Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Libro III » Capítulo 11 » 6

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—Norteños chiflados. Incluso sus naves tienen que ser oscuras. Pero es endiabladamente elegante. Y rápida, estoy por apostar. Vaya montón de mierda que le ha caído encima. Ahora tendrá que guardar la cuarentena durante varias semanas. Los pobres bastardos ya pueden darse por contentos si logran salir de ésta con vida.

La gaviota contorneó el cabo de la Aguja del Sur, los remos hundidos profundamente en el agua. Gracias a sus luces de posición, los dos guardias pudieron apreciar que los scorpia estaban cargados y listos para disparar; que los arqueros, de pie en las plataformas ya levantadas, asían inquietos sus armas.

Pocos minutos después la gaviota interceptaba a la nave negra, cuya deriva le había llevado a un punto que se encontraba a cuatrocientos metros de la costa. Un oficial trepó hasta el largo espolón de la gaviota y se llevó un altavoz a la boca.

—¿Nombre de la nave?

Satisfacción, de Emberlain —respondió una voz.

—¿Último puerto de escala?

—Jerem.

—No pinta bien —murmuró el sargento—. Es posible que los pobres bastardos no lleven nada.

—¿Cargamento? —preguntó el oficial de la gaviota.

—Sólo las provisiones para la nave; teníamos que recoger un cargamento en Emberlain.

—¿Tripulación?

—Sesenta y ocho. Veinte de ellos muertos.

—¿Dispusisteis, entonces, las luces de plaga por encontraros en grave necesidad?

—Sí, por el amor de los dioses. No sabíamos que… La tripulación tiene una fiebre muy alta. El capitán ha muerto; el físico murió ayer. Necesitamos ayuda.

—Dispondréis del fondeadero para plagas —exclamó el oficial camorrí—. Si os acercáis a nuestra costa a menos de ciento cincuenta metros, os hundiremos. Cualquier bote que echéis al agua será quemado o hundido. Cualquier hombre que intente llegar a nado hasta la costa recibirá una flecha… eso si consigue dejar atrás a los tiburones.

—Por favor, enviadnos un físico. Enviadnos un alquimista, por el amor de los dioses.

—No podréis arrojar los cadáveres por la borda —prosiguió el oficial—. Habréis de dejarlos a bordo. Cualquier bulto u objeto que arrojéis de vuestra nave y llegue hasta la costa será quemado sin mayor dilación. Cualquier intento de arrojar lo que sea, nos obligará a hundir o a quemar vuestra nave. ¿Lo habéis comprendido?

—Sí, pero, os lo ruego, ¿no podéis hacer nada más por nosotros?

—Podréis disponer de los sacerdotes que se encontrarán en la orilla, así como de agua fresca y provisiones de caridad que os enviaremos desde el muelle mediante unas sogas… uno de nuestros barcos cargará con ellas desde la orilla… las cuales serán cortadas después si es menester.

—¿Y nada más?

—No podréis acercaros a nuestras costas so pena de ser atacados, pero podréis dar media vuelta e iros cuando queráis. Que Iono y Aza Guilla os asistan en esta hora de penuria; rezo por vosotros y os deseo una rápida liberación en nombre del duque Nicovante de Camorr.

Pocos minutos después, el esbelto navío negro ancló en el lugar reservado a la cuarentena con las velas izadas, las luces amarillas reluciendo sobre las negras aguas del Puerto Viejo, y allí se quedó silencioso, mientras la ciudad dormía arropada por las plateadas brumas.

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