes bajo las corvas de sus caballos; la parte central del puente se encontraba a unos veinte metros por encima del agua, altura que no solía ser sobrepasada por la acostumbrada niebla nocturna. Las lámparas rojas oscilaban suavemente en sus soportes de hierro negro a medida que las agitaba el polvoriento Viento del Ahorcado, de suerte que los dos Caballeros Bastardos bajaron hasta el Alcegrante en medio de aquella luz espectral que los rodeaba como un aura sangrienta.

—¡Alto ahí! ¡Decid vuestro nombre y oficio!

En el lugar donde el puente se juntaba con la ribera norte del Angevino había una casucha baja de madera con ventanas de papel encerado, a través de las cuales salía una débil luminosidad blanca. Una silueta estaba de pie ante ella, el color amarillo de su casaca convertido en naranja por el efecto de las luces del puente. Las palabras de quien había hablado hubieran sonado imperiosas si la voz que las acompañaba no hubiese sido joven y un tanto insegura.

Locke sonrió; puesto que la garita de guardia del Alcegrante siempre estaba ocupada por dos casacas amarillas, el más veterano debía de haber enviado al más joven a la niebla para hacer el trabajo. Mucho mejor… Locke extrajo de su negro manto la preciada cartera con el sello mientras llevaba su caballo al trote hacia la garita.

—Mi nombre no tiene importancia —Locke abrió la cartera con un capirotazo para que el joven guardia vislumbrara el sello—. Cumplo un servicio para Su Excelencia el duque Nicovante.

—Ya… lo veo, señor.

—No he venido por este camino. Nosotros no hemos hablado. Asegúrate de que tu compañero lo comprende tan bien como tú.

El casaca amarilla hizo una reverencia y retrocedió rápidamente un paso, como si tuviese miedo de estar tan cerca. Unos jinetes con capas negras, montados en caballos negros, salidos de la oscuridad y de la bruma… Era muy fácil reírse de aquellas cosas bajo la luz del día. Pero la noche solía ser proclive a añadir consistencia a los fantasmas.

Si la Hilera de los Besamonedas era donde se ponía en circulación el dinero de Camorr, el distrito de Alcegrante solía ser el lugar donde el dinero se tumbaba a descansar. Estaba formado por cuatro islas unidas entre sí, cada una de las cuales era como una colina escalonada que llegaba hasta la base de la meseta que soportaba las Cinco Torres. El dinero viejo se mezclaba con el nuevo de la manera más disparatada que uno pueda imaginarse, en medio de un laberinto de casas señoriales y jardines privados. Aquí los comerciantes, los cambiadores de moneda y los agentes de negocios marítimos miraban por encima del hombro al resto de la ciudad; allá los miembros de la nobleza inferior levantaban la cabeza hacia arriba para mirar con avaricia las torres de las Cinco Familias que lo gobernaban todo.

De vez en cuando, los carruajes se movían estruendosos de aquí para allá, agitando los farolillos y estandartes de sus cabinas de negra madera laqueada para anunciar las armas de quien viajaba en su interior. Algunos eran escoltados por patrullas de jinetes armados, vestidos con jubones acuchillados y pectorales bruñidos, la moda de aquel año para asesinos a sueldo. Algunas yuntas de caballos llevaban arneses iluminados por luces alquímicas en miniatura que parecían a lo lejos cadenas de luciérnagas meneándose en la bruma.

La mansión de don Lorenzo Salvara, de cuatro plantas y forma rectangular, tenía varios siglos de antigüedad y se resentía un poco del peso de los años, pues había sido completamente construida por manos humanas. Era una especie de isla en el corazón de la isla de Durona, la parte más occidental del Alcegrante, rodeada en sus cuatro costados por un muro de piedra de cuatro metros de altura y cercada por tupidos jardines. No compartía pared alguna con las mansiones circundantes. Unas luces ambarinas ardían detrás de las ventanas atrancadas del tercer piso.

