Las doce moradas del viento

Las doce moradas del viento


7. El rey de invierno

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—¡Argaven, Argaven reina en Karhide! He vivido para ver el retorno de los días luminosos. ¡Larga vida al rey!

Uno de los más jóvenes miró a los otros y dijo resuelto:

—Así sea. ¡Larga vida al rey!

Y todas las cabezas se inclinaron.

Argaven, imperturbable, recibió el homenaje, pero en cuanto tuvo una oportunidad de dirigirse a solas a Horrsed el plenipotenciario, le preguntó:

—¿Qué es esto? ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué me han engañado? Me dijeron que debía venir para asistirle, como ayudante, del Ekumen…

—Eso sucedió hace veinticuatro años —dijo el embajador, disculpándose—. Yo estoy aquí desde hace solamente cinco. Los asuntos de Karhide van muy mal; el rey Emran rompió relaciones con el Ekumen el año pasado. En realidad, no sé cuál era el propósito del Inamovible en la época que le mandó venir, pero en estos momentos estamos perdiendo Invierno. Así que los agentes de Hain me han sugerido que desplacemos a nuestro rey.

—Pero yo estoy muerto —dijo Argaven, encolerizado—. ¡Hace sesenta años que estoy muerto!

—El rey ha muerto —dijo Horrsed—. ¡Viva el rey!

Al acercarse algunos de los karhidenitas, Argaven abandonó al embajador y se dirigió a la pasarela. El agua gris bullía y se deslizaba por el costado del barco. La costa continental se veía a la izquierda, gris con manchas blancas. Hacía frío, era un día de comienzos de invierno durante la Edad del Hielo. El motor del barco ronroneó suavemente. Hacía doce años que Argaven no oía el ronroneo de un motor eléctrico, la única clase de motor que la lenta y sólida Era Tecnológica de Karhide había decidido usar. El sonido le resultó muy grato.

—¿Por qué nos estamos dirigiendo hacia el este? —Argaven hablaba resueltamente y sin volverse, como quien sabe desde la infancia que siempre ha de haber alguien para responderle.

—Nos dirigimos a las tierras de Kerm.

—¿Por qué a las tierras de Kerm?

—Porque esa parte del país está rebelada contra el… contra el rey Emran. Yo soy de Kerm: Perreth ner Sode.

—¿Está Emran en Erhenrang?

—Erhenrang fue tomada por Orgoreyn hace seis años. El rey está en la nueva capital, al este de las montañas… La Vieja Capital, en realidad: Rer.

—¿Emran perdió las Tierras del Oeste? —preguntó Argaven, y volviéndose para enfrentar al joven noble fornido, insistió—: ¿Perdió las Tierras del Oeste? ¿Perdió Erhenrang?

Perreth retrocedió un paso, pero respondió con presteza:

—Durante seis años hemos estado escondiéndonos en las montañas.

—¿Están los Orgota en Erhenrang?

—El rey Emran firmó un tratado con Orgoreyn hace cinco años, en el que les cedía las Provincias Occidentales.

—Un tratado vergonzoso, majestad —interrumpió el viejo Ker, más feroz y tembloroso que nunca—. ¡El tratado de un idiota! Emran baila al son de los tambores de Orgoreyn. Todos los que estamos aquí somos rebeldes, exiliados. ¡El mismo embajador, aquí presente, es un proscripto que se oculta!

—Las Tierras del Oeste… Argaven I conquistó las Tierras del Oeste para Karhide hace setecientos años —dijo Argaven, que se había vuelto hacia sus hombres para contemplarlos con su mirada extraña, inteligente, perdida en la lejanía—. Emran… —vaciló—. ¿Cómo sois de fuertes en Kerm? ¿Os apoya la costa?

—La mayoría de los hogares del sur y el este están con nosotros.

Argaven permaneció pensativo por unos instantes y luego continuó su interrogatorio:

—¿Tuvo Emran un heredero alguna vez?

—No de la carne, mi señor —respondió Banith—. Procreó seis.

—Ha nombrado a Girvry Harge rem ir Orek como su heredero —dijo Perreth.

—¿Girvry? ¿Qué nombre es ese? Los reyes de Karhide se llaman Emran —dijo Argaven—, y Argaven.

Por último se ve la fotografía obscura, la instantánea que fue tomada a la luz del fuego; del fuego porque las plantas motrices de Rer están en ruinas, las tuberías cortadas, y en esos momentos media ciudad se está incendiando. La nieve cae pesadamente sobre las llamas y brilla, roja, un momento antes de derretirse en el aire, silbando sin fuerza.

La nieve, el hielo y la guerrilla mantienen acorralado a Orgoreyn en el lado oeste de los montes Kargav. Nadie ayudó a Emran, el viejo rey, cuando su pueblo se sublevó. Sus guardias huyeron, su ciudad arde, y finalmente debe toparse cara a cara con el usurpador. Pero en el postrer instante mantiene algo del descuidado orgullo familiar. No presta atención a los rebeldes; los mira con fijeza y no los ve, porque yace en el obscuro corredor iluminada solamente por los espejos que reflejan fuegos lejanos. Muy cerca se ve el revólver con el que se mató.

Argaven se inclina al lado del cuerpo y levanta esa mano fría. Empieza a quitar del dedo índice, nudoso por la edad, el anillo macizo, grabado, de oro. Pero no lo hace.

—Guárdalo —susurra—, guárdalo.

Por un momento se inclina más aún, como si murmurase al oído muerto o apoyase la mejilla contra aquel rostro frío y arrugado. Luego se yergue y permanece quieto, y poco después se pierde por los corredores obscuros, pasa delante de ventanas brillantes por el hielo y el fuego lejano, se dirige a organizar su hogar: Argaven, el rey de Invierno.

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