Las doce moradas del viento

Las doce moradas del viento


3. Los maestros

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LOS MAESTROS

Los maestros fue el primer cuento de ciencia ficción auténtico, verdadero y de genuina lana virgen que publiqué, es decir, un cuento en el que, o para el que, la existencia y los logros de la ciencia son, de un modo u otro, esenciales. Por lo menos eso es lo que los lunes entiendo como ciencia ficción. Los martes a veces pienso en forma diferente. Algunos escritores de ciencia ficción detestan la ciencia, su espíritu, su método y su obra. Algunos están contra la tecnología, otros la adoran. A mí me aburre la tecnología compleja, pero me fascinan la biología, la psicología, y los fines especulativos de la física y la astronomía, al menos hasta donde los comprendo. Un personaje habitual de mis cuentos es el científico, por lo general un solitario, un aventurero aislado, alguien al margen de las cosas. El tema de este cuento es un tema al que regresé más tarde y considerablemente mejor equipada. A pesar de ello tiene una buena frase: «Había estado tratando de medir la distancia que hay entre la Tierra y Dios».

En la obscuridad había un hombre solo, desnudo, que sostenía una antorcha humeante. El resplandor rojizo iluminaba unos metros de aire y suelo; más allá, lo obscuro, lo inmensurable. De vez en cuando soplaba una ráfaga de viento, se vislumbraba un brillo de ojos, se oía un vasto murmullo:

«¡Sostenla más alto!».

El hombre se esforzaba un poco más, a pesar de que la antorcha se sacudía en sus manos temblorosas. La alzó sobre su cabeza ostensiblemente, mientras la obscuridad avanzaba y parloteaba a su alrededor, envolviéndolo. El viento se hizo más frío, la llama roja menguó. Sus brazos rígidos empezaron a estremecerse, luego a sacudirse un poco; el rostro le brillaba con el sudor. Y de nuevo el parloteo suave, enorme:

«Sostenla en alto, más alto, sostenla en alto…».

El tiempo estaba detenido, solo continuaban los susurros, que crecieron y crecieron hasta convertirse en un aullido. Sin embargo, para su espanto, nadie lo tocaba, nada aparecía dentro del círculo de luz.

—Ahora camina —ululó la gran voz—. Camina hacia adelante.

Con la antorcha sobre su cabeza fue pisando el suelo que no podía ver. No estaba… Y cayó, clamando socorro, rodeado por truenos y obscuridad mientras la antorcha, que no quería soltar, le chamuscaba los ojos. El tiempo… el tiempo y la luz y el dolor, habían vuelto a comenzar. Se sostuvo sobre sus manos y rodillas en el barro de una especie de zanja, la cara le picaba y se le nublaban los ojos ante la claridad. Desde su enlodada desnudez contempló la figura radiante y difusa erguida ante él. La luz se derramaba, gloriosa, sobre una blanca cabellera, los pliegues de una túnica blanca.

Los ojos miraron a Ganil, la voz le habló:

—Yaces en la Tumba. Yaces en la Tumba del Conocimiento. Aquí yacen eternamente tus antepasados entre las cenizas del Infierno —una pausa breve, y la voz le espetó—: ¡Levántate, oh Hombre caído!

Ganil pudo incorporarse. La figura blanca señaló.

—Esa es la Luz de la Razón Humana. Te ha conducido a la tumba. Arrójala…

Ganil se dio cuenta de que aún sostenía un palo negro y embarrado, la antorcha. Y la dejó caer.

—¡Levántate ahora! —gritó la figura blanca; su voz iba in crescendo—. ¡Levántate de la obscuridad y camina hacia la Luz del Día Común!

Ganil sintió acercarse unas manos que lo ayudaron, casi arrastrándolo; hombres de rodillas le ofrecían azafates y esponjas, otros le frotaron el cuerpo con toallas hasta dejarlo seco y abrigado con una capa gris sobre los hombros, rodeado de las risas y conversaciones extendidas por todo el amplio e iluminado salón. Un hombre calvo le palmeó el hombro.

—Vamos, es la hora del Juramento.

—¿He…? ¿He hecho todo bien?

—¡De maravillas! Solo que estuviste demasiado tiempo aferrando esa maldita antorcha. Pensé que nos ibas a tener gruñendo en la obscuridad todo el día… Vamos.

Lo llevaron por el suelo negro, y bajo el altísimo cielorraso de envigado blanco, hasta una cortina también blanca, de rectos pliegues y diez metros de longitud, que caía hasta el suelo desde el techo.

—La Cortina del Misterio —dijo alguien a Ganil, como quien explica un hecho.

Las risas y las charlas habían muerto; todos lo rodeaban, silenciosos. La cortina se abrió sin ruidos. Ganil contempló nebulosamente lo que había aparecido: un elevado altar, una larga mesa, y un anciano vestido de blanco.

—Postulante, ¿jurarás con nosotros nuestro Voto?

Alguien codeó a Ganil y le susurró:

«Juraré».

—Juraré —tartamudeó Ganil.

