La noche sin riberas
VI
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Lopérez ha cedido, como siempre, su ración de rancho a Jesús y deslíe en la boca un minúsculo trozo de chocolate que ha encontrado entre las puntas de cigarrillos y los papeles que guarda en el bolso de la chaqueta. Su cara parece de pergamino. Le punzan en ella los pómulos. Se le han ahondado las cuencas de los ojos y se le han hundido las sienes. Lleva el único traje que le conocemos, negro un día, pero, ahora, del color indefinible de sus innumerables manchas, pero por primera vez viste una camisa verdaderamente limpia. Suele lavarse él mismo su ropa interior, cuando consigue un trozo de jabón a cambio de sus versos onomásticos, bueno, la moja, la enjabona y la estruja en el patio de la cocina aprovechando la poca agua que le proporciona uno de los rancheros paisano suyo. Consigue así poco más que distribuir equitativamente la suciedad por toda la prenda y convertirla en jirones. Algunos compañeros, especialmente Manolo el del economato, se han ofrecido para que se la laven en sus casas, pero él se ha negado siempre obstinadamente a aceptarlo. Mi mierda es sólo para mí, dice invariablemente y se encierra en un silencio impermeable. Y es porque ayer tuvo su primera visita. Sí, por la tarde, al mismo tiempo que Pablo. Una comunicación especial. Lopérez nunca habla de la situación actual de su familia. Y sólo sabemos de él que es de Talavera, donde vivió siempre (Yo soy un señorito de pueblo), que es amigo de Emilio Carrere y, sobre todo, de Pedro Luis de Gálvez, el poeta siniestro de los arrabales literarios de Madrid, que actuó vesánicamente durante la guerra y fue fusilado al término de la misma. Un día en que le hicimos beber un poco de vino, nos contó el suceso de su boda. Era hijo único y vivía con su madre viuda. Al morir ella repentinamente sufrió tal depresión que estuvo al borde de la locura y hubo de ser internado en un manicomio. Entonces la familia opinó que el mejor remedio sería casarle con una de sus primas, una colegiala de dieciséis años a la que doblaba en edad, huérfana también de padre y madre. La muchacha poseía algunas rentas y vivía interna en un colegio de religiosas. Así que un buen día le quitaron a él la camisa de fuerza y a ella, que lloraba porque no quería casarse con un loco, la vistieron de novia y juntaron a los dos en la capilla del colegio ante su capellán, que ya estaba también metido en la conjura. Actuó de padrino Pedro Luis de Gálvez, quien, en el momento de leer la epístola de San Pablo a los contrayentes, arrebató el libro al sacerdote (Trae, bárbaro, no profanes la lengua de Virgilío) y recitó el texto latino con voz campanuda y en tono enfático, ante la consternación y aturrullamiento de los asistentes. Durante el viaje de novios, que duró un mes, por Córdoba, Sevilla y Granada, Lopérez no pudo tocar a su esposa. (Y no pude hacerlo hasta mucho tiempo después, cuando huyó de mí el espíritu de mi madre, que me poseía). Ni un dato más. Ni por qué le habían juzgado, ni qué había sido de su mujer y de sus hijos. A todas las más o menos discretas preguntas que se le hacían sobre este particular, callaba herméticamente, limitándose a mirar con hipnótica fijeza a los ojos del curioso preguntón, o contestaba con una incongruencia, siempre la misma. (Y dígame usted, ¿soñamos mientras vivimos o vivimos mientras soñamos? ¿Qué es más cierto: lo que uno imagina sin saber que lo imagina o lo que uno cree que imagina?) Pero ayer tarde nos sorprendió a Olivares y a mí con otra historia. Al volver del locutorio nos cogió a cada uno por un brazo e hizo que lo acompañásemos en un breve y dificultoso paseo por entre los grupos.
—¿A que no adivinan ustedes quién es la persona que ha venido a verme? —nos preguntó de sopetón tras atraer, alternativamente, nuestras miradas y herirlas con la punzada de la suya—. Vamos, adivinen.
—Su mujer, supongo —dijo Olivares.
Pero Lopérez denegó con la cabeza.
—Algún otro familiar —contesté yo al tuntún. Y Lopérez volvió a denegar con la cabeza.