Locke y Calo desmontaron silenciosamente en la callejuela que estaba al lado de la fachada norte de la mansión. Las largas noches de cuidadosos reconocimientos efectuados por Locke y Bicho les habían revelado las mejores vías de acceso que, saliendo de la callejuela, debían llevarlos hasta la mansión. Tal y como iban vestidos, ocultos por la bruma y la tiniebla, serían completamente invisibles en cuanto abandonaran la calleja y saltaran el muro.

Cuando Calo amarró los caballos al poste de madera curtido por la intemperie que se encontraba delante del muro, él y Locke sintieron un instante de inefable tranquilidad; no se veía ni un alma. Calo acarició las ralas crines de su caballo.

—Cariño, si no volvemos, échate unos tragos a nuestra memoria.

Locke apoyó la espalda en la base del muro y juntó las manos. Calo puso un pie en aquel improvisado estribo y saltó hacia arriba, impulsado por la fuerza de sus piernas y los brazos de Locke. Cuando llegó hasta lo alto del muro se encaramó en él con mucho cuidado y sigilo y bajó los brazos para izar a Locke: los gemelos Sanza eran tan nervudos como Locke grácil, así que la operación resultó muy fácil. A los pocos segundos, ambos penetraban en la oscuridad húmeda y fragante del jardín y se agazapaban en ella para escuchar.

Las puertas de la planta de calle estaban aseguradas con barras de acero y complicadas cerraduras de seguridad que no podrían abrir por las buenas. Pero el tejado… Bueno, las personas que no eran lo suficientemente importantes para vivir constantemente bajo el miedo de que las asesinaran solían depositar una excesiva confianza en la altura de los muros de sus casas.

Con gran lentitud y mucho cuidado los dos ladrones escalaron la fachada norte de la casa señorial, encajando con firmeza manos y pies en las grietas de su cálida y húmeda piedra. Las dos primeras plantas estaban a oscuras y en silencio; las luces de la tercera se encontraban en el lado opuesto de aquel que estaban escalando. Con el corazón latiéndoles deprisa a causa de la excitación, siguieron subiendo hasta encontrarse justo debajo del parapeto del tejado, donde descansaron un buen rato, la oreja tiesa para descubrir cualquier sonido del interior de la casa que pudiera dar a entender que habían sido descubiertos.

Las lunas se transparentaban, lejanas, tras la diáfana cortina de nubes grises; a su izquierda, la ciudad era un arco impreciso de luces adamantinas que brillaban a través de la bruma; por encima de todo, las inverosímiles alturas de las Cinco Torres se erguían hacia el cielo como sombras negras. Las hebras de luz que quemaban sus parapetos y sus ventanas realzaban, más que atenuaban, su aura amenazante; quedarse mirándolas cerca del suelo era la mejor receta para sentir vértigo.

Locke fue el primero en subirse encima del parapeto; mirando con mucha atención bajo la débil luz que le venía de mucho más arriba, apoyó los pies en la hilera de tejas blancas de la parte central del tejado y se quedó inmóvil. Le rodeaban las oscuras formas de arbustos, macizos de flores, arbolillos y viñas: el tejado estaba lleno a rebosar con los aromas de la vegetación y del olor que por la noche despide la tierra. El jardín que se encontraba a ras de suelo, aunque muy bien atendido, tenía una importancia más mundana, pues constituía la reserva botánica de doña Sofía.

Por lo que Locke sabía, la mayor parte de los alquimistas botánicos solían entusiasmarse por los venenos raros. Comprobó que la capucha y la capa se ceñían estrechamente a su cuerpo y se subió hasta la nariz el pañuelo que llevaba al cuello.

Caminando despacio por el sendero de blanco, Locke y Calo se abrieron camino por el jardín de Sofía con más cautela que si caminaran entre surtidores de aceite de lámpara con las capas ardiendo. En medio del jardín había una ventana abuhardillada con una cerradura sencilla. Durante dos minutos Calo permaneció inmóvil delante de ella para ver si podía escuchar algo, con sus ganzúas favoritas en las manos. Forzarla no le llevó más de diez segundos.