—¡Jurad entonces, Maestros del Rito! —El anciano levantó un objeto de plata: una cruz en forma de X sobre un pequeño pedestal de acero—. Por la Cruz del Día Común, juro no revelar nunca los ritos y misterios de mi Logia…

—Por la Cruz… juro… los ritos… —murmuraron los hombres que rodeaban a Ganil, que al impulso de un nuevo codazo murmuró con ellos.

—Vivir bien, trabajar bien, pensar bien…

Cuando Ganil terminó la letanía, una voz le susurró al oído:

—No jures.

—Evitar las herejías, denunciar a todos los nigromantes ante las Cortes del Colegio, y obedecer a los Maestros Superiores de mi Logia desde ahora hasta mi muerte… —murmullos, murmullos; algunos parecían repetir el largo texto, otros no; Ganil, confundido, farfulló una o dos palabras y luego calló—. Y juro no enseñar nunca los Misterios de la Mecánica a ningún gentil. Esto lo juro por el Sol —un rumor estridente ahogó casi las voces de los hombres mientras una parte del techo se iba abriendo pausadamente para mostrar el cielo de verano, gris amarillento y cubierto de nubes.

—¡Contemplad la Luz del Día Común! —gritó triunfante el anciano de blanco, y Ganil levantó el rostro hacia ella; la maquinaria, que parecía estampada sobre la claridad del cielo, estaba completamente abierta; hubo un rechinar de engranajes, luego silencio.

El anciano se adelantó, besó a Ganil en ambas mejillas, y dijo:

—Bienvenido, Maestro Ganil, al Rito Interior del Misterio de la Máquina.

La iniciación había terminado. Ganil era un Maestro más de la Logia.

—Tienes una fea quemadura —le dijo el hombre calvo mientras regresaban al salón. Ganil levantó la mano y descubrió que su sien y mejilla izquierdas estaban en carne viva—. Por suerte no te has herido el ojo.

—Te has librado por poco de que la luz de la Razón te cegara, ¿eh? —dijo una voz suave; mirando alrededor, Ganil vio un hombre hermoso, de cabellos castaños y ojos azules, azules de verdad, como los de un gato albino o un caballo ciego; inmediatamente apartó la vista de la deformidad, pero el hombre rubio continuó con voz suave, la misma que había susurrado «No jures» durante la toma del Voto—. Soy Mede Fairman; voy a ser tu Co-Maestro en la tienda de Lee. ¿Tomamos una cerveza al salir de aquí?

El calor húmedo de la taberna que olía a cerveza y populacho fue un cambio extraño después de todo el terror y la ceremonia del día. Ganil se sintió mareado. Mede Fairman se bebió medio tazón, se quitó con placer la espuma de los labios y preguntó:

—¿Qué te pareció la iniciación?

—Fue… Bueno, fue…

—¿Te hizo sentir humilde?

—Sí —asintió Ganil—. Humilde de verdad.

—Hasta humillado —sugirió el hombre de los ojos azules.

—Sí. Un… un gran misterio —perplejo, Ganil contempló su cerveza.

Mede sonrió y dijo con su voz suave:

—Lo sé. Ahora bebe. Creo que un farmacéutico debería examinar esa quemadura.

Ganil lo siguió, obediente, y salieron a la tarde, a las calles angostas y atestadas de peatones, de carros de caballos y bueyes y de motores vacilantes. Los artesanos confirmaban la proximidad de la noche levantando sus paradas, y a lo largo de High Street las grandes puertas de las Tiendas y Logias ya estaban trancadas. Las casas, angulosas y destacadas, estaban separadas de vez en cuando por la fachada de un templo, amarilla y carente de adornos, señalada tan solo por un simple círculo de bronce pulido. Bajo las quietas nubes del crepúsculo de aquel corto y pesado verano, la gente del Día Común, morena y bronceada, se amontonaba y holgazaneaba y empujaba y hablaba y maldecía y reía, y Ganil, aturdido por el cansancio y el dolor y la fuerte cerveza, se mantenía muy cerca de Mede, como si a pesar de su novísimo Magisterio, ese extraño de ojos azules fuese su único guía.

—XVI más IXX —dijo Ganil con impaciencia—, ¿qué diablos pasa, chico? ¿No puedes sumar?

El principiante se sonrojó.

—¿No es entonces XXXVI, Maestro Ganil? —preguntó con voz débil; como respuesta Ganil clavó una de las varillas que el chico había estado manipulando en el lugar correspondiente de la locomotora a vapor que estaba en reparación; sobraba una pulgada—. Es que mi pulgar es demasiado largo —dijo el chico, mostrando sus manos nudosas; la distancia entre la primera coyuntura y la segunda del pulgar era, efectivamente, demasiado larga.

—Lo es —dijo Ganil; su rostro obscuro se obscureció—. Muy interesante. Pero la longitud de tu pulgar no tiene importancia mientras lo uses con firmeza. Lo que sí tiene importancia, so idiota, es que XVI más IXX no suman XXXVI; nunca lo han hecho, y nunca podrán, jamás lo harán hasta el fin del mundo, ¡pedazo de gentil incompetente!