—Algún amigo —sugirió Olivares.
Entonces él nos preguntó si nos dábamos por vencidos y tanto Olivares como yo asentimos con un movimiento de cabeza. Lopérez nos miró atentamente en silencio y, tras una pausa, nos reveló el secreto:
—¡La Venus de Bronce!
—¿La Venus de Bronce? —le preguntó Olivares, estupefacto.
—La misma en persona.
Yo sé que la Venus de Bronce es una artista del género flamenco, bailadora o cantaora o ambas cosas a la vez, célebre por su belleza en ese mundo aparte de las «varietés» y de los tablaos. Pero, ¿qué relación podía existir entre una mujer como la Venus de Bronce y un poetastro anónimo como Lopérez?
—Verán ustedes —y Lopérez comenzó a hablar desenfrenadamente—. Nos conocimos en la primavera del 35. Yo le había enviado antes unos versos, tú eres como una campana que con sus fuertes latidos me roba ya los sentidos al despertar la mañana, eres bronce bronce y eres plata, eres luz y resplandor, y yo un poeta a quien mata a fuego lento tu amor… Tanto le gustaron que me dio una cita y, desde el instante en que nos vimos, ya no nos fue posible separarnos. Fuimos amantes. ¡Y qué amantes! —parecía contemplar una rutilante visión colgada en el aire ante sus ojos—. Emprendimos un largo peregrinaje por Andalucía. Yo daba conferencias sobre el arte flamenco, que ella ilustraba con sus danzas y sus coplas. Y fuimos de éxito en éxito, del arte al amor y del amor al arte. ¡Qué carne de mujer, qué ardores, qué aniquilamientos! Pero nuestra verdadera apoteosis la gozamos en las ruinas de Itálica, una noche de verano con la luna de Lorca en el cielo. Aquella vez bailó sólo para mí. Parece que la estoy viendo. Brillaban sus dientes, fosforecían sus ojos, se recortaba a contraluz su silueta sobre un fondo de azules plateados. Yo hubiera querido morir después, cuando la tuve en mis brazos y veía perderse las estrellas fugitivas en el agua profunda y negra de sus ojos. Pero, señores, no era solamente el sexo, un sexo en flor, lo que me fascinaba. Era el mundo mágico que trascendía de su cuerpo perfecto, de la euritmia de sus formas, de la armonía de sus movimientos, de aquel tejer y destejer ritmos antiguos en el aire, al son de los crótalos enronquecidos. Era la belleza absoluta, el milagro, la quimera, lo imposible. Venus rediviva. Venus surgiendo, no del mar como la griega, razón y finitud, sino del seno misterioso de la noche, Venus de Tartesos, emoción e infinitud. Nuestra Venus hispánica, morena, nocturna, generatriz y campesina. ¿Comprenden ahora, señores, por qué las vírgenes adoradas por nuestras gentes aparecieron en peñascales o entre las breñas llevando a un niño en brazos? La Venus de Bronce era para mí todo eso, el gran enigma, el espíritu de la danza transformado en llama ritual de la sabiduría, principio del orden creador, porque el mundo salió de la oscuridad y del caos —se interrumpió bruscamente, hizo una pausa y nos preguntó—: ¿Les he molestado?
Al desembarcarnos tan súbitamente y dejarnos en tierra, apenas si pudimos balbucir no, no, siga, siga. Pero Lopérez se había quedado vacío.
—No hay más. Bueno, sí, un pequeño detalle. Que me ha traído una tortilla de gambas, mi manjar favorito, y me ha rogado que recuerde y vuelva a escribir la ópera flamenca que yo estaba componiendo para que la estrenase ella cuando se sublevaron los militares. Y eso haré sin pérdida de tiempo, porque me queda muy poco. Gracias, señores.
