Las mentiras de Locke Lamora
Libro VI » Capítulo 13 » 7
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—¿Ben? Por todos los dioses, maldita sea… ¿qué pruebas tiene de eso que me cuenta?
—Tengo a varios de sus guardias que ahora lo retienen, medio vestido, en la entrada de servicio.
—¿A qué se refiere con eso de que usted tiene a varios de mis guardias? ¿Quién diablos se cree que es?
—Capa Raza me ha dado la orden de salvarle la vida, maese Meraggio. Y es lo que intento hacer. Y, respecto a quién soy yo, es evidente que soy su salvador.
—Mis guardias y mis camareros…
—No son de fiar —comentó Locke con un siseo—. ¿Está usted ciego? No he comprado lo que tengo puesto en un ropavejero; me limité a entrar por la puerta de servicio y a ofrecer unas cuantas coronas, y su hombre, Benjavier, me vendió el uniforme así de fácil —y Locke chasqueó los dedos—. El guardia de la puerta de servicio me dejó pasar por mucho menos… un simple solón. Sus hombres no son de piedra, maese Meraggio; tengo grandes dudas en lo concerniente a su fidelidad.
Meraggio se le quedó mirando, las mejillas cada vez más encendidas; le miraba como si fuera a golpearle. Pero se limitó a toser y a levantar las palmas de las manos hacia arriba.
—Dígame lo que tenga que decirme —dijo Meraggio— y aquí mismo decidiré lo que debo hacer.
—Esos empleados suyos me están apabullando. Despáchelos para disponer de un poco de intimidad.
—No me diga lo que tengo que hacer en mi propia…
—Sí que le diré lo que tiene que hacer, por todos los diablos —masculló Locke—. Soy su maldito guardaespaldas, maese Meraggio. Usted se encuentra en peligro mortal; los minutos cuentan. Ya conoce, al menos, a un camarero comprometido y a un guardia negligente; ¿durante cuánto tiempo más continuará impidiéndome que le mantenga con vida?
—¿Por qué le preocupa tanto mi seguridad a Capa Raza?
—Su bienestar personal no significa nada para él —dijo Locke—. Sin embargo, la seguridad del Meraggio es de capital importancia. Ciertos sectores comerciales de Tal Verrar, que desean que el capital de Camorr vaya a menos, han firmado un contrato de asesinato. Raza lleva cuatro días en el poder, así que si a usted le asesinaran, la ciudad se conmovería hasta sus cimientos. La Araña y toda la ciudad harían trizas a toda la gente de Raza para encontrar respuestas. Simplemente, no puede permitirse que a usted le suceda ningún mal. Tiene que mantener la estabilidad en la ciudad, que es lo mismo que quiere el Duque.
—¿Y cómo se ha enterado su maestro de todo eso?
—Fue un regalo de los dioses —dijo Locke—. Cuando los agentes de mi maestro andaban en pos de cierto asunto, que no tiene que ver nada con el que ahora tratamos, interceptaron unas cartas. Por favor, despida a esos contables.
Meraggio meditó durante unos segundos y luego emitió un gruñido, despidiendo a sus ayudantes con un ademán de la mano no exento de enfado. Ellos retrocedieron con los ojos tan abiertos como platos.
—Alguien muy malvado va por usted —dijo Locke—. Es un trabajo que requiere una ballesta; el asesino es de Lashain. Se supone que sus armas han sido tratadas por un mago de la Liga de Karthain; es endiabladamente resbaladizo y siempre da en el blanco. Pero debe sentirse halagado, porque creo que su minuta es de diez mil coronas.
—Es un asunto difícil de digerir, maese…
—Mi nombre no es importante —dijo Locke—. Acompáñeme al recibidor que está detrás de las cocinas. Podrá hablar con el propio Benjavier.
—¿El recibidor que está detrás de las cocinas? —Meraggio frunció el ceño—. No tengo ningún motivo para pensar que no quiera llevarme hasta allí con intención de hacerme alguna jugarreta.
—Maese Meraggio —dijo Locke—, sigue llevando seda y algodón, no cota de malla. Ya han pasado varios minutos desde que se puso al alcance de mi puñal; si mi maestro deseara su muerte, sus entrañas ya estarían manchando la alfombra. No tiene que agradecérmelo, ni siquiera tengo que caerle bien, pero, por el amor de los dioses, hágame el favor de creer que me han ordenado que le proteja, pues nadie se niega a cumplir las órdenes del Capa de Camorr.
—Hmmm. Es algo a tener en cuenta. Y dígame, ¿ese Capa Raza es tan formidable como lo fue Barsavi?
