Las mentiras de Locke Lamora
Libro VI » Capítulo 15 » 6
Página 47 de 56
—Bueno, ya sé que no resulta divertido y que ahora tiene que sentirse muy raro; no se tiene en pie. Dígame que sí. Dígame dónde se encuentra todo el dinero que ha robado y quizá podamos reducir el número de años que le esperan en el Palacio de la Paciencia. Deme los nombres de sus cómplices y podremos llegar a un acuerdo, se lo aseguro.
—Doña Angiavesta —dijo Locke con gran convicción—, no tengo cómplices, y si los tuviera no le diría dónde se encuentran.
—¿Y qué hay de Graumann?
—Graumann es un mercenario —dijo Locke— que cree sinceramente que soy un comerciante de Emberlain.
—¿Y los supuestos bandidos que se encontraban cerca del Templo de las Aguas Afortunadas?
—Mercenarios, que regresaron enseguida a Talisham.
—¿Y los falsos Merodeadores que fueron a visitar a los Salvara?
—Homúnculos —dijo Locke—, me salen por el ojo del culo cuando es luna llena; llevan molestándome desde hace años.
—Vamos, maese Espina… el sauce llorón no tardará en aplacar para siempre esa lengua suya. Sólo tiene que revelarme ahora mismo sus secretos; rendirse, para que pueda darle la ampolleta y proseguir esta conversación en un lugar más agradable.
Locke miró fijamente a doña Angiavesta durante bastantes segundos; enlazó su mirada con la suya y vio satisfacción en sus ojos; y entonces su mano derecha le propinó un gancho casi por iniciativa propia. Quizá doña Angiavesta estaba tan acostumbrada a su condición privilegiada que había olvidado los años que le sacaba; quizá no le entraba en la cabeza que un hombre aparentemente refinado, por muy criminal que fuese, pudiera hacer lo que Locke acababa de hacer.
Le dio un puñetazo en los dientes, un derechazo que hubiera resultado cómico si quien lo hubiera recibido hubiese sido un hombre hecho y derecho. Pero aun así, la cabeza de doña Angiavesta cayó hacia atrás, los ojos se le quedaron en blanco y sus rodillas se desmadejaron. Locke la recogió mientras caía, tomando el vial de sus dedos con mucho cuidado. Luego la devolvió a su silla, abrió el tapón de la ampolleta y se echó al coleto su contenido. El cálido fluido sabía a cidro; se lo tragó con ansia y arrojó el recipiente vacío al suelo. Después, con la mayor prisa que podía darse, se quitó la casaca y con ella ató a doña Angiavesta en la silla, haciendo varios nudos en las mangas por detrás.
Su cabeza cayó hacia delante mientras murmuraba algo; Locke le dio una palmadita en el hombro. Movido por un impulso invencible, le metió las manos rápidamente (y con toda la corrección que le era posible) por la casaca y gruñó de satisfacción al sacar una bolsita que tintineaba por las monedas que había en su interior.
—No era lo que estaba buscando —dijo—, pero digamos que es a cambio de la maldita aguja que me clavasteis en el cuello, ¿qué me decís?
Locke se quedó de pie y dio unos cuantos pasos. Se volvió hacia doña Angiavesta, se arrodilló ante ella y le dijo:
—Mi señora, lamento profundamente tener que tratar a alguien como vos de un modo tan cruel; la verdad es que os admiro muchísimo y que, en otras circunstancias, me hubiera gustado conocer por vuestros labios cuándo la fastidié y quién os advirtió de mi existencia. Pero debéis comprender que tendría que estar loco para acompañaros; lisa y llanamente, el Palacio de la Paciencia no está hecho para mí. Gracias por tan interesante velada; saludad de mi parte a los señores de Salvara.
Y, diciendo esto, abrió la contraventana todo lo que pudo y salió de la habitación.
Si se miraba de cerca la superficie exterior del Alcance del Cuervo, se apreciaba que estaba llena de irregularidades, pequeños salientes y rebordes que rodeaban cada uno de los pisos de la torre. Locke comenzó a caminar por uno de aquellos rebordes de menos de quince centímetros de ancho; aplastó el estómago contra el cálido cristal de la torre y aguardó a que los latidos de su corazón, que lanzaban tumultuosamente la sangre a sus sienes, dejaran de sonar como los puñetazos de un hombre fornido. Pero no lo hicieron, y él se lamentó con un quejido.
—Soy el Rey Idiota —murmuró— de todos los malditos idiotas del mundo.
El viento cálido le golpeó en la espalda mientras avanzaba palmo a palmo hacia su derecha; el reborde se ensanchó momentos más tarde y pudo agarrarse con una mano a un saliente. Estando seguro de que ya no corría peligro de caerse, al menos mientras siguiera allí, Locke miró por encima de su hombro y no tardó en lamentarlo.
El interior de la torre de cristal ofrecía una especie de mampara entre el ojo y lo que éste veía; pero allí fuera le daba la impresión de que podía ver a simple vista el mundo en el que se encontraba; no estaba a doscientos metros por encima del suelo, estaba a mil, a diez mil, a un millón… a una altura tan inconmensurable que sólo los dioses podían atreverse a subir hasta ella. Apretó los ojos y se aferró a la superficie de cristal como si pudiera entrar por ella como hace el mortero al meterse entre las piedras. Se estremeció. El cerdo y el capón que tenía en el estómago estaban investigando con mucho entusiasmo el modo de escaparse por su boca en un nauseabundo torrente; su garganta parecía estar a punto de dar por terminada aquella investigación.