Nos soltó y siguió andando solo, insensible a los tropezones y a las protestas. Olivares y yo nos mirábamos, todavía atónitos. ¿Qué piensa Olivares de un hombre como Lopérez y de su historia? A mi me pareció algo fantástica, desde luego, pero posible. Hablaba tan convincentemente… En cambio, para Federico, Lopérez es un confabulador que trata de encubrir la realidad con delirios y lucubraciones de su imaginación sobreexcitada por el acoso de la idea de la muerte. Huye de la verdad y se refugia en la mentira que urde él mismo y acaba creyéndose por autosugestión, como todos los embusteros patológicos. Nos sacó de dudas Pablo:
—Nada de Venus de Bronce ni Cristo que lo fundó —nos dijo—. Quien ha venido a verle es la vieja ama de cría de su mujer. Ella le ha contado a mi tía, pues han venido juntas desde Madrid, la verdadera historia. Esta señora vivía en Talavera con el matrimonio Lopérez y sus cinco hijos. Ante el avance de los fascistas, se fueron a vivir todos a Madrid, refugiándose en el piso de un faccioso desaparecido. Lopérez se enchufó en el Ministerio de Trabajo y, al terminar la guerra fueron detenidos y encarcelados él y su mujer. Apareció entonces el dueño del piso y puso al resto de la familia en la calle. Ama e hijos comían las sobras que les daban en los cuarteles y dormían al raso, hasta que la anciana se puso a morir y fue internada en un hospital. Los chicos, tres hembras y dos varones, quedaron abandonados y no se ha vuelto a saber nada de ellos desde entonces.
Siendo así, no me extraña que Lopérez esté loco o que, como dice Olivares, huya de la realidad y se acoja desesperadamente a las ficciones de su fantasía, como quien se entrega al alcohol o a la morfina. Es un hombre roto por dentro, que, sin embargo, se obstina en no admitir su derrota y en no abdicar de su dignidad.
A la hora de la cena hemos tenido que aceptar cada miembro del grupo un trozo de la pequeña tortilla de gambas, igual al que ha reservado para sí, por temor a que se ofendiese si lo rechazábamos. Estoy seguro de que ha sido uno de los raros momentos que Lopérez ha compartido en camaradería, sin reservas, plenamente identificado con nosotros.
—La tortilla de gambas es un obsequio de Manolo el del economato. Lo sé porque me lo ha dicho el mismo Manolo. Lopérez que, como sabes, no habla jamás de la comida, había exaltado alguna vez a Manolo ese plato, resumen de todas las excelencias culinarias habidas y por haber, en vista de lo cual Manolo tenía la intención de invitarle a comer tortilla de gambas la noche de Navidad. Pero esta mañana, al saber que Lopérez tenía visita, creyó que era la mejor ocasión para satisfacer su capricho. Así, su dicha sería completa. Manolo llamó a su mujer y le expuso la idea. Por suerte, tenía gambas en casa. Hizo la tortilla y la entregó en el penal a nombre de Lopérez, a fin de que creyera que se la enviaba su visitante junto con la bolsa de la ropa limpia. El ama fue informada de ello para que pudiese anunciárselo a Lopérez en el locutorio y justificar su procedencia, al igual que la de la ropa, con las gratificaciones que en alguna ocasión recibe por planchar y repasar la de los ancianos asilados. Manolo quiere que Lopérez ignore la verdad de lo sucedido y siga creyendo que ha sido iniciativa de la vieja ama, ¿comprendes?