—Sí, señor. Es tan difícil recordar, señor…

—Por supuesto que lo es, Aprendiz Wanno —dijo una voz profunda: Lee, el Maestro de la Tienda, un hombre gordo, de pecho amplio y brillantes ojos negros—. Ven un minuto, Ganil —invitó, conduciendo al novel Maestro a un rincón más tranquilo de la tienda, y luego prosiguió alegremente—: Eres un poco impaciente, Maestro Ganil.

—Wanno debería saber sus tablas de sumar.

—Bien sabes tú que hasta los Maestros olvidan de vez en cuando una suma —Lee le palmeó el hombro paternalmente—. Por un momento me pareció que pretendías que el chico lo computara —rio fuertemente, una hermosa risa de bajo a través de la cual brillaban jubilosos y con infinita perspicacia sus ojos—. Tómatelo con calma, eso es todo… Si no he entendido mal, el próximo Día del Altar vendrás a casa a cenar, ¿no es así?

—Me tomé la libertad…

—¡Magnífico, magnífico! Más puntos a tu favor. Ojalá ella eligiese a un sujeto bueno y estable como tú. Pero te haré una advertencia imparcial. Mi hija es una tunante voluntariosa —el Maestro volvió a reír, y Ganil hizo una mueca pesarosa.

Lani, la hija del Maestro de la Tienda, no solo tenía en su bolsillo a la mayoría de los hombres jóvenes del negocio, sino también a su padre. Voluble e inteligente, al principio más bien había asustado a Ganil. Le tomó tiempo darse cuenta de que a él (solo a él), le hablaba con cierta timidez, casi implorante. Por fin había reunido valor para hacerse invitar por la madre a una cena, primer paso oficial de un galanteo. Y allí seguía de pie donde Lee lo había dejado, y pensaba en la sonrisa de Lani.

—Ganil, ¿has visto alguna vez el Sol? —era una voz baja, seca y tranquila.

Se volvió, para encontrarse con los ojos azules de su amigo.

—¿El Sol? Sí, claro que lo he visto.

—¿Cuándo fue la última vez?

—A ver. Creo que tenía veintiséis años; hace cuatro. ¿No estabas entonces aquí en Edun? Salió al caer la tarde, y esa noche también salieron las estrellas. Recuerdo haber llegado a contar ochenta y una antes de que el cielo se cerrara.

—Por entonces yo estaba en el norte, en Keling. Era mi primer Magisterio —Mede se apoyó en el contracarril de madera de la pesada locomotora tipo mientras hablaba. Sus ojos claros miraron más allá de la ajetreada tienda: contemplaba a través de la ventana la lluvia continua y transparente de fines de otoño—. Hace un momento oí cuando hacías contar al joven Wanno… «Lo importante es que XVI más IXX no suman XXXVI…». «Cuando tenía veintiséis años, hace cuatro… Conté ochenta y una estrellas…». Un poco más y empezarás a computar, Ganil.

Ganil hizo una mueca, e inconscientemente se frotó la cicatriz blanquecina de su sien.

—Bueno, Mede, ¡infierno! ¡Hasta los gentiles saben cuánto es XXX menos IV!

Mede sonrió débilmente. Tenía en la mano su Bastón de Comparaciones, que bajó para dibujar una figura redonda en el suelo polvoriento.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—El Sol.

—Bien. También es una figura… Un número. La figura que significa Nada.

—¿La figura que significa Nada?

—Sí. Se podría usar en las tablas de restar, por ejemplo. II menos I es igual a I, ¿no es cierto? ¿Pero cuánto es II menos II? —una pausa; golpeó el círculo con su bastón—. Esto.

—Sí, claro —Ganil contempló el círculo, la imagen sacra del Sol, la Luz escondida, el Rostro de Dios—. ¿Es este conocimiento de los Sacerdotes?

—No —Mede dibujó una X sobre el círculo—. Es esto.

—¿Entonces qué… de quién es el conocimiento de la figura que significa Nada?

—De nadie. De ninguno… No es un misterio —Ganil hizo un gesto de sorpresa ante esta aseveración.

Hablaban en voz baja, estaban muy cerca uno del otro, como si discutieran acerca de una medida inscrita en el Bastón de Comparaciones de Mede.

—¿Por qué contaste las estrellas, Ganil?

—Por… Porque quería saber. Siempre me ha gustado contar, los números, las tablas. Por eso soy un Mecánico.

—Sí. Tienes treinta años, ¿verdad?, y hace ya cuatro meses que eres Maestro. ¿Has pensado alguna vez, Ganil, que el ser Maestro significa que has aprendido todo lo que tu gremio puede enseñar? De ahora en adelante, hasta el día de tu muerte, no aprenderás más. No hay más.

—Pero los Maestros de Tiendas…

—Los Maestros de Tiendas aprenden algunas señales secretas y contraseñas —dijo Mede con su voz seca y suave—, y por supuesto, tienen poder. Pero no saben más que tú… Quizás has pensado que les estaba permitido computar, ¿no es cierto? Pues no. No es así.

Ganil estaba en silencio.

—Y sin embargo hay cosas que aprender, Ganil —concluyó Mede.

—¿Dónde?

—Fuera.

Hubo una larga pausa.

—No puedo escuchar esto, Mede. No me vuelvas a hablar de ello. No te denunciaré.