—Barsavi murió llorando a sus pies —dijo Locke—, Barsavi y todos sus hijos. Saque sus propias conclusiones.
Meraggio volvió a ponerse las gafas encima de la nariz, se arregló la orquídea y se llevó las manos a la espalda.
—Vayamos al recibidor —dijo—. Usted primero.
5
Tanto Benjavier como los guardias pusieron cara de terror cuando Meraggio entró al asalto en el recibidor, detrás de Locke. Era evidente que estaban más acostumbrados que Locke a los malos humores de su jefe, y que lo que acababan de ver en su rostro tenía que ser algo realmente turbador.
—Benjavier —dijo Meraggio—, Benjavier, me resulta muy difícil de creer. Después de todo lo que he hecho por ti… después de acogerte y de aclarar todo ese asunto con tu antiguo capitán… ¡No tengo palabras!
—Lo siento, maese Meraggio —dijo el camarero, cuyas mejillas estaban más mojadas que un tejado bajo una tormenta—. Lo siento. No creía que tuviera importancia…
—¿Que no creías que tuviera importancia? ¿Es cierto lo que este hombre acaba de contarme?
—¡Oh, dioses, perdonadme! ¡Lo es, es cierto, maese Meraggio! Lo siento, lo siento muchísimo… Por favor, créame…
—¡Silencio, que los dioses te dejen sin luz!
Meraggio se quedó inmóvil y boquiabierto, como si acabara de recibir una bofetada. Miró a su alrededor como si fuera la primera vez que veía el recibidor, como si los guardias vestidos de librea fueran unos seres desconocidos. Parecía a punto de vacilar y de caerse de espaldas, pero se volvió hacia Locke con los puños apretados.
—Cuénteme todo lo que sepa —dijo con un rugido—. Por los dioses, todos los que se encuentren implicados en este asunto acabarán sabiendo hasta dónde llega mi brazo, lo juro.
—Lo primero es lo primero —dijo Locke—. Tiene que sobrevivir a este mediodía. Tiene unos aposentos privados encima de la galería del quinto piso, ¿es correcto?
—Lo es.
—Vayámonos ahora mismo a ellos —dijo Locke—. Arroje a ese pobre bastardo a un sótano; seguro que tiene alguno que sirva. Ya hablará con él cuando se haya terminado este asunto. Por ahora, el tiempo no está de nuestra parte.
Banjavier estalló en sollozos una vez más y Meraggio asintió con cara de disgusto.
—Encerrad a Benjavier en el almacén de las provisiones secas y echad la llave. Vosotros dos quedaos de guardia. Y en cuanto a ti…
El guardia de la puerta de servicio acababa de asomar la cabeza por el rincón. Se puso completamente rojo.
—Si esta tarde vuelve a pasar otra persona sin autorización por esa puerta, aunque sea un niño pequeño, te cortaré las pelotas y las sustituiré por unos carbones ardientes. ¿Está claro?
—Per-fectamente claro, m-maese Meraggio, señor.
Meraggio se volvió y salió de la habitación, y en aquella ocasión fue Locke quien tuvo que correr detrás de él.
6
Los aposentos privados, y fortificados, de Giancana Meraggio iban a juego con su ropa, pues estaban magníficamente provistos de todo lo que estaba de moda; a aquel hombre le gustaba mucho emplear materias primas y artesanía como adornos básicos.
La puerta reforzada con acero se cerró con un chasquido metálico tras ellos y la maquinaria de Tal Verrar rechinó mientras sus cilindros de seguridad se incrustaban en el marco. Meraggio y Locke estaban solos. La elegante clepsidra en miniatura que descansaba sobre el escritorio laqueado acababa de llenar el depósito que marcaba la una de la tarde.
—Por ahora, maese Meraggio —dijo Locke—, tendrá que quedarse dentro de estos aposentos hasta que hayamos liquidado a nuestro asesino. No es seguro, pero suponemos que atacará entre la una y las cuatro de la tarde.
—Eso me causará problemas —replicó Meraggio—. Tengo asuntos que atender; notarán mi ausencia en la casa.
—No necesariamente —dijo Locke—. ¿No se ha dado cuenta de que tenemos una constitución parecida? ¿Y no ha pensado que, en la sombra de las galerías de los pisos superiores cualquier hombre podría confundirse con otro?
—¿Me… está proponiendo hacerse pasar por mí?