Transcribo las últimas palabras de Olivares cuando todos duermen, o parece que duermen, a mi alrededor, formando un amasijo de cuerpos humanos acoplados entre sí como las piezas de un «puzzle». Hay que vigilar, esa es la consigna, ¿qué, si la muerte entra y sale aquí tan sigilosamente que ni siquiera se enteran sus víctimas? Y no poseemos nada, porque nos han despojado hasta del mínimo imaginable de intimidad. Es curioso. Ya no siente el menor pudor. Creo que sería capaz de pasearme completamente desnudo por la calle y hasta de hacer mis necesidades en público con absoluta indiferencia. Yo, que me sentía profundamente avergonzado al desnudarme por primera vez delante de una mujer. Nunca se me olvidarán los apuros que pasé por eso en mis tiempos de soldado. Y, en cambio, ahora, ya ves… Ya ves hasta donde nos han hundido, Molina. Hasta ponernos al ras con los animales, me confesaba, no ha mucho, Federico. Y es cierto. Somos un rebaño. ¿No comprenden los que nos obligan a ello que, por su condición humana, se rebajan al mismo nivel que nosotros, que todo atentado contra nuestra dignidad repercute en la suya? Pues no, no lo comprenden. Por lo visto, ellos piensan que proceden de una estirpe superior, en gracia a los mismos razonamientos políticos, antropológicos y religiosos en que se apoyaba antaño la esclavitud. Sin duda, piensan que pertenecemos a una raza inferior, no bestias del todo, porque somos responsables, pero sin llegar a ser, como ellos, portadores de valores eternos, según proclaman continuamente. Eso es subhombres, no exhombres, subhombres. Así se explica esta situación subliminal en que nos han colocado. ¡Qué aberración! Sí, pero tranquiliza su conciencia y los hace sentirse seguros, premiados, bendecidos, satisfechos. Además, están tan lejos de nosotros o nosotros estamos tan lejos de ellos… Por eso no nos ven, no nos oyen, no nos sienten. No existimos para ellos, en suma. (¿Los rojos? No me hable de los rojos. Fue una pesadilla. Desaparecieron. No son. No están. Nada). Y yo escribo y escribo, y pienso. Luego soy, estoy. Desgraciadamente, soy y estoy, porque fuera mejor no estar ni haber sido. Algún día, quizá, comprendan su equivocación y, entonces, vuelta a empezar… Bien. Dejémoslo aquí. Pronto sonarán las dos de la madrugada en el reloj del patio y llamaré a Agustín para que me releve. Entre tanto, me fumaré un pitillo. Creo que me sentará bien. Y, luego, a dormir, a pesar de todo.
Mañana fría y transparente como el hielo. El aire es puro y está inmóvil. El sol sesga el cielo incoloro y pasa oblicuamente, a ras de los tejados, dejando caer un pálido reflejo de acero. Los reclusos hacen flexiones sobre las puntas de los pies y golpean con ellos el asfalto, se frotan las manos o las resguardan bajo las axilas, para desentumecer y calentar las extremidades ateridas. De sus bocas y narices se elevan efímeras estalagmitas de vapor que se funden rápidamente en el cristal del aire.
El invierno se ha echado encima de repente, como un lobo, y sus dentelladas son muy dolorosas para unos hombres con el estómago vacío y el corazón débil, extenuados, siempre al filo del colapso final.
No obstante, se advierte un desusado rebullicio en los corros de los comunistas más destacados. Hablan animadamente, se dan palmadas en los hombros, ríen, bromean.
—¿Qué mosca les habrá picado hoy para estar tan eufóricos? —pregunta Robleda en la reunión del Almirantazgo.
—A lo mejor han recibido carta de Stalin —bromea Agustín restregándose las manos—. Coño, qué frío.
—Convendría enterarnos, ¿no?
—Tienes razón, Molina. Anda, Agustín, vamos a ver si Rodrigo quiere damos una pista.
Olivares coge a Agustín de un brazo y ambos salen del grupo y echan a andar por entre los corros en busca de Rodrigo, a quien descubren en seguida. Agustín le llama y, a poco, se reúnen los tres.
—Oye, Rodrigo: ¿es qué habéis sabido alguna noticia importante o es que ocurre algo especial hoy? —le pregunta Olivares.
Rodrigo se estremece de frío dentro de su tabardo militar.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Hombre, porque parece que estáis muy contentos.
—Ya, pero no se trata de nada que pueda interesaros.
—De todas maneras, si no es un secreto…
—No, nada de eso —y, tras una leve pausa, Rodrigo añade—: Es que ha salido de celdas, después de cumplir el período de aislamiento, un camarada nuestro, que se llama Miguel Ángel Miró, alicantino, creo. Dicen que es un gran poeta. A lo mejor le conocéis vosotros mejor que yo.
—¿Miguel Ángel Miró? Pues sí, parece que me suena algo… —dice Agustín.
—Sí, hombre, sí. Yo he leído algunos de sus poemas. Es muy bueno. Para mí, el mejor poeta de la guerra —afirma Olivares.
—¿Qué fue en la guerra? ¿Pegó tiros? quiso saber Agustín.
—Me parece que fue miliciano de la cultura, de los del «Altavoz del frente». Ya sabes… —contesta Rodrigo soplándose las puntas de los dedos.
—Ya. De los que arengaban a las tropas y hablaban de noche al enemigo por altavoces. ¿Y qué cuenta? ¿De dónde viene? Anda, desembucha —y Agustín golpea amistosamente a Rodrigo en un hombro.