La cuarta planta: el taller de doña Sofía, un lugar en el que los dos intrusos querían aún menos que antes, cuando habían estado en el jardín, tropezar o quedarse en él. Tan silenciosos como maridos culpables que volvieran a casa después de una noche de borrachera, se deslizaron entre las salas oscuras llenas de material de laboratorio y de tiestos, escabulléndose por las estrechas escaleras de piedra que conducían a uno de los pasillos laterales del tercer piso.

Los entresijos de la mansión de Salvara les eran sobradamente conocidos a los Caballeros Bastardos: don Lorenzo y su esposa tenían sus habitaciones privadas en la tercera planta, al otro lado del vestíbulo del estudio de Lorenzo. La segunda planta era el solar, una sala para banquetes y recepciones que apenas se utilizaba cuando el matrimonio no tenía amigos a los que entretener. En la primera planta se encontraban la cocina, varios salones y los cuartos de los criados. Además de Conté, los Salvara mantenían a una pareja de mayordomos de mediana edad y a un muchacho que hacía de mensajero y de chico para todo. Debían de hallarse durmiendo en el primer piso; ninguno de ellos representaba ni la más pequeña fracción de la amenaza que Conté suponía para cualquier intruso.

Ahí radicaba la parte del plan que no podía ser planeada de un modo preciso: tenían que localizar al viejo soldado y aplicarle el tratamiento apropiado antes de poder tener con don Lorenzo la conversación que habían pensado.

Unos pasos sonaron en algún lugar del piso; Locke, que iba delante, se agachó y echó un vistazo por la esquina de la izquierda. Entonces vio el largo pasillo que dividía en dos partes la tercera planta; don Lorenzo acababa de dejar abierta la puerta del estudio antes de desaparecer en su dormitorio. Cerró aquella puerta tras de sí y un momento después resonó por la sala el sonido de una cerradura.

—Qué casualidad —susurró Locke—. Sospecho que estará atareado ahí dentro durante algún tiempo. Puesto que no ha apagado la luz de su estudio, es que piensa volver a él… Acabemos con la parte más difícil.

Locke y Calo se deslizaron por el vestíbulo del estudio; aunque habían comenzado a sudar, mantuvieron sus pesadas capas ceñidas al cuerpo para evitar tirar algo mientras se movían. El largo pasillo estaba decorado primorosamente con tapices que colgaban de las paredes y candelabros alojados en los nichos de las mismas, cuyos cristales apenas arrojaban más luz que unas brasas. Al otro lado de la gruesa puerta que conducía a los aposentos de los Salvara alguien reía.

La escalera que se encontraba al final del pasillo era amplia y de caracol; sus peldaños de mármol blanco, intercalados con cartas geográficas de Camorr hechas con mosaicos, bajaban en espiral hasta el solar. Al llegar ante ella, Calo agarró a Locke de una manga, se llevó un dedo a los labios y movió varias veces la cabeza hacia abajo.

—Escucha —murmuró.

Clang, clang… sonido de pasos… clang, clang.

Aquella secuencia de sonidos se repitió varias veces, aumentando ligeramente en intensidad en cada una de ellas. Locke hizo una mueca a Calo. Alguien caminaba por el solar, comprobando metódicamente una a una las cerraduras y las barras de hierro que protegían las ventanas. En tan altas horas de la noche sólo había una persona en la casa capaz de hacer tal cosa.

Calo se arrodilló junto a la balaustrada, exactamente a la izquierda de donde se terminaban los peldaños. Cualquiera que subiera por la escalera de caracol tendría que pasar directamente por debajo de él. Rebuscó dentro de su capa y extrajo un saco de cuero que seguía plegado y una soga delgada de seda negra; luego hizo algo con la soga por dentro y por fuera del saco que Locke no consiguió distinguir. Locke se arrodilló al lado de Calo y echó un vistazo al largo pasillo por el que habían llegado…, pues, aunque no era muy probable que el aristócrata volviera por él, no había que olvidar lo que se decía del Benefactor, que convertía a los ladrones incautos en sabrosos ejemplos para los demás.