—En las cartas que interceptamos —dijo Locke— encontramos una información que puede jugar mucho a nuestro favor. Al asesino no le han dado una descripción detallada de su persona, sino que le han dicho que habrá de disparar su dardo contra el único hombre de estas oficinas que lleva una orquídea muy grande en la solapa de su casaca. Si yo me vistiera como usted y ocupara el lugar que suele ocupar en la galería, y me pusiera en la solapa una orquídea sujeta con un alfiler… bueno, pues ese dardo volaría hacia mí y no hacia usted.
—Encuentro muy difícil de creer que posea la santidad necesaria para querer ponerse en mi lugar, si es que ese asesino es tan letal como afirma.
—Maese Meraggio —dijo Locke—, le ruego que me perdone por si acaso no me he expresado con suficiente claridad. Si no lo hago por usted, mi maestro me matará. Además, quizá yo esté más acostumbrado al abrazo de la Señora del Largo Silencio de lo que pueda imaginarse. Y, además, está la recompensa que se me ha prometido por llevar este asunto a buen fin… bueno, si usted estuviera metido en mi pellejo, seguro que no le importaba mirar de frente a ese dardo.
—Y, mientras tanto, ¿qué quiere que haga?
—Quedarse tranquilo en estos aposentos —dijo Locke—. Cerrar las puertas a cal y canto. Entretenerse durante estas pocas horas, pues sospecho que la espera no será larga.
—¿Y qué pasará si el asesino dispara su dardo?
—Me da cierto reparo tener que admitir —dijo Locke— que mi maestro dispone de media docena de hombres dentro de estas oficinas. Algunos de sus clientes no son, realmente, clientes, sino los tipos más listos y duros de Capa Raza, acostumbrados a trabajar deprisa y en silencio. Cuando su asesino dispare, se lanzarán sobre él. Y entre ellos y los guardias de usted, no llegará ni a enterarse.
—¿Y si usted no fuera tan rápido como cree? ¿Y si el dardo llegara a su objetivo?
—Entonces habría muerto, usted seguiría vivo y mi maestro estaría satisfecho —dijo Locke—. Los que hacemos este trabajo también cumplimos el juramento que hacemos, maese Meraggio. Yo sirvo a Raza hasta la muerte. ¿No es así como debe ser?
7
Locke Lamora abandonó los aposentos privados de Meraggio a la una y media, vestido con las mejores ropas (casaca, chaleco y calzas) que jamás se había puesto; todas ellas eran de color azul oscuro, el mismo del cielo antes de la Falsa Luz, y le sentaban muy bien. La camisa de seda blanca era tan fresca al tacto como el agua del río en otoño; estaba sin estrenar, lo mismo que las medias, los zapatos, las corbatas y los guantes. El cabello, echado hacia atrás, se lo había perfumado con aceite de rosas; en el bolsillo guardaba un frasco, junto con la bolsa de tirintos de oro sustraída de uno de los cajones del guardarropa de Meraggio. La orquídea de Meraggio, que llevaba en la solapa derecha sujeta con un alfiler, aún lanzaba al aire su fresca fragancia, tan agradable como el olor a frambuesa.
Los ayudantes de Meraggio habían sido informados de la mascarada, junto con unos cuantos de sus guardias, los mejores. Saludaron con la cabeza a Locke cuando éste salió a pasearse por la galería de la cuarta planta reservada a los miembros, con las gafas de Meraggio puestas. No tardó en comprobar que lo último era un error, porque todo lo que le rodeaba estaba borroso; así que se maldijo a sí mismo por no tener la cabeza donde debía tenerla y las devolvió al bolsillo de la casaca de donde habían salido… las que llevaba cuando se hacía pasar por Fehrwight no tenían graduación, mientras que las de Meraggio sí la tenían, y sólo le servían a él. Un detalle a tener en cuenta.
Con toda naturalidad, como si formara parte de su plan, Locke llegó a las escaleras de hierro pavonado y comenzó a bajar por ellas. A cierta distancia se parecía tanto a Meraggio que nadie lo pondría en duda; pero cuando llegó a la galería pública, aceleró el paso para evitar que le vieran. Y cuando se dispuso a entrar en la cocina, se arrancó la orquídea de la solapa y la guardó en un bolsillo.
A la entrada del almacén de las provisiones secas, mientras se quitaba una mota de polvo con un capirotazo, hizo una señal a los guardias.
—Maese Meraggio los quiere a los dos vigilando la puerta trasera. Échenle una mano a Laval. Que nadie pase por allí, so pena de, uh, los carbones ardientes. Ya oyeron al viejo. Ahora tengo que tratar un asuntillo con Benjavier.