Ganil se volvió y se fue, el rostro áspero por el enojo. Con toda su fuerza de voluntad dirigió esa confusa y conflictiva ira contra Mede, un hombre con la mente tan deforme como el cuerpo, un mal consejero, un amigo perdido.

Era una noche agradable; Lee, de buen humor, su gruesa mujer, y Lani, tímida y radiante. La joven gravedad de Ganil era motivo de sus burlas, pero aún en ellas vibraba esa nota suplicante y dócil; parecía que en cuestión de minutos el entusiasmo de la familia se transformaría en ternura. En un instante, al pasar un plato en la mesa, la mano de la joven tocó la suya, que todavía percibía con exactitud dónde: allí, en el costado de la mano derecha, cerca de la muñeca, un toque suave. Ganil, tendido en su lecho del cuarto encima de la Tienda, emitió un lujurioso gemido en la obscuridad completa de la noche ciudadana. Oh Lani, suave roce de manos, de labios… ¡Oh Señor, Señor! El hacer la corte era un asunto muy largo, de ocho meses por lo menos si se cumplían paso a paso, como era debido con la hija de un Maestro. Ganil tenía que olvidar esta dulzura insufrible. No pienses en nada, se dijo, duérmete. No pienses en nada… Y pensó en Nada. El círculo. El círculo redondo y vacío. ¿Cuánto era I vez 0? Lo mismo que II veces 0. ¿Y qué si ponías I al lado de 0? ¿Qué figura sería esa, I0?

Mede Fairman se sentó en la cama, el lacio pelo sobre los ojos vacilantes, y trató de enfocar a la persona que se abría paso ruidosamente por su cuarto. La primera luz de la madrugada, de un amarillo sucio, se colaba por la ventana.

—Hoy es el Día del Altar —gruñó—, idos, tengo sueño.

La borrosa silueta resultó ser Ganil, el ruido se convirtió en susurro.

—¡Mede! —Ganil prosiguió con susurros exilados—. ¡Mira! —Puso una pizarra bajo las narices de su Co-Maestro—. Mira, mira lo que se puede hacer con la figura de Nada…

—Oh, eso —exclamó Mede, empujando a Ganil y su pizarra; se levantó y fue a empaparse la cabeza en la palangana de agua helada que tenía sobre el ropero; la sumergió allí por unos momentos, regresó goteando y se sentó en el lecho.

—A ver.

—Puedes usar cualquier número como base, ¿ves? Yo utilicé el XII porque es cómodo. XII se transforma en 1-0, ¿ves? Y XIII será I-I, luego, al llegar a XIV…

—Chitón —Mede estudió la pizarra; por fin dijo—: ¿Recordarás esto? —y cuando Ganil asintió, borró con la manga las prolijas y apiñadas figuras inscritas allí—. No me había dado cuenta de que se podía usar una base… Pero mira, usa al X como base, dentro de un minuto te diré por qué, y ahora te enseñaré un medio más fácil de hacerlo. X será 10, y XI será 11, pero el XII escríbelo así —y escribió en la pizarra, 12.

Ganil contempló la figura. Al cabo de un momento dijo, con una extraña voz forzada:

—¿No es ese uno de los números negros?

—Sí que lo es. Todo lo que has hecho, Ganil, es llegar a los números negros por la puerta trasera.

Ganil estaba sentado al lado de Mede, en silencio.

—¿Cuánto es CXX repetido MCC veces? —preguntó Mede.

—Las tablas no llegan tan lejos.

—Mira —Mede escribió en la pizarra.

Y luego, mientras Ganil miraba,

Hubo otra larga pausa.

—Tres Nadas… Repetir el mismo número XII veces. Dame la pizarra —murmuró Ganil; más tarde, luego de un silencio roto solamente por el golpeteo de la lluvia y el chirriar de la tiza en la pizarra—. ¿Cómo se escribe VIII en números negros?

Al anochecer de aquel frío Día del Altar, habían llegado tan lejos como les permitieron los conocimientos de Mede. Ganil había ido aún más lejos.

—Tienes que conocer a Yin —dijo el hombre rubio—. Te podrá enseñar lo que necesitas. Yin trabaja con ángulos, triángulos, medidas. Puede medir la distancia entre dos puntos cualesquiera usando sus triángulos, aunque sean puntos inalcanzables. Es un gran Estudiante. Los números son el corazón de su conocimiento, su lenguaje.

—Y el mío propio.

—Así es. No es el mío. No amo a los números en sí. Los quiero usar. Para explicar cosas… Por ejemplo, si arrojas una pelota, ¿qué la hace mover?

—El hecho de que la hayas arrojado —Ganil hizo una mueca; estaba blanco como una sábana (mucho más que las de Mede), con la cabeza aturdida por las dieciséis horas de matemáticas sin haber comido o descansado; había perdido el miedo, la humildad. Su sonrisa era la de un rey que regresa del exilio.

—Magnífico —dijo Mede—. Pero ¿por qué sigue en movimiento?

—Porque… ¿Porque el aire la sostiene?