Por debajo de donde se encontraban, los rápidos y precisos pasos de Conté resonaron en la escalera.

Puesto que en una lucha limpia sabían que el hombre de confianza de don Lorenzo no dudaría en pintar las paredes con su sangre, la lucha tenía que ser todo lo sucia que pudieran. En el momento en que la coronilla de la calva cabeza de Conté asomó debajo de ellos, Calo se apoyó en la balaustrada y le echó encima la capucha de inmovilidad que había preparado.

Para todos aquellos que jamás tuvieron la ocasión de que los secuestraran y vendieran como esclavos en cualquiera de las ciudades del Mar de Hierro, digamos que una capucha de inmovilidad, cuando cae, se parece a una tienda de campaña que ondea al viento. El aire agita su parte inferior antes de que caiga sobre la cabeza de su blanco y se asiente encima de sus hombros. Conté se sobresaltó muchísimo cuando Calo tiró de la cuerda de seda negra y cerró la capucha alrededor de su cuello.

Y para evitar que cualquiera con gran presencia de ánimo pueda quitarse la capucha en pocos segundos, siempre se moja su interior con una generosa dosis de cierto narcótico volátil de olor dulzón, surtido por algún farmacéutico negro. Conociendo la naturaleza del hombre a quien intentaban doblegar, Locke y Calo se habían gastado treinta coronas en la sustancia que Conté respiraba en aquellos momentos y que Locke deseaba fervientemente que le aprovechara.

A cualquier persona, hombre o mujer, le bastaba con dar una sola boqueada de pánico dentro de aquella capucha, cerrada herméticamente, para caer desvanecida. Pero cuando Locke bajó las escaleras para ocultar el cuerpo de Conté, vio que aquel hombre aún seguía de pie, intentando quitarse la capucha con las manos…, por supuesto que débil y desorientado, pero aún despierto. Un pequeño golpe en el plexo solar haría que abriera la boca y que la droga penetrara en su organismo. Locke se acercó para propinárselo y para agarrar a Conté por el cuello, justo debajo de la capucha. Así pondría fin a aquella parte del juego.

Pero Conté echó los brazos hacia delante, frustrando el golpe que Locke preparaba, con cierto desánimo, antes de que éste tuviera lugar, y le golpeó ferozmente una, dos, tres veces, en el estómago y en el plexo solar. Con las tripas convertidas en una constelación de dolores, Locke perdió el equilibrio y cayó hacia su supuesta víctima. Entonces Conté le lanzó a Locke una patada tan feroz con la pierna derecha que, si no hubiese sido porque, final y afortunadamente, la droga acababa de dejar fuera de combate al viejo soldado, le hubiera sacado los dientes por las orejas. Y aunque la pierna apenas le rozó en la barbilla, la bota en que se terminaba su pie le alcanzó en la ingle y le lanzó hacia atrás. La cabeza de Locke, en cierto modo protegida por el tejido de la capucha, rebotó en el duro mármol de la escalera; y allí se quedó él, intentando respirar, aún colgando torpemente de uno de los brazos de Conté.

En aquel instante apareció Calo, que acababa de soltar la cuerda que mantenía cerrada la capucha de Conté y bajaba corriendo por la escalera. Deslizó un pie por detrás de las piernas de Conté, que se bamboleaban cada vez más, y le hizo caer por la escalera, agarrándolo por la pechera de su jubón para que no se hiciera daño. En cuanto Conté quedó postrado boca abajo, Calo, inmisericorde, le dio un puñetazo entre las piernas y otro más cuando volvió a moverlas ligeramente, y un tercero que no suscitó ninguna reacción en él. La capucha había terminado por cumplir su función. Teniendo a Conté fuera de combate, al menos por un tiempo, Calo fue a donde se encontraba Locke e intentó que se sentara, pero Locke le dio a entender con un ademán que no era necesario.