Dioses, espero no estar encima de una de las secciones transparentes de la torre, porque parecería un consumado gilipollas, pensó.
Escuchó un crujido por encima de su cabeza; alzó la mirada y tragó saliva.
Una de las jaulas del ascensor bajaba hacia donde se encontraba; estaba alineada con él e iba a pasar a un metro de su posición.
Estaba vacía.
—Guardián Avieso —susurró—, voy a intentarlo, pero te pido, es lo único que te pido, que, si lo consigo, me hagas el puñetero favor de que lo olvide. Borra su recuerdo de mi memoria y jamás escalaré alturas de más de un metro hasta el día en que me muera. Te lo ruego.
La jaula bajó hasta él chirriando; estaba a tres metros por encima, después a metro y medio y luego su parte superior pasó por delante de sus ojos. Con una profunda boqueada de pánico, Locke se dio la vuelta y apoyó la espalda en la superficie de la torre. El suelo que estaba más abajo y el cielo le parecieron demasiado grandes para querer abarcarlos con la mirada; dioses, no tenía que pensar en ellos. La jaula comenzaba a alejarse; ahí estaban sus barrotes, a un metro de él, pero a más de cincuenta pisos por encima del suelo.
Gritó y abandonó de un salto la superficie cristalina de la torre. Cuando golpeó el hierro pavonado de la jaula, se agarró a ella con manos y pies, con la misma desesperación con la que cualquier gato suele aferrarse a la rama de un árbol. La jaula osciló de un lado para otro mientras él intentaba ignorar las cosas increíbles que hacían el cielo y el horizonte. La puerta de la jaula… tenía que pasar por la puerta. Estaba cerrada por seguridad, pero su cerradura no era de las difíciles.
Ayudándose con unas manos que le temblaban como si el aire estuviera helado, Locke consiguió abrir la cerradura de la puerta y la dejó abierta. Entonces se deslizó cuidadosamente hasta el interior y, con el estallido final del vértigo que hasta entonces había podido mantener lejos de sí, cogió el pomo de la puerta y la cerró con fuerza. Se sentó en el suelo de la jaula y respiró con profundas boqueadas, tembloroso por haber pasado ya lo peor y por los efectos del veneno.
—Uff —musitó—. Bueno, ha sido espantosamente peligroso.
Una jaula que subía, llena de invitados de la nobleza, quedó a la altura de Locke, unos siete metros a la derecha; sus ocupantes le miraron con cierta curiosidad y él les respondió agitando la mano.
Temiendo que la jaula donde se encontraba se detuviera antes de llegar al suelo para invertir su sentido e ir hacia arriba, decidió que, si pasaba tal cosa, no tendría más remedio que ingeniárselas mientras estuviera confinado en el Palacio de la Paciencia. Pero tal cosa no sucedió, la jaula siguió bajando. Vorchenza aún debía de seguir atada a la silla, fuera de combate. Locke se puso de pie cuando la jaula tocó el suelo; los hombres de librea que la abrieron le miraron con ojos como platos.
—Discúlpeme —dijo uno de ellos—, pero ¿estaba usted en esta jaula… cuando abandonó la plataforma de embarque?
—Claro que sí —respondió Locke—. ¿No vieron esa silueta que cayó en picado de la torre? Era un ave. El ave más enorme que jamás hayan visto. Y no me miren con esas caras de asustados. ¿Hay por aquí algún carruaje que pueda llevarme a donde sea?
—Diríjase a la fila exterior —dijo el hombre—. Busque los que llevan banderas blancas y faroles.
—Muchas gracias —Locke contó rápidamente el contenido de la bolsa de doña Angiavesta; contenía una satisfactoria cantidad de monedas de oro y plata. Mientras salía de la jaula, entregó un solón al hombre de librea que le había abierto la puerta—. Era un ave, ¿de acuerdo?
—Sí, señor —dijo el otro, llevándose la mano a su sombrero negro—. El ave más enorme que jamás hayamos visto.
6
El cochero le llevó hasta la Colina de los Susurros. Luego de darle una propina generosa que significaba «olvidará que hizo esta carrera», caminó hacia el sur, atravesando la Lluvia de Ceniza. Serían las seis de la mañana cuando regresó al escondite, irrumpiendo a través de la cortina que hacía de puerta y gritando:
—¡Jean, tenemos un problema de cojones…!
El halconero estaba en el centro de la pequeña habitación, sonriendo a Locke, las manos cruzadas por delante. Locke observó la escena en un segundo: Ibelius yacía en el suelo, junto a la pared de enfrente, y no se movía; Jean estaba a los pies del mago mercenario, retorciéndose de dolor.
Vestris seguía posada en el hombro de su amo, mirándole con sus ojos de azabache y oro; luego abrió el pico y lanzó un chirrido triunfante. Locke hizo una mueca de dolor.
—Muy cierto, maese Lamora —dijo el halconero—. Sí, yo también diría que tienen un problema de cojones.