La pincha sigue

La pincha sigue

Canal Revista Alma Mater

Por Mario Almeida

En poco más de una semana, he visto a Mallorys llorar ante el diagnóstico de una alergia, a Josué pasar en calzoncillos de un edificio a otro por olvidar ponerse el short bajo el traje de “fogueo”, he visto a internos tirar cabos de cigarro al suelo segundos antes de que limpiemos y, bajando una escalera, se me zafó el asa de un cubo lleno de agua sucia, que rebotó hasta las piernas de un paciente.

He visto a Marcos metiéndose con todas las enfermeras y darle ánimos a una señora a punto del desmayo, mientras Daniela corría al consultorio en busca del médico. He comprobado que Camilo no tiene idea de cómo se limpia, pero que se faja, carajo, y con un haragán de cabeza suelta saca el agua acumulada en un balcón, tirándola sobre sus propios zapatos, es cierto, pero pa’fuera… siempre pa’fuera.

Una semana y dos días hemos pasado en el centro de aislamiento. Jornadas de trabajo y horarios corridos, de conocer a la gente por el pronunciamiento del tabique, el caminar, el largo de los brazos o las muletillas. Muchos ojos y antifaces; pocos labios, pocas narices, ningún bigote.

Días atrás, limpiamos un apartamento donde permanecía una pareja con sus dos hijos. El mayor —diecilargos— se tiró al sofá, el menor —diecicortos— permaneció en una de las butacas aferrado a un mando de PlayStation cuyo cable surcaba la sala. En el otro mueble, se había acomodado en postura romántica el matrimonio.

Para desinfestar las mesetas, comencé a mover todos los trastos hacia una silla y descubrí, arrinconado en la esquina interior de la superficie enlozada de grey, un vaso desechable con el agua hasta el borde. “Eso no”, dijo nerviosa la mujer a mis espaldas. Le respondí: “claro, no se preocupe”, y volví a pasar el trapo empapado de cloro mientras recordaba que yo también había dejado uno dedicado a mis viejos —quién sabe si ahora atiborrado de larvas—, sobre el refrigerador de la casa.

Regresé a la sala y todos continuaron inamovibles, incluso cuando la señora indicó que había papeles y náilones bajo una silla. Solo el más pequeño derrochó agilidad al descubrir que mi trapero, torpe y “encolchado”, le iba a destrozar el cable del PlayStation.

Hoy volvimos a ese apartamento. Apenas entramos la mujer lanzó: “Deberían dejarme limpiar a mí. Al final… yo lo hago mejor que ustedes”. La ignoramos y seguimos hasta el balcón trasero y ahí, luego de computar miradas, cansados, dimos medio giro, le dejamos el trapeador y partimos.

En el resto de las puertas la acogida había sido distinta. Desde la distancia, los pacientes preguntaban por los resultados de sus exámenes PCR, nos decían, entre compasivos e ilusionados, que para qué limpiábamos o les cambiábamos las sábanas o el aseo, si los resultados llegarían hoy y se irían para sus casas y todo se iba a acabar. 

Nosotros insistimos, porque nunca se sabe y… efectivamente, asumimos a esta hora, los dictámenes vendrán mañana.

Hace tres días, mientras limpiábamos un cuarto, un hombre se preocupó por el agua clorada. Sus pulmones son débiles y, según él, “si el coronavirus me agarra no hago el cuento”. Esta tarde, el mismo tipo —tatuaje del Che en el brazo— estaba alegre, recogía los bultos, doblaba sábanas, bromeaba y, no sé, parece que la presunta victoria le alumbró el rostro.

En el último apartamento, mientras salíamos, las dos señoras nos gritaron «los veremos» o «los queremos». No entendimos bien.

Ayer, cómo olvidarlo, dos pacientes y una de las vigilantes de escalera fueron diagnosticados con COVID-19. La tarde resultó tensa y, en la noche, el médico jefe nos anunció que los 14 días de aislamiento, luego de esta semana, ya no serán en casa. 

Amanecimos con una aguja hincada al brazo derecho. Los resultados del test rápido nos calmaron a todos. El team de guerrilla universitaria sigue ileso, cada vez más forrado y pinchando.

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