—Entonces, ¿por qué cae finalmente? ¿Por qué sigue una curva? ¿Qué clase de curva es? ¿Ves ahora cómo necesito tus números? —esta vez era Mede el que parecía un rey, un rey furioso por poseer un imperio imposible de controlar a causa de su gran extensión—. ¡Y hablan de Misterios en sus tiendecillas cerradas…! —resopló Mede—. Mira, vayamos a cenar algo y visitemos luego a Yin.

La casa, alta, vieja y construida contra los muros de la ciudad, espió desde sus ventanas emplomadas a los dos jóvenes Maestros que estaban en la calle. El crepúsculo sulfúreo de fines de otoño colgaba sobre el abrupto tejado de pizarra, que brillaba por la lluvia.

—Yin era un Maestro de Máquinas como nosotros —explicó Mede mientras esperaban ante la puerta trancada por barras de acero—. Ahora está retirado, ya verás por qué. Aquí vienen hombres de todas las Logias, boticarios, tejedores, constructores… Hasta algunos artesanos. Un carnicero… que abre gatos muertos —en su tono había cierta tolerancia no exenta de diversión, como a veces los físicos se refieren a los biólogos.

Entretanto la puerta se había abierto y luego un sirviente los condujo al piso alto, un cuarto que tenía un gran hogar en el que ardían leños.

Un hombre se levantó de una silla de roble de respaldo alto para saludarlos.

Ganil pensó inmediatamente en el Maestro Supremo de su Logia, la figura que le había gritado «Levántate» cuando yacía en su tumba. También Yin era viejo y alto y usaba la túnica blanca de los Maestros Supremos. Pero era encorvado y su rostro mostraba cansancio y arrugas como las de un lebrel viejo. Para saludarlos levantó la mano izquierda; su brazo derecho terminaba a la altura de la muñeca en un muñón cicatrizado hacía mucho tiempo.

—Este es Ganil —estaba diciendo Mede—. Anoche inventó el sistema duodecimal. Hazme el favor de enseñarle la matemática de las curvas, Maestro Yin.

Yin rio con la risa suave y corta de un anciano.

—Bienvenido, Ganil. De ahora en adelante puedes volver cuando desees. Aquí todos somos nigromantes, practicamos las artes ocultas. O lo intentamos… Ven con plena libertad, de día o de noche. Y vete con la misma plena libertad. Si alguien nos traiciona, sea. Debemos confiar unos en otros. Lo misterioso no pertenece a nadie; no mantenemos un secreto sino que practicamos un arte. ¿Puedes entender esto?

Ganil asintió; solamente los números llegaban con facilidad a él, nunca las palabras. Y se encontró muy conmovido y turbado. Esto no era una solemne Iniciación o un Voto; nada más que un anciano, hablándole con tranquilidad.

—Bueno —dijo Yin, como si el gesto de Ganil hubiese sido más que suficiente—. ¿Queréis vino, jóvenes Maestros? ¿O preferís cerveza? Mi cerveza negra de este año ha salido de primera… ¿Así que te gustan los números, Ganil?

A principios de primavera Ganil se encontraba en la tienda vigilando a Wanno mientras el aprendiz anotaba sobre su Bastón de Comparaciones medidas del motor de un carro de transporte a modelo. Estaba ceñudo, durante esos meses había cambiado, parecía mayor, más resuelto, más duro. Cuatro horas de sueño por noche, más el haber inventado el álgebra, bien pueden cambiar a un hombre.

—Maestro Ganil —dijo una voz tímida.

—Repite esa medida —ordenó el Maestro a Wanno para luego volverse inquisitivamente hacia la chica. Lani había cambiado también, su rostro reflejaba cierta contrariedad y cierta desolación, y se dirigía siempre a Ganil con verdadera timidez. Este había dado el segundo paso del galanteo, las tres visitas al caer la tarde, y luego había quedado absorto en sus trabajos con Yin y no avanzó más. Ningún hombre había abandonado a Lani en medio de un noviazgo. Ningún hombre la había atravesado con la mirada, como lo estaba haciendo él en ese momento. ¿Qué veía? Estaba loca por saberlo, por llegar a su secreto, por llegar a él. De una forma vaga, él lo sabía, y lo lamentaba por ella, aunque también le temía.

Lani estaba mirando a Wanno.

—¿Cambian…? ¿Cambias esas medidas alguna vez? —preguntó, tratando de encontrar un tema de qué hablar.

—Cambiar un Modelo es la herejía de la Invención.

Y la conversación terminó.

—Mi padre me ha pedido que te diga que la Tienda cerrará mañana.

—¿Cerrará? ¿Por qué?

—La Junta ha anunciado que se está levantando viento del oeste, y quizá mañana salga el Sol.

—¡Bien! Un buen comienzo para la primavera, ¿verdad? Gracias —y se volvió al Modelo.

