Las doce moradas del viento
9. Nueve vidas
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—Podría hacerlo, desde luego —dijo Pugh, y sonrió.
Se encontraban en el exterior de la cúpula, programando uno de los servomecanismos para reparar una máquina averiada. Podían ver a Kaph en el interior del enorme medio huevo que formaba la cúpula.
—¿Por qué supones que mejorará?
—Es evidente que tiene una fuerte personalidad.
—¿Fuerte? Lisiada. Nueve décimas partes muerta, como él mismo dijo.
—Pero él no está muerto. Él es un hombre vivo. John Kaph Chow. Está pasando por una fase de desconcierto, pero no olvides que todos los jóvenes sufren una especie de trauma cuando se separan de su familia. Él lo superará.
—No veo cómo.
—Discurre un poco, Martín. ¿Cuál es el objetivo del cloneo? El de reparar la raza humana. Estamos en malas condiciones. Mírame a mí. Mi Cociente de Inteligencia y mi índice de Constitución Genética no llegan a la mitad del de ese John Chow. Pero en el Servicio Lejano me necesitaban con tanta urgencia, que cuando me presenté voluntario me aceptaron y me echaron un remiendo con un pulmón artificial y corrigieron mi miopía. Si hubiesen abundado los tipos sanos, ¿crees que hubieran aceptado a un galés corto de vista y con un solo pulmón?
—No sabía que tenías un pulmón artificial.
—Pues lo tengo. Artificial hasta cierto punto, ¿sabes? Es un pulmón humano, cultivado en un tanque; una especie de cloneo. De todos modos, ahora es mi pulmón. Lo que quiero decir es que ahora hay demasiados hombres como yo y no los suficientes como John Chow. ¿Comprendes? Y eso es lo que trata de remediar el cloneo, produciendo hombres más fuertes y más listos.
Martín gruñó algo ininteligible, mientras el servomecanismo empezaba a zumbar.
Kaph apenas comía; experimentaba dificultades para tragar, de modo que después de los primeros bocados renunciaba a seguir comiendo. Había perdido ocho o diez kilogramos.
Sin embargo, al cabo de unas tres semanas empezó a recobrar el apetito, y un día Martín y Pugh le sorprendieron revisando las pertenencias del clon, sus sacos de dormir, maletines y documentos. Tras una minuciosa tría, destruyó un montón de papeles y chucherías, hizo un pequeño paquete con lo que quedaba y volvió a sumirse en su estado de coma andante.
Dos días después habló. Pugh estaba tratando de ajustar una tecla de la grabadora, sin conseguirlo. Martín había salido a verificar sobre el terreno sus mapas de las Pampas.
—¡Maldita sea! —exclamó Pugh.
Y Kaph dijo, con voz inexpresiva.
—¿Quiere que lo arregle yo?
Pugh se sobresaltó, pero recobró el dominio de sí mismo y entregó la máquina a Kaph. El joven cogió el aparato, reparó la avería y lo dejó sobre la mesa.
—Pon una cinta —dijo Pugh con deliberada indiferencia, ocupado en otra mesa.
Kaph puso la cinta que estaba encima de la pila: música coral. Se tumbó en su camastro. El sonido de un centenar de voces humanas cantando al unísono llenó la cúpula. Kaph permaneció inmóvil, con el rostro inexpresivo.
En los días siguientes se encargó de algunas tareas rutinarias, sin que se lo pidieran. No hacía nada que requiriera iniciativa, y si le pedían que hiciera algo no contestaba.
—Se está recuperando —comentó Pugh, hablando en castellano.
—No. Se está convirtiendo en una máquina. Hace lo que tiene programado, no reacciona a otra cosa. Está peor que cuando no funcionaba. Ya no es humano.
Pugh suspiró.
—Buenas noches —dijo en inglés—. Buenas noches, Kaph.
—Buenas noches —dijo Martín.
Kaph no dijo nada.
A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, Kaph alargó el brazo por encima del plato de Martín para alcanzar las tostadas.
—¿Por qué no las pides? —inquirió Martín, disimulando apenas su malhumor—. Yo puedo pasártelas.