—¿Cómo te encuentras? —susurró Calo.

—Como si estuviera embarazado y el pequeño bastardo quisiera abrirse camino con un hacha —sintiendo una opresión en el pecho, Locke se arrancó la máscara para evitar vomitar en ella y dar lugar a un desaguisado imposible de ocultar.

Mientras Locke tomaba aire a grandes bocanadas e intentaba controlar sus estremecimientos, Calo se acuclilló al lado de Conté y le quitó la capucha, apartando con la mano los efluvios enfermizos y dulzones del saco de cuero. Lo dobló cuidadosamente, lo deslizó en el interior de su capa y arrastró a Conté un poco más lejos.

—Calo —dijo Locke, tosiendo—, ¿se me ha estropeado el disfraz?

—Creo que no. No acusa todo lo que ha recibido y así seguirá mientras no arrastres los pies. Quédate aquí un momento.

Calo se deslizó hasta el pie de la escalera y echó un vistazo hacia el solar que seguía a oscuras; la tenue luz de la ciudad se filtraba entre los barrotes de las ventanas, iluminando débilmente una mesa bastante larga y cierto número de vitrinas de cristal apoyadas en las paredes, que contenían platos y otros objetos difíciles de identificar. No había a la vista ningún alma ni se escuchaba ningún sonido que proviniera de abajo.

Cuando Calo regresó, Locke se había puesto a cuatro patas. Conté seguía dormido a su lado, con una cómica expresión de bienestar sobre su trabajado rostro.

—Oh, no creo que le dure mucho esa expresión cuando despierte —Calo agitó en el aire un par de nudillos de bronce forrados con cuero negro para que Locke los viera, y luego los hizo desaparecer en una de sus mangas con un ademán cortesano lleno de gracia—. Tenía puestos este par de pequeños bribones cuando le golpeé.

—Bien, pues tienes toda mi simpatía desde el momento en que me dio tal patada en las pelotas que a punto estuvieron de quedárseme de corbata. —Locke intentó levantarse y no lo consiguió; Calo dispuso su brazo derecho bajo él y le ayudó a ponerse de rodillas, aún tembloroso.

—Por lo menos vuelves a tener resuello. ¿Puedes andar ahora?

—Creo que sólo puedo dar traspiés. Caminaré encogido durante algún rato. Si me concedes unos minutos, podré fingir que todo va bien. Al menos hasta que nos vayamos.

Calo ayudó a Locke a bajar las escaleras hasta el tercer piso. Dejándole allí para que vigilara, hizo lo mismo, en silencio y muy despacio, con Conté. El hombre de don Lorenzo no pesaba mucho.

Molesto y ansioso por volver a encontrarse bien, Locke extrajo dos cuerdas resistentes del interior de su propia capa y ató a Conté de pies y manos con ellas; dobló tres veces un pañuelo y lo usó de mordaza. Extrajo de sus vainas los cuchillos de Conté y se los pasó a Calo, que los guardó en su capa.

La puerta del estudio de don Lorenzo, aún abierta, derramaba su cálida luz por el pasillo; la puerta del dormitorio permanecía cerrada a cal y canto.

—Rezo para que vosotros dos, mi señor y mi señora, recibáis el regalo de una exigencia y una paciencia superior a vuestras expectativas —susurró Calo—. Los ladrones que tenéis en casa agradecerían un breve respiro antes de proseguir mañana con sus obligaciones.

Calo tomó a Conté por debajo de los brazos y Locke, arrastrando los pies por el dolor que sentía, le cogió de los pies cuando Calo intentó cargar él solo con su peso. Con una cautela que ya comenzaba a aburrirles, volvieron sobre sus pasos y depositaron al inconsciente guardaespaldas en el extremo más alejado del pasillo, justo al pie de la escalera que conducía a los laboratorios de la cuarta planta.

El estudio del noble les resultó una vista de lo más agradecida cuando, finalmente, entraron en él pocos minutos después. Locke se hundió en el mullido cojín del sillón que se encontraba en la pared de la izquierda mientras Calo permanecía de pie, en posición de vigilancia. Atenuadas por la pared les llegaron más risas.

