Las mentiras de Locke Lamora
Libro II » Interludio » 6
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—Me habéis dejado de piedra —dijo Cadenas cuando hubieron terminado—. Lamora, no recuerdo haberte dicho que tu traílla estuviera lo suficientemente suelta como para permitirte hacer por la calle ese maldito teatro que tanto te gusta.
—Teníamos que recuperar el dinero como fuera —repuso Locke—. Tuvimos que pagar quince platas en el Palacio de la Paciencia para hacernos con el cadáver.
Ahora tenemos un poco más, junto con las velas, el pan y la cerveza.
—Y naranjas —dijo Calo.
—Y globos de luz —añadió Galdo—, no vayas a olvidarte de ellos; son muy bonitos.
—Por el Guardián Avieso —dijo Cadenas—, esta misma mañana estaba sufriendo al pensar que había descuidado vuestra educación.
Durante unos instantes todos permanecieron en un silencio cómplice, mientras el sol se ponía por el oeste y las sombras comenzaban a surcar, reptantes, el rostro de la ciudad.
—Bueno, qué diablos —Cadenas agitó los grilletes varias veces para que la sangre volviera a circular por su cuerpo—. Me habéis devuelto lo que os di para gastar. Del dinero extra, vosotros dos, Calo y Galdo, podéis tomar una moneda de plata cada uno para gastárosla en lo que queráis. En cuanto a ti, Locke, puedes disponer del resto para tus… deudas. Lo habéis robado de una manera elegante.
En aquel momento, un hombre muy bien vestido con una casaca de color verde bosque y un sombrero con cuatro picos subía los peldaños del templo. Arrojó un puñado de monedas en el caldero que sonaron como si unas fueran de plata y otras de cobre. Luego alzó su sombrero para saludar a los tres muchachos y dijo:
—Soy de Videnza. Quiero que sepáis lo furioso que me siento por lo sucedido.
—Cien años de salud para vos y los vuestros, así como las bendiciones del Señor de los Vigilados —dijo Locke.