—Yo puedo cogerlas —dijo Kaph con su voz inexpresiva.
—Desde luego. Pero pedir que nos pasen una cosa, dar las buenas noches o los buenos días son detalles poco importantes, aunque si alguien nos saluda estamos obligados a contestar…
—¿Por qué tendría que contestar?
—Porque alguien te ha dirigido la palabra.
—¿Por qué?
Martín se encogió de hombros y se echó a reír. Más tarde, Pugh dijo:
—Deja al muchacho en paz, Martín.
—Los buenos modales son esenciales en los pequeños grupos que viven aislados. A él le han enseñado eso. ¿Por qué se niega deliberadamente a recordarlo?
—¿Acaso te das las buenas noches a ti mismo?
—¿Qué quieres decir?
—Que Kaph nunca ha conocido a nadie aparte de a sí mismo.
Martín meditó unos instantes y luego estalló:
—Entonces, todo ese asunto del cloneo es una equivocación. No puede funcionar. ¿Qué pueden hacer por nosotros un montón de genios duplicados, cuando ni siquiera saben que existimos?
Pugh asintió.
—Podría resultar más práctico separar los clones y mezclar a sus miembros con las otras personas. Pero no cabe duda de que funcionan mejor como equipo.
—¿De veras? Yo no estoy tan seguro. Si ese clon hubiera sido diez ingenieros normales, ¿habrían estado todos en el mismo lugar al mismo tiempo? ¿Habrían resultado todos muertos? Tal vez cuando empezó el terremoto todos esos muchachos se dirigieron corriendo hacia el interior de la mina para salvar al qué estaba más lejos… El propio Kaph estaba en el exterior y se dirigió hacia la entrada. Es pura hipótesis, desde luego. Pero creo que de haberse tratado de diez individuos normales, más de uno se hubiera salvado.
—No lo sé. Es cierto que los gemelos idénticos tienden a morir al mismo tiempo, incluso cuando no se han visto nunca el uno al otro. Identidad y muerte, es muy raro…
Pasaron los días, el sol rojizo se arrastraba por el obscuro cielo, Kaph no contestaba cuando le hablaban. Pugh y Martín se chillaban el uno al otro cada vez con más frecuencia. Pugh se quejaba de los ronquidos de Martín. Ofendido, Martín trasladaba su camastro al extremo más apartado de la cúpula, y durante algún tiempo no dirigía la palabra a Pugh. Este silbaba tonadas galesas hasta que Martín se quejaba, y entonces era Pugh el que dejaba de dirigirle la palabra.
El día antes del previsto para la llegada de la nave de la Misión, Martín anunció que iba a salir hacia Merioneth.
—Pensé que como mínimo me echarías una mano con la computadora para terminar los análisis de las rocas —dijo Pugh, disgustado.
—Kaph puede hacer eso. Quiero echar una última mirada al Trench. ¡Que os divirtáis! —añadió Martín en castellano, riendo, y se marchó.
—¿Qué idioma es ese?
—Castellano. Ya te lo dije en cierta ocasión, ¿no te acuerdas?
—No —al cabo de unos instantes, el joven añadió—: Creo que he olvidado un montón de cosas.
—Esto no tenía importancia, desde luego —dijo Pugh amablemente, dándose cuenta inmediatamente de lo importante que era aquella conversación—. ¿Querrás echarme una mano con la computadora, Kaph?
Kaph asintió.
Pugh había dejado un montón de cables sueltos, y la tarea les ocupó todo el día. Kaph era un excelente colaborador, rápido y sistemático, mucho más que el propio Pugh. Su voz inexpresiva, ahora que volvía a hablar, crispaba los nervios; pero no importaba, ya que era el último día y luego llegaría la nave, la antigua tripulación, camaradas y amigos.
Durante el descanso para tomar el té, Kaph dijo:
—¿Qué pasará si la nave de la Misión se estrella?
—Morirán todos.
—Me refiero a ustedes.
—Emitiremos un SOS por radio en todas las frecuencias, y viviremos a media ración hasta que llegue una nave de rescate de la Base Tres. Lo cual significa cuatro años y medio terrestres. Con un racionamiento estricto, podríamos resistir de cuatro a cinco años. Apretándonos un poco el cinturón, desde luego.
