Las mentiras de Locke Lamora

Las mentiras de Locke Lamora


Libro VI » Capítulo 14 » 5

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—Me decepcionáis —dijo Capa Raza—, pues, si estoy en lo cierto, habéis invitado a Giancana Meraggio, un hombre que utilizó los servicios de mi predecesor en más de una ocasión. Y a muchos otros capitanes de las navieras y de las finanzas que se han aprovechado de los arreglos pactados con las bandas de Barsavi. La Tregua Secreta enriquece a todos los nobles de Camorr, mientras que, en efecto, yo sigo siendo su siervo. Y, mientras mi indulgencia les llena los bolsillos de dinero, ¿aún sigo siendo una criatura de tan baja condición que ni siquiera puedo sentarme a tomar un refresco en la mesa donde ellos se sientan, teniéndome que quedar entre bambalinas y contentarme con mirar mientras se enriquecen? ¿Ni siquiera vagabundear por el Jardín Celeste para satisfacer mi curiosidad?

—Capa Raza —dijo doña Angiavesta—, está pulsando las cuerdas de una conciencia que no sonarán. No me he convertido en la Araña del Duque por tener buen corazón.

De veras que no quiero insultarle, pero permítame que me exprese con claridad. Lleva de Capa sólo una semana. Apenas he comenzado a formarme una opinión de usted, así que, señor mío, sigue siendo un extraño para mí. Si consigue gobernar durante un año a partir de ahora y consigue que la Buena Gente se mantenga tan estable como hasta ahora, entonces… es posible que tome en consideración su propuesta.

—¿Y eso es todo?

—Eso es todo, por ahora.

—Ay —dijo Capa Raza—, esa negativa me duele más de lo que podéis imaginar; he dispuesto regalos para todos los nobles de esta bella ciudad que no pueden esperar un año. Así que, lamentándolo muchísimo, debo rechazar vuestra negativa.

—¿Qué diantre quiere decir?

—Halconero…

El mago mercenario se levantó del escritorio de doña Angiavesta; llevaba en una mano una pluma y en la otra una hoja de pergamino.

—Angiavesta, ¿no? —dijo, mientras escribía con una letra llena de curvas—. Angiavesta Vorchenza. Qué nombre tan bonito… muy, muy bonito… es vuestro nombre auténtico…

Comenzó a mover el hilo de plata que llevaba en la mano izquierda hacia delante y hacia atrás, y entonces comenzó a formarse un resplandor de color azul y plata en la hoja de pergamino; cuando el nombre, ANGIAVESTA VORCHENZA, quedó aureolado por aquel fuego azulado, la aristócrata gimió en el otro extremo de la habitación y se llevó las manos a la cabeza.

—Lamento tener que presentar mi caso de un modo tan poco amable, doña Angiavesta —dijo Capa Raza—, pero veo que no comprendéis la gran ventaja que supondrá para el Duque el tenerme de invitado. Seguro que no queréis que le niegue los regalos que, con el mayor de los respetos, pienso dejar a sus pies.

—No… puedo… decir…

—Sí —dijo el halconero—, claro que sí. Os agrada muchísimo lo que os está proponiendo; os agrada que Capa Raza sea invitado a la fiesta del Día de los Cambios, dando así muestra de la cordialidad que debe presidir una buena amistad.

Las palabras escritas en el pergamino brillaron con más intensidad.

—Capa Raza —dijo doña Angiavesta muy despacio—, le ruego… que acepte la hospitalidad del Duque.

—No aceptaréis un «no» como respuesta —dijo el halconero—. Capa Raza tiene que aceptar vuestra invitación; no aceptaréis un «no» como respuesta.

—No lo aceptaré… como… respuesta.

—Y yo no lo daré —dijo Raza—. Sois muy amable, mi señora de Vorchenza. Muy amable. En cuanto a mis regalos, tengo cuatro esculturas exquisitas que me gustaría regalar al Duque; no tengo necesidad de molestarle; mi gente puede dejarlas en cualquier lugar de la celebración, si vos me ayudáis a ello. Podemos enseñároslas cuando tengáis un momento libre.

—Qué amable —dijo el halconero—. Os encanta ese detalle.

—Nada me gustaría más… Capa Raza. Es muy… propio de usted.

—Sí —dijo Capa Raza—, es muy propio de mí. Sólo lo justo —se rió, luego se levantó de su asiento y le hizo una seña al halconero.

—Mi señora de Vorchenza —dijo el halconero—, esta conversación os ha agradado sobremanera. Haréis todo lo preciso para ver a Capa Raza el Día de los Cambios y para prestarle cualquier ayuda en lo concerniente a que esos regalos tan importantes lleguen al Alcance del Cuervo —dobló el pergamino y se lo guardó en uno de los bolsillos del chaleco, manipulando después el hilo de plata.

Doña Angiavesta parpadeó varias veces seguidas y respiró profundamente.

—Capa Raza —dijo—, ¿ya tiene que irse? Ha sido realmente muy agradable poder hablar con usted esta noche.

—Y yo, por mi parte, he descubierto en vos a la más encantadora de las anfitrionas, mi señora doña Angiavesta —le hizo una reverencia adelantando el pie derecho, en el estilo más perfecto de la corte—. Pero los asuntos me acucian; debo atender los míos y dejaros a vos los vuestros.

—Así sea, querido muchacho —dijo ella, haciendo ademán de levantarse, pero él le indicó con un gesto que siguiera sentada.

—No, no os molestéis por nosotros. Podremos encontrar el camino que conduce al exterior de vuestra preciosa torre; os ruego que volváis a lo que estuvierais haciendo antes de nuestra llegada.

—Apenas me interrumpisteis —dijo doña Angiavesta—. ¿Entonces os veré el Día de los Cambios? ¿Aceptáis la invitación?

—Sí —dijo Capa Raza; se volvió y le dedicó una sonrisa antes de salir por la puerta del solario—. Acepto vuestra invitación muy gustoso. Y os veré el Día de los Cambios, en el Alcance del Cuervo.

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