Los Sacerdotes de la Junta habían tenido razón por una vez. Dedicaban la mayor parte de sus horas a predecir el tiempo, lo que era un trabajo infructuoso. Pero más o menos una de cada diez veces conseguían un Sol, y esta era una de aquellas veces. Hacia el mediodía había cesado la lluvia, y la cubierta de nubes estaba aclarando, comenzaba a agitarse y a retirarse lentamente hacia el este. Por la tarde, toda la gente de Edun había invadido las calles y plazas, los sombreretes de las chimeneas y las cumbreras, el muro y los campos más allá del muro, y vigilaban el cielo; los Sacerdotes habían comenzado la danza ceremonial, y hacían reverencias y se entrelazaban en el amplio atrio de la Junta; los sacerdotes estaban en los templos, preparados para tirar de las cadenas que abrirían los techos, de manera que la luz del Sol diese sobre la piedra del altar. Y por fin, al caer la tarde, el cielo se abrió. Entre desgarrados y humeantes bordes de un gris amarillento apareció una raya azul. Un suspiro, un murmullo suave, tremendo, se elevó de las calles, plazas, tejados, muros de la ciudad de Edun.

—El cielo, el cielo…

La grieta celeste se ensanchó. Un chaparrón, que el viento fresco había traído, se abatió sobre la ciudad, y repentinamente las gotas de lluvia brillaron como bolitas de cristal iluminadas en la noche; pero la gloria que reflejaban era la gloria del Sol, solitario y enceguecedor sobre el oeste.

Ganil estaba con los demás, levantando el rostro. En él, la cicatriz de su quemadura acusaba el impacto del Sol. El Maestro lo contempló hasta que los ojos se le inundaron de lágrimas; el círculo de fuego, la faz de Dios…

—¿Qué es el Sol?

Estaba recordando la suave voz de Mede. Una noche fría, a mediados de invierno, él, Mede, Yin y otros habían estado hablando delante del fuego en casa del anciano.

—¿Es un círculo o una esfera? ¿Cuán grande será? ¿Estará muy lejos? Ah, pensar que hubo un tiempo en que el hombre solo tenía que levantar la cabeza para ver al Sol…

Retumbaron flautas y tambores, un sonido alegre y débil que procedía de la Junta. A veces, fragmentos de nubes cubrían la irresistible faz y el Mundo volvía a ser frío y gris y las flautas callaban; pero soplaba el viento del oeste, pasaban las nubes y el Sol reaparecía, cada vez más bajo. Empezó a enrojecer justo antes de hundirse en la densa masa de nubes, al oeste, y ya se lo podía mirar sin que los ojos doliesen. En esos momentos a Ganil le parecía decididamente que no era un disco sino una bola enorme en forma de avellana cayendo con lentitud.

Se hundió. Se fue.

En lo alto, entre jirones de nubes, todavía brillaban vislumbres de cielo claro y profundo, de color azul verdoso. Luego, en el oeste, cerca del lugar donde se había puesto el Sol, sobre el borde de una nube ascendente, brilló un punto luminoso: el lucero de la tarde.

—¡Mirad! —gritó Ganil, pero muy pocos se volvieron.

El Sol se había puesto, qué importaban las estrellas. La niebla amarillenta (que era parte de la mortaja que cubría la Tierra con su manto de lluvia y polvo desde hacía catorce generaciones, cuando lo del Fuego del Infierno), cubrió a la estrella. Ganil suspiró, se frotó el cuello, entumecido de tanto estirarlo, y regresó a su casa junto con el resto de los habitantes del Día Común.

Aquella noche lo arrestaron. Los guardias y sus compañeros de prisión (todos los de la Tienda Lee, excepto el Maestro Lee) le dijeron que su crimen era conocer a Mede Fairman, que estaba acusado de herejía. Lo habían visto en los campos apuntando hacia el Sol con un instrumento, un medio, decían, de medir las distancias.

Había estado intentando medir la distancia que hay entre la tierra y Dios.

Los aprendices fueron liberados pronto. Al tercer día los guardias vinieron a buscar a Ganil y lo trasladaron de uno de los patios cerrados de la Junta a la lluvia transparente de primavera. La mayoría de los Sacerdotes vivía a la intemperie, y el gran complejo de la Junta de Edun consistía en una serie de escasas barracas que rodeaban los patios de dormir, de escribir, de rezar, de comer y las salas de tribunales, todos sin techo. A Ganil lo llevaron a una de estas últimas y lo empujaron a través de las filas de hombres vestidos de blanco y amarillo que llenaban la sala, hasta que estuvo frente a ellos. Vio un lugar vacío, un altar, una larga mesa que brillaba, empapada por la lluvia, y tras ella un sacerdote vestido con la túnica dorada del Misterio Supremo. En el extremo opuesto de la mesa había otro hombre que, como Ganil, estaba escoltado por guardias. El hombre lo estaba mirando, una mirada directa, fría y descolorida; sus ojos eran azules, del mismo azul del cielo sobre las nubes.

—Ganil Kalson de Edun. Eres sospechoso de ser amigo de Mede Fairman, estás acusado de haber cometido herejías de Invención y Computación. ¿Eres amigo de este hombre?

—Éramos Co-Maestros…

—Sí. ¿Te habló alguna vez de medidas tomadas sin los Bastones de Comparación?

—No.

—¿De números negros?

—No.

—¿De las artes ocultas?

—No.

—Maestro Ganil, has respondido «No» tres veces. ¿Conoces lo que dice la Orden de los Maestros Sacerdotes del Misterio de la Ley sobre los sospechosos de herejía?