—¿Enviarían una nave de rescate para tres hombres?
—Naturalmente.
Kaph no añadió comentario alguno.
Pugh se dispuso a reanudar el trabajo. Pero resbaló, y al tratar de agarrase al respaldo de la silla esta eludió su mano. Desde el suelo, inquirió:
—¿Qué sucede?
—Un movimiento sísmico —dijo Kaph.
Las tazas rebotaron sobre la mesa, un fajo de documentos cayó al suelo, la piel de la cúpula se hinchó y restalló.
Kaph continuó sentado, impasible. Un terremoto no asusta a un hombre que murió en un terremoto.
Pugh, muy pálido, murmuró:
—Martín está en el Trench.
—¿Qué es el Trench?
—El epicentro de los movimientos sísmicos locales. Mira el sismógrafo.
Pugh luchaba con la puerta de un armario que se resistía a abrirse.
—¿Qué va usted a hacer?
—Voy a buscarle.
—Martín se llevó el jet. Los trineos no ofrecen garantías de seguridad durante un movimiento sísmico. Se descontrolan.
—Cállate de una vez, por el amor de Dios.
Kaph se puso en pie, hablando con su voz inexpresiva, como de costumbre.
—Es inútil salir ahora en su busca. Significa correr un riesgo innecesario.
—Si captas su señal de alarma, avísame por radio —dijo Pugh antes de cerrar la escafandra de su traje.
Cuando salió al exterior, Libra remangó sus harapientas faldas y bailó una danza del vientre desde debajo de sus pies hasta el rojizo horizonte.
En el interior de la cúpula, Kaph vio cómo el trineo se ponía en marcha, temblaba como un meteoro a la rojiza luz diurna y desaparecía en dirección nordeste. El suelo de la cúpula retembló; la tierra tosió. Una racha de viento, al sur de la cúpula, arrastró una nube de gas negro vomitada por una grieta.
En el tablero central de control repiqueteó un timbre y se encendió una luz roja. Kaph comprobó que la luz correspondía al Traje Dos. Trató de establecer contacto por radio con Martín, y luego con Pugh, pero ninguno de los dos contestó.
Cuando los temblores de tierra remitieron, reanudó su trabajo y terminó la tarea de Pugh. Invirtió casi dos horas. Cada media hora trató de establecer contacto con el Traje Uno, sin obtener respuesta, y con el Traje Dos, con el mismo resultado. Desde hacía una hora, la luz roja había dejado de parpadear.
Kaph preparó cena para uno, comió y se tendió en su camastro.
Los temblores de tierra habían cesado, pero a largos intervalos se producían unas leves sacudidas. El sol colgaba al oeste, en forma de naranja, rojo pálido, inmenso. No parecía hundirse.
No se oía el menor sonido.
Kaph se levantó y empezó a pasear alrededor de la cúpula semivacía. El silencio persistió. Kaph se acercó a la grabadora y colocó en ella la primera cinta que halló. Era música pura, electrónica, sin armonías, sin voces. Finalizó. El silencio persistió.
El mono de Pugh colgaba de un montón de muestras de roca. Kaph lo contempló fijamente. Notó que faltaba un botón.
El silencio persistió.
El sueño de un chiquillo: no hay nadie más que esté vivo en el Mundo, aparte de mí mismo. En todo el Mundo.
Muy bajo, al norte de la cúpula, un meteoro parpadeó.
La boca de Kaph se abrió como si tratara de decir algo, pero no salió ningún sonido de ella. Se dirigió apresuradamente a la pared norte y tendió la mirada hacia la gelatinosa luz rojiza.
La pequeña estrella se posó en el suelo. Dos figuras se acercaron a la cúpula. El traje de Martín estaba cubierto de un extraño polvo que le hacía aparecer tan verrugoso como la superficie de Libra. Pugh le sostenía por el brazo.
—¿Está herido? —inquirió Kaph.
Pugh se despojó del traje y ayudó a Martín a despojarse del suyo.
—Conmocionado —dijo.
