Las mentiras de Locke Lamora
Libro II » Capítulo 5 » 7
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»Calo, Galdo, haceos con un carro. Aparcadlo detrás del templo; dejad en él telas enceradas y sogas para empaquetar cuanto antes lo que sea. Conseguid comida y bebida para el viaje. Cosas sencillas y que alimenten. Echad capas. Ropas corrientes. Ya sabéis lo que hay que hacer. Si cualquiera de la Buena Gente os pilla trabajando, dejadle caer que estamos detrás de un jugoso negocio que tendrá lugar dentro de unos días. A Barsavi le encantará saberlo, si es que vuelve a hacerse con el control de todo.
»Bicho, mañana tú y yo vamos a ir a la cripta. Cogeremos todas las monedas que haya en ella y las meteremos en sacos de lona para llevarlas mejor. Si tenemos que salir a la fuga, quiero poder echarlas dentro del carro en muy pocos minutos.
—Tiene sentido —dijo Bicho.
—Vosotros, los Sanza, iréis juntos —dijo Locke—. Tú, Bicho, vendrás conmigo. Nadie tiene que quedarse solo ni siquiera un instante, excepto Jean. A menos que el Rey Gris haya guardado en la ciudad todo un ejército, es el que menos probabilidades tiene de que le molesten.
—Oh, cómo me conoces —Jean se llevó una mano a la nuca y la metió por dentro del holgado chaleco que llevaba encima de su sencilla camisa de algodón. Sacó un par de hachas idénticas, cada una de medio metro de longitud, con mangos cubiertos de cuero y finas hojas negras que cortaban como escalpelos. Estaban equilibradas con unas bolas de acero pavonado, cada una del tamaño de un solón de plata. Las Hermanas Malvadas… las armas preferidas de Jean—. Jamás viajo solo. Siempre vamos los tres.
—Entonces, todo bien —Locke bostezó—. Si necesitamos más ideas brillantes, podremos pensar en ellas cuando nos despertemos. Poned algo pesado detrás de la puerta, cerrad las ventanas y comenzad a roncar.
Cuando apenas los Caballeros Bastardos se habían derrumbado en el suelo para comenzar a poner en práctica tan acertado plan, Jean levantó una mano pidiendo silencio. Las escaleras que se encontraban al otro lado de la puerta, en la pared norte de la habitación, acababan de crujir por la llegada de mucha gente. Instantes después, alguien aporreaba la puerta.
—¡Lamora! —dijo una voz poderosa de hombre—. ¡Abre! ¡Es un asunto del Capa!
Jean deslizó las hachas en una mano y las ocultó detrás de su espalda para acercarse a la pared norte, a un metro de la puerta. Calo y Galdo se metieron la mano dentro de la camisa en busca de las dagas, Galdo poniendo a Bicho detrás de él. Locke se quedó en el centro de la habitación, recordando que sus estiletes aún se encontraban en el lío de ropa que había hecho con la casaca de Fehrwight.
—¿Cuánto cuesta una hogaza en el Mercado Cambiante? —preguntó Locke a voz en cuello.
—Sólo un cobre, pero la hogaza está húmeda —dijo aquella voz a modo de respuesta.
Locke se relajó un poco… acababan de pronunciar el santo y seña que estaban vigentes aquella semana; por otra parte, si hubieran querido sacarle fuera para hacerle algo sangriento, se hubiesen limitado simplemente a echar la puerta abajo de una patada. Indicando a los demás con las manos que estuvieran tranquilos, corrió el cerrojo y se asomó por la puerta lo suficiente para echar un vistazo.
Al otro lado había cuatro hombres de pie en la plataforma, a algo más de veinte metros por encima del Último Error. El cielo tenía el color del oscuro canal que se encontraba por debajo de ellos, pues las pocas estrellas que parpadeaban en él iban desvaneciéndose lentamente por aquí y por allá. Aquellos hombres tenían aspecto de tipos duros, inmóviles y tranquilos en su sitio como luchadores bien entrenados, con túnicas y collares de cuero y pañuelos rojos bajo las gorras de cuero negro. Los Manos Rojas… la banda a la que Barsavi acudía cuando necesitaba al momento cualquier trabajo que requiriera la fuerza de los músculos.
—Te pido perdón, hermano —el que parecía el jefe de los Manos Rojas apoyó una mano en la puerta—. El gran hombre quiere ver a Locke Lamora en este mismo momento, y ni le importa el estado en que se encuentre ni nos permite que aceptemos un no por respuesta.