—Tendremos que quedarnos un rato más —dijo Calo.

—Los dioses son misericordiosos —Locke miró la alta vitrina de los licores de don Lorenzo; su puerta de vidrio le permitió descubrir que aún era más impresionante que la que había visto en la barcaza de recreo—. Si no fuera porque no le pegaría a nuestro disfraz, ahora mismo podríamos echarnos unos cuantos tragos.

Esperaron diez, quince, veinte minutos. Locke respiraba profunda y regularmente, mientras se concentraba en ignorar el fuerte dolor que le consumía las tripas. Así que, cuando ambos ladrones escucharon el picaporte de la puerta del dormitorio, Locke se puso en pie de un salto, intentando no pensar que las pelotas le dolían como si fueran potes de arcilla que acabaran de estrellarse desde muy alto en el suelo lleno de guijarros. En consecuencia, después de ponerse nuevamente la máscara y de sacar fuerzas de flaqueza, sintió cómo le envolvía una ola de arrogancia genuina.

Tal y como el padre Cadenas había dicho en cierta ocasión, los mejores disfraces son los que salen del corazón y no los que se consiguen sólo con pintarse la cara.

Calo se besó el dorso de la mano izquierda, sin quitarse la máscara, y parpadeó.

Don Lorenzo Salvara acababa de entrar silbando en su estudio, con muy poca ropa y completamente desarmado.

—Cerrad la puerta —dijo Locke. Su voz era tranquila y dominada por la absoluta seguridad que da el mandar—. Tomad asiento, mi señor, y no os molestéis en llamar a vuestro hombre. Se halla indispuesto.

7

Una hora después de la medianoche, dos hombres abandonaban el distrito de Alcegrante con dirección al Arco de los Antiguos. Se vestían con capas negras y llevaban caballos del mismo color; uno de ellos cabalgaba con aire desenvuelto, mientras que el otro, a pie, con el caballo de la brida, caminaba de una extraña manera, arqueando las piernas.

—Acojonantemente increíble —dijo Calo—. Todo salió como habías planeado. Es una pena que no podamos fanfarronear con nadie acerca de lo sucedido. La mejor jugada de todas y lo único que tuvimos que hacer fue contarle lo que le íbamos a hacer.

—Y que nos dieran algunas patadas —murmuró Locke.

—Ah, sí, lo siento. ¡Qué tío más bestia! Alégrate de que se sentirá igual que tú en cuanto abra los ojos.

—Qué gran alivio. Si las promesas pudieran endulzar el dolor, nadie se tomaría la molestia de prensar las uvas.

—¡Por el Guardián Avieso!, jamás escuché tanta autocompasión viniendo de la boca de un hombre rico. ¡Anímate! Más rico y más astuto que nadie, ¿no era así?

—Sí, más rico y más astuto, y caminando de una manera que da risa.

La pareja de ladrones prosiguió su camino hacia el sur atravesando el Prado de las Dos Platas, hacia la primera de las paradas en las que irían perdiendo, gradualmente, sus caballos y sus ropas negras, hasta llegar, finalmente, al distrito del Templo vestidos como simples trabajadores. Saludaron con ademanes amistosos a las patrullas de casacas amarillas cuyas pisadas sonaban con fuerza entre la bruma, precedidas por las linternas que se bamboleaban en lo alto de las picas con las que iluminaban el camino que debían seguir. Y en ninguna ocasión les dieron motivo para que alzaran la mirada.

La sombra furtiva que seguía su pista a través de calles y callejas era más silenciosa que el aliento de un niño pequeño; veloz y elegante, iba de un tejado a otro para no perderlos, mientras seguía todos sus actos con total resolución.

Cuando entraron en el distrito del Templo, agitó las alas y se sumió en la negrura volando cada vez más alto en espiral, hasta que se encontró por encima de las brumas de Camorr y se perdió entre la calina gris de las nubes bajas.

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