—No, no…

—La Orden dice: «Si el sospechoso negase las preguntas cuatro veces, estas pueden repetirse usando el prensamanos hasta que las conteste». Ahora las repetiré, a menos que desees retractarte en alguna de tus negaciones.

—No —contestó Ganil, confundido mientras miraba los rostros vacíos, las altas paredes que lo rodeaban. Y permaneció más confundido y asustado después de que trajeron una caja chata de madera y encerraron en ella su mano derecha. ¿Qué significaban todos estos aspavientos? Era como en su iniciación, donde todos habían tratado de asustarlo con tanto ardor; aquella vez lo habían conseguido.

—Como Mecánico —estaba diciendo el sacerdote dorado—, conoces el uso de la palanca, Maestro Ganil. ¿Te retractarás?

—No —dijo Ganil, y frunció el ceño; acababa de darse cuenta de que a partir de ese mismo momento le parecería que su brazo terminaba en la muñeca, como el de Yin.

—Muy bien —mientras uno de los guardias cogía la palanca que salía de la caja de madera, el sacerdote dorado dijo—: ¿Eras amigo de Mede Fairman?

—No —dijo Ganil; contestó negativamente a todas las preguntas, y siguió negando, aún cuando había dejado de oír la voz del sacerdote, hasta oír su propia voz mezclada con el eco que hacía sobre las paredes el palmoteo de la corte—. No, no, no…

La luz iba y venía, la lluvia fría que le caía por la cara cesó luego, alguien estaba tratando de ayudarle a levantarse. Su capa gris hedía, el dolor le había hecho vomitar. Al recordarlo, volvió a hacerlo.

—Ahora tranquilízate —le susurraba un guardia; las filas inmóviles, amarillas y blancas, seguían allí amontonadas, los rostros atentos, las miradas fijas… Pero ya no en él.

—Hereje, ¿conoces a este hombre?

—Es mi Co-Maestro.

—¿Le has hablado de las artes ocultas?

—Sí.

—¿Le has enseñado las artes ocultas?

—No. Traté de hacerlo —la voz se quebró ligeramente; aun en el silencio del patio, roto solo por el rumor de la lluvia, era difícil escuchar a Mede—. Era demasiado estúpido. No se atrevía y no podía aprender. Será un estupendo Maestro de Tienda —los fríos ojos azules miraron a Ganil, sin piedad y sin súplica.

El sacerdote dorado se volvió nuevamente a la corte:

—No hay ninguna prueba en contra del sospechoso Ganil. Puedes irte, sospechoso. Regresa mañana al mediodía para presenciar la ejecución de la sentencia. Tu ausencia sería interpretada como prueba de tu culpabilidad.

Antes de que Ganil hubiese podido comprender algo, los guardias lo sacaron del patio.

Lo dejaron cerca de una puerta lateral de la Logia, que atrancaron estruendosamente detrás de él. Estuvo parado allí unos momentos, agazapado sobre la acera, apretando bajo la capa la mano sanguinolenta y ennegrecida contra su costado. La lluvia susurraba alrededor; nadie pasaba. Solo, bajo el crepúsculo, juntó sus fuerzas, se levantó y echó a andar por la ciudad calle por calle, casa por casa, paso a paso en dirección a la casa de Yin.

Una sombra se movió entre las sombras del portal, y una voz le habló:

—¡Ganil! Ganil, no me importa si eres sospechoso. Todo está bien. Regresa a casa conmigo. Mi padre te volverá a aceptar en la Tienda. Lo hará si se lo pido.

Ganil permaneció en silencio.

—Ven conmigo. Te esperaba, sabía que vendrías aquí, te he seguido otras veces —la risa nerviosa, alborozada de la joven, se había apagado.

—Déjame, Lani.

—No. ¿Por qué vienes a la casa del anciano Yin? ¿Quién vive aquí? ¿Quién es ella? Regresa conmigo, tienes que hacerlo, mi padre no aceptaría a un sospechoso en la Tienda a menos que yo…

La puerta de Yin nunca estaba atrancada. Ganil la hizo a un lado y entró, cerrando tras de sí. No acudió ningún sirviente; la casa estaba a obscuras, silenciosa. Todos habían sido prendidos, todos los Estudiantes, y todos iban a ser interrogados y torturados y asesinados.

—¿Quién es? —Yin estaba de pie en el rellano de la escalera; el cabello le brillaba bajo la luz de la lámpara. Ganil habló muy rápidamente.

—Me han seguido hasta aquí, una chica de la Tienda, la hija de Lee; si le cuenta a su padre él reconocerá tu nombre, enviará a los guardias aquí…

—Hace tres días que pedí a los demás que se marcharan —al oír la voz de Yin, Ganil se detuvo a contemplar el rostro tranquilo y arrugado del anciano.

Luego dijo como un niño:

—Mira —estiró el brazo derecho—, como el tuyo.

—Sí. Ven a sentarte, Ganil.

—Lo condenaron. A mí no, me dejaron partir. Dijo que no había podido enseñarme nada, que yo no podía aprender. Para salvarme…

—Y salvar tus matemáticas. Ahora ven aquí, siéntate —Ganil se controló y obedeció; Yin lo hizo acostarse, y luego le limpió y vendó la mano como mejor pudo.