—Una roca enorme cayó sobre el jet —dijo Martín, sentándose ante la mesa y agitando los brazos—. Yo no estaba dentro, desde luego. Había bajado a reconocer la zona de polvo carbónico cuando noté que el suelo empezaba a temblar. De modo que corrí a situarme en un espacio abierto, para que no me alcanzara algún desprendimiento de rocas de los acantilados. Desde allí vi como una enorme roca aplastaba el jet, y entonces recordé que las latas de aire de repuesto estaban en el aparato, y pulsé el botón de alarma. Pero no recibí ninguna señal por radio, cosa que siempre ocurre aquí durante los movimientos sísmicos. La atmósfera era tan polvorienta que no se veía nada a un metro de distancia. Empezaba a preocuparme cuando vi llegar a Owen…
—¿Tienes hambre? —le interrumpió Pugh.
—Claro que tengo hambre.
—Entonces, siéntate y come —ordenó Pugh.
Martín obedeció. Después, se dirigió a su camastro, que no había mudado de lugar desde que Pugh se quejó de sus ronquidos.
—Buenas noches, galés unipulmonar —dijo a través de la cúpula.
—Buenas noches.
Martín no dijo nada más. Pugh amortiguó el brillo de la lámpara hasta dejarlo reducido a un resplandor amarillento menos intenso que la luz de una vela, y se sentó sin hacer nada, sin decir nada, con aire ausente.
El silencio persistió.
—He terminado los cálculos —dijo Kaph.
—Gracias —murmuró Pugh.
Silencio.
—Recibí la señal de Martín, pero no pude establecer contacto con él ni con usted.
—No debí salir —admitió Pugh—. Martín tenía aire suficiente para dos horas, incluso con una sola lata. Pero sin posibilidad de establecer contacto con él, confieso que me asusté.
Retornó el silencio, ahora contrapunteado por los ronquidos de Martín.
—¿Quiere usted a Martín?
Pugh alzó la mirada, enfurecido.
—Martín es mi amigo. Hemos trabajado juntos mucho tiempo y es una buena persona.
Se interrumpió. Al cabo de unos instantes añadió:
—Sí, le quiero. ¿A qué viene esa pregunta?
Kaph no dijo nada, pero miró al otro hombre. Su rostro estaba cambiado, como si viera algo que hasta entonces no había visto; también su voz había cambiado.
—¿Cómo puede usted…? ¿Cómo…?
Pero Pugh no pudo decírselo.
—No lo sé —murmuró—. No lo sé. Cada uno de nosotros estamos solos, desde luego. ¿Qué puede hacer uno excepto extender la mano en la obscuridad?
Kaph inclinó la mirada, consumida por su propia intensidad.
—Estoy cansado —dijo Pugh—. Fue algo espantoso, verle en medio de aquel polvo negro, con el suelo abriéndose y cerrándose a su alrededor… Voy a acostarme. La nave establecerá contacto con nosotros alrededor de las seis.
Se puso en pie y se desperezó.
—Es un clon —dijo Kaph—. El otro equipo de Exploración que llegará con la nave.
—¿Un clon?
—De doce miembros. Vinieron con nosotros en el Passerine.
Kaph se sentó bajo la amarillenta claridad de la lámpara, absorto al parecer en sus nuevos temores: el clon que estaba a punto de llegar y del cual no formaría parte. Inexperto aún en soledad, no sabiendo siquiera cómo podía quererse a otro individuo, tendría que enfrentarse con la absoluta y cerrada autosuficiencia del clon de doce; algo excesivo para él, desde luego.
Pugh apoyó una mano en su hombro.
—El jefe no te pedirá que te quedes aquí con un clon. Puedes marcharte a casa. O, si lo prefieres, puedes venir con nosotros. Nos serías útil. No corre prisa decidirlo.
Kaph alzó la mirada y vio lo que nunca había visto: le vio a él: a Owen Pugh, el otro, el desconocido que tendía su mano en la obscuridad.
—Buenas noches —murmuró Pugh, deslizándose en el interior de su saco y medio dormido ya, de modo que no oyó a Kaph contestar, tras una breve pausa:
—Buenas noches, Owen.