Los guardias se miraron el uno al otro y asintieron; la autoridad que Locke les imponía era tan sólida que, si les hubiera ordenado que se vistieran con ropa interior de señora, hubiese obtenido la misma respuesta de ellos. Era muy posible que, en el pasado, Meraggio hubiera dispuesto de unos cuantos agentes especiales para llevar a buen término sus operaciones; bueno, pues si así había sido, Locke no les iba a la zaga.
Benjavier alzó la vista cuando Locke entró en el almacén y cerró la puerta tras de sí. Una genuina mirada de incomprensión se dibujó en su rostro; estaba tan sorprendido que cuando Locke le lanzó una bolsa de monedas, ésta le dio en un ojo. Benjavier gritó y chocó contra la pared, cubriéndose el rostro con ambas manos.
—Mierda —dijo Locke—, no quería hacerte daño; deberías esconder esto.
—¿Qué quieres ahora?
—He venido a disculparme. No tengo tiempo para explicártelo; lamento haberte metido en esto, pero tenía motivos para hacerlo; y ahora tengo que resolver ciertos asuntos.
—¿Lamentas haberme metido en esto? —a Benjavier se le quebró la voz; sorbió por la nariz y escupió—. ¿De qué cojones hablas? ¿Qué sucede? ¿Qué cree maese Meraggio que he hecho?
—No tengo tiempo para contártelo. En esa bolsa hay seis coronas, algunas en tirintos, para que las puedas gastar con más facilidad. Tu vida no valdrá una mierda si te quedas en Camorr; sal por las puertas que dan al interior. Ponte la ropa que dejé en la Sombra Acogedora: aquí tienes la llave.
En aquella ocasión, Benjavier cazó la llave al vuelo.
—Y ahora —prosiguió Locke—, nada de más preguntas estúpidas: voy a cogerte de una oreja y llevarte hasta el callejón; y tú harás como si estuvieras cagándote de miedo. Cuando hayamos doblado la esquina y desaparecido de la vista, te dejaré ir. Si en algo amas la vida, saldrás cagando leches hacia la Sombra Acogedora, te vestirás y huirás a toda prisa de la ciudad. Vete a Talisham o a Ashmere; en la bolsa tienes más de un año de salario. Supongo que podrás hacer algo con todo ese dinero.
—No…
—O nos vamos ahora —dijo Locke—, o te dejo aquí dentro para que mueras; el conocimiento de las cosas que están pasando es un lujo que no te puedes permitir. Lo siento.
Momentos después, Locke llegaba al recibidor con el camarero, al que llevaba cogido de una oreja; aquella manera tan particular de llevar a alguien era sobradamente conocida por los guardias y vigilantes de la ciudad. Benjavier hizo un trabajo aceptable al gimotear, sollozar y rogar por su vida; los tres guardias de la puerta de servicio le miraron sin simpatía mientras Locke tiraba de él y ellos se quedaban atrás.
—Estaré de vuelta en tres minutos —explicó Locke—. Maese Meraggio quiere tener unas cuantas palabras con este pobre bastardo, pero en privado.
—Oh, dioses —se lamentó Benjavier—. ¡No le dejéis que se me lleve! ¡Va a golpearme!… ¡Por favor!
Los guardias se rieron al oírle, aunque el que había aceptado el solón de Locke no parecía tan alegre como los otros dos. Locke siguió tirando de Benjavier hasta llegar a la esquina y girar en ella; en cuanto dejaron de ver a los tres guardias, Locke le soltó.
—Vete —dijo—. Corre como si te persiguieran mil demonios. Quizá transcurran veinte minutos antes de que comprendan que se han comportado como unos asnos y manden a buscarte. ¡JODER, NO TE QUEDES AHÍ, LÁRGATE!
Benjavier se le quedó mirando, luego asintió con la cabeza y echó a correr hacia la Sombra Acogedora. Mientras veía cómo se alejaba, Locke jugueteó con una de las puntas de su bigote postizo, luego se dio media vuelta y se perdió entre la multitud. Aunque el sol derramaba su luz y su calor con la intensidad acostumbrada, y Locke sudaba bajo sus nuevas y elegantes ropas, una sonrisa de satisfacción se insinuó en su rostro.
Se encaminó hacia el norte, hacia el Prado de las Dos Platas; había una tienda de complementos de caballero muy cerca de la entrada sur del parque, así como ciertos alquimistas negros a los que conocía de vista en algunos de los distritos cercanos. Con un poco de disolvente para despegarse el bigote y algún ungüento para devolver sus cabellos a su color natural, volvería a ser nuevamente Lukas Fehrwight, con lo que podría visitar a los Salvara y sacarles algunos miles más de coronas.