Al rato, sentado entre Ganil y el resplandeciente fuego, resolló en un suspiro.

—Bueno —dijo—, ahora eres un sospechoso de herejía. Yo lo fui durante veinte años. Te acostumbrarás a ello… No te preocupes por tus amigos. Pero si la chica le cuenta a Lee y tu nombre aparece ligado al mío… Será mejor que abandonemos Edun. Separadamente. Esta misma noche.

Ganil no contestó nada. Abandonar la Tienda sin el permiso del Maestro Principal significaba la excomunión, la pérdida de su Magisterio. Sería excluido de su propio gremio. ¿Qué podía hacer con su mano lisiada? ¿A dónde podía ir? Jamás, en toda su vida, había salido de Edun.

El silencio cubría la casa. Ganil hizo un esfuerzo por escuchar los ruidos de la calle, los pesados pasos de una patrulla de guardias que venía a arrestarlo de nuevo. Tenía que escapar esa misma noche…

—No puedo —dijo de pronto—. Tengo que… Tengo que estar en la Junta mañana al mediodía.

Yin comprendió lo que Ganil no dijo. El silencio volvió a rodearlos. La voz del anciano sonó muy seca y cansada cuando habló de nuevo:

—Bajo esa condición te liberarán, ¿eh? De acuerdo, hazlo; si no te perseguirán por las Cuarenta Ciudades como a un hereje condenado. A los sospechosos no los persiguen; simplemente los convierten en parias. Es preferible. Ahora duerme un poco, Ganil. Antes de irme te diré dónde nos encontraremos. Vete cuanto antes, y viaja con poco equipaje…

Sin embargo, cuando Ganil dejó la casa, ya avanzada la mañana, llevaba algo consigo, bajo la capa: un rollo de papeles escritos con la letra clara de Mede Fairman: «Trayectorias», «Velocidad de los cuerpos en caída libre», «La naturaleza del movimiento»…

Yin había partido antes del amanecer sobre un asno gris.

—Te veré en Keling —fue la única despedida del anciano.

No estaba ninguno de los otros Estudiantes; solo siervos, criados, mendigos, escolares novilleros y mujeres con sus niñeras y sus niños llorones estaban allí con Ganil, en el gran atrio de la Logia. Solamente la canalla y los ociosos se reunían para ver la muerte de un hereje.

Un sacerdote le ordenó que se situase al frente de la multitud. Muchos lo miraban con curiosidad, aislado, vistiendo su túnica de Maestro.

Ganil vio a una muchacha vestida con una túnica violeta en el lado opuesto de la plaza, frente a la multitud. No estaba seguro de que fuera Lani. ¿Por qué iba a estar allí, contemplando la muerte de Mede? No sabía qué era lo que odiaba o qué era lo que amaba; el amor que solo quiere conseguir, poseer, es algo monstruoso, pensó Ganil. Pero ella lo amaba, y en ese momento la amplitud de la plaza era lo único que los separaba. Sin embargo Ganil no estaba dispuesto a admitir que lo que los separaba eran sus propios actos, la ignorancia, el exilio, la muerte.

Poco antes del mediodía trajeron a Mede. Ganil observó el rostro de su Co-Maestro; estaba muy blanco, toda su deformidad expuesta, la atávica palidez de la piel, el cabello, los ojos; no había forma de substraerse a la escena. Un sacerdote dorado elevó los brazos en cruz invocando al Sol que al mediodía, inaccesible a simple vista, se hallaba tras la mortaja de nubes, y mientras bajaba los brazos, varias antorchas encendieron los montones de madera que rodeaban el piquete. El humo empezó a subir, enroscándose, del mismo color gris amarillento que las nubes. Ganil estaba de pie, apretando con fuerza su mano herida en cabestrillo contra el rollo de papeles escondido bajo su capa, y repetía en silencio:

«Permitid que el humo lo ahogue primero…».

Pero la madera estaba seca y prendió con rapidez. Ganil sintió el calor en su rostro, en la sien lastimada por el fuego. A su lado, un sacerdote joven trató de retirarse pero no pudo, a causa de la multitud anhelante y atenta; tuvo que quedarse quieto, tambaleándose un poco y respirando entrecortadamente. El humo ya era denso y escondía las llamas y la figura que estaba entre ellas. Pero Ganil podía oír la voz, ya no suave sino potente, muy potente. La oyó, se obligó a oírla, pero al mismo tiempo en su interior sonaba una voz serena, suave, persistente:

«¿Qué es el Sol? ¿Por qué cruza el cielo? ¿Ves ahora cómo necesito de tus números? En vez de XII, escribe 12… Esta también es una figura, significa Nada».

Los gritos se habían apagado, pero la voz suave no. Ganil levantó la cabeza; la multitud se estaba dispersando. El joven sacerdote, arrodillado en la acera, oraba y sollozaba en voz alta. Ganil miró el cielo cubierto y luego se fue, a través de las calles de la ciudad y a través de la puerta de la ciudad, en dirección norte, al exilio y a su hogar.

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