—¿Qué quieres que cuente? ¿Qué noticias puede darnos después de veinte días de aislamiento?
Los tres amigos golpean el suelo con los pies. Tienen roja la punta de la nariz y les lagrimean los ojos. El frío mana del cemento, se adhiere a las piernas de los hombres, se cuela por la ropa y trepa carne arriba hasta el cuello, y, a la vez, cae de lo alto en breves y secas alentadas que muerden el rostro y las orejas. Pinchazos de agujas y alfileres. Quemazón de hielo. Frío, frío, frío.
—Vamos a dar una vuelta. Quiero conocer a Miguel Ángel —dice Federico.
Lo hallan en un corro, junto a Tábano y otros conspicuos camaradas, el médico Velázquez, el ingeniero Torralba, escritores y periodistas.
—Ya ves —dice Olivares a Agustín—, no le había visto hasta ahora.
Olivares lo ve como un hombre joven, de estatura más que mediana, esbelto, de piel morena, frente amplia y arqueada, ojos muy expresivos, nariz como un pegote de barro, boca grande y basta. Un rostro tosco, sin pulir, como inacabado. Vestido con cazadora de paño militar y pantalones caqui, de campaña, trabados a los tobillos. Calzado con peales y esparteñas. A primera vista, un tipo rústico, feo, vulgar.
—Pero, qué gran espíritu el suyo. Yo diría que es como una llama encerrada en una de esas ánforas de barro antiguo que los pescadores del Mediterráneo encuentran alguna vez en el fondo de sus redes, con adherencias de fósiles, nácares y algas. Es la impresión que me da —comenta Olivares.
—¿Tan importante es? —le pregunta Agustín.
—Ya te he dicho que me parece el mejor poeta de la guerra. Un verdadero poeta del pueblo.
Rodrigo se despide de ellos, pero antes de separarse dice:
—Pues yo, ni idea.
Olivares y Agustín vuelven también al Almirantazgo. Habla Pablo y los demás le escuchan en silencio, muy impresionados al parecer, especialmente Molina, que masca como siempre que alguna fuerte emoción le conmueve.
—Un enfermo le vio levantarse de la cama y dirigirse, tiritando y tambaleándose, a la de un compañero, hurgar en su bolsa, que colgaba de la cabecera, y sacar de ella una pastilla de chocolate. Partió un trozo, volvió a dejar el resto en la bolsa y, cuando intentaba morder el chocolate, cayó al suelo. El enfermo empezó a chillar y acudimos a ver qué pasaba. Lo encontramos encogido, todavía caliente y con el trozo de chocolate en la mano. Pero estaba muerto.
Olivares mira interrogativamente a Molina y éste dice:
—Lopérez.
—¡Dios! —exclama Olivares, aterrado, cerrando los ojos.
—Cuando pudimos llevarle a la enfermería, ya no tenía remedio, pero, ¿quién iba a pensar que durara tan pocas horas? —explica Pablo.
—Y él no quería. Decía que no, que a él no le llevaban al matadero como a un buey —recuerda Agustín.
—Entre sus papeles —sigue diciendo Pablo—, hemos encontrado un poema inconcluso, que dice así —saca un papel y lee en voz alta y temblorosa, rodeado del dolor y del silencio de sus amigos:
Estoy bajo el oprobio de la gran prostituta
que se goza en el turbio placer de la sevicia,
la que hiciera que Sócrates tomase la cicuta,
la que a Cristo enclavara, la que llaman justicia.
Pero ya hacia mí viene la vieja zorra astuta,
la muerte, que me llama, se acerca y me acaricia,
la que a los enemigos nuestra suerte disputa
y, llevándonos, nuestra liberación propicia.
Ya oigo en el silencio de la noche tus pasos.
Llega pronto, no tardes, adusta amiga nuestra,
y déjame que apoye…
Los amigos de Lopérez guardan silencio por él, por ellos; un silencio estremecido, lacerante. Es un réquiem atroz, sin oraciones ni conjuros. Mientras tanto, suenan campanadas en el reloj del patio: una, dos, tres… ¡once!, y alguien grita muy cerca, como enloquecido:
—¡Va a tocar el corneta! ¡Hoy hay pan!