Las cajas de Unamuno
Agustina Bazterrica • TiempoDeLectura5min
Me subo al taxi en Alem al novecientos. Tiro en el asiento la cartera, la bolsa con ropa, la carpeta con los apuntes y el sobre con recibos. Digo, buscando mis guantes, A Flores, Bilbao y Membrillar. Nombre estúpido Membrillar, poco serio. Me imagino a un prócer adicto a los dulces en latas de conserva. ¿Agarramos Rivadavia o Independencia? No encuentro los guantes, y tardo en contestar. Me da igual, agarre por donde quiera. Por Independencia hacemos más rápido, señora. ¿Señora? ¿Me dijo señora? Encuentro los guantes, me calmo, no contesto. Señora, agarro Independencia, entonces. Sigo sin contestar.
Miro el taxi. Cenicero vacío, limpio; cartel de “Pague con cambio” sin el por favor, ni el gracias; chupete rosa colgando del espejo delantero; perro sin dignidad que mueve la cabeza diciendo que sí a todo, a todos. El halo de limpieza detenida, de orden calculado, me exaspera. Me saco los guantes. Busco las llaves, las guardo en el bolsillo del tapado. La vejez disimulada me irrita. Miro por la ventana. Tengo sueño.
Entonces, las veo. Las luces de la avenida Juan Bautista Alberdi se reflejan sobre unas uñas cortadas con la dedicación que sólo se le concede a lo más valioso. El brazo de Unamuno sigue apoyado sobre el asiento del acompañante, y puedo estudiar de manera directa las dos capas de esmalte transparente que aplicó con la paciencia de los obsesivos, con la precisión de los iluminados. Paramos de golpe en otro semáforo, y me inclino apenas para confirmar que las cutículas son impecables. Me emociono y abro la ventana. ¿Qué hubiera pensado Juan Bautista Alberdi de todo esto? No habría podido entender que la verdadera genialidad se concentra en los detalles mundanos, banales, no en los tratados de diplomacia o en la literatura erudita. No habría captado la importancia de lo insignificante. Me acomodo en el asiento. Cierro la ventana, el frio me desconcentra.
Me abro el tapado. Profundizo. No es cualquier asesino serial, numérico, expansivo, incluyente, ordinario. Si uno no presta la debida atención, Unamuno puede pasar por una persona sin mayores aspiraciones. Pero, claro, hay que saber mirar, porque es una persona que lleva una vida consecuente, pero alarmante. Es paciente. Selectivo. Ascético. Es peligroso. El chupete es una planeada desviación para los que no saben, para los que no quieren saber. El perro dócil es un manifiesto falso de una existencia trivial, resignada. Infiero que la pulsera donde se lee AMANDA fue de su primera víctima. Una mujer abatida, pero joven. Desorientada, sola. Sin posibilidades de resistirse; por lo tanto, fácil. Uñas largas, rojas y descuidadas.
Sin entender cómo, Amanda se encontró desnuda. No podía moverse, ni hablar, pero estaba totalmente consciente. Él la bañó con agua de jazmines, la envolvió con una toalla para secarla, le puso un vestido limpio, la maquilló, le secó el pelo muy despacio peinándola con los dedos, la perfumó, la dejó en la cama y se sacó la ropa, pero antes dejó que un chelo inesperado los envolviera con la despiadada serenidad de la Suite N° 1 en Sol mayor de Bach. Desnudo, le limó las uñas, las acarició, le recortó las cutículas, le sacó el esmalte, las limpió con agua tibia, las besó, les colocó una capa de reforzador, les puso crema con olor a menta, masajeó las manos, las puso sobre una toalla limpia y les aplicó dos capas de esmalte rojo. Cuando terminó, las apoyó sobre su cuerpo desnudo, esperando a que se secara el esmalte. Durante todo ese proceso, y dentro de su inmovilidad, Amanda supo que iba a morir de una manera extraña e inútil, pero no pudo evitar sentir que era la correcta, porque era cuidada, placentera, detenida, apacible. Unamuno le hizo sentir una libertad serena, una frescura nítida. Una vez muerta, le recortó las uñas con una entrega cercana a la devoción y las guardó en la caja transparente.
Discúlpame, linda, ¿me indicás cómo agarro Bilbao? Me acomodo en el asiento, abro la ventana, me cierro el tapado y le indico. Me cruzo de piernas. Respiro. Trato de calmarme. Miro por la ventana para no pensar más, pero pienso. Me miro las uñas. Largas, descuidadas. Pienso en Amanda, y le pregunto, ¿El chupete es de su hija? Unamuno tose, apaga la radio, mira sorprendido. En un semáforo se agacha y abre la guantera para no contestarme. Me inclino, y sólo veo papeles y trapos. Me siento estúpida. Quiero arrancarle la cabeza al perro disciplinado, al perro incapaz de decir que no. Me pongo los guantes con rabia. Maldigo la cumbia, las uñas, el taxi y la horrorosa simplicidad de Unamuno.
¿Cuánto le debo? Ciento ochenta y cuatro. Decido pagarle justo, para castigarlo por su mente sana, por su vida lícita, por sus manos limpias. Acomodo las bolsas, agarro las llaves, abro la puerta. Quiero que espere, que ejercite la paciencia de asesino serial que nunca desarrolló. Me saco los guantes y los guardo en la cartera. Busco la billetera. Saco las monedas, las cuento. Saco los billetes. Los cuento. En el momento en el que le estoy dando la plata, una moneda cae en el espacio que está entre los dos asientos delanteros, espacio donde hay una caja con tapa. Unamuno abre la tapa para buscar la moneda. La abre toda y la abre despacio. Me mira. Sonríe. Por un segundo me quedo inmóvil. Después, logro respirar y me inclino para ver, un alicate, esmalte, algodón y dos cajas transparentes. Cierro la puerta de un golpe, lo agarro del brazo, me acerco y le digo: Arrancá, Unamuno. Llevame, vos sabés dónde.
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